Acqua alta Epílogo · Agua quieta
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Epílogo · Agua quieta

Epílogo

Agua quieta

El agua de los canales se volvió transparente el doce de marzo, y casi nadie estaba allí para verla.

Yo sí. La vi desde la puerta de agua de Ca’ Ardenti, a las ocho de la mañana, sentada en el cuarto escalón con un café en un vaso de cartón que me había hecho yo misma, porque la osteria de Rina estaba cerrada desde el día nueve, como todo.

Como el país entero. Sesenta millones de personas encerradas en sus casas por un virus del que en Navidad no había oído hablar nadie.

Y el agua del rio de la Sensa, que en dos años y medio yo no había visto nunca de otro color que verde, gris o negro, era transparente.

Se veía el fondo. Los escalones de piedra de Istria bajando, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo, verdes de algas, hasta el barro.

Se veían peces pequeños, plateados, quietos contra la corriente, a un palmo de mis botas.

Se veía, en el fondo, una botella de cerveza, una rueda de bicicleta, un ancla vieja comida por la herrumbre, una teja.

Se veía todo lo que el agua había estado guardando debajo de su color.

No había barcos. Ni uno. Ni vaporetti, ni taxis, ni barcazas de basura, ni góndolas, ni lanchas de turistas. Sin barcos, el barro del fondo se queda quieto. Y si el barro se queda quieto, el agua se aclara.

Así de sencillo. Lo leí en un periódico. El noventa y cinco por ciento.

* * *

—Así no —dijo Nico—. Así te la clavas en la mano.

Me quitó la gubia. Con la derecha. Con los dedos que se doblaban y los dos que no. La giró en el aire, y me la volvió a poner en la mano, con el mango apoyado en la palma, el índice estirado encima del hierro, el pulgar al lado.

—El índice es el que manda —dijo—. La mano empuja. Pero el índice dice adónde.

—El índice no me obedece.

—El índice no te obedece porque lo tienes tieso. —Me lo tocó con el suyo, el que tenía un tope de quince grados—. Afloja.

Estábamos en el bajo de la Sensa. El taller nuevo.

Cuarenta metros cuadrados de suelo de piedra y techo alto con vigas, con una puerta grande a la fondamenta y otra, al fondo, al androne.

Donde el bisabuelo Ottone guardaba las cajas de vidrio de Murano.

Nico lo había vaciado en enero con Rafi y con los de Chioggia, tres camiones de muebles podridos y cajas de botellas y un piano vertical sin teclas que nadie sabía de dónde había salido.

En febrero había subido los bancos, el tablero de las gubias —el suyo; el del viejo Bortolo se lo había dejado a Rafi en Castello, a plazos—, la madera.

Entraba luz por los dos lados. La de la fondamenta, gris, de marzo. Y la del androne, verde, del agua.

Yo tenía delante, sujeta en el torno de Nico, una tabla de pino. Pino barato, de obra, de los tablones que sobraron del apeo y que no sirvieron para calzar nada. Llevaba una semana intentando sacarle una curva. La curva de parar, la tercera de una fórcola, la más fácil, según Nico.

Me salía mal.

Me salía una cosa que no era una curva. Era una herida. Un surco desigual, con astillas en los bordes, que iba hacia donde le daba la gana y no hacia donde le decía mi índice.

—Lo hago mal —dije.

—Lo haces muy mal. —Nico se cruzó de brazos—. Peor que Rafi el primer día. Peor que yo con la izquierda.

—Gracias.

—De nada. —Se le movió la boca—. Otra vez.

* * *

Así pasábamos las mañanas del confinamiento.

No podíamos salir más que a por comida y a por medicinas, con un papel firmado que decía por qué.

No había obra; la Soprintendenza había cerrado todas las obras de Venecia el diez de marzo.

No había fisioterapia en Padua; la chica de las manos como tenazas le mandaba ejercicios por videollamada y Nico los hacía en el banco, apretando una pelota de goma roja, abriendo y cerrando los dedos, con la cara de madera.

Y por las mañanas, en el bajo, me enseñaba a sostener una gubia.

Él no podía tallar todavía. No como antes.

Podía sujetar una gubia ancha, de desbastar, con la muñeca, y quitar madera gorda.

No podía hacer el milímetro. El índice y el corazón de la derecha no llegaban.

Lo había intentado en febrero con una pieza de nogal pequeña y la había tirado al canal de la Sensa por la puerta de la fondamenta, como el viejo Bortolo.

Flotó hasta la Misericordia. No sé quién la cogió.

Así que me enseñaba a mí. Para que mis manos hicieran lo que las suyas ya no. Con las suyas encima de las mías, diciéndome adónde.

Lo hacía mal. Lo sigo haciendo mal.

—En mayo —dijo Nico, ese día, mirando mi surco de pino— tallamos la de nogal. En Castello. En el banco de Rafi.

—¿Tallamos?

—Tú con las manos. Yo con el índice. —Se tocó la frente—. Y con la memoria.

—Va a salir desviada.

—Un milímetro. Remarás igual de mal.

* * *

La pietra d’inciampo se colocó el veintisiete de enero, lunes, a las once de la mañana, en la Fondamenta della Sensa, delante del número 3290.

Dos piedras. Cuadradas, de diez por diez, de latón, encastradas en los adoquines de piedra de Istria delante de la puerta de una casa de tres pisos con las persianas verdes, donde ahora vive una familia de ingleses que alquilan en verano. Dos nombres grabados con letras de imprenta.

QUI ABITAVA DAVIDE FANO, NATO 1912, ARRESTATO 5.12.1943, DEPORTATO AUSCHWITZ, ASSASSINATO.

QUI ABITAVA RACHELE SACERDOTI VED. FANO, NATA 1880, ARRESTATA 5.12.1943, DEPORTATA AUSCHWITZ, ASSASSINATA 26.2.1944.

Las colocó un hombre con guantes de trabajo y una paleta, de rodillas en los adoquines, con un cubo de mortero al lado. Mortero de cemento. Rápido, gris. Lo miré trabajar con los ojos de mi oficio sin querer, como mira Gino. Lo hizo bien.

Éramos quince. Los de la Comunità. El señor Sacerdoti con su sombrero. Nico, con las manos todavía vendadas. Livia, con Sofia. Ottavio. Graziella, que vino otra vez en el tren de Treviso. Y mi madre.

Cuando el hombre terminó y se levantó, mi madre se agachó delante de la piedra de Davide. Sacó del bolsillo del abrigo verde una piedra del Ebro, gris, con una veta blanca, lisa de agua. La dejó encima del latón.

Luego sacó otra cosa. Pequeña. De plata vieja, ennegrecida, con dos letras grabadas en el borde.

R. S. El dedal que estaba en una lata de membrillo en un agujero de una roca de Logroño desde 1986, y antes en el bolsillo de un abrigo, y antes en el costurero de una mujer de sesenta y ocho años detenida en una casa de la Sensa una noche de diciembre.

No lo dejó en la piedra. Se volvió. Se lo dio al señor Sacerdoti.

—Era de su tía abuela —le dijo, en italiano, con su acento de San Juan de Luz—. Lo llevaba mi abuela. Le toca volver.

El señor Sacerdoti se quedó mirando el dedal en su palma.

Luego se lo guardó en el bolsillo del chaleco, debajo del abrigo, a la altura del corazón, y le dio la mano a mi madre.

Con las dos. Y se fue por la fondamenta con su bastón, con la otra mano encima del chaleco, como se lleva algo que puede caerse.

Esa mañana, antes de salir, mi madre había llamado a Lardero y le había leído a mi abuela por teléfono los dos nombres.

Despacio. Davide Fano. Rachele Sacerdoti.

Mi abuela se quedó callada un rato y luego preguntó quiénes eran.

Tu padre, mamá. Y tu abuela. Y mi abuela dijo, con la voz limpia de las mañanas buenas: Mi padre era Julián, que se reía.

Mi madre le dijo que sí. Que también.

* * *

El veintidós de febrero, sábado, me desperté a las tres y doce.

No puse alarma. Me desperté. Con el cuerpo, como se despiertan las llamadas antes de oírlas.

En el segundo piso de Ca’ Ardenti, en el cuarto que da al rio, el que habíamos limpiado Nico y yo en diciembre, cuando Oxana se fue a Chisináu con su hija y la casa se quedó con un piso entero vacío encima del taller.

En una cama de hierro que habíamos bajado del desván.

Nico dormía. Con la mano derecha encima de la colcha, abierta, con la palma hacia arriba, como la tenía ella.

Me quedé despierta hasta las cuatro. No subí al piano nobile.

No hice ninguna foto. Hacía tres meses que no hacía ninguna; la carpeta CIG_2019 se terminaba en la doscientos cincuenta y dos, la del doce de noviembre a las siete de la tarde, la de la línea de marea debajo de la boca. No la había vuelto a abrir.

Un año. El plazo de la leyenda.

A las cuatro me volví a dormir.

Por la mañana, en la cocina, Nico me miró por encima del café.

—Es veintidós —dijo.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—Y nada. —Me encogí de hombros—. Es sábado.

Nico asintió. Siguió con el café. No dijo nada más en todo el día sobre eso, ni yo. Hay fechas que se pasan como se pasa un escalón: sin mirarlo.

* * *

El lugar de memoria no se ha inaugurado. Se iba a inaugurar el veinticinco de abril, el día de la Liberación. Ahora no se sabe cuándo.

Pero está hecho. Lo terminamos el veintiocho de febrero, un día antes del final de mi contrato.

Se entra por la puerta de alerce de Nico, desde el rellano de la escalera de servicio, sin una sola letra.

Dentro, el cuarto de dos brazos de ancho, consolidado, con la sal limpia, con las tres rayas a lápiz y las tres palabras detrás de un metacrilato.

Non ho corso. A. La trampilla de los piratas cerrada, con las letras hacia arriba, protegidas con otro metacrilato.

Abajo, el pozo, apeado con acero inoxidable, bien calzado.

Y la cámara, que no se visita, con la puerta de 1944 rota y una reja nueva en el hueco que abrieron unas manos.

En la pared de la cámara, debajo de una columna de números torcidos, una frase a tinta corrida. Bortoluzzi la ha declarado documento. Si è del 2019, è un documento lo stesso, me dijo. No se toca.

En el rellano, delante de la puerta, el sillón verde. Con la cinta de obra quitada y una placa de latón en el suelo, delante de las patas, del tamaño de una pietra d’inciampo:

Da questa poltrona, dal 19 al 21 marzo 1944, Ottone Ardenti sorvegliò il muro dietro il quale aveva chiuso suo figlio Alvise.

La calce la preparò Teresa Zanon, di anni quattordici.

Y en la pared de enfrente, al lado de la puerta, otra placa. Esa la escribí yo. Con la Parker, en borrador, en una libreta, once veces, hasta que dejó de sobrar nada.

Qui fu nascosta Ester Fano, dal dicembre 1943 al marzo 1944. Qui morì Alvise Ardenti, che la fece uscire.

Nada más. Dos líneas. Dos nombres.

Los que yo quise. Ese era el trabajo.

Mi contrato con Rio Terà terminó el veintinueve de febrero. El dos de marzo firmé otro, con la Soprintendenza, para las humedades de los bajos de Cannaregio. Tres años. Bortoluzzi me preguntó si quería que fueran menos, por costumbre, como se le pregunta a alguien que siempre ha pedido menos.

Le dije que no. Firmé con la Parker.

* * *

La sal volvió a florecer el dieciséis de marzo.

Hubo una marea de ciento cinco la noche del quince. Ciento cinco no hace sonar las sirenas; no la contó nadie. El agua entró en el androne un palmo, transparente, limpia, con peces, y se fue.

Por la mañana subí al piano nobile. No a hacer una foto. A abrir las ventanas del dormitorio para que se aireara, como hago cada lunes. Con la lámpara de luz rasante en la mano, por costumbre, porque la llevo siempre como lleva la gente las llaves.

La pared norte. El rectángulo de ladrillo nuevo de la Soprintendenza, en el centro, a la altura de un hombre sentado. Con su franja de sal horizontal, la de la marea de noviembre, que nadie había cepillado.

Y encima de la franja, algo.

Lo vi sin luz. Una blancura nueva, leve, en el ladrillo. Un velo. Un algodón finísimo, recién nacido, de horas. Como la escarcha en un cristal.

Encendí la lámpara.

La puse a ras, desde la izquierda, muy pegada a la pared, como sale el sol en invierno. Me acerqué. Me arrodillé en el terrazo, a un metro, con la lámpara en la mano.

Había algo.

En la sal. En el velo. Una forma. Dos sombras, quizá, a la altura de unos ojos. Una línea, quizá, más abajo. No sé. No lo miré.

Me di cuenta de que no lo estaba mirando. De que tenía la lámpara encendida, a ras, con la luz levantando cada grano de sal, y que tenía los ojos en el suelo. En el terrazo. En los trozos de mármol rosa.

Me quedé así un rato. De rodillas. Con la luz encendida y los ojos bajos.

Podía levantarlos. Un segundo. Lo que se tarda en contar una sirena.

Saber de quién era. Si era una cara. Si era la mía otra vez, o la de él, o la de ella, o la de una mujer de catorce años con un chal y las manos en un cubo.

O si era sal sobre ladrillo, y el cerebro humano buscando una cara donde hay una retícula, porque el cerebro humano está hecho para eso. El noventa y cinco por ciento.

O el cinco.

Apagué la lámpara.

* * *

Me levanté. Abrí las ventanas del dormitorio.

Entró el aire de marzo, frío, limpio, sin humo de barcos, con olor a agua quieta.

Desde abajo, desde el bajo de la fondamenta, subía un ruido.

Ras. Una pasada. Ras. Otra. Torpe. Lenta.

Una gubia en una tabla de pino, sujeta por una mano izquierda que no sabía y un índice derecho que no llegaba.

Nico estaba practicando sin mí.

Bajé.

No volví a subir con la lámpara.

Durante dos años y medio me pregunté por qué me conocían las paredes.

Por qué un muro de Cannaregio tenía mi cara antes de que yo supiera que existía una casa llamada Ca’ Ardenti.

Por qué un calado de Logroño me devolvía la de una mujer con un lunar que llevaba muerta desde que yo tenía siete años.

Lo pregunté con higrómetros, con georradares, con lámparas de luz rasante, con doscientas cincuenta y dos fotos en una carpeta.

Lo pregunté como se preguntan las cosas en mi oficio: a la pared.

La pared no lo sabía. Las paredes no saben nada. No tienen memoria; tienen sal.

A mí no me conocía una pared. Me conocía una mujer.

Me conoció a los siete años por una tarjeta de Navidad con una estrella de purpurina, me siguió treinta años por treinta tarjetas, me vio una vez hablar con un puntero láser que me temblaba y se fue antes de que terminara.

Y un día, con ochenta y seis años y un bastón, decidió que lo que se debía en esa casa desde 1944 no se iba a pagar con más silencio.

Que se iba a pagar con otra cosa. Abrió las puertas y se quedó esperando, con la oreja pegada a la casa, a ver si alguien las cruzaba.

El destino que me trajo a Venecia tenía nombre y dos apellidos, y una letra que se caía del renglón.

Eso es el noventa y cinco por ciento.

Lo otro, lo que la sal dibujó en el ladrillo, la cara de un hombre con una pluma blanca, la de una mujer con un lunar, la mía con una raya que la sal no tenía forma de saber, eso no lo puso nadie. No lo explica ningún notario de Treviso. No cabe en ningún anexo.

La pared sigue ahí, en el piano nobile, encima de nosotros. La sal sale cuando sube el agua y se va cuando se seca el muro, como ha hecho siempre, desde 1450, desde antes de que nadie le pusiera nombre a lo que dibujaba.

Lo que haya ahora en ese ladrillo, no lo sé.

Hay cosas que una pared tiene derecho a guardar.