Capítulo 35 · Martes 12, 2100
Un metro treinta y cinco.
Lo medí con la linterna frontal y la cinta métrica de Nico, asomada a la trampilla, de rodillas en el suelo del cuarto de Alvise, con la cinta colgando por el pozo como una plomada amarilla hasta tocar el agua.
Seis metros veinte desde el borde de la trampilla hasta la superficie.
El suelo de la cámara estaba a siete cincuenta y cinco.
Un metro treinta y cinco de agua dentro.
A las nueve de la noche. Con la marea de fuera todavía a ciento quince, subiendo, y el pico previsto a las diez y cuarenta.
No cuadraba.
Había calculado un metro veinte como máximo dentro con ciento cuarenta fuera.
Con el retraso de los poros. Con la botella.
Y a las nueve, con ciento quince, ya había un metro treinta y cinco.
El agua de la mañana —ciento veintisiete— no había terminado de salir.
Se había quedado. Y la nueva entraba encima de la vieja, sin esperar.
Más despacio. Se queda.
La cámara de intervalos estaba a un metro ochenta, en la repisa del fondo. Desde arriba no la veía; veía la luz azul de su piloto reflejada en el agua negra, temblando, a seis metros, como una estrella en un pozo.
Quedaban cuarenta y cinco centímetros.
* * *
Fuera, las sirenas.
Llevaban sonando desde las ocho y treinta y cinco, cada diez minutos, desde todos los campanarios de la ciudad a la vez. Cuatro tonos. Uno, otro más alto, otro, otro, como una escalera. Y luego el silencio, y en el silencio el viento.
El viento había cambiado a las nueve menos cuarto.
Lo noté en el cuarto de Alvise, sin ventanas, a través de un metro de ladrillo: un cambio en la presión, como cuando se abre una puerta en otra parte de la casa.
Hasta entonces el siroco empujaba del sur, constante, tibio.
A las nueve menos cuarto empezó a empujar a golpes.
Ráfagas. Y entre ráfaga y ráfaga, un ruido que no había oído nunca en Venecia.
Un ulular largo, grave, que venía de los tejados, de las chimeneas, de las altane, como si la ciudad entera fuera una flauta y alguien soplara por todos los agujeros a la vez.
Algo se cayó en la fondamenta. Un golpe metálico, enorme, y luego un arrastrar. Una de las passerelle, supe después. La había levantado el agua y el viento la había empujado contra la fachada de la casa de enfrente.
* * *
Bajé al androne a las nueve y cuatro.
Rafi estaba ahí. Había llegado a las nueve menos veinte, andando desde Mestre por el puente de la Libertà, porque los trenes habían parado a las ocho y el autobús no pasaba de Piazzale Roma.
Una hora y veinte andando con viento. Estaba empapado.
Estaba de pie en el agua del androne, que ya le llegaba por encima de la rodilla —cincuenta centímetros, sesenta—, con las botas de pescador de Nico, que le quedaban grandes, y una linterna, vigilando la bomba de achique.
La bomba no servía de nada. Sacaba agua por la manguera hacia la puerta de agua y el agua volvía a entrar por la reja, por las juntas, por el desagüe del suelo, por todas partes, más deprisa. Rafi lo sabía. La vigilaba igual. Porque Nico le había dicho que la vigilara.
—Signora —me dijo—. Ha subido diez centímetros en un cuarto de hora.
—Ya lo sé.
—El maestro está arriba.
—Ya lo sé.
—¿Bajo a por él?
—No. —Me oí la voz de técnica—. Quédate con la bomba. Yo subo.
—¿Adónde?
—Arriba, Rafi.
Rafi me miró con la linterna. Me miró la cara. Me miró el arnés que llevaba puesto encima del abrigo, que no me había quitado desde que me lo puse en el cuarto, a las ocho y cuarenta, solo para mirar.
No dijo nada. Era la primera vez que Rafi no decía nada.
* * *
Subí los treinta y ocho escalones.
En el rellano del piano nobile, al lado del sillón verde y los treinta y dos sacos de cal hidráulica y los dos tablones de pino que no habían servido para calzar nada, saqué el móvil.
Sin cobertura. Como siempre. Ni una raya. En toda la casa, solo en la altana.
Le escribí a Nico igual.
Bajo diez minutos a la cámara a por la cámara de intervalos. El agua de dentro ha subido más de lo calculado. No subas. Te quiero.
Le di a enviar.
El mensaje se quedó en la pantalla con un reloj pequeño al lado.
Esperando. Girando. Como se quedan las cosas en esa casa, en la bandeja de salida, esperando una cobertura que solo había ochenta escalones más arriba, en un entarimado de madera sobre el tejado, donde en ese momento el viento estaba arrancando las tejas.
Te quiero. No se lo había escrito nunca. No se lo había dicho nunca. Lo escribí por primera vez en un mensaje que no iba a salir.
Me guardé el móvil en el bolsillo del pecho del abrigo. El de las cosas de papel que pesan.
* * *
Arriba, en el último piso, a noventa y dos escalones, Nico estaba sentado en el borde de la cama de su abuela con su mano en la suya. Oxana, de pie, con el rosario. Teresa, boca arriba, respirando con burbujas, con un dedal de plata en el índice.
Eso no lo vi. Lo sé.
Lo que vi fue la puerta de alerce. La que hizo Nico en once días con tres tablas del Cadore, sin una sola letra. Esta puerta no es para que se lea. Es para que se abra.
La abrí.
* * *
Lo he contado muchas veces desde entonces. A Ottavio. A Zanella, en un informe. A una psicóloga de Padua, dos veces por semana, durante cuatro meses, en un despacho con un ficus. A Inés, por teléfono. A Nico, nunca; él no me lo ha preguntado.
Siempre me preguntan lo mismo: por qué bajé.
Y siempre contesto con la verdad técnica.
Que el agua de dentro había subido más de lo calculado.
Que en la cámara de intervalos había treinta y seis horas de fotos: el mortero de Ottone empezando a sudar con la marea más alta del año, el agua entrando por los cráteres de la taza.
La prueba de la chimenea. El noventa y cinco por ciento.
La explicación de por qué la sal subía hasta el dormitorio y dibujaba caras.
Que el pico estaba previsto a las diez y cuarenta y eran las nueve y cinco.
Que el androne tenía sesenta centímetros.
Que diez minutos sobraban. Que tenía arnés y línea de vida.
Todo eso es verdad.
La otra verdad es la que le dije a Nico en el dormitorio, una mañana, con su mano encima de la mía en el botón de la cámara: si no la miro, no sé dónde está.
Bajé porque en la pared de arriba había una cara mía con una línea de marea debajo de la boca, y la leyenda decía que me quedaban ciento dos días, y yo necesitaba una explicación.
Una que se pudiera medir. Una que tuviera números.
Bajé a por mi noventa y cinco por ciento como mi bisabuela subió la escalera: corriendo, sabiendo que no tenía que correr.
* * *
Me puse la linterna frontal. Enganché el mosquetón de la línea de vida al anclaje químico del muro del cuarto. Tiré de él dos veces. Aguantaba.
Me senté en el borde de la trampilla, con las piernas colgando en el pozo. Debajo, a seis metros, el agua negra. La luz azul del piloto de la cámara temblando. Los puntales del apeo bajando en aspa, con sus tablones de pino, hasta perderse en la superficie.
Me di la vuelta. Puse el pie en el primer peldaño de la escalera de aluminio.
Arriba, a través del muro, a través de la caracola, a través de todo, sonaron otra vez las sirenas. Cuatro tonos. Las conté sin querer, con el pie en el primer peldaño.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Y luego, en el silencio, lo que no había oído nunca, lo que no tenía que existir según la hoja plastificada de Vianello: una quinta nota.
Más aguda. Más larga. Desde algún campanario lejano de la Giudecca, o de San Marcos, o de ninguna parte.
Un error del sistema, supe después. Un altavoz que se había quedado enganchado por el viento.
Cuatro tonos es todo. Después ya no hay más escalones.
Bajé.