Acqua alta Teresa · VII
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Teresa · VII

Ester:

Hoy he firmado. Tres veces. Con la mano que no ve lo que firma, guiada por la del notario, que la tenía fría.

Le he dado a Livia lo que quedaba del vidrio de Murano.

Le he dado a la fundación mi tercio de la casa.

Le he dejado a la española un sobre. A Nicolò ya le di la llave el sábado, con la partitura.

Y he pedido que pongan mi nombre en una placa. Al lado del sillón. Con la edad. Me han dicho que sí. Me lo dijo la española el domingo, de parte de mi nieto, porque mi nieto todavía no sabe decírmelo él. Pero el sábado me subió en brazos. Y se paró en el cuarenta y siete. Y siguió.

Y cantó conmigo. La del pájaro.

No me ha perdonado. No tiene que perdonarme. Pero cantó.

* * *

Te debo los tres días. No te los he contado nunca. Nadie los sabe. Ni el señor, que los pasó en el sillón verde. Ni Bepi, que los pasó borracho en Murano. Ni Nina, que tosía.

El diecinueve de marzo, a las seis de la mañana, el señor me mandó a la cama.

Me dijo que no subiera al piano nobile. Que hiciera mi trabajo como siempre: la cocina, el agua, los suelos.

Que si alguien preguntaba por el señorito Alvise, había ido a Padua a la universidad.

Y se sentó en el sillón y giró el sillón hacia el pasillo.

No me acosté. Bajé al androne.

No sé por qué bajé. Lo he pensado setenta y cinco años y no lo sé.

Bajé con las manos quemadas envueltas en trapos mojados, porque me dolían tanto que no podía cerrarlas, y me senté en el suelo de piedra, en el rincón de debajo de la escalera de servicio, al lado de la puerta pequeña, la del vidrio, la que habíamos tapiado el doce de febrero.

Me senté ahí porque era el sitio más lejos del sillón que había en la casa.

Y lo oí.

Toc.

Al otro lado de la puerta. A un palmo de mi espalda. Abajo, en el agua.

Toc. Toc.

La taza. Ya lo sé ahora; entonces no lo sabía. Entonces era un ruido. Un ruido de metal contra piedra, pequeño, seco, como cuando mi padre golpeaba el casco de la barca con la boca del remo para ver si estaba podrido. Toc. Una pausa. Toc. Toc. Una pausa larga.

Y luego, muy bajo, casi nada, a través de cuarenta centímetros de ladrillo y de vidrio molido, su voz.

No decía nada. Ya no gritaba. Hablaba. Bajito. Como se habla a alguien que está en la habitación de al lado y no quieres despertar.

No sé qué decía. El agua y el vidrio se lo comían. Sé que hablaba.

Me quedé ahí sentada hasta que Nina bajó a buscarme para el desayuno.

* * *

El segundo día bajé otra vez. Por la noche, cuando el señor se durmió en el sillón. Con un cubo de agua fría para las manos.

Me senté en el mismo sitio. Metí las manos en el cubo.

Toc.

Menos. Más despacio. Con pausas más largas.

Subió la marea esa noche. No mucho. Lo normal de marzo. El agua entró en el androne por la puerta de agua y me mojó la falda y llegó a la puerta pequeña, y la tapó hasta la mitad. Y el toc se paró.

Pensé que se había muerto.

No. A las dos horas, cuando bajó el agua, volvió. Toc. Toc. Había subido. Había subido por las grapas del pozo, a oscuras, para que no lo ahogara la marea, y había vuelto a bajar cuando se fue. Treinta y dos grapas de hierro. Arriba y abajo. Con la marea.

Respirando con el agua, Ester. Como la casa.

* * *

El tercer día no bajé.

No pude. El señor me hizo subirle el café al salón y me hizo quedarme. Me hizo quedarme de pie al lado del sillón toda la tarde, con la bandeja. Y me miró las manos envueltas en trapos. Y me dijo: mañana te las ve el médico de la Misericordia, que yo le pago.

Y mientras me lo decía, por el pasillo, desde el dormitorio, desde detrás de tres hiladas de ladrillo y un madero y un panel, se oyó una cosa.

No un golpe. No una voz.

Una nota.

Una sola. Larga. Silbada. Como se silba una canción que no se sabe entera.

El señor se puso blanco. Yo dejé caer la bandeja.

No sé qué nota era. No sé tocar el piano; tú lo sabes. Pero era de algo. Era el principio de algo que no siguió.

Esa noche bajé al androne, a escondidas, a medianoche. Me senté en el rincón. Metí las manos en el cubo.

No hubo toc.

Esperé hasta que amaneció. Esperé hasta que bajó Nina.

Esperé hasta que el señor se levantó del sillón el veintidós por la mañana, y se lavó la cara, y se afeitó.

Dos días después fue a la Questura a denunciar que su hijo había desaparecido.

Dos días, para que pareciera que había esperado a ver si volvía.

No hubo toc nunca más.

* * *

La española ha bajado esta mañana al pozo.

Sola. A las seis y veinte. Oxana la vio entrar por la puerta de tierra con una bolsa negra y la linterna en la frente, y la oyó subir la caracola hasta el rellano, y oyó la puerta de alerce de mi nieto, y luego nada.

Treinta y cinco minutos. Luego la oyó salir.

No se lo ha dicho a nadie. Lo sé porque mi nieto ha estado aquí esta tarde y no lo sabía.

Es de tu sangre. Baja escaleras sola. Sin decírselo a nadie. Con la mano en la pared.

Mañana sube el agua. Ciento cuarenta y cinco, dice la radio. Yo digo más. Lo noto en los pies, que ya no los noto.

Si mañana baja otra vez, Ester, la voy a oír.

Llevo setenta y cinco años oyendo esa casa por debajo.

Las tuberías, las vigas, la marea en el androne, la reja, el sandolo.

Oigo a Oxana pasar las cuentas del rosario en el cuarto de al lado.

Oigo a mi nieto pararse en el cuarenta y siete.

Oigo el agua subir por el pozo hasta el piano nobile como subía la cal por el cubo.

Si mañana baja, la oiré.

Y esta vez no voy a estar de rodillas con las manos en un cubo.

T.