Acqua alta Capítulo 26 · El sillón verde
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Capítulo 26 · El sillón verde

El sillón verde

—No es una reliquia —dijo Teresa—. Es una prueba.

—Es el sillón desde el que un hombre vigiló a su hijo morirse tres días.

—Por eso.

Era el lunes cuatro de noviembre, a las nueve y media de la noche.

Había subido los noventa y dos escalones sin caja, sin cartas, sin nada, por primera vez desde la noche de la tarjeta.

Diez días. Teresa me había mandado llamar por Oxana: dice la signora que suba, que no es para pedirle perdón. Había subido igual.

Estaba más pequeña. Cada vez que subía estaba más pequeña.

Ya no se incorporaba sola sobre las almohadas; Oxana la incorporaba.

Tenía la trenza deshecha, el pelo blanco suelto sobre el chal, fino como el algodón de la sal recién nacida.

En la mesilla, el pájaro de madera, el vaso con la pajita y la tarjeta azul de mi abuela, abierta, de pie, apoyada contra el vaso, con la estrella de purpurina hacia la cama.

En la silla, la chaqueta de punto de Alvise.

—Me lo ha dicho Nico —dije—. Por Oxana. Que quiere el sillón en el cuarto.

—Y Nico ha dicho que no.

—Y yo digo que no.

—Usted no es de la casa.

—Soy la directora técnica del proyecto. —Me oí la voz de informe y me alegré de tenerla—.

El proyecto dice lugar de memoria. No dice museo del asesino.

No dice poned el sillón del verdugo para que la gente se haga fotos.

—Respiré—. Usted me lo pagó, Teresa. Usted puso las condiciones. Ninguna decía nada de un sillón.

Teresa me miró con los ojos que no veían.

—Entonces pongo una ahora —dijo.

* * *

No le contesté. Me quedé de pie junto a la cómoda, con los brazos cruzados, como me quedaba en las reuniones de obra cuando un arquitecto quería algo que no se podía hacer.

—Siéntese —dijo Teresa.

—No.

—Siéntese, Clara.

Mi nombre. Lo usaba muy pocas veces, y siempre de noche, como si de día no le perteneciera. Seguía sin acostumbrarme a oírselo.

Me senté en la silla. Encima de la chaqueta de punto de Alvise, sin quitarla. Teresa no dijo nada.

* * *

—El sillón lleva cincuenta y dos años en el salón —dijo—.

Mirando al pasillo. Desde la mañana de febrero en que lo encontré a él sentado.

Nadie lo ha movido. Ni Bepi, ni Giorgio, ni los de las mudanzas de Livia, ni el señor Bon con sus arquitectos holandeses.

Le pusieron sábanas a todos los muebles del piano nobile. A ese no. ¿Se ha fijado?

—Me he fijado.

—¿Por qué cree que es?

No contesté.

—Porque nadie se atreve a tocarlo —dijo Teresa—.

Es el único mueble de la casa que tiene dueño todavía.

—Silbido—. Cincuenta y dos años mirando al pasillo, signora.

Cada vez que alguien sale del salón hacia el dormitorio, pasa por delante.

Cada vez que yo bajaba los domingos a misa en brazos de Oxana, pasaba por delante.

Me giraba la cabeza para no verlo. Usted me ha visto.

—La he visto.

—No quiero morirme en una casa con ese sillón mirando al pasillo. —Se le movieron las manos encima del chal—. Quiero que lo saquen de ahí. Y no quiero que lo tiren. Si lo tiran, se acaba. Si lo queman, se acaba. Se va al vertedero de Marghera y se pudre y nadie sabe nunca que desde ahí se miró.

—Entonces…

—Entonces lo quiero en el cuarto. Delante de la puerta de alerce. —Me miró—. Con un papel. Que diga lo que es.

* * *

—¿Y qué va a decir el papel? —dije.

Teresa cerró los ojos. Habló con los ojos cerrados, como se dicta.

—Da questa poltrona, dal 19 al 21 marzo 1944, Ottone Ardenti sorvegliò il muro dietro il quale aveva chiuso suo figlio Alvise. —Silbido—. Desde este sillón, del diecinueve al veintiuno de marzo de 1944, Ottone Ardenti vigiló el muro detrás del cual había encerrado a su hijo Alvise.

Se paró. Respiró con la pajita, sin beber, solo para respirar.

—Y debajo —dijo— otra línea.

—¿Qué línea?

—La calce la preparò Teresa Zanon, di anni quattordici.

La cal la preparó Teresa Zanon, de catorce años.

* * *

Me quedé callada.

En el proyecto, en la página veintitrés, había dejado en blanco el texto de la placa.

Contenido a definir con la familia y la Comunità.

Había pensado en dos nombres: Alvise Ardenti y Ester Fano.

Quizá un tercero: Davide Fano, que se bajó de un tren en Polonia.

Había pensado en fechas, en una frase corta.

Aquí estuvo escondida. Aquí murió. Había pensado en no poner nunca el nombre de Ottone, como no lo ponen en las placas de los campos de concentración: los nombres de los verdugos se apuntan en los juicios, no en el mármol.

Nunca había pensado en poner el de Teresa.

—No —dije.

—¿Por qué no?

—Porque tenía catorce años.

—Tenía catorce años y tenía las manos. —Teresa abrió los ojos—.

Usted vio la huella. En el mortero. Con la media luna del anzuelo.

La sacó usted de la pared en febrero del año pasado y está en una caja en Mestre.

—Silbido—. Esa huella es una firma, signora.

La firmé con catorce años. Ahora la quiero firmar con ochenta y nueve.

—Usted no tuvo elección.

—Tuve un nudo de barca a un palmo de la mano. —La voz se le endureció—. Y no tiré.

No lo entendí. En ese momento no. No sabía lo del nudo; no me lo había contado nunca.

Lo entendí mucho después, en una página de un cuaderno de tapas negras.

Esa noche solo vi que se le cerraban los puños encima del chal, con el pelo blanco suelto sobre los hombros, como se cierran las manos de alguien que se está agarrando a algo para no caerse.

—Ponga mi nombre —dijo—. Al lado del suyo. Que lo lea quien venga. Que sepan que se puede estar en la misma habitación que alguien y no abrir. —Se le apagó la voz—. Eso es lo único que tengo que enseñar.

* * *

Bajé a las once menos cuarto.

No le dije que sí. No le dije que no. Le dije lo pienso, que es lo que digo en las obras cuando ya he decidido y necesito una noche para aceptar lo que he decidido. Teresa lo sabía. Me miró salir con una cosa en la boca que no era una sonrisa.

En el piano nobile no seguí bajando. Crucé el vestíbulo, a oscuras, con la linterna del móvil. Entré en el salón.

Los muebles bajo sábanas, como animales dormidos. Un aparador. Dos butacas. Una mesa larga. Un piano vertical que nadie tocaba. Las sábanas grises de polvo, con pliegues donde se acumulaba más polvo, como la nieve en las ramas.

Y el sillón verde.

Sin sábana. En mitad del salón, solo, de espaldas a la ventana, mirando al pasillo.

Un sillón de orejas de terciopelo verde botella, gastado en los brazos hasta la trama, con las patas de nogal torneadas y un cojín hundido en el centro con la forma de un hombre que había pesado mucho y se había quedado quieto mucho tiempo.

Me acerqué. Lo alumbré.

En el brazo derecho, en el terciopelo, había una marca. Una mancha más oscura, redonda, del tamaño de una moneda. Donde un hombre apoya el pulgar cuando tiene un bastón en esa mano. Cincuenta y dos años, y la marca del pulgar seguía ahí.

Y en la madera de la pata de delante, a la derecha, abajo, unas rayas.

Arañazos. Finos, paralelos, viejos, con el polvo metido dentro.

Donde alguien, cada mañana durante tres meses, había empujado el sillón con el pie para girarlo hacia el pasillo, y donde otro, cada noche, lo había girado con la contera de hierro del bastón hacia la ventana.

No sabía eso. Lo supe después. Esa noche solo vi las rayas.

* * *

Me senté.

No sé por qué lo hice. Lo hice como toco las paredes antes de mirarlas: sin decidirlo.

Me senté en el sillón verde de Ottone Ardenti, en el hueco que había dejado su cuerpo en el cojín, con las manos en los brazos de terciopelo gastado, con el pulgar derecho encima de la mancha de su pulgar.

El sillón crujió. Los muelles se quejaron como se queja una cama vieja.

Olía a polvo y a algo más, muy al fondo, dulce y rancio, que podía ser colonia de hombre de hace medio siglo o podía ser mi imaginación.

Apagué la linterna.

El salón se quedó a oscuras. Solo entraba la luz de las farolas de la fondamenta por las ventanas de arco, a mi espalda, naranja, débil, alargando las sombras de los muebles con sábanas hacia el pasillo. El pasillo, delante de mí, recto, largo, negro.

Y al fondo, la puerta del dormitorio. Abierta.

La había dejado abierta yo esa mañana, después de la foto, para que se aireara el piano nobile.

La lámpara de luz rasante estaba apagada.

Pero por las ventanas del dormitorio, las que dan al rio, entraba también la luz de las farolas, de lado, muy pegada a la pared norte. Como sale el sol en invierno.

Y desde el sillón verde, a doce metros, por el pasillo, por la puerta abierta, a oscuras, en la pared del dormitorio, se veía una mancha clara.

Del tamaño de una cara.

No se distinguía nada. Ni ojos, ni boca, ni raya. Solo una mancha blanca en una pared roja, a la altura de un hombre sentado, brillando un poco con la luz de las farolas. Como se ve una cara en la ventana de una casa de enfrente, de noche, cuando no sabes si hay alguien o es una cortina.

Me quedé sentada. Mirándola.

Ottone Ardenti había mirado así tres días a una pared detrás de la cual su hijo golpeaba con una taza. Y veintidós años después había mirado así tres meses a una pared donde la sal le devolvía la cara de su hijo, porque una mujer le giraba el sillón cada mañana.

Y yo estaba mirando la mía.

Me levanté de golpe. El sillón crujió. Encendí la linterna, la apunté al suelo y salí del salón deprisa, sin mirar atrás, como se sale de una habitación donde has oído algo.

En la escalera de servicio, en el rellano, delante de la puerta de alerce, me paré con la mano en la piedra y el corazón golpeándome como golpea un puño contra una tabla.

Que sepan que se puede estar en la misma habitación que alguien y no abrir.

A la mañana siguiente llamé a los de Chioggia para que subieran el sillón.