Capítulo 28 · La cara cada mañana
La cara cada mañana
—Déjalo —dijo Nico—. Por favor. Solo hoy.
Tenía la mano encima de la mía. Encima del botón de la cámara. No apretaba; solo la tenía puesta, caliente, áspera, como se pone una mano encima de un perro que está a punto de saltar.
Eran las siete y treinta y uno de la mañana del jueves siete de noviembre.
Yo estaba de rodillas en el terrazo del dormitorio, con la cámara en el trípode, el trípode en sus tres marcas de cinta, la lámpara de luz rasante encendida desde la izquierda.
Él estaba de pie detrás de mí. Había dormido en el cuarto de la osteria y me había acompañado para ver cómo lo haces.
Me había mirado montar el trípode sin decir nada.
Y en el último momento, cuando ya tenía el dedo en el botón, me había puesto la mano encima.
* * *
—¿Por qué? —dije.
—Porque llevas doscientas cuarenta y tantas.
—Doscientas cuarenta y seis.
—Doscientas cuarenta y seis. —No quitó la mano—. ¿Para qué?
—Es un registro. Un fenómeno en estudio. Si no lo documento cada día, no sé cómo cambia. No sé cuándo crece, cuándo mengua, qué relación tiene con la marea, con la humedad del cuarto, con…
—Clara.
Me callé.
—Te he visto la cara —dijo Nico—. Mientras ponías el trípode. No la tienes de técnica. —Me apretó un poco la mano—. La tienes como la tenía el nonno cuando bajaba los domingos a mirar si la marea había entrado en el androne. Como si fuera a ver si se ha llevado algo.
—No es lo mismo.
—Cada mañana subes a ver si sigues ahí.
Me quedé quieta. Con el dedo en el botón y su mano encima.
En la pared, a un metro, a la altura de un hombre sentado, mi cara me miraba.
Más nítida que nunca. Las mareas de esa semana la habían alimentado como se alimenta un fuego con papel.
Tenía la frente, las cejas, los ojos hundidos, la pinza, el mechón suelto.
Tenía la boca apretada. Y la raya. Más blanca que nunca.
Más gruesa. Como si alguien la hubiera repasado.
* * *
—Es una cuenta atrás —dijo Nico—. No es un registro. Lo sabes.
—Es las dos cosas.
—Vale. Las dos cosas. —Por fin quitó la mano—. Entonces deja la mitad que es cuenta atrás. Hoy. Un día.
Me levanté. Las rodillas me crujieron. Me quedé de pie a su lado, frente a la pared, con los brazos colgando.
—No puedo —dije.
—¿Por qué?
Lo pensé. Lo pensé de verdad, no con voz de informe.
—Porque si no la miro —dije— no sé dónde está.
Nico no dijo nada.
—Llevo toda la vida haciendo eso, Nico. Mirando las paredes antes de que me miren ellas.
Tomándoles el pulso con el dedo antes de verlas.
Midiéndolas. Si una sal tiene un número, no es una cara.
—Señalé la pared—. Esta tiene doscientos cuarenta y seis números.
Si dejo de ponerle números, es una cara.
—Es una cara.
—Ya lo sé que es una cara. —Se me rompió algo—. Por eso.
* * *
Nico se agachó delante de la pared.
Sin tocarla. A un palmo, como me había agachado yo el primer día. Se quedó mirando mi cara de sal con los ojos grises entornados, con la luz rasante dándole a él también de lado.
—Xe ti —dijo.
Eres tú.
—Es sal.
—Es sal y eres tú. —Se incorporó—. Las dos cosas. Me lo enseñaste tú.
Se quedó de pie a mi lado. Muy cerca. El hombro contra mi hombro.
—Si no puedes dejar de mirarla —dijo—, mírala conmigo.
* * *
Hizo él la foto.
Se agachó detrás del trípode, puso el ojo en el visor, como me había visto hacer a mí. Comprobó la carta de color, que no sabía para qué servía. Ajustó la regla de escala un milímetro hacia la izquierda, porque estaba torcida; nadie más en el mundo lo habría visto.
Y apretó.
Clic.
La doscientos cuarenta y siete. La única de la carpeta CIG_2019 que no hice yo. La tengo. Está igual que las otras: la misma luz, el mismo ángulo, la misma regla. No se nota nada.
Yo sé cuál es.
* * *
En el rellano de la escalera de servicio, al salir, estaba el sillón verde.
Lo habían subido los de Chioggia el martes por la caracola, de lado, maldiciendo en su dialecto.
Lo habían dejado donde yo les dije: en el rellano del piano nobile, delante de la puerta de alerce, a dos metros, mirándola.
Con las patas sobre cuatro tacos de fieltro para no rayar el suelo.
Con una cinta de obra de plástico rojo y blanco atada entre los dos brazos, provisional, para que nadie se sentara.
Nico no lo había visto. Había entrado esa mañana por la puerta de agua y había subido por la escalera principal, la de mármol, conmigo. No había pasado por el rellano de servicio.
Se paró en seco.
Se quedó mirándolo. El sillón de su bisabuelo, con su terciopelo verde gastado y su mancha de pulgar en el brazo derecho y su cojín hundido con la forma de un hombre. Mirando la puerta que había hecho él.
—¿Quién ha puesto eso ahí?
—Yo.
—¿Por qué?
Le conté. Lo de Teresa, lo de la prueba, lo de que no se tirara. Lo de los cincuenta y dos años mirando al pasillo. Lo de la placa. Da questa poltrona, dal 19 al 21 marzo 1944. Lo de la segunda línea.
—La calce la preparò Teresa Zanon, di anni quattordici.
Nico no se movió.
—¿Su nombre? —dijo.
—Lo pide ella.
—¿En una placa? ¿Al lado del de Alvise?
—Al lado del de Ottone.
Nico se quedó mirando el sillón. Luego se acercó. Se paró delante, a un palmo. Miró la cinta roja y blanca. Miró la mancha de pulgar.
Levantó la mano. La abrió encima del respaldo, sin tocarlo, a dos dedos del terciopelo, como había hecho Teresa con mi cara de sal. La dejó ahí.
—Tiene noventa años —dijo— y quiere firmar.
—Ochenta y nueve.
—Ochenta y nueve. —Bajó la mano—. Mi bisabuelo no firmó nunca nada. Ni la denuncia de la desaparición; la firmó el abogado. Mi abuelo no firmó la carta del Fascio; la escribió a máquina. —Se le movió la mandíbula—. Y ella quiere su nombre en una placa. Con la edad.
—¿Qué le digo?
Nico no contestó. Se dio la vuelta y empezó a bajar la caracola hacia el androne.
En el escalón quinto se paró. Sin volverse.
—Que sí —dijo—. Dile que sí.
* * *
Esa tarde bajé a la cámara a recoger los datos.
Era viernes, ocho de noviembre. La previsión para el fin de semana era de ciento diez el sábado, ciento veinte el domingo, ciento treinta y cinco el lunes.
Por encima de ciento veinte, prohibido bajar; página nueve.
Tenía que sacar los registradores y la cámara de intervalos antes del domingo. Lo ponía en negrita.
Bajé con el arnés, con la línea de vida enganchada al anclaje químico que habían puesto los de Chioggia en el muro del cuarto, con el más joven arriba sujetando. Por la escalera de aluminio. Treinta y dos peldaños.
A mitad de camino, en el peldaño dieciséis, pasé al lado de los puntales.
En octubre habíamos apeado el pozo. A los tres metros y medio, la pared del lado del androne tenía un vientre: una panza de ladrillo que se había despegado del resto, abombada hacia dentro, con grietas en forma de estrella.
Para que no se cayera mientras trabajábamos, los de Chioggia habían montado un apeo: dos puntales metálicos de rosca, de los de obra, apoyados en el fondo de la cámara y apretados contra unos tablones de pino que sujetaban el vientre por arriba, cruzados en aspa.
Un esqueleto de madera y hierro dentro del pozo, como las costillas de una barca.
Los puntales descansaban abajo sobre dos placas de acero. Las placas, sobre el barro de la cámara.
Lo vi al llegar al fondo. Con la linterna. La placa de la izquierda se había hundido. Un dedo, quizá dos, en el barro blando, que las mareas de esa semana habían removido y aflojado. El puntal estaba un poco torcido. Muy poco. Un grado. Dos.
Lo anoté en la libreta. Puntal izdo.: asiento de 2 cm en base. Calzar con placa de reparto mayor. Urgente.
Arriba, al salir, se lo dije al de Chioggia.
—El lunes —me dijo en su dialecto—. El lunes traemos tablones de reparto y lo calzamos. Ahora no tenemos material. —Se encogió de hombros—. Dos centímetros no es nada, dottoressa. El hierro aguanta.
Era verdad. Dos centímetros no es nada. El hierro aguanta. Lo escribí en la libreta: Lunes 11: calzar puntal.
Subí con los registradores en una bolsa y la cámara de intervalos en otra. Los descargué esa noche en el cuarto de la osteria, en el portátil.
La cámara de intervalos había hecho una foto cada cinco minutos durante tres semanas, apuntando al arco tapiado desde el fondo de la cámara, con un foco de leds de bajo consumo. Seis mil fotos. Las pasé en modo de presentación, a la máxima velocidad, como había pasado las de mi cara.
Y vi el agua entrar.
No por debajo. No por el suelo, como yo creía.
Por el mortero. Por el mortero gris de Ottone, con su vidrio de Murano.
En la marea del martes, la de ciento quince, cuando el agua de fuera, en el androne, subió por encima de la clave del arco, el mortero empezó a sudar.
Primero manchas oscuras, húmedas, en las juntas.
Luego gotas. Luego, en tres sitios, en los tres cráteres que había hecho Alvise con la taza, tres hilos de agua.
Finísimos. Como los que salen de una manguera pinchada.
Entrando en la cámara a presión, en horizontal, brillando con el foco de leds.
Por los agujeros que había hecho él.
Setenta y cinco años después, el muro que no pudo abrir con una taza dejaba entrar el agua exactamente por donde él había golpeado.
Lo miré tres veces. Luego cerré el portátil y me quedé sentada en la cama, a oscuras, con la mano en la boca.
Esa noche no le hice la foto a nada. Esa noche, por primera vez, la cara la miré con los ojos cerrados.