Capítulo 23 · A ustedes los puse yo #2
—¿Cómo que tenía que estar?
—En noviembre de 2017, el nueve, te llamé al taller. ¿Te acuerdas?
Nico no contestó. Se le vio en la cara que se acordaba.
—Te dije que había una restauradora española en el piano nobile —dijo Teresa—. Que la había mandado una fundación. Que estaba mirando la pared del dormitorio. Que me parecía una espía del hotel.
—Me dijiste que era una espía de Riccardo.
—Te dije que era guapa.
Nico se quedó con la boca abierta. Luego la cerró.
—Por eso viniste esa tarde —dijo Teresa—. Por la puerta de agua. Enfadado. Sin avisar.
Yo me acordaba de esa tarde. Del contraluz de la reja, de las botas en el agua de los escalones, de un hombre alto con un chaquetón de marinero que entró en el androne con el paso de alguien que conoce un sitio a oscuras, y de la cara de sal que había visto dos días antes, y de cómo se me paró el corazón.
—La puerta del ala norte —dije.
—La dejé abierta. Con la llave puesta. Y barrí el polvo del salón de música y levanté la funda del piano.
Para que viera la partitura. El non correre.
—Silbido—. Y quité el libro del estante del despacho.
Una guía Baedeker de España, en alemán, de 1929, con la línea de Canfranc subrayada a lápiz.
Porque dentro estaba la foto de ellos dos, al piano.
Y era pronto. Si la veía en noviembre, lo entendía todo en noviembre.
Y tenía que entenderlo en febrero, con el muro abierto, cuando ya no se pudiera volver atrás.
—La noche del muro mandó a Nico a Burano.
—Para que no estuviera cuando lo sacaran. —Teresa miró a Nico—. Un Ardenti no tenía que verlo antes que ella. Ya lo habíamos visto bastante los Ardenti. Y le di a usted la llave de Riccardo para que entrara.
—Las cartas de Ester —dije—. En el orden que eligió.
—En el orden que le hacía falta a usted para llegar al botellero.
—Y a Nico a Logroño.
—Che no la lassa nissun sola su un binario —dijo Teresa—. Que no la deje nadie sola en un andén. —Me miró—. Y la dejó usted a él. En el mismo andén. —Se le movió la boca—. Eso no lo puse yo. Eso fue de su familia.
* * *
Me levanté de la cama. Las rodillas me temblaban. Fui hasta la puerta y volví. Fui hasta la cómoda y me apoyé en ella, en el tapete de ganchillo, al lado de una foto enmarcada de una boda de 1950 con una novia de veinte años con un vestido arreglado.
—¿Y la cara? —dije.
Teresa no contestó.
—La de la sal. La mía. Con la cicatriz. —Me volví—. ¿Eso también lo puso usted?
—No.
—¿Cómo puedo creerla?
—No puede. —Teresa me sostuvo la mirada—.
Pero no. Esa no. La de él, en el sesenta y seis, no la puse yo.
La de él, en 2017, tampoco. La de su bisabuela en el calado, tampoco; yo no he estado nunca en Logroño.
Y la suya, en febrero, tampoco. —Se le movieron las manos—.
La suya me dio miedo. Es la única cosa en setenta y cinco años que me ha dado miedo después del dieciocho de marzo.
—¿Por qué?
—Porque esa no la esperaba.
* * *
Se quedó callada. Nico, en la ventana. Yo, en la cómoda. La lámpara de la mesilla haciendo un círculo amarillo en la colcha, sobre la tarjeta azul y las dos manos sin líneas.
Teresa levantó la cabeza de las almohadas. Despacio. Le costó. Nos miró a los dos, a uno y a otro, con los ojos que no veían.
—Yo no sé de muros —dijo—. Sé de personas.
El silbido.
—Las caras las pone la sal. —Su voz bajó, se hizo plana, la de lección, la del suelo de polvo—. A ustedes los puse yo.
* * *
Nico se fue.
No dijo nada. Cruzó el cuarto, pasó a mi lado sin mirarme, pasó al lado de la silla con la chaqueta de punto de Alvise y no la miró, salió por la puerta.
Lo oí bajar la caracola. Deprisa. Saltándose escalones.
Él, que no se salta nunca nada. Oí la puerta del piano nobile.
Oí los treinta y ocho que faltaban. Oí la reja del androne.
Oí el sandolo, la primera palada, demasiado fuerte, el remo golpeando la fórcola con un ruido de hueso.
Teresa escuchó todo eso con los ojos cerrados.
—Ya está —dijo—. Ahora pueden odiarme. Era lo único que faltaba.
—Teresa.
—Váyase usted también, signora.
No me fui. Me quedé de pie junto a la cómoda. Tenía una pregunta más. La que había cruzado una laguna en febrero para hacer. La que no le había hecho en el escalón porque se la había leído en vez de preguntársela.
—¿Qué gritó? —dije—. Después del nombre de ella. ¿Qué gritó?
Teresa no abrió los ojos.
—Eso no es suyo —dijo.
—Teresa…
—Eso es de ella. —Se volvió hacia la pared, despacio, con la tarjeta azul apretada contra el pecho—. Y a ella se lo voy a dar.
Apagó la lámpara.
Me quedé a oscuras en el cuarto de una mujer que me había fabricado la vida.
Que había pagado mi sueldo, mi georradar, mi puerta de alerce.
Que había abierto puertas para que yo pasara y cerrado libros para que yo no leyera.
Que me había visto hablar con un puntero láser en 2004 y se había ido antes de que terminara.
Que me había puesto en una habitación con un hombre. Y había esperado.
En la oscuridad, en la mesilla, el pájaro de madera seguía cantando con el pico abierto sin hacer ruido.