Capítulo 24 · Manipulados
Manipulados
Cerré la cremallera de la maleta a las seis y diez de la mañana.
No la tapa. La cremallera. Entera, alrededor de los cuatro lados, hasta que los dos tiradores se juntaron en la esquina de arriba con un clic pequeño.
Era la primera vez desde Gante. La primera vez desde Logroño.
Me quedé mirándola encima de la cama del cuarto de la osteria, cerrada del todo, gorda, con la ropa doblada dentro y las cosas que no son ropa todavía en fila en la mesa de debajo de la ventana, y me di cuenta de que no la había cerrado para irme.
La había cerrado para saber que podía.
Es lo que hacen los fumadores que lo han dejado con el paquete en el bolsillo. Yo no he fumado nunca. Mi madre tampoco.
* * *
No subí a hacer la foto.
Era la primera mañana desde el uno de marzo que no subía.
Doscientos treinta y nueve días, menos los cinco de agosto en Logroño, en los que se la había hecho Oxana con mi móvil y mis instrucciones escritas en un papel.
A las siete y media estaba sentada en la cama con el portátil en las rodillas y la carpeta CIG_2019 abierta en la pantalla.
No la había abierto nunca para mirar. Solo para guardar.
Ese día la miré.
Doscientas treinta y nueve fotos. Las puse en modo de presentación, una detrás de otra, a medio segundo cada una, como los dibujos de las esquinas de los cuadernos que se pasan con el pulgar.
Y la cara se movió. La vi entera en marzo, perder la frente en abril, perder la boca en mayo, quedarse en dos ojos en junio, desaparecer en julio, ser una pared roja y vacía durante julio y agosto y casi todo septiembre, cien fotos de ladrillo y nada, y luego volver.
Por los ojos. Como alguien que se asoma por encima de un periódico.
Dos minutos. Siete meses de mi cara en dos minutos.
Y lo que sentí no fue lo que esperaba. No fue miedo. No fue la cosa del puente de la Libertà, la de la grieta que va de abajo arriba.
Fue vergüenza.
Porque cada una de esas fotos la había hecho yo pensando que la estaba estudiando.
Con la regla de escala, la carta de color, el trípode en sus tres marcas de cinta.
Fenómeno en estudio. Y en realidad había estado haciendo lo que había hecho Teresa durante cincuenta y tres años: mirar una pared todos los días para ver si alguien seguía ahí.
Cerré el portátil.
* * *
Lo repasé todo. Ese día y los tres siguientes.
No en la libreta. En la cabeza, andando.
Andé por Venecia como no había andado nunca: sin ir a ningún sitio.
Por Cannaregio, por Castello, por las Zattere, por la Giudecca, por calles que no conocía, por sotoporteghi que daban a canales sin salida, por puentes que no llevaban más que a otro puente.
Con las manos en los bolsillos del abrigo. Repasando.
Noviembre de 2017. Una fundación me ofrece un estudio. Me siento halagada. Mi profesor me ha recomendado. Un donante anónimo ha pedido mi nombre: mi prestigio. Mentira: una tarjeta de Navidad.
La primera semana. Una vieja en silla de ruedas sabe que soy de Logroño sin que nadie se lo haya dicho. Pienso que ha leído mi expediente. Lo había leído. Treinta años de expediente.
El nueve de noviembre. Un hombre entra por la puerta de agua, enfadado, con el paso de alguien que conoce un sitio a oscuras. Lo había llamado ella. Le había dicho que era guapa.
El ala norte, abierta, con la llave puesta, con el polvo barrido y la funda del piano levantada. Pienso que es un descuido. Era un camino.
La noche del muro. Nico está en Burano porque su abuela le ha pedido que vaya a por algo. Teresa me da la llave de Riccardo. Pienso que me protege. Me estaba poniendo sola delante de la pared.
Logroño. Las cartas de mi bisabuela llegan en cuatro tandas, en un orden que me lleva, paso a paso, hasta un agujero en una roca. Pienso que Teresa se resiste, que suelta lo que puede. Lo soltaba en el orden exacto.
Nochevieja. Un hombre que no ha salido nunca de Venecia aparece en el Espolón con una uva. Pienso que es lo más romántico que me ha pasado en la vida. Lo había mandado ella. Que no la deje nadie sola en un andén.
Me paré en mitad del puente de la Accademia cuando llegué a esa. Me quedé agarrada a la barandilla de madera, con los turistas pasando a mi alrededor con los palos de los móviles, y el Gran Canal abajo, ancho, verde, con un vaporetto de la línea 1 abriendo dos olas.
Una uva. Me había comido una uva en el Espolón de Logroño a las doce de la noche del último día del año con un hombre que había cogido su primer avión. Y había llorado. Y había pensado que había cosas que no se podían fabricar.
Se podían. Con una llamada de teléfono desde un cuarto de criada.
* * *
El tercer día subí a ver a Oxana.
No a Teresa. A Oxana. Subí los treinta y ocho escalones hasta el entresuelo, la cocina, a las cinco de la tarde, cuando sabía que Teresa dormía la siesta y Oxana planchaba.
La encontré con la plancha en la mano y una pila de sábanas de lino, viejas, finas, con monogramas bordados, O.
A., del ajuar de una mujer que se había muerto en 1938.
—¿Usted lo sabía? —dije.
Oxana no dejó de planchar.
—¿Saber qué?
—Lo de Treviso. Lo del notario. Lo de la fundación. Lo de mí.
Oxana pasó la plancha por el monograma. El vapor subió entre las dos.
—Yo empujaba la silla —dijo—. Por el andén de la estación de Treviso. Dos años. En enero. Ella leía una tarjeta en una mesa con un tapete y yo tomaba un café en la cocina con la señora del gato. —Dobló la sábana en dos—. No pregunto. No me pagan para preguntar.
—Pero lo sabía.
—Sabía que iba a por una tarjeta. —Me miró—. No sabía qué ponía. No leo el español.
—Oxana, me ha… —busqué la palabra en italiano y no la encontré, y la dije en español—. Me ha manipulado. A mí. A Nico. Nos ha movido como piezas. Dos años.
Oxana dejó la plancha de pie en la tabla. Se secó las manos en el delantal.
—Signora —dijo—. Hace diez años esa mujer me contrató por mil cuatrocientos euros al mes para subir y bajar noventa y dos escalones con ella en brazos.
Me dio el cuarto de al lado. Me compró unos zapatos del treinta y nueve, buenos, de piel, porque los míos se me rompían en la caracola.
Me paga los billetes a Chisináu en Navidad para que vea a mi hija.
—Se cruzó de brazos—. ¿Eso es manipularme?
—No es lo mismo.
—No. —Oxana cogió otra sábana de la pila y la extendió en la tabla—. A mí me dio un trabajo. A usted le dio otra cosa. —Volvió a coger la plancha—. Y ahora usted quiere devolvérsela porque no sabía de dónde venía.
* * *
Nico no habló con su abuela en siete días.
Me lo contó Rafi, por mensajes, como un parte de guerra.
Il maestro non va dalla nonna. Domenica non è andato.
El maestro no va a ver a la abuela. El domingo no ha ido.
Era la primera vez en diez años que Nico no subía un domingo.
Lavora fino alle due. Trabaja hasta las dos.
Ha finito la forcola del ragazzo di Pellestrina.
Ne ha cominciata un’altra. Non parla. Ha terminado la fórcola del chico de Pellestrina. Ha empezado otra. No habla.
Y el miércoles: È andato a San Michele. Da solo. In sandolo. È stato tre ore.
Ha ido a San Michele. Solo. En sandolo. Ha estado tres horas.
No le pregunté a Rafi a qué tumba. En la capilla de los Ardenti había dos nombres que le importaban esa semana.
Uno, abajo a la izquierda, con las letras nuevas.
Otro, en la tercera fila, con las letras ya ennegrecidas: Giuseppe Ardenti, 1924–2016.
El hombre que le había enseñado a remar en los escalones de la puerta de agua de una tumba.
* * *
El jueves por la noche me llegó un correo de Lisboa.
De la Direção-Geral do Património Cultural.
Un contrato de seis meses, de enero a junio de 2020, para el diagnóstico de humedades de las ruinas del Convento do Carmo: la iglesia gótica que se quedó sin tejado en el terremoto de 1755 y nunca se lo volvieron a poner, con las columnas y los arcos al aire, abiertos al cielo, mojándose.
Me habían recomendado en un congreso de Oporto.
Necesitaban respuesta antes del quince de noviembre.
Lo leí tres veces. Era bueno. Era muy bueno. Una iglesia sin techo, sin cuartos secretos, sin pozos, sin cartas, sin nadie que me hubiera elegido. Una pared abierta al cielo donde la sal sube y baja con la lluvia, y nadie te ha pagado para que estés ahí más que un ministerio.
Le di a responder. Escribí Aceito com muito gosto. Lo dejé en borradores.
Miré la maleta cerrada en la cama.
Si me llamas dentro de seis meses desde Lisboa, te cuelgo.
* * *
Fui al taller el viernes a las once de la noche.
Andando, cuarenta minutos, por las mismas calli de la madrugada de marzo, con el borrador de Lisboa en el móvil y la mano en el bolsillo, donde llevaba la fórcola de roble del tamaño de un pulgar. La llevaba siempre. Desde el puente de las Guglie, no la había sacado del bolsillo.
La luz del taller estaba encendida. Se oía la gubia.
No llamé. Abrí la puerta verde.
Nico estaba en el banco grande, con el delantal, con una fórcola nueva en el torno, de nogal, a medio desbastar. No levantó la vista. Siguió con la gubia. Ras. Una pasada.
—¿Tú lo sabías? —dije.
Ras.
—¿Sabías que te había llamado para que vinieras a verme? ¿Que te mandó a Logroño? ¿Que te mandó a Burano?
Ras.
—Nico.
Dejó la gubia en el banco. Con cuidado, en su sitio, con la punta hacia la pared. Se volvió.
Tenía la cara de madera. La quieta. Pero no era la de cuando algo le preocupa. Era una cara que no le había visto nunca, de alguien que lleva siete días sin dormir más de cuatro horas.
—Sabía que me llamaba —dijo—. Sabía que me mandaba. No sabía para qué. Creía que era por la casa. Siempre es por la casa. —Se quitó el delantal—. No sabía que era por ti.
—¿Y cómo sé yo…?
Me callé. No podía decirlo.
—Dilo —dijo Nico.
—¿Cómo sé yo que lo nuestro no lo ha escrito ella?
Nico se quedó muy quieto.
—¿Cómo sé que me miraste aquella tarde en el androne porque me miraste, y no porque te había dicho que era guapa?
¿Cómo sé que viniste a Logroño por mí y no porque te mandó?
¿Cómo sé que me llamabas a las diez porque querías?
—Se me rompió la voz y no la arreglé—. Llevo cuatro días repasándolo, Nico.
Todo. Desde el principio. Y no hay una sola cosa que no pueda haberla puesto ella.
* * *
Nico no contestó enseguida. Fue hasta la puerta verde, la cerró, echó el pestillo. Volvió. Se quedó delante de mí, a un metro, con los brazos colgando.
—Mi abuela me dijo que eras guapa —dijo—. Es verdad. Me lo dijo por teléfono, con esa palabra, bella, y yo pensé que era una espía de Riccardo y fui a echarte de mi casa.
—Lo sé.
—No me dijo que me ibas a abrir un muro.
No me dijo que ibas a meter la mano en una pared de setenta y cinco años y sacar a mi tío con las cartas en el pecho.
No me dijo que ibas a llorar en una cama encima de este taller con las sirenas sonando.
—Dio un paso—. No me dijo que me ibas a dejar en un andén.
No me dijo que te ibas a reír en una cámara con el agua hasta los tobillos, con un muerto a dos metros, por lo del gas.
No me dijo que tenías una forma de tocar las paredes antes de mirarlas como si les tomaras el pulso.
Eso no lo sabía nadie, Clara. Eso no lo sabía ni ella.
—Nico…
—Mi abuela abrió puertas. —Se le movió la mandíbula—. Me ha costado siete días entenderlo. Abrió puertas. Por las puertas pasamos nosotros. Lo que hicimos al otro lado no lo abrió nadie.
Me quedé callada.
—Y estoy tan furioso como tú —dijo—. Más.
Ella me ha mentido toda la vida. Me dejó crecer en una casa con un muerto en la pared.
Dejó que mi abuelo me enseñara a remar en la puerta de su tumba.
—Se pasó la mano por la cara—. Pero no voy a dejar que me quite esto.
Lo que hay entre tú y yo no se lo voy a dar. Ni a ella ni a la pared.
* * *
—Tengo un contrato en Lisboa —dije—. Seis meses. Desde enero.
Nico me miró. No se movió.
—Lo tengo escrito. Aceito. En borradores.
—¿Y?
—Y no lo he mandado.
—¿Por qué?
Saqué la mano del bolsillo. La abrí. La fórcola de roble estaba en la palma, tibia, con las marcas de las uñas.
—Porque no sé si me voy porque quiero o porque ella me ha hecho quedarme y me da rabia —dije—. No sé si me quedo porque quiero o porque ella lo ha preparado. No sé nada, Nico. Por primera vez en mi vida no sé si una decisión es mía.
Nico miró la fórcola en mi palma. Luego me miró a mí.
—Entonces no decidas hoy —dijo.
—¿Cuándo?
—Mañana. —Cogió el delantal del banco, lo colgó en el gancho—. En la altana. A las diez.
Me quedé con la fórcola en la mano.
A las diez. En la altana. El único sitio de la casa con cobertura. Desde donde me llamaba, cada noche, a mil quinientos kilómetros, cuando yo estaba en Gante.
—¿Por qué allí?
—Porque es el único sitio de esa casa donde mi abuela no ha subido nunca —dijo Nico—. En sesenta y nueve años. Desde 1950.
Abrió el pestillo de la puerta verde.
—Allí, lo que decidamos, lo decidimos nosotros.