Acqua alta Capítulo 29 · Rafi
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Capítulo 29 · Rafi

Rafi

—Yo no heredo de los vivos —dijo Rafi—. Es de mala suerte. En mi casa y en la suya.

Tenía el papel en la mano. Un folio doblado en tres, con el membrete de un notario de la Strada Nova, que Nico le había dado como le da las herramientas: con la empuñadura por delante.

Rafi lo había desdoblado, lo había leído, se había puesto colorado hasta la raíz del pelo y lo había vuelto a doblar en tres.

Y se lo había devuelto.

—Rafi —dijo Nico.

—No, maestro.

Era el sábado nueve de noviembre, a las once de la mañana.

Llovía. En la fondamenta, la marea de la mañana había dejado un charco largo donde se reflejaban las fachadas al revés.

Yo estaba sentada en el taburete del rincón, el de las visitas, con una taza en las manos, y no tenía que estar allí.

Nico me había dicho quédate. Rafi no me había mirado desde que entré.

* * *

—Es el taller —dijo Nico—. La herramienta. El contrato de alquiler, que lo paso a tu nombre. Las maderas del altillo menos tres piezas. Los clientes. —Señaló el tablero de las gubias, con sus siluetas pintadas—. Todo.

—Ya sé lo que es. Lo he leído.

—Y la fórcola buena. La de Ernesto, la vieja, la que te dejé en el otro testamento.

—Ya lo he leído, maestro.

—Ese testamento lo hice en enero de 2018 —dijo Nico—. Cuando creía que me quedaba un año. Por una cara en una pared. —Se pasó la mano por la nuca—. Esto no es un testamento. Es una donación. Es ahora. Te lo doy ahora, vivo, para que lo tengas tú.

—Por eso no lo quiero.

Nico se quedó callado. Rafi también. La lluvia golpeaba el cristal de la puerta verde.

* * *

Rafi tenía veinte años. Era hijo de un soldador de los astilleros de Marghera que había llegado de Chittagong con un contrato de seis meses y se había quedado veintitrés años.

Su madre le mandaba a Nico todos los lunes un termo de té con cardamomo, porque un hombre que vive solo encima de un taller tiene que beber algo caliente que haya hecho una madre.

Llevaba con Nico desde los dieciséis. Había llegado una tarde de octubre a la puerta verde con una mochila del instituto profesional y una fórcola de pino mal hecha, tallada con un cuchillo de cocina, y le había preguntado si le enseñaba.

Nico le había dicho que no. Rafi había vuelto diez días seguidos.

Al décimo, Nico le había dado una escoba.

Cuatro años barriendo, mirando, afilando, pasando aceite. Desde hacía uno, desbastando. Desde hacía seis meses, sus primeras fórcolas enteras, pequeñas, de sandolo, que Nico le corregía con un lápiz de carpintero sin decir nada, solo con rayas.

—Mi padre —dijo Rafi— no ha heredado nada en su vida. Todo lo que tiene lo ha soldado. —Me miró por primera vez—. Lo dice así, signora. Todo lo que tengo lo he soldado. La casa de Mestre, el coche, mi hermana en la universidad. Soldado. Con las manos.

—Rafi…

—Y usted me quiere dar el taller. —Se volvió hacia Nico—. Vivo. Con un papel. Como se le da a alguien que se va.

—No me voy.

—Entonces no me lo dé.

* * *

Nico se sentó en el taburete del banco grande. Se quedó mirando a Rafi desde abajo, con las manos en las rodillas.

—Me voy a otro sitio —dijo—. No me voy de Venecia. Me voy a otro taller.

Rafi frunció el ceño.

—¿Qué taller?

Nico me miró a mí. Yo no sabía nada. Me encogí de hombros.

—Livia viene esta tarde a Ca’ Ardenti con un abogado —dijo Nico—.

Quiere hablar de la casa. No sé lo que quiere.

Pero sé lo que quiero yo. —Se frotó las manos—.

Quiero el bajo. El de la Sensa. El que da a la fondamenta por un lado y al androne por otro, donde estaban los almacenes de vidrio del bisabuelo.

Cuarenta metros. Techo alto. Luz de dos lados.

Una puerta al agua. —Miró el tablero de las gubias—.

Quiero hacer fórcolas en la casa donde me enseñaron a remar.

Rafi se quedó con la boca un poco abierta.

—Y este taller —dijo Nico— no lo voy a dejar para que pongan una tienda de máscaras de carnaval para turistas. Este taller tiene que seguir haciendo fórcolas. En Castello. Junto al squero. Como desde 1947. —Señaló a Rafi con la barbilla—. Y eso solo lo puede hacer uno.

* * *

Rafi no dijo nada durante mucho tiempo.

Luego fue al tablero. A las gubias. Se quedó delante, mirándolas, de espaldas a nosotros. Cuarenta y tres gubias con sus siluetas pintadas en blanco. Las de Nico, las de su maestro de Pellestrina, alguna con el mango de boj negro de manos del maestro del maestro.

—Si me lo da ahora —dijo Rafi, de espaldas— y lo hago mal, se va a enterar todo Castello.

—Lo vas a hacer mal —dijo Nico—. Al principio. Como lo hice yo.

—Usted no lo hizo mal.

—Tiré catorce fórcolas el primer año. —Nico se levantó—. El viejo Bortolo me las tiraba al canal desde la ventana. Delante de todo el squero. —Se le movió la boca—. Hay una fórcola mía en un salón de Múnich, mal hecha, con una etiqueta que pone Venedig.

Rafi se rio. Por la nariz. Una vez. Se le escapó.

Luego se volvió. Tenía los ojos húmedos y la boca dura, de chico que se ha hecho mayor demasiado deprisa.

—No lo quiero regalado —dijo.

—¿Entonces?

—Lo alquilo. —Rafi se cruzó de brazos—. Las herramientas me las vende.

A plazos. Cincuenta euros al mes hasta que las pague.

Y la madera del altillo, igual. Y el contrato a mi nombre, sí, pero el primer año el alquiler lo pagamos a medias, porque no voy a tener clientes.

—Levantó la barbilla—. Y la fórcola buena no.

La fórcola buena es de Ernesto. Se la devuelve a Ernesto.

Nico lo miró. Mucho tiempo.

—Cincuenta euros al mes —dijo— son siete años.

—Ya lo sé.

—Te vas a casar antes de pagarla.

—Entonces la pagaré casado. —Rafi le tendió la mano—. ¿Trato?

* * *

Se dieron la mano encima del banco grande, sobre una fórcola de nogal a medio desbastar, la del chico de Pellestrina. Un apretón corto, seco, de dos hombres que trabajan con las manos y no se tocan nunca más que para pasarse herramientas.

Luego Rafi cogió el folio del notario del banco, donde lo había dejado Nico, y lo rompió en dos. Y en cuatro. Y lo tiró a la caja de las virutas.

—Eso no vale nada —dijo—. Lo de la mano, sí.

Y se fue a la trastienda a hacer café, aunque había café hecho, porque no quería que lo viéramos.

* * *

Nico se quedó de pie junto al banco, mirando la caja de las virutas, con los trozos del folio blanco entre las virutas pálidas de nogal.

—¿El bajo de la Sensa? —dije.

—El bajo de la Sensa.

—No me lo habías dicho.

—Lo decidí el sábado pasado. En la altana. Cuando dijiste fico. —Me miró—. Si tú te quedas, yo me muevo. No mucho. Dos kilómetros. Pero me muevo.

—Es el bajo de la casa que no querías vender.

—Por eso. Si no la vendo, que sirva para algo. Que se oiga una gubia en esa casa. Que entre luz. Que la gente que venga a ver el cuarto de Alvise pase por delante de un taller con la puerta abierta y huela a nogal. —Se le movió la cara—. Que no sea solo una casa de muertos.

Me levanté del taburete. Fui hasta él. Le cogí la cara con las dos manos, la barba de tres días, la nariz rota, y le di un beso en la frente, debajo del mechón blanco. Como se da en una iglesia.

Olía a nogal.

—¿Y Livia? —dije.

—Livia necesita noventa mil euros.

—¿Y tú los tienes?

—Tengo un sillón verde, un sandolo, un bloque de nogal que no está seco y la mitad de un taller que ahora es de Rafi a plazos. —Se rio, por fin, de verdad—. No, Clara. No los tengo.

* * *

Rafi volvió de la trastienda con tres tazas en una bandeja que no era una bandeja, era una tabla de alerce de las que sobraron de la puerta. Nos dio una a cada uno. Se quedó con la tercera.

—Maestro —dijo.

—Dime.

—Una cosa más. Del trato.

Nico esperó.

—Cuando termine el bloque —dijo Rafi—. El del altillo. El de la C. —Me miró a mí, un segundo, y luego a él—. Lo talla aquí. En este banco. No en el bajo de la Sensa. Aquí. Donde lo puso a secar.

Nico se quedó con la taza a medio camino de la boca.

—Para eso faltan dos años —dijo.

—Ya lo sé. —Rafi bebió—. Por eso lo digo ahora. Para que no se le olvide.

Se fue al banco pequeño, el suyo, el del fondo, y se puso a lijar una pieza de pino que no necesitaba lijarse, con mucha concentración, de espaldas.

Nico me miró por encima de la taza.

Fuera, la lluvia había parado. En el charco largo de la fondamenta, las fachadas de Castello se habían quedado quietas, al revés, perfectas, esperando a que alguien pasara y las rompiera.