Acqua alta Capítulo 31 · Teresa se apaga
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Capítulo 31 · Teresa se apaga

Teresa se apaga

—Ya no quiero pan —dijo Teresa—. Ni caldo. Ni la papilla de la avioneta.

Oxana estaba de pie junto a la cama con un tazón de fruta triturada en la mano, la que hacía con la batidora que sonaba como una avioneta.

Teresa no lo miraba. Miraba el techo inclinado del cuarto de criada, con las vigas pintadas de blanco y una mancha de humedad en la esquina con forma de península.

—Signora, un poco.

—No.

—Dos cucharadas.

—Oxana. —Teresa giró la cabeza en la almohada—. Diez años. Te he dejado darme de comer diez años. Esta noche no.

Oxana dejó el tazón en la cómoda. Se quedó de pie, con las manos en el delantal, mirándola. Luego me miró a mí, que estaba en la silla de la chaqueta de punto, y luego a Nico, que estaba sentado en el suelo, contra la pared, junto a la ventana, con las rodillas recogidas.

No dijo nada. Se fue a su cuarto. Dejó la puerta abierta.

* * *

Nico se había quedado.

Había subido a su abuela en brazos a las seis, los noventa y dos escalones, y la había dejado en la cama, y le había quitado los zapatos, y le había echado la manta por encima. Y luego, en vez de irse, se había sentado en el suelo. Contra la pared. Debajo de la ventana del norte, la de San Michele.

No habían hablado. Ni una palabra. Dieciséis días sin hablarse y tres horas en el mismo cuarto, él en el suelo, ella en la cama, sin hablarse. Yo había subido a las nueve y me los había encontrado así, y me había sentado en la silla sin preguntar, y ahora éramos tres sin hablarnos.

Teresa respiraba con el silbido. Más largo que la semana anterior. Con una pausa al final, cada vez, como un escalón que falta.

* * *

El médico de la mochila de montaña había venido esa tarde, a las tres, antes de la reunión.

Me lo dijo Oxana en el rellano, en voz baja: el corazón, los riñones, el agua en los pulmones que no terminaba de irse desde enero.

Días. No semanas. Pochi giorni, había dicho, con la mochila puesta, en la puerta.

Que esté cómoda. Que no sufra. Si quiere comer, que coma.

Si no, no la obliguen. Le había dejado unos parches de morfina para el dolor y un papel con un teléfono de cuidados paliativos que Oxana había pegado con celo en la puerta de la nevera.

Teresa no había preguntado nada. Se lo había dicho ella al médico, me contó Oxana. Antes de que él abriera la boca. Ya lo sé, doctor. Lo noto en los pies.

* * *

A las diez menos cuarto, Teresa habló.

—La partitura —dijo.

Nico levantó la cabeza.

—La de él. La del ala norte. —Silbido—. La de Schubert. Quiero tenerla.

Nadie se movió. Teresa levantó la mano derecha de la colcha.

La llevó al cuello. A la cadena. A las medallas, a la Virgen de la Salute y al San Marcos y a otra que no sabía de quién era, y a la llave.

La llave del ala norte, de hierro, larga, con el paletón de dos dientes, que había llevado al cuello desde 1944.

Tiró de la cadena. No tenía fuerza. La cadena no se rompió.

—Nicolò —dijo.

Era la primera palabra que le dirigía en dieciséis días.

Nico se levantó del suelo. Se acercó a la cama. Se agachó. Le quitó la cadena por la cabeza, con cuidado, levantándole la trenza con una mano para que no se enganchara. Separó la llave de las medallas. Las medallas se las volvió a poner. La llave se la quedó en la palma.

—Tráemela —dijo Teresa.

* * *

Bajamos los dos. Sin linterna. Los noventa y dos escalones a oscuras, con la llave en la mano de Nico.

En el piano nobile cruzamos el vestíbulo y el salón con su hueco en el suelo, y el pasillo, y torcimos a la izquierda, hacia el ala norte, por el corredor que no se usaba desde 1944, con las paredes de estuco veneciano desconchado y los cuadros vueltos del revés.

La puerta del ala norte estaba cerrada. Desde 2017 Teresa la cerraba otra vez con llave. Ya no le hacía falta dejarla abierta.

Nico metió la llave. La giró. Dos vueltas. La cerradura sonó como suenan las cerraduras viejas, con un ruido de hueso.

El salón de música olía a polvo y a madera y a algo dulce, como de flores secas. El Bösendorfer estaba en el centro, con la funda de terciopelo granate puesta, como lo había dejado yo en noviembre de 2017. Encendí la linterna del móvil. Nico levantó la funda.

Encima del atril, la partitura. Franz Schubert. Sonate in B, D. 960. Una edición de Henle de los años treinta, con las tapas de cartón gris y las esquinas gastadas. En la primera página, con letra de pluma: A. Ardenti, 1941.

Nico la cogió. La abrió. Pasó las hojas despacio, una a una, hasta el segundo movimiento. Andante sostenuto. Hasta el compás treinta y uno.

Encima de las notas, a lápiz, con una letra inclinada a la derecha, apretada, de maestra de piano, que yo conocía mejor que la mía:

Non correre!

Nico se quedó mirándolo.

—Es su letra —dije—. De Ester.

—Ya lo sé. —No levantó la vista—. Lo vi en 2017. Cuando me lo enseñaste.

—¿Y?

—Y no sabía que era de tu bisabuela. —Cerró la partitura—. Pensaba que era de una profesora cualquiera.

* * *

Subimos. Teresa nos esperaba con los ojos abiertos.

Nico le puso la partitura en las manos. En las dos palmas, abiertas encima de la colcha. Teresa la sopesó, como sopesaba las cartas.

—Pesa poco —dijo.

—Es papel, nonna.

—Todo pesa poco al final. —Teresa pasó los dedos por la tapa de cartón, sin ver—. ¿Dónde está?

—¿El qué?

—Lo de ella. El non correre. —Me buscó con la cabeza—. Signora. Usted. Búsquemelo.

Me senté en el borde de la cama. Le cogí la partitura de las manos. La abrí por el segundo movimiento, por el compás treinta y uno. Le cogí la mano derecha, la de la media luna en el índice, y le puse el dedo encima del lápiz.

Encima de las dos palabras.

Teresa dejó el dedo ahí. Sin moverlo. Con los ojos cerrados. Como se deja el dedo en la muñeca de alguien para ver si todavía late.

—Lu sì el ghe ga dà reta —dijo.

Él sí le hizo caso.

Tardé en entenderlo. Non ho corso. A. A lápiz, en la pared del cuarto, debajo de tres rayas. Los últimos deberes de un alumno.

* * *

A las once Oxana vino a cambiarle el parche de morfina. Teresa la dejó hacer. Luego Oxana se fue y Teresa se quedó con la partitura encima del pecho, debajo de las dos manos, como se pone un libro de oraciones a un muerto.

—Signora —me dijo.

—Dígame.

—Cánteme.

Me quedé quieta.

—La nana —dijo Teresa—. La de ella. La que le enseñé yo en el cuarto. La que le cantaba su abuela en el calado. —Silbido—. Cántemela.

—Teresa, yo no canto.

—Todo el mundo canta.

—Yo no. Desafino. Mi abuela decía que tenía voz de grifo.

—Su abuela tiene razón en todo. —Teresa abrió los ojos—. Cánteme igual.

Miré a Nico. Estaba otra vez en el suelo, contra la pared, debajo de la ventana. Me miró. No me ayudó. Hizo un gesto con la barbilla, muy pequeño: venga.

* * *

Canté.

Mal. Con la voz de grifo de mi abuela. Con el veneciano de alguien que lo ha aprendido de oído en una residencia de Lardero y en un calado de la Ruavieja, sin saber dónde van los acentos. Bajo, casi susurrando, porque no me atrevía a más.

—Nina nana, putelo, la mama xe ’ndada…

—Xe ’ndà —dijo Teresa, sin abrir los ojos—. Xe ’ndà. Sin la de.

—La mama xe ‘ndà, la torna doman co’ la barca…

—Co la barca. Sin apóstrofo. Así lo dicen en Burano.

Paré.

—Si me corrige, no puedo.

—Siga. —Se le movió la boca—. La corregía a ella igual. Cada noche. En el cuarto, a oscuras, con la jarra. Y ella me decía que si la corregía no podía. Y seguía.

Seguí.

—E ti dormi, putelo…

Me quedé callada. Me faltaba la otra estrofa.

La del pájaro. La sabía. La había oído cantar a mi abuela entera por teléfono hacía dos semanas, en el banco de la Madonna dell’Orto.

La había oído cantar a Nico en el Espolón con una uva en la mano.

Pero no me salía. Se me había quedado en la garganta, como se queda una espina.

Y entonces, desde el suelo, debajo de la ventana, con la espalda contra la pared, Nico cantó.

—Canta l’oseleto…

Bajo. Con la voz grave, un poco ronca, de alguien que no canta nunca. Con el veneciano de verdad, el que se aprende en la cocina de una casa de Cannaregio con una abuela de Burano.

—…sora la rama verde.

Teresa abrió los ojos. Giró la cabeza en la almohada, hacia la ventana. Hacia donde estaba él.

Y cantó con él.

—Chi che dorme no perde, chi che speta no more.

Dos voces. La de él, grave. La de ella, un hilo, una hoja seca, de papel. Las dos a la vez, sin mirarse, en un cuarto de criada en lo alto de un palacio, con la ventana al norte y la tapia de San Michele en la oscuridad.

Luego se callaron.

* * *

Nadie dijo nada durante mucho tiempo.

Teresa tenía los ojos abiertos. Miraba hacia la ventana. Hacia Nico.

—Me la ga insegnada mi —dijo—. Esa estrofa. Te la enseñé yo. Tenías cuatro años. En la cocina. Mientras tu padre se iba a trabajar.

—Ya lo sé, nonna.

—Chi che speta no more. —Silbido—. Tu abuela de Logroño dice que es mentira.

—Lo es.

—Lo es. —Teresa cerró los ojos—. Pero la cantamos igual.

Nico se levantó del suelo. Se acercó a la cama. Se sentó en el borde, al otro lado, enfrente de mí. Le cogió a su abuela la mano izquierda, la que no tenía el dedo encima del non correre. Se la apretó.

No dijo te perdono. Ella no dijo perdóname.

Se quedó así, con la mano de su abuela en la suya, hasta que ella se durmió.

* * *

A la una de la madrugada, antes de que bajáramos, Teresa abrió los ojos una vez más.

No nos miró. Miró al techo. A la mancha de humedad con forma de península.

—Martedì cresse —dijo.

El martes sube.

—¿El qué, nonna?

—El agua. —Silbido—. El martes sube mucho. Lo noto en los pies.

—Nonna, no notas los pies.

—Por eso. —Cerró los ojos—. Por eso lo noto.