Acqua alta Teresa · V
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Teresa · V

Ester:

Anoche subieron a la altana. Los dos. Oxana los oyó en la escalerilla del desván a las diez menos cuarto y no me lo quería decir, y se lo saqué igual, porque Oxana miente con las orejas: se le ponen rojas.

Estuvieron hasta la una. No sé lo que se dijeron. Es el único sitio de esta casa donde no sé lo que se dice. Lo elegí yo así hace sesenta y nueve años y ahora no me sirve de nada quejarme.

Mi nieto no me habla desde el jueves de hace diez días. Hace bien. Yo tampoco me hablaría.

Te cuento la boda. Y te cuento el sillón. Son la misma historia.

* * *

Nos casamos el sábado quince de abril de 1950 en la Madonna dell’Orto.

La víspera, Bepi me pidió que subiera a la altana con él a ver la luna, que había luna llena.

Subí. Yo tenía veinte años y él veinticinco, y yo llevaba seis años en esa casa sin saber de quién había sido la boca del caballo que me guiñó el ojo en el androne.

Lo sospechaba. Una sospecha no es nada. Se puede vivir encima de una sospecha como se vive encima de un pozo, sin bajar nunca.

Arriba había bebido. Siempre bebía antes de las cosas importantes. Se sentó en el entarimado con la botella entre las rodillas y me dijo, mirando la luna, sin mirarme a mí, que quería casarse conmigo limpio. Que no podía casarse con un secreto. Y me lo contó.

La denuncia. Tullio. Una carta sin firma, escrita a máquina en la oficina del Fascio de la Strada Nova, el nueve por la noche.

Que quería que pillaran a su hermano y que su padre lo mandara lejos.

Que no quería que os pasara nada. Que creyó que a una mujer embarazada no le harían nada. Que no sabía. Que no podía saber.

Y que yo se lo había contado.

Eso lo dijo al final. Llorando. Con la botella. Tú me lo contaste, Teresa, me dijo. Tú me lo contaste en la cocina con la cafetera.

No como un reproche. Como quien dice la hora.

Me quedé de pie en la altana, con la luna encima, mirándolo llorar. Pensé muchas cosas. Pensé en irme a Burano esa misma noche. Pensé en empujarlo, que la barandilla ya entonces no aguantaba un suspiro. Pensé en ti, en Jaca, en tu ventana con postigo.

Y luego pensé que tenía razón. Que yo se lo había contado.

Bajé la escalerilla. No volví a subir. Al día siguiente me puse el vestido de mi madre, arreglado por una costurera de la Lista di Spagna, y me casé con él delante de su padre, que estaba en primera fila con el bastón y que lo sabía todo y no dijo nada.

Nos casamos para vigilarnos. Ya te lo he dicho.

Sesenta y seis años vigilándonos. Él no entró en el dormitorio.

Yo no subí a la altana. Tuvimos un hijo, Giorgio, en el cincuenta y uno, y lo quisimos mucho los dos, cada uno desde su lado de la casa.

Bepi le enseñó a remar en los escalones. Yo le enseñé la nana.

Fue un buen marido, Ester. No me pegó nunca. No me engañó, que yo sepa. Me traía higos secos de Murano los domingos. Lloraba cuando bebía y yo le ponía la mano en la nuca hasta que se dormía.

Las dos cosas. Las aprendí de ti.

* * *

El sillón.

El cuatro de noviembre de 1966 subió el agua como no había subido nunca.

Ya lo sabes; te lo escribí. Un metro noventa y cuatro en la Punta della Salute.

El androne lleno hasta el techo de la puerta de agua.

El gasóleo de la ciudad flotando en los canales.

Las góndolas de los caballetes, la tuya, la de detrás de la que te escondiste, se fueron con la corriente esa noche y no se encontraron nunca.

Tres semanas después, cuando el muro del dormitorio empezó a secarse, salió la cara.

La vi yo primero. Como a ti. Subí a abrir las ventanas para que se airease el piano nobile y estaba ahí, en la pared, en la sal. Con la mancha blanca encima del ojo. La vi y me senté en el suelo del terrazo porque se me fueron las piernas.

Y luego me levanté y fui a buscar al señor.

Tú me lo pediste. En la carta del treinta de noviembre. Que se la hiciera mirar. Fue lo único malo que hiciste a propósito en tu vida, me escribiste en la confesión. Pues fue lo único bueno que hice yo a propósito en la mía.

Lo subí del brazo. Tenía ochenta y un años y una pierna mala. Lo llevé por el pasillo. Lo puse delante de la pared.

No dijo nada. Se quedó mirándola con el bastón, mucho rato, temblando un poco, como tiembla el agua de un vaso cuando pasa un vaporetto. Luego se dio la vuelta y se fue al salón y se sentó en el sillón verde. Mirando a la ventana.

A la mañana siguiente le giré el sillón.

Hacia el pasillo. Hacia la puerta del dormitorio, que dejé abierta. Para que desde el sillón se viera la pared.

Él lo volvió a girar hacia la ventana. Le costó; era un sillón pesado, de nogal, con muelles. Lo giró con el bastón, apoyándose, sudando.

A la mañana siguiente se lo volví a girar yo.

Así tres meses, Ester. Él lo giraba hacia la ventana por la noche.

Yo lo giraba hacia el pasillo por la mañana.

No nos dijimos ni una palabra. Gino Scarpa pintó la pared de verde la segunda semana, por orden suya, dos manos de cal y una de verde, sin picar, deprisa.

Y la cara se veía a través de la pintura. Y yo seguí girando el sillón.

En febrero dejó de girarlo él.

Lo encontré una mañana sentado, con el bastón entre las rodillas, mirando hacia el dormitorio por la puerta abierta. Muerto. Frío. Con los ojos abiertos. Como mi padre enganchado a la bricola.

En el barrio se dijo que había muerto de mirar la cara.

Que la cara era la suya, que la pared lo había llamado, que esa casa mata a sus dueños como el palacio Dario del Gran Canal.

Yo dije, a quien me preguntó, que la cara era la del suegro.

Madonna, es el suegro. Lo dije en la panadería de San Marziale y en la puerta de la iglesia y en la mercería de Treviso.

Para que nadie preguntara de quién era de verdad.

La leyenda no la empecé yo. Pero no la paré. Me servía. Una leyenda es una pared más: la gente no se acerca.

* * *

Ahora quiero que suban ese sillón al cuarto. Mi nieto dice que no.

Mañana se lo pido a ella.

Ella sabrá por qué. Ella sabe leer las paredes.

T.