Acqua alta Capítulo 32 · Domingo 10
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Capítulo 32 · Domingo 10

Dos tonos.

Me despertaron a las seis y cuarenta. No la primera nota: la segunda.

La primera la oí dormida, dentro de un sueño en el que alguien llamaba con los nudillos a una tabla; la segunda subió por encima de la primera, más aguda, como un escalón, y abrí los ojos en el cuarto de encima de la osteria con el corazón ya contando.

Dos. Ciento veinte.

Nico no se despertó. Estaba boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y la cara hundida en la almohada, y el mechón blanco le tapaba un ojo. Había dormido conmigo por tercera vez en una semana. Rina ya ni le ponía el cappuccino con cara de nada: se lo ponía con cara de algo.

Me levanté. Fui a la ventana. Abrí el postigo.

El canal de los Ormesini estaba a ras de la fondamenta.

No por encima: a ras. El agua y la piedra a la misma altura, sin borde, como si alguien hubiera quitado la raya que separaba una cosa de la otra.

Las barcas amarradas flotaban a la altura de las rodillas de un hombre que pasara andando.

Y en los adoquines, delante de la puerta de la osteria, el agua empezaba a entrar por las juntas, desde abajo, sin que nadie la echara, como entra la sal en una pared: subiendo.

Hacía calor. Eso fue lo más raro. Diez de noviembre y hacía calor.

Un aire húmedo, pesado, tibio, que venía del sur y olía a mar abierto, a algas, a algo podrido muy lejano.

El cielo estaba amarillo. No gris: amarillo, de un amarillo sucio, como el papel viejo, con nubes bajas que corrían hacia el norte muy deprisa.

Siroco.

* * *

—Ciento veinte —dijo Rina, en la osteria, a las siete y media, con las botas de pescador puestas y las paratie de acero encajadas en las guías de la puerta—.

Ciento veinte un domingo de noviembre. Eso no es nada.

—Me puso un cappuccino encima de la barra—.

Siéntate en la barra, que en las mesas hay un palmo.

Había un palmo. El agua había entrado por debajo de las paratie, por el desagüe del suelo, que en Venecia funciona al revés cuando sube la marea: no saca el agua, la mete.

Las patas de hierro de las mesas de mármol estaban sumergidas.

El serrín del suelo flotaba en la superficie formando dibujos lentos, como las nubes en el cielo amarillo de fuera.

—¿Y el martes? —dije.

—El martes, ciento treinta y cinco. Lo ha dicho la radio. —Rina se encogió de hombros—. Ciento treinta y cinco hay todos los años. Dos o tres veces. Las passerelle llegan.

—Vianello me dijo que con luna llena y siroco…

—Vianello dice eso todos los años. —Rina me puso un cornetto en un plato—. Es su trabajo. Si dice que no pasa nada y pasa, lo echan. Si dice que pasa y no pasa, le dan una medalla por prudente.

Nico bajó a las ocho, descalzo, con los pantalones remangados hasta la rodilla. Se quedó en el último escalón de la escalera de madera, mirando el palmo de agua del suelo de la osteria.

—Bon dì —le dijo Rina—. ¿Le pongo un cappuccino al señor Ardenti o prefiere nadar hasta la barra?

—No sé nadar, Rina.

—Ya lo sé, caro. Todo el barrio lo sabe. —Le puso el cappuccino en la barra, en la punta más cercana a la escalera—. Por eso te lo pongo ahí.

* * *

A las once el agua había bajado. Así funciona Venecia: sube por la mañana, entra, se queda dos horas, se va.

Deja los suelos mojados, las calli brillando, un olor a laguna en los portales y una raya oscura en las paredes a la altura del tobillo.

Y la gente sale con fregonas y cubos y lo seca y abre las tiendas como si no hubiera pasado nada.

Fuimos a Ca’ Ardenti andando. Por la Fondamenta della Misericordia, por el campo de la Madonna dell’Orto, por la Sensa. En el androne de Ca’ Ardenti había un palmo de agua todavía, verde, quieta, que se iba retirando hacia la puerta de agua despacio, dejando en las losas una película de barro fino.

Nico subió a ver a su abuela. Yo subí al piano nobile.

Hice la foto de las siete y media a las once y cuarto.

Doscientos cincuenta. La cara estaba más nítida que nunca.

La marea de la mañana había empujado el agua por el pozo, la había subido por la chimenea de ladrillo hasta el piano nobile, la había metido por detrás del parche.

El ladrillo nuevo estaba oscuro de humedad en la parte de abajo.

Y la sal, encima, había crecido en una noche lo que en septiembre crecía en una semana.

La raya del labio era ya una línea gruesa. Blanca. De lápiz blando.

No la miré mucho. La fotografié y apagué la lámpara.

* * *

Luego hice lo que no tenía que hacer.

Fui al rellano de la escalera de servicio. Al acceso. Abrí la puerta de alerce con la llave. Entré en el cuarto de Alvise. Encendí el foco de obra.

La trampilla estaba abierta, como siempre desde septiembre, apoyada contra el muro, con su A. A. — B. A. — 1931 — PIRATI mirando hacia mí. Me asomé al pozo con la linterna frontal.

Abajo, a seis metros, la cámara estaba llena de agua hasta la mitad.

No se veía el suelo de barro. Se veía una superficie negra, quieta, con la luz de la linterna temblando encima como una moneda.

La escalera de aluminio bajaba y se hundía en ella.

Los puntales del apeo, a mitad del pozo, bajaban también hasta perderse en el agua.

La marea de fuera ya se había ido del androne. La de dentro no. Se quedaba. Como le había dicho a Vianello. Más despacio. Se queda.

Una botella con el cuello hacia arriba.

Me quedé mirándola.

En el portátil, en el cuarto de la osteria, tenía seis mil fotos de tres semanas: el mortero de Ottone sudando, tres hilos de agua entrando por los tres cráteres de la taza de Alvise con una marea de ciento quince.

Era lo más importante que había documentado en mi vida profesional.

La prueba de que el agua no subía por el muro, sino por un tubo; de que el pozo era el pulmón; de que la sal del dormitorio venía de ahí abajo, de la cámara, de la puerta de vidrio que no pudo abrir un hombre con una taza.

La explicación de la cara de Alvise en 1966 y en 2017. La explicación de la mía.

El noventa y cinco por ciento.

Con ciento quince, tres hilos. Con ciento treinta y cinco, el martes, ¿cuántos? ¿Por dónde más? ¿A qué velocidad? Si ponía la cámara de intervalos otra vez el lunes por la mañana, con la marea baja, con el agua de dentro ya bajada, a cincuenta centímetros del suelo, y la sacaba el miércoles…

Antes de cualquier marea prevista superior a 110 cm, retirar de la cámara inferior registradores, cámara de intervalos y baterías. No dejar nada abajo.

Lo había escrito yo. En negrita.

Cerré la trampilla. No del todo; la apoyé otra vez contra el muro. Apagué el foco. Salí. Cerré la puerta de alerce con llave.

No lo había decidido. Lo sé. Pero tampoco lo había descartado. Y eso, en mi oficio, se llama de otra manera.

* * *

A las siete de la tarde, en el cuarto de encima de la osteria, con Nico leyendo el periódico de Venecia en la cama y yo sentada en la mesa de debajo de la ventana con el portátil abierto en la página del Centro de Mareas, la previsión cambió.

A las cinco ponía: martes 12, 23:00, 135 cm.

A las siete ponía: martes 12, 22:45, 140 cm.

—Ciento cuarenta —dije.

Nico levantó la vista del periódico.

—Cuatro tonos —dijo.

—Cuatro tonos.

Se quedó mirándome. Dobló el periódico. Lo dejó en la colcha.

—El cuarto —dijo—. La cámara. El pozo.

—Ya lo sé.

—¿Está vacía?

—Está vacía. Lo saqué todo el viernes.

—¿Y el puntal? El que me dijiste.

—Lo calzan mañana. Los de Chioggia vienen a las ocho con los tablones.

—¿Con ciento treinta y cinco el lunes?

Me quedé callada.

—Clara. Tu protocolo dice que con más de ciento veinte no baja nadie.

—Ya lo sé lo que dice mi protocolo. Lo he escrito yo.

Nico se levantó de la cama. Vino a la mesa. Se quedó de pie detrás de mí, mirando la pantalla por encima de mi hombro. Ciento cuarenta, en rojo. Un gráfico con una curva que subía en forma de joroba. Al lado, en amarillo, un recuadro: Allerta. Si raccomanda la massima attenzione.

—Entonces no lo calzan —dijo.

—Entonces no lo calzan.

—¿Y aguanta?

—Dos centímetros no es nada. —Me oí decirlo con la voz del de Chioggia—. El hierro aguanta.

Nico no contestó. Me puso las dos manos en los hombros. Las tenía calientes. Se quedó así, detrás de mí, mirando la curva roja en la pantalla.

* * *

A las diez de la noche sonó el recordatorio de su móvil.

Encima de la mesilla. Una vibración corta y la pantalla encendida en la oscuridad, porque ya habíamos apagado la luz. clara. Diez de la noche. Repetir: todos los días.

Nico alargó la mano y lo apagó sin mirarlo.

—Estoy aquí —dijo, a nadie. Al móvil.

Fuera, el siroco movía las persianas. Un golpe. Otro. Como alguien que llama a una tabla con los nudillos, sin prisa, sabiendo que al final le van a abrir.

En el canal, el agua empezaba otra vez a subir. La oí. No la vi. La oí lamer la piedra de la fondamenta, un poco más alto cada vez, como se oye respirar a alguien en la habitación de al lado.

Ciento cuarenta.

Cuatro tonos es todo. Después ya no hay más escalones.