Acqua alta Capítulo 22 · Llamada a Logroño
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Capítulo 22 · Llamada a Logroño

Llamada a Logroño

—¿Eres la del gas? —dijo mi abuela.

—Soy yo, abuela.

—Ah. —Un silencio largo, con respiración. Se la oía respirar por la boca, como respiran los que han dejado de andar—. Pues la caldera va bien. Dile al chico que no hace falta que venga.

—Se lo digo.

—Es muy guapo, el chico. —Otra respiración—. Italiano. Canta.

Era el jueves veinticuatro de octubre, a las once y cuarto de la mañana.

Había llamado a la residencia San Bernabé de Lardero desde el banco de piedra de la Madonna dell’Orto, el del campo, de espaldas a la iglesia, con la vista en el canal.

Había preguntado por Luisa Garrido. Una auxiliar con acento rumano me había dicho un momento, que la llevo al teléfono del pasillo, y había tardado nueve minutos.

Yo los había contado. Nueve minutos oyendo un televisor lejano, un carro de comida con ruedas que chirriaban, una voz de mujer mayor que llamaba Antonio, Antonio sin parar.

Y luego mi abuela.

No me conocía. Lo sabía antes de llamar. No llamaba para que me conociera.

* * *

Había pasado la noche sin dormir. Otra vez. En el cuarto de encima de la osteria, sentada en la cama con la maleta al lado y la tarjeta de Navidad de siete gramos encima de la colcha, delante de mí, sin abrir. Mirándola como se mira una muestra de laboratorio antes de echarle el reactivo.

No la había abierto. No era mía. Era de Teresa.

Pero llevaba una línea sobre mí, como las otras treinta.

Y yo quería saber qué decía la última línea que había escrito mi abuela en su vida sobre mí, antes de perder la letra, antes de caerse en un pasillo buscando la puerta de un calado.

Y no la podía abrir, porque si la abría era como Teresa: leer la vida de otra persona en un papel que no era para mí.

A las seis de la mañana había bajado a la fondamenta, había dado una vuelta por los Ormesini con el abrigo encima del pijama y las botas sin calcetines, y había vuelto a subir.

A las ocho había bajado a desayunar. Rina me había puesto un cappuccino y un cornetto y se había sentado enfrente sin decir nada, mirándome comer, como mira mi abuela.

A las once había llamado a Lardero.

* * *

—Abuela —dije—. ¿Te acuerdas de la tarjeta?

—¿Qué tarjeta?

—La de Navidad. La de la amiga italiana. La que mandas todos los años.

Silencio. La respiración. El carro de la comida, al fondo, chirriando.

—La del sello con la estrella —dijo mi abuela.

—Esa.

—Este año no la he mandado. —Su voz cambió.

Se puso más aguda, más deprisa, como se pone la voz de un niño que se acuerda de golpe de que se ha olvidado algo—.

No la he mandado, hija. No me dejan bajar a correos.

Hay que mandarla antes del veinte, que si no llega tarde y la amiga se preocupa. ¿Qué día es hoy?

—Veinticuatro de octubre.

—Ah. —Alivio—. Entonces hay tiempo.

—Hay tiempo, abuela. La va a mandar Inés.

—¿Inés?

—Tu hija.

—Inés se fue a por tabaco. —Una pausa. Y luego, más bajo, como quien corrige a otro—: No. Inés ha vuelto. Viene los meses. Me toca el piano. —Otra pausa—. Toca muy bien. Toca lo de mamá.

—Lo sé.

—Sin una nota. Le falta una nota. —Se rio, una risa pequeña, de garganta—. Pero no se para.

* * *

—La del año pasado —dije— no le llegó.

—¿Cuál?

—La tarjeta del año pasado. La que escribiste en diciembre. En la cocina. Te ayudé yo a pegar el sello.

—Tú no me ayudaste. Me ayudó mi nieta.

—Ya.

—Mi nieta lame los sellos. Desde pequeña. Le gusta el sabor de la cola. —Se rio otra vez—. Es muy rara mi nieta. Mira las paredes.

Me tapé la boca con la mano. En el canal, delante de mí, pasó un sandolo con un hombre mayor remando y un perro sentado en la proa, mirando el agua.

—Esa no le llegó a la amiga, abuela —dije cuando pude—. Se quedó en Treviso. La amiga estaba enferma y no pudo ir a buscarla.

Mi abuela no dijo nada durante. Tanto que pensé que se había ido, que había dejado el auricular colgando del cable, como hacía en la Ruavieja cuando se cansaba de una conversación y se iba a la cocina sin colgar.

—¿Y ahora quién la tiene? —dijo.

—Yo.

—¿Tú quién eres?

—La del gas.

—Ah. —La respiración—. Pues llévasela tú. Que tú vas por allí.

—¿Y qué le digo?

—Nada. —Mi abuela lo dijo con una voz que no le había oído desde febrero, desde el banco de los patos: una voz limpia, de mañana buena, en la que el cuadro se endereza solo—. No le digas nada. Que la lea. Lo que le he puesto se lo he puesto yo. Que lo lea ella.

* * *

Y entonces cantó.

No se lo pedí. No hubo pausa, no hubo aviso.

Mi abuela se puso a cantar al teléfono del pasillo de una residencia de Lardero como cantaba en el calado de la Ruavieja a las cuatro de la mañana, en camisón y descalza, con la voz fina y aguda de las mujeres que han cantado en coros de iglesia, en un idioma que no existía.

—Nina nana, putelo, la mama xe ‘ndada, la torna doman co’ la barca, e ti dormi, putelo…

La auxiliar rumana, al fondo, dijo algo. Mi abuela no paró.

—Canta l’oseleto sora la rama verde: chi che dorme no perde, chi che speta no more.

Entera. Las dos estrofas. Sin saltarse nada.

La de la madre que se ha ido en la barca y vuelve mañana, y la del pájaro en la rama verde.

La del pájaro la había aprendido en enero de un veneciano que le cantó en el Espolón con una uva en la mano; la otra la había aprendido de su madre, que la aprendió en un cuarto de dos brazos de ancho, en 1943, de una niña de trece años que le subía el agua.

Quien duerme no pierde. Quien espera no se muere.

Terminó. Se quedó callada. La oí respirar.

—Eso es mentira —dijo.

—¿El qué, abuela?

—Lo del pájaro. Chi che speta no more. —La voz otra vez limpia—. Mamá esperó cuarenta años y se murió igual. —Pausa—. Y la amiga también espera. Y también se va a morir.

—Abuela…

—Llévale la tarjeta, hija. —Ya no era la voz limpia. Ya se estaba yendo, se notaba, como se nota que una marea empieza a bajar porque el agua deja de golpear y empieza a lamer—. Antes del veinte. Que si no, llega tarde.

—Se la llevo.

—Y dile al chico de la caldera que cante. Que lo hace muy bien. —Un ruido, como de un auricular que se aparta de una cara—. Antonio —dijo, a alguien que no era yo—, Antonio, que se apaga la vela.

Y la auxiliar rumana cogió el teléfono y me dijo ya está cansada, señora, otro día mejor, y colgó.

* * *

Me quedé en el banco de la Madonna dell’Orto con el móvil en la mano mucho tiempo.

A mi espalda, la iglesia de ladrillo donde se casaron Teresa y Bepi en 1950.

Delante, el canal. A la derecha, a cuatrocientos metros, la Sensa, y en la Sensa, Ca’ Ardenti, con su altana y su pared y su cuarto con una trampilla y su pozo de seis metros y, en el último piso, a noventa y dos escalones, una mujer de ochenta y nueve años que llevaba setenta y cinco esperando y que se iba a morir igual.

Saqué la tarjeta del bolsillo del pecho. La miré. El sobre azul, el sello de la estrella, la letra redonda de colegio de monjas. Sig.ra Teresa.

La volví a guardar.

No era mía. Que la lea ella.

* * *

Llamé a Nico a las doce y cuarenta.

Lo cogió al segundo tono. Se oía la gubia de fondo, y luego no se oía.

—Dime.

—Esta noche voy a subir a ver a tu abuela.

—Subes todas las noches.

—Esta noche voy a subir a preguntarle una cosa.

Silencio. La gubia, en el fondo, no volvió a sonar.

—¿Qué cosa?

—No te lo puedo decir por teléfono.

—Clara.

—Ven. —Respiré—. A las nueve. Arriba. Quiero que estés.

—¿Por qué?

Pensé en las letras de la trampilla. A. A. — B. A. — 1931. En la condición cuarta. En la puerta de alerce sin una sola letra. En un hombre de pie en la popa de un sandolo parado en mitad de la laguna, diciendo pesaba poco.

—Porque es tu abuela —dije—. Y porque lo que me va a contar, me parece que no me lo va a contar solo a mí.

* * *

Llegó a las nueve menos diez. Por el agua. Amarró en las paline. Subió los escalones de la puerta de agua.

Yo lo esperaba en el androne, al pie de la escalera de servicio, con la linterna apagada en la mano. No había encendido las bombillas. Oxana las apagaba a las nueve por la factura, y esa noche no quise que nadie supiera que subíamos.

Nico se paró delante de mí. Me miró la cara a la luz verde que entraba por la reja desde las farolas del rio.

—¿Qué pasa?

Le puse la tarjeta en la mano. El sobre azul. La letra de mi abuela.

Lo miró. Le dio la vuelta. Leyó el remite, en el dorso, con la misma letra: L. Garrido — Ruavieja — Logroño — España.

—Ya sé lo que es —dijo—. La tarjeta de Navidad.

—La del año pasado. No le llegó. Estaba en Treviso. En un cajón. Al lado de un notario.

Nico levantó la vista del sobre.

No le expliqué más. No me hizo falta. Lo vi entenderlo en la cara, en la penumbra, igual que yo lo había entendido en el puente de la Libertà: no de golpe, sino como se entiende que una grieta va de abajo arriba y no de arriba abajo. Le vi cerrar la mano sobre el sobre. Sin arrugarlo.

—Vamos —dijo.

Subimos.

Él delante. Yo detrás. A oscuras, sin linterna, con la mano en la pared de piedra de la caracola. Los treinta y ocho escalones hasta el piano nobile. El rellano, con la puerta de alerce cerrada a la derecha. Y los noventa y dos.

Los conté. En el cuarenta y siete, en la saetera, entraba la luz de una farola del patio y le vi a Nico la nuca, el pelo, el mechón blanco brillando un momento en la oscuridad como una pluma.

En el noventa y dos, la puerta de Teresa estaba entornada. Con luz.

Como si nos esperara.