Capítulo 25 · Elegir sabiendo
Elegir sabiendo
—Tres rayas —dijo Nico, mirando el móvil—. Aquí siempre hay tres rayas. Es lo único que funciona en esta casa.
Estaba sentado en el entarimado de la altana, con la espalda contra la barandilla nueva, con las piernas estiradas y un termo de café entre las botas.
Hacía frío. El primer frío de verdad del año, el de noviembre, que en Venecia no viene del cielo sino del agua: sube desde los canales, se mete por las suelas, se queda en los huesos.
Había bora. Poca. La suficiente para que el aire estuviera limpio como un cristal y se vieran, al norte, por encima de los tejados y de la laguna y de la tapia de San Michele, las Dolomitas.
Una línea blanca, dentada, recortada contra el negro, a ciento cincuenta kilómetros.
Era sábado, dos de noviembre. El día de los muertos.
Toda la tarde, desde las Fondamente Nove, había visto pasar las barcas hacia San Michele cargadas de gente con crisantemos.
Familias enteras, viejos con bastón, niños con las flores envueltas en papel de periódico.
Venecia va a ver a sus muertos el dos de noviembre como va al mercado: en barca, con bolsas, hablando alto.
A las cinco, desde la fondamenta de la Sensa, se veía la isla iluminada, cada tumba con su vela, como un barco anclado en mitad de la laguna con todas las luces encendidas.
A las diez ya se habían apagado casi todas.
* * *
Subí por la escalerilla del desván. La de los codos. Salí al entarimado. Nico levantó la vista del móvil.
—Llegas a la hora —dijo.
—Son las diez menos dos.
—Eso es llegar a la hora, en tu familia.
Me senté a su lado. No pegada a él. A un palmo. Contra la barandilla. Me pasó el termo. Bebí. Café con leche, muy dulce, como lo hace Rafi.
Nos quedamos un rato así. Mirando el norte. Las Dolomitas. San Michele con sus últimas velas. Abajo, el rio de la Sensa, negro, quieto, con la marea a medio subir, y la fondamenta vacía con sus farolas.
A las diez en punto, el móvil de Nico vibró.
Lo miró. Lo giró hacia mí para que viera la pantalla.
Era un recordatorio. De los que pone uno en el calendario para que suene cada día a la misma hora. Lo ponía en italiano, en minúsculas, sin interrogación, con una sola palabra.
clara
—Lo puse en mayo de 2018 —dijo Nico—. Cuando te fuiste a Gante. Para no olvidarme. No me hacía falta. No me olvidé ni una noche. Pero lo puse.
—¿Y no lo has quitado?
—No.
—Desde febrero.
—Desde febrero suena cada noche a las diez. —Apagó la pantalla—. Y cada noche lo miro y no llamo.
* * *
—He ido a San Michele —dijo.
—Me lo dijo Rafi.
—Rafi habla mucho. —Bebió del termo—. Fui a ver al nonno. Me senté delante del mármol, en la grava, tres horas. Como un loco. Había una señora en la tumba de al lado poniendo flores a su marido y se me quedó mirando.
—¿Qué le dijiste?
—A la señora, nada.
—Al nonno.
Nico se quedó callado. Miró las Dolomitas.
—Le dije que le perdonaba lo de los piratas —dijo—. Que no me hubiera contado nunca lo del pozo, ni lo de su hermano, ni que bajaban con una vela a buscar sedas. Eso se lo perdono. Era un crío. Los críos tienen secretos.
—¿Y lo otro?
—Lo otro no. —Se le movió la mandíbula—. Lo otro no se lo perdono. Ni a él ni a ella. —Dejó el termo en el entarimado—. Pero le dije que le iba a seguir poniendo flores en noviembre. Porque me enseñó a remar. Las dos cosas.
Las dos cosas. Ya la decía todo el mundo en esa casa.
* * *
—Me han ofrecido Lisboa —dije.
—Ya me lo dijiste.
—El Convento do Carmo. Una iglesia sin techo.
Desde el terremoto de 1755. Las columnas al aire, abiertas al cielo.
—Me miré las manos—. Llueve dentro. La sal sube y baja con la lluvia, no con la marea.
No hay cuartos. No hay pozos. No hay nadie que me haya pagado para que esté allí más que un ministerio que no sabe ni cómo me llamo de segundo apellido.
—Suena bien.
—Suena muy bien. —Lo miré—. Suena a lo que he hecho siempre.
Nico no dijo nada. Esperó.
—Tu abuela me ha fabricado la vida, Nico. Dos años. El trabajo, el sitio, la casa, el muro. A ti. —Tragué—. Y cuando lo he sabido, lo primero que he hecho ha sido buscar una iglesia sin techo en otro país. Lo primero. Antes de pensar. Como si la sangre tirara.
—Ya.
—Las mujeres de mi familia se van. Mi abuela lo decía. Mi madre lo demostró. Mi bisabuela bajó una escalera.
—Y tú me dejaste en un andén.
—Y yo te dejé en un andén.
—Y ahora tienes una iglesia sin techo en Lisboa.
—Y ahora tengo una iglesia sin techo en Lisboa. —Me reí, una risa corta, sin ganas—. Es como si en mi familia, cada vez que alguien nos quiere en un sitio, nos saliera un sarpullido en las piernas.
* * *
Nico se volvió hacia mí. Se quedó de lado, con el hombro contra la barandilla, mirándome. La luz de la ciudad le daba de abajo, naranja, y el mechón blanco le brillaba en la frente.
—¿Sabes lo que no ha hecho mi abuela? —dijo.
—¿Qué?
—Subir aquí. —Señaló el entarimado con la barbilla—.
En sesenta y nueve años. Desde la víspera de su boda.
Aquí arriba le dijo mi abuelo lo de la denuncia, borracho, y ella no ha vuelto a subir.
Ni para tender. Ni para ver los fuegos del Redentor.
Ni cuando la barandilla estaba rota y había que mirar si se caía.
Nada. —Se le movió la boca—. Lo ha controlado todo en esta casa, Clara.
Todo. Las puertas, los libros, las cartas, quién sube y quién baja.
Menos esto. Este es el único sitio donde no ha puesto la mano.
Miré el entarimado. Tablas de alerce grises, gastadas, con los clavos oxidados asomando. La barandilla nueva, de hierro pintado de negro, que no tenía ni un año. El cielo encima, sin techo.
Una iglesia sin techo.
—Aquí no nos ha puesto nadie —dijo Nico—. Aquí hemos subido solos.
* * *
—¿Qué quieres? —le dije.
Nico se quedó muy quieto.
—Nunca te lo he preguntado —dije—. En dos años. Te he dicho lo que quería yo, lo que no quería, lo que no podía. Te he dicho que no me llamaras. Que no fueras a ningún sitio. Que no esperaras. Te he devuelto una fórcola. Nunca te he preguntado qué querías tú.
—Yo no hago preguntas.
—Ya lo sé. Por eso te la hago yo. —Me volví hacia él. Los dos de lado, frente a frente, contra la barandilla—. ¿Qué quieres, Nico?
Tardó. Mucho. La bora movió un poco el aire y me metió el pelo en la cara, y no me lo aparté.
—Quiero que no te vayas a Lisboa —dijo.
Lo dijo despacio. Con exactitud. Como se dice el precio de una fórcola: un número, sin adjetivos. Pero se le notaba en la voz lo que le había costado sacarlo, como se le nota a una tabla el nudo que la gubia ha tenido que cruzar.
—Quiero que te quedes —dijo—. No por la casa. No por mi abuela. No por la pared. No por el contrato. Quiero que te quedes porque te quiero. Y quiero que lo sepas sabiendo todo lo que sabes. Que nos puso ella, que nos movió, que nos mandó. Todo. Y que te quedes igual.
Se calló. Respiró.
—Es la primera vez que lo pido —dijo—. No lo voy a pedir dos veces.
* * *
No contesté enseguida.
Saqué el móvil del bolsillo del abrigo. Tres rayas. Abrí el correo. Borradores. Aceito com muito gosto. Lo borré. Escribí otro. En portugués, que no sé escribir bien. Lo escribí despacio, con un dedo, borrando dos veces la misma palabra.
Muito obrigada pela confiança. Não posso aceitar. Fico em Veneza.
Fico. Me quedo. En portugués es más corto. Cuatro letras.
Le di a enviar.
En cualquier otro sitio de Ca’ Ardenti el mensaje se habría quedado en la bandeja de salida, girando, esperando una cobertura que no llegaba nunca, como esperan las cosas en esa casa. En la altana salió. Hizo el ruidito de papel que hace el móvil cuando algo se va. Se fue.
Le enseñé la pantalla a Nico.
Lo leyó. No sabe portugués. Lo entendió igual.
—Fico —dijo.
—Fico.
—¿Por mí?
—Por mí. —Guardé el móvil—. Por mí, sabiendo que estás tú.
Sabiendo que nos puso tu abuela. Sabiendo que mi familia se va.
Sabiendo que la pared tiene mi cara y que la gente de este barrio cree que me quedan ciento doce días.
—Le cogí la mano. La tenía helada—. Lo elijo yo.
Aquí arriba, donde no ha subido nadie a elegir por mí.
Nico me apretó la mano.
—Sin leyenda —dijo.
—Sin leyenda.
* * *
Nos quedamos en la altana hasta la una. Con el termo vacío y una manta que Nico había subido, sin que yo lo viera, enrollada debajo del brazo, y que extendió encima de los dos cuando el frío empezó a ser frío de verdad.
Hablamos poco. Miramos el norte. Las Dolomitas se borraron hacia las once, cuando la bora paró y la humedad volvió a subir de los canales.
San Michele apagó su última vela. Una barca de la basura pasó por la Sensa con el motor al ralentí.
—Livia viene el sábado —dijo Nico, en algún momento—. Con un abogado. Quiere hablar de la casa.
—¿Vender?
—No sé. Ya no sé nada de esta casa. —Se rascó la barba—. Y la nonna quiere subir el sillón verde. Me lo ha dicho Oxana. Que quiere el sillón del bisabuelo en el cuarto. En el lugar de memoria.
—¿El sillón desde el que lo vigiló tres días?
—Ese.
—No.
—Ya le he dicho a Oxana que no. —Nico miró las Dolomitas, que ya no estaban—. Pero tú vas a tener que subir a decírselo. Yo todavía no puedo subir.
—¿Cuándo vas a poder?
—No lo sé. —Se pasó la mano por la cara—. Cuando no me tiemblen las manos al llegar al escalón noventa.
* * *
A la una bajamos. Él delante, por la escalerilla, alumbrándome los pies con la linterna del móvil. Al llegar al desván, antes de abrir la puerta que da a la escalera de servicio, se paró.
—Clara.
—Qué.
—El recordatorio. El de las diez.
—¿Qué pasa con él?
Sacó el móvil. Abrió el calendario. Buscó la alarma de cada noche, la de la palabra en minúsculas. Puso el dedo encima.
—¿Lo quito?
Me quedé mirando la pantalla. clara. Diez de la noche. Repetir: todos los días.
—No —dije—. Déjalo.
—¿Para qué? Ya no hace falta.
—Por eso. —Le cerré el móvil con la mano, como él me había cerrado los dedos sobre la fórcola en la rampa del squero—. Que suene. Y que esta vez no haga falta llamar.