Acqua alta Capítulo 30 · Livia y la casa
70%

Capítulo 30 · Livia y la casa

Livia y la casa

—Noventa mil —dijo el abogado—. Más intereses de demora. Noventa y tres mil cuatrocientos doce euros con sesenta céntimos a día de hoy.

Nadie se había sentado en el hueco.

* * *

Livia, en una silla de la mesa larga, con el abrigo puesto.

Nico, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.

Ottavio, en la otra punta de la mesa, con una carpeta azul de la fundación delante, cerrada.

Yo, en una silla junto a la puerta, porque me habían dicho que viniera como directora técnica y no sabía dónde se sienta una directora técnica en una reunión de herencia.

Y Teresa.

Oxana la había bajado a las cuatro en brazos, los noventa y dos escalones, y la había sentado en la silla de ruedas, que había subido antes por el montacargas de la cocina, y la había colocado en la cabecera de la mesa larga, envuelta en el chal gris y una manta de cuadros.

Tenía el pelo recogido otra vez en una trenza fina, que le había hecho Oxana.

Llevaba en el cuello, por fuera del chal, la cadena con las medallas y la llave del ala norte.

No la había visto llevarla por fuera desde 2017.

Era la primera vez que se sentaba en ese salón desde la mañana de febrero de 1967 en que encontró al viejo muerto en el sillón. Me lo dijo Oxana después.

Miraba hacia la mesa. No veía la mesa. Veía, supongo, luces y sombras: la ventana, el traje gris del abogado, el hueco claro del sillón en el suelo.

* * *

—La entidad acreedora —siguió Pizzolato— ha concedido una moratoria hasta el treinta y uno de diciembre.

A partir del uno de enero procederá a la ejecución de la garantía, que es la cuota de propiedad de la señora Livia Ardenti sobre el inmueble.

Un tercio indiviso. —Se subió las gafas—.

Lo cual, en la práctica, significa que un banco de Padua pasaría a ser copropietario de este palacio con el señor Nicolò Ardenti y con la señora Teresa Zanon.

—Un banco de Padua —dijo Nico, desde la ventana.

—En la práctica.

—En mi casa.

—En un tercio indiviso de su casa, señor Ardenti. —Pizzolato no se inmutó—. Y un banco no quiere un tercio de un palacio. Quiere dinero. Pediría la división judicial de la cosa común. Es decir, la venta.

Livia miraba la mesa.

—No he venido a vender —dijo—. He venido a que me digáis qué hago.

* * *

Ottavio abrió la carpeta azul. La cerró otra vez. Miró a Teresa.

—Signora —dijo.

—Sì.

—¿Quiere que lo diga yo?

—No. —Teresa levantó la cabeza—. Lo digo yo. Ya he dejado que lo digan los demás bastante tiempo.

Se volvió hacia la voz del abogado. Hacia donde creía que estaba.

—Avvocato. Apunte.

Pizzolato se quedó un segundo quieto. Luego sacó una pluma del bolsillo interior de la chaqueta.

—Primero —dijo Teresa—. El lunes viene a esta casa el notario Dalla Vedova, el hijo, de Treviso. A las once. Le he llamado yo. Va a traer dos papeles.

Silbido. Oxana, a su lado, le acercó el vaso con la pajita. Teresa bebió.

—El primero es una donación a mi nieta Livia. Noventa y cinco mil euros. En vida. Para que pague al banco de Padua y le diga a ese banco que no vuelva a escribirle nunca. —Bebió otra vez—. Es lo que me queda de los hornos de Murano. Lo demás ya lo he gastado. En paredes.

Livia levantó la cabeza.

—Nonna.

—No me des las gracias. No te lo doy a ti.

Se lo doy a Sofia y a Marco, que tienen una madre que firmó papeles por un hombre que serraba paline.

—Teresa no la miraba; miraba hacia donde creía que estaba—.

Y te lo doy porque es mío. Porque una vez, en 1944, alguien de esta casa me dio una cosa que no era suya, y me ha costado setenta y cinco años devolverla.

* * *

—Segundo —dijo Teresa—. Mi tercio de la casa.

Nadie se movió. Pizzolato tenía la pluma levantada.

—Cuando me muera, que va a ser pronto, mi tercio pasa a la Fondazione Rio Terà.

—Silbido—. Con una condición. Que la fundación no lo venda nunca.

Que lo use para el cuarto de Alvise y para lo que haya alrededor: el pasillo, el dormitorio, el rellano de la escalera de servicio.

Para que se pueda entrar. Para que entre gente.

—Hizo una pausa—. Para que el lugar de memoria no sea un agujero en una casa privada. Que sea de alguien que no se muere.

Ottavio no abrió la carpeta. No le hacía falta; lo sabía. Asintió en silencio.

—Tercero.

Teresa giró la cabeza. Hacia la ventana. Hacia donde estaba Nico, de pie, con los brazos cruzados, sin mirarla. Desde la noche de la tarjeta, Nico no le había dirigido la palabra. Dieciséis días. Ni una.

—Nicolò.

Nico no contestó.

—El bajo de la fondamenta. El de los almacenes del vidrio. —Teresa habló hacia él, como se le habla a alguien que puede irse en cualquier momento—. Me lo ha dicho Oxana, que se lo ha dicho Rafi. Que lo quieres para el taller.

Nico se volvió. La miró.

—Es tuyo —dijo Teresa—. Es de tu tercio. No necesitas que yo te lo dé. —Se le movió la boca—. Pero quería que supieras que lo sé. Y que me alegro. Que en esta casa se oiga una gubia. Que entre luz por la fondamenta. Que la gente que suba a ver el cuarto pase por delante de una puerta abierta.

Nico no dijo nada. Se le movió la mandíbula. Se volvió otra vez hacia la ventana.

* * *

—¿Y arriba? —dijo Livia.

Teresa se volvió hacia ella.

—¿Qué arriba?

—Arriba, nonna. El segundo piso. El tercero. Tu cuarto. —Livia se quitó por fin el abrigo; lo dejó en el respaldo de la silla—. El cuarto de Alvise para la fundación, el bajo para Nico, el banco pagado. ¿Y el resto de la casa? ¿Quién va a vivir arriba?

Teresa se quedó callada.

Y luego giró la cabeza, muy despacio, hacia la puerta del salón. Hacia la silla junto a la puerta. Hacia mí.

No me veía. Lo sé. Veía una mancha oscura en una silla junto a una puerta. Pero giró la cabeza hacia esa mancha y se quedó así.

Todos se volvieron a mirarme. Livia. Ottavio. El abogado de Mestre con la pluma en el aire. Oxana. Nico, desde la ventana, por encima del hombro.

—No —dije.

—No he dicho nada —dijo Teresa.

—No ha hecho falta.

—Signora, yo solo he girado la cabeza. —Algo se le movió en la comisura de la boca. Algo que en otra mujer habría sido una sonrisa—. Una vieja ciega gira la cabeza hacia una puerta. Eso no es una condición. No lo apunte, avvocato.

Pizzolato bajó la pluma.

—No me voy a quedar en esta casa porque usted me la deje —dije—. No me deje nada. Ni un tercio, ni un piso, ni una silla.

—No le dejo nada. —Teresa se volvió otra vez hacia la mesa—. Ya le he dado bastante. Lo que haga con lo que tiene, es suyo.

Livia me miró. Desde su silla. Con los ojos grises de Nico, sin la indecisión. Y algo pasó por su cara que no le había visto nunca: algo entre la risa y la pena.

—Te has puesto colorada —me dijo, en español, bajito.

—No.

—Hasta las orejas, Clara.

* * *

Pizzolato se fue a las cinco y media, con sus papeles, en el vaporetto. Ottavio se fue con él, con la carpeta azul debajo del brazo, sin haberla abierto. En la puerta del salón me puso la mano en el hombro y me dijo, al oído: ya ve que no hacía falta el notario para todo. Y se fue.

Livia se quedó. Se acercó a la cabecera de la mesa. Se agachó junto a la silla de ruedas de su abuela, con una rodilla en el terrazo, a la altura de su cara.

—Sofia lleva el dedal —dijo—. En una cadena. Al cuello. Desde marzo. No se lo quita ni para ducharse.

Teresa no dijo nada.

—Me ha preguntado qué se ha roto. —A Livia se le quebró la voz—. Y no se lo he sabido decir.

Teresa sacó la mano de debajo de la manta. Despacio. La palma lisa, sin líneas. La puso en la mejilla de su nieta. Como se pone en una pared para tomarle el pulso.

—Todo, tesoro —dijo—. Se ha roto todo. Hace mucho. —Le pasó el pulgar por la cara—. Dile que empiece por lo pequeño.

Livia se echó a llorar. Sin ruido, con la frente apoyada en el brazo de la silla de ruedas. Teresa le dejó la mano en la mejilla.

* * *

A las seis Oxana se acercó a la silla para subir a Teresa.

Se agachó, como siempre, para cogerla en brazos. Pasó un brazo por la espalda, el otro por debajo de las rodillas.

—Lassa —dijo Nico.

Déjala.

Oxana se quedó quieta. Nico había cruzado el salón desde la ventana sin que lo oyéramos. Estaba de pie junto a la silla de ruedas, mirando a su abuela desde arriba. Oxana lo miró a él, luego a Teresa. Se apartó.

Nico se agachó. Pasó un brazo por la espalda de Teresa, el otro por debajo de las rodillas, como en San Michele. La levantó.

No dijo nada. Ella tampoco. Teresa apoyó la cabeza en su hombro, con la trenza y las medallas y la llave del ala norte colgando, con la mano que no había dejado de ser una palma sin líneas cogida a la solapa de la camisa de su nieto.

Nico salió del salón. Cruzó el vestíbulo. Pasó por la puerta pequeña de la escalera de servicio. En el rellano, delante de la puerta de alerce, delante del sillón verde con su cinta de obra roja y blanca, no se paró. No lo miró.

Empezó a subir.

Lo oí desde el salón, con Oxana a mi lado y Livia todavía de rodillas junto a una silla de ruedas vacía. Los pasos en la caracola. Uno a uno. Pesados. Lentos. Sin cambiar de respiración. Los pasos de alguien que sube noventa y dos escalones con una mujer en brazos.

En algún sitio, a la mitad, en el cuarenta y siete, en la saetera, se pararon.

Un segundo. Dos.

Y luego siguieron.