Acqua alta Capítulo 34 · La lista
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Capítulo 34 · La lista

La lista

La escribí a las siete de la mañana del martes doce de noviembre, en la libreta, con la Parker, sentada en el primer escalón de la escalera principal del androne, con las botas de pescador puestas y el agua de la marea de la mañana —ciento veintisiete, tres tonos a las cinco y diez— retirándose despacio hacia la puerta de agua por las losas.

Una lista. Es lo que hago antes de cualquier cosa que me da miedo. Una lista con números y casillas. Si una cosa está en una lista con una casilla marcada, está hecha. Si está hecha, no puede pasar.

* * *

2. Bomba de achique del androne: probada, manguera hacia la puerta de agua, enchufada al cuadro provisional del piano nobile (por encima de cota). ✓

3. Cuadro eléctrico de planta baja: desconectado. ✓

4. Sacos de cal hidráulica, herramienta, andamio del rellano de servicio: subidos al piano nobile o por encima de 2 m. ✓

Los de Chioggia vinieron a las ocho a subir los sacos.

Treinta y dos sacos de veinticinco kilos, del androne al rellano del piano nobile, por la caracola, al hombro, uno detrás de otro.

Los apilaron junto al sillón verde y los tablones de pino que no habían usado.

El más joven, al pasar, le dio una palmada al respaldo del sillón por encima de la cinta de obra, como se le da a un caballo.

El mayor le dijo algo en su dialecto que no entendí y el joven quitó la mano como si quemara.

—¿El puntal? —me dijo el mayor, al irse.

—El jueves.

—El jueves. —Miró la puerta de alerce cerrada—. Abajo no hay nada, ¿verdad, dottoressa?

—No.

Se fueron a las nueve y diez. Iban a Chioggia a subir sus propias cosas; en Chioggia el agua entra antes.

* * *

5. Documentación de obra, portátil, discos: en el cuarto de la osteria (primer piso, por encima de cota). ✓

6. Registradores de humedad del cuarto: comprobados, batería OK, por encima de cota. ✓

7. Cámara inferior: vacía. Acceso prohibido (protocolo, p. 9).

La dejé sin marcar.

Me quedé mirándola. El número siete. La casilla en blanco. Tenía la Parker encima, a un milímetro del papel. Con la tinta de mi bisabuelo dentro, la que había firmado la venta de un calado y un contrato con una fundación.

La marqué.

✓

La tinta se quedó en el papel. Una uve pequeña, torcida, en una casilla. La primera vez en mi vida que mentía en una lista.

* * *

A las once vino Nico.

Por la puerta de tierra, no por el agua; el sandolo lo había dejado en Castello, varado en la rampa del squero y atado con dos cabos, porque con siroco y ciento cuarenta y cinco no se sale a remar.

Venía del taller. Llevaba las botas de pescador al hombro, colgadas por las asas, y los pantalones remangados.

—He subido todo —dijo—. La madera del altillo no se moja. Las herramientas, en el banco alto. Rafi está poniendo las paratie. —Se sentó a mi lado en el escalón—. La pieza también. La de la C. La he puesto en la estantería de arriba.

—Bien.

—¿Y tú?

Le enseñé la libreta. La lista. Siete casillas marcadas.

Nico la leyó. Despacio, con el dedo, como leía el expediente del notario el de Chioggia. Se paró en la siete. No me miró.

—Vale —dijo.

Me devolvió la libreta.

* * *

A las doce, Oxana bajó la caracola. Deprisa. Era la primera vez en dos años que veía a Oxana hacer algo deprisa.

—Signore —le dijo a Nico. No a mí—. Suba.

Nico se levantó del escalón.

—¿Qué pasa?

—No come. No bebe. No abre los ojos. —Oxana se secó las manos en el delantal—. Respira con un ruido. He llamado al médico. Dice que no puede venir hasta mañana, que hay aviso de marea, que los vaporetti van a parar. Que le cambie el parche y que esté a su lado. —Se le movió la boca—. Que ya está.

Nico subió. Yo subí detrás.

* * *

Teresa estaba en la cama, boca arriba, con la cabeza ladeada hacia la ventana del norte.

No hacia la puerta: hacia la ventana. Hacia San Michele.

Tenía los ojos cerrados y la boca un poco abierta, y respiraba con un ruido nuevo, un ruido de agua en un tubo, de burbujas, como cuando se sopla con una pajita en un vaso.

Entre respiración y respiración había un silencio largo.

Tan largo que Oxana, de pie al lado de la cama con el rosario, se paraba en la cuenta hasta que llegaba la siguiente.

Tenía la partitura de Schubert encima del pecho, debajo de las dos manos. El pájaro de madera, en la mesilla, cantando sin ruido. La tarjeta azul de mi abuela, de pie contra el vaso.

Nico se sentó en el borde de la cama. Le cogió una mano. Le quitó la partitura de encima del pecho, con cuidado, y la dejó en la mesilla, para que respirara mejor.

Teresa abrió los ojos.

No sé si nos vio. Supongo que no. Pero abrió los ojos, y giró la cabeza en la almohada, desde la ventana hacia el cuarto. Hacia donde estaba Nico. Hacia donde estaba yo, de pie a los pies de la cama.

—Ancora qua? —dijo.

¿Todavía aquí?

Lo mismo. Exacto. Lo que dijo Nico en el androne en febrero, mirando mi maleta.

—Todavía aquí, nonna —dijo Nico.

Teresa cerró los ojos. Respiró. Burbujas. Silencio.

—No la lassè zo —dijo.

No la dejéis bajar.

* * *

Nadie dijo nada. Oxana se paró en la cuenta del rosario.

Nico me miró. Desde el borde de la cama, por encima del hombro, con la mano de su abuela en la suya.

Yo miré a Teresa.

—No voy a bajar —dije.

Teresa no abrió los ojos.

—Lo mismo me dijo ella —dijo, tan bajo que tuve que inclinarme—. Que no iba a correr. —Burbujas—. Y subió la escalera corriendo.

* * *

A las cuatro de la tarde vino Livia, con Sofia.

En el vaporetto de la línea 4.1, el último que salió de Fondamente Nove antes de que el Comune suspendiera las líneas de la laguna norte.

Subieron. Sofia llevaba el dedal de plata en una cadena al cuello, por fuera del jersey.

Se sentó en la silla de la chaqueta de punto, encima de la chaqueta, y le cogió la mano a su bisabuela, la que no tenía Nico. No dijo nada. Se quedó así una hora.

Livia se quedó de pie en la puerta, con el abrigo puesto. No entró del todo. A las cinco y cuarto le tocó el hombro a su hija.

—Hay que irse, tesoro. Si no, no hay barco.

Sofia se levantó. Se quitó la cadena del cuello. Le puso el dedal a Teresa en el dedo índice de la mano derecha, el de la media luna. Le quedaba grande. Se lo dejó puesto.

—Para que no te pinches —le dijo.

Se fueron. En la caracola oí a Livia llorar sin ruido, por la nariz, como lloran los Ardenti.

* * *

A las siete subí al piano nobile a hacer la foto.

Tarde. No la había hecho por la mañana. La doscientos cincuenta y dos.

Encendí la lámpara. Me quedé mirando la pared.

La cara estaba entera. Más nítida que nunca. La marea de la mañana había empujado otra vez el agua por el pozo y la sal había crecido encima de la sal. Tenía la frente, las cejas, los ojos, la pinza, el mechón suelto. La boca apretada. La raya del labio, gruesa como un trazo de lápiz de carpintero.

Y algo más.

Lo vi con la lámpara a ras, muy pegada, desde la izquierda. Debajo de la boca, en la barbilla, donde siempre había habido ladrillo limpio, había empezado a salir sal. Una franja nueva, horizontal, fina. No era parte de la cara. Era una línea recta, de lado a lado del parche, a la altura del cuello.

Como el nivel del agua en un vaso.

La fotografié. La miré en la pantalla de la cámara, ampliada. Era una línea de humedad, nada más. El agua del pozo había subido más que nunca por detrás del parche, y la sal marcaba hasta dónde. Una línea de marea. Lo había visto mil veces en mil paredes.

Nunca la había visto pasar por debajo de una boca.

* * *

A las ocho y veinte, en el androne, con el agua ya entrando por las juntas de las losas —un dedo, dos—, miré el móvil. La página de Vianello.

Martedì 12, ore 22:40: 150 cm.

Ciento cincuenta.

A las ocho y treinta y cinco sonaron las sirenas. Las de la ciudad entera, desde todos los campanarios, desde todos los tejados, a la vez. Una nota. Otra más alta. Otra. Otra.

Cuatro tonos.

Las conté desde el primer escalón de la escalera principal, con la libreta en la mano y la lista con siete casillas marcadas, y una de ellas mentira.

Cuatro tonos es todo. Después ya no hay más escalones.

Me levanté. Subí los treinta y ocho escalones de la caracola hasta el rellano del piano nobile. Saqué la llave de la puerta de alerce del bolsillo.

Solo para mirar. Me lo dije así. Solo para mirar por la trampilla hasta dónde había llegado el agua de dentro. Para saber si la cámara de intervalos, a un metro ochenta, seguía por encima.

Solo para mirar.