Acqua alta Teresa · VI
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Teresa · VI

Ester:

En enero del ochenta y siete fui a la mercería, la segunda semana, en el tren de la mañana, como siempre. Nives me dio la caja de botones. Dentro estaba esa carta y nada más.

Pensé que estabas enfadada. Pensé que te había molestado algo de mi última, la del verano, en la que te conté que Giorgio se había separado y que Bepi no se lo perdonaba.

Pensé que te habías cansado de mí, que a veces pasa, que después de cuarenta y dos años una amiga se cansa como se cansa un zapato.

Me volví a Venecia en el tren de la tarde pensando eso.

No te escribí. Te esperé.

Esperé un año. En febrero, nada. En abril, nada. En el verano, nada. En septiembre fui a Treviso fuera de fecha, sin avisar, y Nives me abrió la caja de botones y estaba vacía. Me senté en la trastienda en las cajas y no me levanté en una hora.

Ya lo sabía, Ester. Lo sabía desde enero. Pero una cosa es saber y otra es que te lo digan, y a mí no me lo decía nadie, porque la única persona en el mundo que sabía que tú y yo nos escribíamos eras tú.

* * *

Me lo dijo una tarjeta de Navidad.

Llegó a Treviso en diciembre del ochenta y siete y la recogí en enero del ochenta y ocho, en la mesa camilla de Nives, con la hija de Nives haciéndome un café.

Un sobre azul con un sello español con una estrella dorada.

Una letra que no era la tuya. Redonda, grande, de colegio de monjas. Con faltas.

Querida amiga. Mamá murió en febrero. Me dijo que le escribiera a usted por Navidad para que supiera que estábamos bien. Inés se ha ido. Me he quedado con la niña. Se llama Clara. Tiene siete años y mira las paredes. Feliz Navidad. L.

Así me enteré de que te habías muerto. Once meses tarde. Por una niña de cuarenta y tres años que vendía botones en la calle Portales y que me llamaba de usted y no sabía quién era yo.

La hija de Nives me vio la cara y se fue a la cocina.

Me quedé con la tarjeta en las manos. Con las palmas. Leyéndola. Inés se ha ido. Me he quedado con la niña. Tiene siete años y mira las paredes.

Mira las paredes.

* * *

Al año siguiente llegó otra. Y al otro. Siempre el veinte de diciembre, siempre la estrella, siempre la ele. Siempre una línea sobre la niña.

En la de 1988 venía otra cosa. Te la copio entera porque me la sé:

Querida amiga. Este año la niña ha sacado buenas notas.

Juli, mi hermano, tapió en octubre del ochenta y seis, antes de que muriera mamá, un agujero que tenía mamá en el calado, donde ponía las velas.

Lo hizo porque ella se lo pidió antes de morir.

Ha quedado una mancha blanca en la pared, de cemento nuevo.

La niña baja al calado y se queda mirándola.

Le digo que suba, que hace frío, y no sube.

Dice que la mancha tiene forma de algo. Feliz Navidad. L.

Leí eso en la mesa de Nives y entendí dos cosas.

La primera, que habías metido algo en una pared.

Tú. Que llevabas cuarenta años encendiendo dos velas los viernes en un agujero de una roca, me lo habías contado en una carta del cincuenta y tantos, y que antes de morirte le habías pedido a tu hijo que lo tapiara.

No sabía qué. Sabía que lo habías tapiado.

Que tú también habías cerrado un muro con algo dentro.

La segunda, que había una niña de ocho años en Logroño que bajaba a un sótano a mirar una mancha de cemento nuevo y no quería subir.

Que le decían que subiera, que hacía frío, y no subía.

Que veía formas.

* * *

Esa noche, al volver de Treviso, subí al piano nobile. Era viernes. Bepi estaba en el salón, en su butaca, la de la tele, no en el sillón verde, que no lo tocaba nadie. Pasé por delante sin decir nada. Fui al dormitorio. Cerré la puerta.

Encendí dos velas.

Dos cabos de vela de la cocina, en un plato de loza, en el suelo del terrazo, delante de la pared verde de Gino, donde veintiún años antes había estado la cara de él. A la altura de un hombre sentado. Me arrodillé delante. No recé. No sé rezar a nadie que esté detrás de una pared.

Me quedé ahí hasta que se apagaron.

Bepi olió la cera por la mañana. En el pasillo. Se paró delante de la puerta del dormitorio, que no abría nunca, y olió, y me miró. Yo estaba en la cocina con la cafetera.

No dijo nada. Se fue a Murano.

Lo hice todos los viernes hasta que se murió él. Veintiocho años. Dos velas, en el suelo, delante de la pared verde. Como tú en tu roca. Él lo sabía y no entró nunca a apagarlas.

Las dos cosas, Ester. Ya te lo dije: fue un buen marido.

* * *

Esa niña de la mancha blanca tiene ahora treinta y nueve años y una raya en el labio, y hace dos semanas llamó por teléfono a su abuela desde el banco de la Madonna dell’Orto, y su abuela le cantó mi nana entera, con el pájaro.

Me lo contó ella misma la noche del sillón, en la puerta, cuando ya se iba, como se cuentan las cosas que no se quieren contar.

Chi che speta no more. Quien espera no se muere.

Tu hija le ha dicho que eso es mentira.

Tiene razón tu hija. Yo llevo esperando setenta y cinco años y me estoy muriendo igual. Lo noto en los pies, que ya no los noto. Lo noto en el pan, que ya no me baja. Lo noto en que me he puesto a escribirte, que es lo que hace la gente cuando ya no le queda tiempo para hablar.

Mañana viene Livia con un abogado. Sé lo que quiere. Le voy a dar lo que no sabe que quiere.

Y después le voy a pedir a la española una cosa que no le he pedido a nadie desde 1943.

Que me cante.

T.