Acqua alta Capítulo 33 · Lunes 11
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Capítulo 33 · Lunes 11

Bajé a las seis y veinte, sola, con la cámara en una bolsa estanca y la linterna en la frente, y no se lo dije a nadie.

Eso primero. Que conste. Que lo hice a propósito, sabiendo, con el protocolo grapado encima de la mesa de mi cuarto y la página nueve en negrita.

No fue un descuido. No fue un despiste de una mujer cansada.

Fue una decisión técnica tomada por una técnica que sabía exactamente lo que hacía, y que se dijo a sí misma, subiendo a oscuras los treinta y ocho escalones de la caracola desde el androne, que era la última vez.

A las seis y veinte la marea estaba en su punto más bajo.

Lo había mirado en la página de Vianello a las cinco.

Cuarenta centímetros. El androne, seco. La cámara, con el agua que se le había quedado dentro de la marea de la mañana del domingo, ya casi vaciada por los poros. Un palmo. Lo mismo que en septiembre.

Me puse el arnés en el cuarto de Alvise. Enganché la línea de vida al anclaje químico del muro. No había nadie arriba para sujetarla; la enganché igual, con un nudo de mariposa al puntal de seguridad, que es lo que se hace cuando uno trabaja solo y no debería.

Bajé.

* * *

Treinta y dos peldaños. En el dieciséis, los puntales. Los alumbré. El de la izquierda seguía torcido. No más que el viernes. Un grado, dos. La placa de la base, abajo, seguía hundida en el barro. Lo miré y me dije: dos centímetros no es nada.

Lo he pensado muchas veces después. Lo he pensado con la cara de Vianello delante, con su barba recortada: eso no es un sótano, es una botella.

Lo he pensado con la cara de los de Chioggia.

Me dije que dos centímetros no es nada porque necesitaba que dos centímetros no fueran nada, como mi bisabuela necesitaba creer en el andén que el viejo había dicho le abriré.

Abajo, en la cámara, el agua me llegaba a la espinilla. Fría. Más fría que en septiembre. El barro, más blando. Las paredes chorreaban.

Coloqué la cámara de intervalos en el mismo sitio: en la repisa de ladrillo de la pared del fondo, a un metro ochenta del suelo, apuntando al arco tapiado.

Dentro de su carcasa estanca, con el foco de leds.

Una foto cada dos minutos. Batería para setenta y dos horas.

La sacaría el miércoles, con la marea baja.

A un metro ochenta, la cámara estaba por encima de lo que iba a subir el agua dentro con ciento cuarenta fuera. Lo había calculado: con el retraso de los poros, dentro llegaría a un metro diez, un metro veinte como mucho. Sobraba medio metro.

Lo había calculado.

* * *

Subí. Me quité el arnés. Cerré la puerta de alerce con llave.

A las ocho llegaron los de Chioggia con los tablones de reparto en la barca.

Dos tablones de pino de cinco centímetros, cortados a medida, para calzar el puntal.

Los subieron hasta el rellano del piano nobile y los dejaron apoyados en la pared, junto al sillón verde, al lado de la cinta de obra roja y blanca.

—Dottoressa —dijo el mayor—. Ciento treinta y cinco hoy. Ciento cuarenta mañana. —Se secó el sudor con el antebrazo—. Su papel dice que no se baja.

—Mi papel dice que no se baja.

—Entonces no bajamos. —Señaló los tablones—. Los dejamos aquí. El jueves, cuando baje el agua, calzamos.

—El jueves.

—El hierro aguanta. Lleva aguantando un mes.

Se fueron en la barca a las ocho y veinte. No les dije que yo había bajado dos horas antes.

* * *

El notario Dalla Vedova hijo llegó a las once en punto, en un taxi de agua desde la estación, con un maletín de piel y una pasante joven con una carpeta. Ottavio lo esperaba en la puerta de agua. Subieron los noventa y dos escalones con Oxana delante.

Yo no subí. No me correspondía. Me quedé en el piano nobile, en el rellano de la escalera de servicio, sentada en el primer escalón de la caracola, con la espalda contra la pared y el sillón verde enfrente, mirando la puerta de alerce.

Tardaron una hora y diez. Oí voces arriba, bajas, la del notario leyendo, la de Teresa diciendo sì tres veces, la de Ottavio. Oí a Livia llegar a las once y media por la puerta de tierra, deprisa, y subir corriendo, y no bajar. Oí una pluma en un papel. No la oí. Me la imaginé.

A las doce y veinte bajaron el notario y la pasante. El notario me saludó con la cabeza al pasar por el rellano, sin pararse, como se saluda a una desconocida en una escalera. La pasante me miró el labio.

Ottavio bajó detrás. Se paró delante de mí.

—Ya está —dijo.

—¿Todo?

—Todo lo que tenía que firmar. —Miró el sillón verde, la cinta, los tablones de pino apoyados en la pared—. La donación a Livia. El testamento. La fundación tiene el tercio. Nico tiene lo suyo. —Hizo una pausa—. Y usted tiene un sobre que no se abre hasta que se muera ella. Lo tengo yo.

—Le dije que no me dejara nada.

—No le ha dejado nada que no fuera ya suyo. —Ottavio se subió el cuello del abrigo—. Eso me ha pedido que le diga. Con esas palabras. Nada que no fuera ya suyo.

Bajó la caracola. Lo oí salir por la reja, al taxi de agua, donde lo esperaba el notario.

* * *

Por la tarde fuimos al taller de Castello.

Nico me lo había dicho por la mañana, en la osteria, con el cappuccino: esta tarde voy a abrir el bloque. Sin más. Sin interrogación. Como se dice que va a llover.

El bloque de nogal estaba en el banco grande cuando llegué, a las cuatro.

Lo había bajado del altillo con Rafi. Estaba tumbado sobre dos calzos de madera, con la corteza hacia arriba, con la C.

en la cera roja de la testa mirando hacia la puerta verde.

Al lado, en el banco, en fila, como se ponen los instrumentos en una mesa de operaciones: una cuña de hierro, un mazo de madera de boj, una sierra de bastidor, una azuela.

Rafi estaba sentado en su banco del fondo, sin hacer nada, con las manos en las rodillas.

—Le faltan año y medio —dije—. Me lo dijiste tú.

—Le faltan año y medio para tallarlo. —Nico se ató el delantal de cuero—. No para abrirlo. —Pasó la mano por la corteza—. Si lo abro ahora, en grueso, y saco la pieza en bruto, y la dejo secar así, sin el resto del bloque alrededor, se seca en seis meses. Más deprisa. Con menos tensión.

—¿Y si se raja?

—Si se raja, se raja. —Me miró—. Y busco la fórcola por otro sitio. Te lo dije. Siempre hay una dentro.

—¿Por qué ahora?

Nico no contestó enseguida. Cogió la cuña de hierro. La sopesó.

—Porque ya no quiero esperar a que algo se seque solo —dijo.

* * *

Lo abrió.

No con la sierra. Con la cuña y el mazo, como se abre la madera de verdad, por donde ella quiere abrirse y no por donde uno quiere cortarla. Buscó en la testa, con la uña, la línea del radio, la que va desde el corazón del tronco hacia la corteza. Puso la cuña ahí. La sujetó con la izquierda.

Levantó el mazo.

Rafi se levantó del banco.

El primer golpe sonó como suena una puerta grande al cerrarse en una iglesia vacía. La cuña entró un dedo. El bloque no se movió. El segundo golpe. Otro dedo. El tercero.

Al cuarto, el bloque crujió.

Un crujido largo, de dentro, de fibra que se separa de fibra, como se oye crujir el hielo de un lago antes de abrirse. Y la grieta apareció en la testa, siguiendo la línea del radio, limpia, recta, abriéndose hacia la corteza.

Al quinto golpe el bloque se abrió en dos.

Las dos mitades cayeron hacia los lados, sobre los calzos, con un ruido sordo, y quedaron ahí, abiertas, como un libro.

Y el olor.

No lo esperaba. Olía a nogal, como todo el taller, pero más. Mucho más. Un olor oscuro, dulce, casi a vino, que salió de dentro del bloque como sale el aire de una habitación que lleva mucho tiempo cerrada. Dieciocho meses de madera guardando su olor dentro, sin dejarlo salir.

Nico se inclinó sobre las dos mitades. Pasó los dedos por la cara abierta, por dentro, por donde nadie había tocado nunca.

Las fendas de la testa, las dos grietas finas como pelos que yo había visto en septiembre en el altillo, entraban en la madera tres dedos.

Y se paraban. Más adentro, el corazón del bloque estaba sano.

Liso. Sin una sola fisura. Con la veta oscura, ondulada, como el agua de un canal cuando pasa un vaporetto.

—La ghe xe —dijo Nico.

Está.

—¿La fórcola?

—Está dentro. —Pasó la palma por la madera, despacio—. Entera. No hay que buscarla por otro sitio.

Rafi, en el fondo, se volvió a sentar. Lo oí soltar el aire.

* * *

Nico desbastó la pieza esa tarde. Con la sierra de bastidor primero, sacando un tablón grueso del corazón de la mitad buena.

Luego con la azuela, a golpes cortos, rápidos, precisos, haciendo saltar virutas grandes como hojas de otoño, oscuras, que caían al suelo del taller y se quedaban ahí, rizadas.

Yo lo miré trabajar sentada en el taburete de las visitas.

Como en 2017. Como la primera vez que entendí quién era viéndole las manos.

A las siete, en el banco, había una forma.

No era una fórcola todavía. Era un bloque tosco, del tamaño de un antebrazo, con las caras planas y las aristas vivas. Pero si se miraba desde un lado, con la luz de la lámpara del banco, se adivinaban dentro las tres curvas. La del remo hacia delante. La del remo hacia atrás. La de parar.

Nico la pintó de cera en las testas, para que no se secara demasiado deprisa por los extremos. Le escribió con el lápiz de carpintero, en una de las caras planas, en mayúsculas pequeñas:

C. — 11-11-2019.

Y la puso en la estantería de encima del banco grande. A la vista. Donde le diera la luz.

—Seis meses —dijo—. En mayo la tallo.

—¿En este banco?

—En este banco. —Miró a Rafi, que fingía lijar algo—. Es el trato.

* * *

Cenamos en la osteria de Rina a las nueve.

Sarde in saor, polenta, un vino blanco de Bassano.

En la mesa de mármol del rincón, la de la briscola, aunque era lunes.

Rina nos la puso sin preguntar. Las paratie seguían en las guías de la puerta.

El suelo todavía estaba húmedo de la marea de la mañana, ciento treinta y uno, que había entrado un palmo y se había ido.

—Mañana, ciento cuarenta y cinco —dijo Rina, al traer la polenta—. Lo acaban de decir en la radio.

Nico dejó el tenedor.

—¿Ciento cuarenta y cinco?

—A las once menos diez de la noche. —Rina se secó las manos en el delantal—. Mañana cierro a las siete. No pienso estar aquí con el agua por la cintura sirviendo spritz a los alemanes.

Se fue a la cocina.

Nico me miró por encima de la polenta.

—Ciento cuarenta y cinco —dijo.

—Ya lo he oído.

—Tu cámara está vacía.

No contesté. Me llené la copa de vino. Me la bebí.

—Clara.

—Está vacía —dije.

Era la primera mentira que le decía desde la altana. Me salió con la voz del compás treinta y uno. Lo supe en cuanto la dije, porque la oí desde fuera, como se oye la voz de otro en una grabación.

Nico se quedó mirándome un segundo de más.

No dijo nada. Volvió a coger el tenedor.

Fuera, por el canal de los Ormesini, pasó una barca de los bomberos, despacio, con las luces azules apagadas, mirando las fondamente. El agua ya estaba subiendo otra vez. La de la noche. La pequeña.

La grande era la de mañana.