Capítulo 21 · Acorralado
Acorralado
—Bigoli in salsa —le dijo Ottavio al camarero—. Dos. Y el mismo vino de la otra vez.
El camarero no se acordaba de la otra vez. Ottavio sí. Yo también.
Había elegido él el sitio. Me había llamado al volver de Roma, el miércoles a las seis, y me había dicho: Marisa me ha dicho que ha leído usted bien. Nada más. A las nueve en la trattoria de la otra vez.
Había elegido el sitio para que yo supiera que él sabía lo que le iba a preguntar.
* * *
Esperé a que trajeran el vino. Esperé a que lo sirviera. Esperé a que bebiera.
—T. Z. —dije.
Ottavio dejó la copa en el mantel. La giró un cuarto de vuelta por el pie, como se gira una muestra en el microscopio para verla con otra luz.
—Las administrativas de los notarios —dijo— no deberían usar lápiz. Se lo he dicho a Dalla Vedova hijo esta mañana por teléfono. No le ha hecho gracia.
—Ottavio.
—Ya. —Se quitó las gafas. Se las limpió con la servilleta, no con la corbata. Se las volvió a poner—. Sí. Teresa.
Lo dijo así. Sin pausa antes. Sin pausa después. Como se dice un diagnóstico que ya se ha confirmado en el laboratorio y que solo falta comunicar.
Fuera, la lluvia sobre el canal hacía un ruido de arena.
* * *
—Desde el principio —dije.
—Desde el principio.
—El estudio de 2017.
—Lo pagó ella. Entero. En mayo de 2016. Con el dinero de los hornos de Murano.
—Ottavio cogió un trozo de pan y no se lo comió; lo dejó en el plato—.
Vino a verme a la fundación en marzo de 2016, un mes después del entierro de Bepi.
Con un bastón. Subió las escaleras del archivo de la sal ella sola, ochenta y seis años.
Se sentó en mi despacho, en la silla de las visitas, y me dijo: Ottavio, quiero que estudien mi casa.
Y quiero que lo haga una persona concreta.
—Yo.
—Usted. —Me miró—. Me dijo su nombre completo. Los dos apellidos. Me dijo que había hecho el máster conmigo en 2004. Me dijo que trabajaba con sales. Me dijo que estaba en Brujas. —Hizo una pausa—. Me dijo su fecha de nacimiento.
—¿Y no le preguntó cómo lo sabía?
—Se lo pregunté.
—¿Y qué le dijo?
Ottavio sonrió. No con la boca. Con algo detrás de las gafas.
—Me dijo: eso no te corresponde a ti, Ottavio. —Bebió—. Que es lo que le he estado diciendo yo a usted tres años. Lo aprendí de ella. Lo aprendí en 1966.
* * *
Trajeron los bigoli. Dos platos hondos de pasta gruesa, oscura, con la salsa de cebolla y anchoa brillando por encima. El camarero los dejó y se fue. Ninguno de los dos los tocó.
—Gino me contó lo de 1966 —dije—. Que usted estaba en el androne. Con los angeli del fango.
—Gino habla mucho.
—Todo el mundo me dice eso de todo el mundo en esta ciudad. Y luego resulta que nadie ha dicho nada en setenta años.
Ottavio se quedó callado. Miró la ventana empañada. Por el cristal, borrosas, pasaban las luces de un vaporetto de la línea 2.
—Tenía diecisiete años —dijo—. Estudiaba en el liceo Marco Polo.
El cinco de noviembre, el día después del agua, el profesor de Ciencias nos dijo que había que ayudar.
Nos dieron palas y botas y nos repartieron por Cannaregio.
A mí me tocó Ca’ Ardenti. Medio metro de barro negro en el androne.
Olía a petróleo, porque se habían roto los depósitos de gasóleo de media ciudad y el agua lo había traído todo.
Estuve tres días sacando barro con una pala y un cubo, con Gino y otros dos chicos.
Cogió el tenedor. Lo dejó.
—El tercer día, a mediodía, bajó una mujer por la escalera de servicio con una bandeja.
Treinta y seis años. Delgada, con el pelo recogido, con guantes de algodón blancos.
Guantes. En una casa inundada, con barro hasta las rodillas, bajó con guantes blancos a darnos bocadillos de mortadela.
Nos los repartió uno a uno. Al mío me miró las manos.
Tenía ampollas de la pala. Se quitó un guante y me puso la palma encima de la mía.
—Ottavio se miró la mano—. Y la suya no tenía líneas.
No dije nada.
—Me dijo: a ti te quedan bien las ampollas, ragazzo. Se te curan. A otros no. —Ottavio se rio, muy poco—. No entendí nada. Tenía diecisiete años. Pero me acordé toda la vida de aquella mano sin líneas.
—¿Y la cara?
—La vi. —Ottavio bebió—. El cuarto día subí al piano nobile a por un cubo que se había dejado Gino.
La puerta del dormitorio estaba abierta.
Y en la pared, en el centro, en la sal, un hombre.
Con una mancha blanca encima del ojo izquierdo.
—Dejó la copa—. Y delante, en el suelo, de rodillas, la mujer de los guantes.
Sin guantes. Con las dos palmas apoyadas en la pared, a los dos lados de la cara, como se apoyan las manos en el cristal de un tren que se va.
* * *
—Fuimos amigos desde entonces —dijo Ottavio—.
No amigos de llamarse. Amigos de saber que el otro está.
Me escribió cuando terminé la carrera, una tarjeta, sin remite.
Vino a mi boda y se fue antes del banquete.
Vino al entierro de mi mujer, en 2011, y se sentó al fondo de la iglesia.
Cuando fundé Rio Terà, en 1993, le mandé una invitación a la inauguración.
No vino. Al día siguiente llegó a la fundación, por correo, un cheque.
Sin nombre. Con una nota: para las paredes.
—Otra vez.
—Otra vez. —Ottavio me miró—. Rio Terà existe en parte porque una mujer que no tenía nada le mandó un cheque en 1993. Eso no lo sabe nadie. Ahora lo sabe usted.
—¿Y por qué me lo cuenta ahora?
—Porque ha leído bien. —Cogió el tenedor y, por fin, enrolló unos bigoli—. Y porque lo que no le voy a contar, se lo tiene que contar ella.
* * *
—La puerta del ala norte —dije.
Ottavio masticó. Tragó.
—No sé nada de la puerta del ala norte.
—La condición cuarta. Inclusa l’ala nord, chiusa dal 1944. La escribió ella.
—La escribió ella. No sé lo que hizo con la puerta. —Me miró—. Sé lo que me pidió a mí. Que la contratara. Que no le dijera quién pagaba. Que si alguna vez usted preguntaba, le dijera que no me correspondía. Y que la llamara a ella, a cualquier hora, si pasaba algo en la pared.
—Y la llamó. El veintidós de febrero.
—No. —Ottavio dejó el tenedor—. Me llamó ella a mí. A las dos de la mañana. Me dijo: ven con la lámpara. Fui. Hice la foto. Ella me dijo que se la mandara a usted. —Hizo una pausa—. Y a las nueve de la mañana había un notario de Treviso al teléfono.
—Entonces ya lo sabía. Antes de verla. Sabía que la cara era la mía.
—Clara, tiene ochenta y nueve años y cataratas. No ve una cara en una pared. —Ottavio se inclinó hacia mí—. Lo que vio esa noche fue la luz de mi lámpara en la sal, y mi cara cuando la miré. Y lo supo por mi cara.
* * *
Me bebí la copa entera. La dejé en el mantel. Ottavio me sirvió otra sin preguntar.
—Usted me mintió tres años —dije.
—No le mentí. No le dije.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Usted lo sabe mejor que nadie: su familia lleva setenta y cinco años demostrando que no es lo mismo. —Ottavio se pasó la mano por la frente—. Le dije la verdad todas las veces que me preguntó. La verdad era que no me correspondía. Era verdad, Clara. No me correspondía.
—Me trajo aquí.
—La traje a donde la pedían.
—Era su alumna.
—Era mi mejor alumna. —Se le quebró algo, muy poco, en la voz—.
Por eso no me pareció un pecado. Me pareció lo mejor que podía hacer por usted.
Una pared que valiera la pena, en una ciudad que valiera la pena, con un contrato decente.
Me pareció que la vida le había hecho un favor y que yo solo tenía que firmar.
—¿Y ahora?
Ottavio no contestó enseguida. Miró los bigoli en el plato, medio enfriados. Miró la vela en la botella. Miró la ventana empañada, donde alguien había dibujado con el dedo, desde fuera, hacía mucho, un corazón con una flecha que ya casi no se veía.
—Ahora no sé lo que le ha hecho —dijo—. Ni ella. Ni yo.
* * *
—¿Por qué yo? —dije.
Ottavio levantó la vista.
—Dígamelo, Ottavio. Ya me ha contado que pagó, que pidió mi nombre, que tenía mi fecha de nacimiento, que dejó la puerta abierta.
Dígame por qué. Por qué una restauradora de Logroño.
Por qué la bisnieta de la mujer que se fue.
Por qué no contrató a cualquiera, a un ingeniero, a un albañil, a Gino, y le dijo: abra ahí, que hay un muerto.
—Clara.
—Podía haberlo dicho ella. Una frase. En cualquier momento de setenta y cinco años. Abran ahí. —Me oí la voz demasiado alta. El camarero miró desde la barra. La bajé—. ¿Para qué necesitaba traerme a mí?
Ottavio me miró. Luego sacó la cartera del bolsillo interior de la chaqueta. Sacó un billete de cincuenta y lo dejó encima del mantel, debajo del pie de la vela, aunque la cena no costaba eso.
—Eso es lo único que no sé —dijo.
—Mentira.
—No. —Se levantó. Cogió el abrigo del perchero—. Es lo único que no sé de verdad. Lo he pensado tres años. Tengo hipótesis. Usted también las tiene; se le ven en la cara. Pero no lo sé.
Se puso el abrigo. Se quedó de pie junto a la mesa, abrochándose los botones de abajo arriba, uno a uno, como hace las cosas.
—No me corresponde a mí contarle por qué —dijo—. Y esta vez no es una frase hecha. Esta vez es verdad.
Me puso la mano en el hombro. La tenía fría de la lluvia que entraba por la puerta.
—Suba los noventa y dos escalones —dijo—. Lleva tres años esperando a que alguien se lo pregunte bien.
Se fue. La campanilla de la puerta sonó. La lluvia entró un momento, fría, y se cerró.
Me quedé sola en la mesa de la ventana, con dos platos de bigoli fríos, una botella de vino a medias y una vela.
Y una tarjeta de Navidad de siete gramos en el bolsillo del pecho.