Capítulo 27 · Previsiones
Previsiones
—El agua no sube —dijo el ingeniero Vianello—. La empujan. Eso es lo primero que tiene que entender.
Era el martes cinco de noviembre. Yo había pedido la cita en octubre, con el formulario de la Soprintendenza, para el protocolo de emergencia del proyecto. Lo había escrito en junio, con datos de manual. Ahora quería datos de verdad.
—La luna tira —dijo Vianello—. Dos veces al día.
Eso es la marea astronómica, la que sale en los calendarios.
Esa la sabemos con años de antelación, al centímetro.
—Señaló una pantalla con una curva azul, suave, como una respiración—.
Pero encima de la luna está el viento. El siroco, que sopla desde el sur por todo el Adriático, mil kilómetros, y empuja el agua hacia el norte, hacia aquí, como se empuja el agua de una bañera con la mano. Y luego está la sessa.
—¿La qué?
—El rebote. El Adriático es una bañera larga. Cuando el viento para, el agua que ha empujado vuelve, y rebota contra la otra punta, y vuelve otra vez. —Se tocó la barba—. Si el rebote coincide con la luna llena y con un siroco nuevo y con una borrasca… —Dejó la frase sin terminar.
—¿Qué?
—El sesenta y seis —dijo.
* * *
Me enseñó la tabla. Las sirenas.
La conocía. Llevaba dos años contándolas sin saber exactamente lo que contaba. Vianello me la puso delante en una hoja plastificada con el logo del Comune, la misma que reparten en los colegios.
Un tono, una nota sola, larga: ciento diez centímetros. Dos tonos, ascendentes: ciento veinte. Tres: ciento treinta. Cuatro tonos, subiendo como una escalera: ciento cuarenta o más.
—¿Y más de ciento cuarenta? —dije.
—Cuatro tonos.
—¿Para ciento cincuenta? ¿Para ciento sesenta?
—Cuatro tonos. —Vianello me miró—. El sistema se diseñó así, dottoressa. Cuatro tonos es todo. Después de cuatro tonos no hay más escalones. Se supone que a esas alturas ya lo sabe todo el mundo.
Pensé en la primera noche, en diciembre de 2017, con Nico. Cuatro tonos. Ciento cuarenta y dos.
Cuatro tonos es todo. Después no hay más escalones.
* * *
—¿Y el MOSE? —dije.
Vianello se rio. No con mala intención. Con la risa cansada de un hombre que lleva dieciséis años contestando a esa pregunta.
—El MOSE es un proyecto de setenta y ocho compuertas móviles en las tres bocas de la laguna —dijo, como quien recita—.
Se empezó en 2003. Tenía que estar terminado en 2011.
Ha costado más de cinco mil millones de euros.
Ha tenido un escándalo de corrupción en 2014 que se llevó por delante al alcalde. Las bisagras se oxidan.
—¿Funciona?
—Hoy, no. —Vianello volvió a su pantalla—. Hoy, si llega una marea de ciento cuarenta, las compuertas se quedan en el fondo del mar como las ruedas de un coche abandonado.
—¿Y si llega?
—Si llega, dottoressa, hacemos lo que hemos hecho siempre. —Señaló la ventana, el Gran Canal, la ciudad—. Botas.
* * *
Le enseñé mi protocolo. Las doce páginas de junio. Lo leyó en cinco minutos, deprisa, con un bolígrafo rojo en la mano, sin tachar nada.
—Bien hecho —dijo—. Para el androne.
—¿Y para lo otro?
—¿Qué otro?
Le expliqué la cámara. El pozo. La trampilla.
Le enseñé el plano en sección, el que había dibujado en septiembre: el androne arriba, a más cien sobre el cero mareográfico, y la cámara abajo, ochenta centímetros más honda, a más veinte.
La bóveda, a más doscientos veinte. El pozo, seis metros, subiendo hasta el piano nobile.
Vianello se quedó mirando la sección.
—¿Esto está debajo del nivel del androne?
—Ochenta centímetros.
—¿Y por dónde entra el agua?
—Por todas partes. Por el suelo. Por las juntas.
Por los poros del mortero de la puerta tapiada.
—Señalé el arco en el dibujo—. Con retraso.
Con una marea de ciento diez, dentro hay ochenta centímetros de agua; fuera habría noventa.
El agua de dentro va siempre un poco por detrás de la de fuera. Como si respirara a través de un trapo.
—¿Y el agua sale igual de despacio?
—Más despacio. Se queda.
Vianello dejó el bolígrafo.
—Dottoressa —dijo—. Eso no es un sótano. Eso es una botella con el cuello hacia arriba. —Se tocó la barba—. Si alguna vez hay ciento cincuenta, ahí abajo no se baja. Ni a mirar.
—Lo sé.
—Lo pone usted en su protocolo, ¿verdad?
—Página nueve. Con previsión superior a ciento treinta, prohibido el acceso a la cámara inferior.
—Bien. —Vianello me devolvió el protocolo—. Cámbielo a ciento veinte.
* * *
Al salir, en la escalera del palacio, me crucé con un hombre de uniforme que subía.
Carabineros. El uniforme negro con la franja roja en el pantalón, la gorra bajo el brazo. Cincuenta y tantos, la cara de haberse afeitado dos veces. Se paró dos escalones por debajo de mí.
—Dottoressa Ibarra.
—Brigada Zanella.
—Vengo a la reunión de coordinación —dijo—. Por las previsiones de la semana que viene. Siempre en noviembre. —Me miró el protocolo que llevaba bajo el brazo—. ¿Usted también?
—Por la obra de Ca’ Ardenti.
Zanella asintió. No dijo nada del entierro, al que había ido de paisano y desde el que me había saludado desde lejos.
Sacó una tarjeta del bolsillo de la guerrera. La puso encima de mi protocolo.
—Mi móvil —dijo—. El de la lancha. Si algún día necesita una lancha en la Sensa, llame a ese y no al ciento doce. El ciento doce le pasa a una centralita en Mestre que no sabe dónde está la Sensa.
—¿Por qué me lo da?
Zanella se encogió de hombros.
—Porque en esa casa siempre pasa algo cuando sube el agua —dijo—. Y yo prefiero llegar antes de que pase.
Siguió subiendo.
* * *
Esa semana Venecia se preparó para el agua como se prepara siempre: sin creérselo del todo.
El miércoles, los operarios del Comune empezaron a montar las passerelle, las pasarelas de madera sobre caballetes. Sirven hasta ciento cuarenta. Por encima, flotan.
El jueves, Rina subió las cajas de vino de la bodega de la osteria al primer piso, a mi cuarto, y las apiló contra la pared del armario.
Por si acaso, me dijo. Siempre por si acaso.
Luego no pasa nada y las vuelvo a bajar.
Puso en la puerta las paratie, dos planchas de acero con juntas de goma que había comprado en 2008 y no había usado nunca más que de prueba.
En la briscola, Toni dijo que el martes había luna llena y Sior Aldo que en el sesenta y seis también, y que nadie se lo creyó hasta que el agua entró en la iglesia. Gino echó una carta y recogió la baza.
—¿Tú qué crees, Gino? —le dije.
Gino me miró por debajo de la gorra de lana.
—Yo creo que el agua no avisa dos veces —dijo—. Avisa una. Y la segunda vez ya está dentro.
* * *
El viernes por la noche, en el cuarto de encima de la osteria, abrí el protocolo de emergencia del proyecto en el portátil, por la página nueve. Con previsión superior a ciento treinta, prohibido el acceso a la cámara inferior.
Lo cambié a ciento veinte. Como había dicho Vianello.
Y debajo añadí una línea, en negrita, para los de Chioggia, para Bortoluzzi, para mí:
Antes de cualquier marea prevista superior a 110 cm, retirar de la cámara inferior registradores, cámara de intervalos y baterías. No dejar nada abajo.
Lo imprimí. Lo grapé. Lo dejé encima de la mesa, al lado de la Parker y de la fórcola de roble, debajo de la ventana.
Fuera, en el canal de los Ormesini, el agua estaba quieta, alta, a un palmo del borde, con la luna casi llena encima. Sin una ola. Sin una sirena.
Como se queda quieta una bañera antes de que alguien saque la mano.