Capítulo 20 · Nives
Nives
—Mi madre no sabía leer —dijo Graziella Zanon—. Pero sabía de quién era cada carta por el olor.
Me lo dijo en la puerta de su casa, en un primer piso de la Via Palestro, en Treviso, con un delantal de flores encima de una bata y unas zapatillas de felpa, mirándome a través de la rendija que dejaba la cadena de seguridad.
Setenta y dos años. El pelo blanco recogido en un moño bajo.
Los ojos pequeños y negros de Teresa, exactos, de pájaro, en una cara más redonda y más blanda.
Yo le había dicho mi nombre y que venía de parte de Ca’ Ardenti. No le había dicho nada más. Ella no había quitado la cadena.
—Las de España olían a vino —dijo—. Y a algo dulce. Membrillo, decía mi madre. Las cogía del buzón, se las acercaba a la nariz y decía: Spagna. Y las guardaba en una caja de botones debajo del mostrador hasta que venía la Teresa.
Me miró el labio por la rendija.
—Usted es la nieta —dijo.
No era una pregunta.
—La bisnieta.
—Eso. —Quitó la cadena—. Pase. Pero no se siente en el sillón de la ventana, que es del gato.
* * *
La mercería Zanon había estado en la planta baja de esa misma casa desde 1931 hasta 2008.
Ahora era una tienda de móviles con un letrero de neón verde.
Lo había visto al llegar: el escaparate lleno de fundas de colores, un chico con barba detrás del mostrador mirando una pantalla, y encima de la puerta, en la piedra, todavía, si se miraba con la luz de lado, la sombra de unas letras arrancadas.
MERCERIA. La sombra de las letras se queda en la piedra como se queda la sal: donde el sol no ha dado en sesenta años.
Graziella me hizo un café en una cafetera pequeña, de una taza, y me lo puso en una mesa camilla con un tapete de ganchillo igual al de la cómoda de Teresa.
El gato, gris, gordo, dormía en el sillón de la ventana.
Por la ventana se veía un canal estrecho, rápido, con el agua clara y verde corriendo deprisa entre dos muros de ladrillo cubiertos de hiedra.
En Treviso el agua corre. Me sorprendió tanto ver agua que corría que me quedé mirándola.
—El Cagnan —dijo Graziella—. Va al Sile, y el Sile a la laguna. —Se sentó enfrente—. Aquí el agua se va. Allí se queda. La Teresa decía que por eso venía. Para ver agua que se va.
* * *
Nives Zanon había sido prima hermana de Teresa.
Hija de un hermano de su padre, el pescador ahogado.
Se había casado en 1930 con un mercero de Treviso y se había ido de Burano a los diecinueve años, y no había vuelto nunca.
No sabía leer ni escribir; firmaba con una cruz.
Había llevado la mercería cuarenta años sin saber leer los nombres de los hilos, por el color.
—Por el color y por el tacto —dijo Graziella—.
Le ponías un carrete en la mano con los ojos cerrados y te decía si era algodón egipcio o mercerizado.
Pero una carta no. Una carta era un papel.
Para eso estaba yo. —Se señaló el pecho—.
Yo le leía los sobres. Solo los sobres. E.
Garrido, Logroño, Spagna. Y ella decía: de la Teresa. Y a la caja de botones.
—¿Usted no las abrió nunca?
Graziella me miró como si le hubiera preguntado si había robado alguna vez en una iglesia.
—Eran de la Teresa —dijo.
* * *
Cuarenta y dos años de cartas. Desde mayo de 1944 hasta septiembre de 1986.
Tres o cuatro al año, a veces más, a veces una sola.
Llegaban por correo ordinario, con sellos españoles con la cara de Franco y luego con la del rey, y Nives las olía y las metía en la caja de botones, y la caja se quedaba debajo del mostrador hasta que llegaba Teresa.
—Venía una vez al año —dijo Graziella—. En enero.
Siempre en enero, la segunda semana, en el tren de la mañana.
Sola. Con el abrigo bueno y un bolso de piel que le había regalado el marido.
Entraba en la tienda, le daba un beso a mi madre, se metía en la trastienda y se sentaba en las cajas de botones, entre los rollos de cinta, y leía.
—Bebió de su taza—. Todas. Las del año. Allí mismo. No se las llevaba.
—¿No se las llevaba?
—Nunca. Las leía en la trastienda, las volvía a meter en los sobres y se las daba a mi madre. Y mi madre las guardaba en otra caja, una de galletas, en el altillo de la tienda. Cuarenta años. —Se encogió de hombros—. Decía que en Ca’ Ardenti no podía tenerlas. Que en esa casa todo se oía.
Pensé en la caja de zapatos de cartón que yo había subido noventa y dos escalones cuarenta y ocho noches. En las cartas que me habían llegado a Logroño por mensajero, en cuatro tandas, en el orden que había decidido Teresa.
—¿Cuándo se las llevó?
—En 2016. —Graziella dejó la taza—. Cuando murió el marido. Vino en abril. No era enero. Era abril. Y subió al altillo ella sola, con setenta y tantos años…
—Ochenta y seis.
—Con ochenta y seis años, por la escalera de mano, con el bastón colgado del brazo, y bajó la caja de galletas, y se la llevó.
Toda. —Graziella se quedó mirando el canal por la ventana—.
Le dije: Teresa, ¿y ahora? Y me dijo: ahora ya no hace falta esconderlas.
Ya no queda nadie en la casa a quien le duelan.
* * *
—¿Y después? —dije.
—¿Después de qué?
—Después de 1986. Cuando las cartas dejaron de llegar.
Graziella me miró. Mucho tiempo. Luego se levantó, con las manos en las rodillas, y fue a un aparador que había junto a la puerta, un mueble de nogal oscuro con un espejo, y abrió el cajón de arriba.
—Después —dijo, de espaldas— llegaban las tarjetas.
Sacó algo del cajón. Volvió a la mesa camilla. Lo dejó delante de mí, encima del tapete de ganchillo, al lado de la taza vacía.
Un sobre. Pequeño, cuadrado, de los de felicitación. Azul. Con un sello español con una estrella dorada y un matasellos de Logroño. 20-12-2018. La dirección escrita a mano con una letra grande, redonda, temblorosa, de colegio de monjas de los años cincuenta, que conocía tan bien como la mía.
Sig.ra Teresa — c/o Merceria Zanon — Via Palestro — Treviso — ITALIA.
La letra de mi abuela.
* * *
—Llegaban una vez al año —dijo Graziella—.
Desde la Navidad del ochenta y siete. Una tarjeta.
Firmada con una ele. Mi madre se murió en el noventa y uno y siguieron llegando, y las cogía yo, y las guardaba en este cajón.
Y la Teresa siguió viniendo. En enero. La segunda semana.
Ya no por las cartas: por la tarjeta. —Se sentó otra vez—.
Treinta años viniendo a Treviso en tren a por una tarjeta de Navidad.
Los dos últimos, en silla de ruedas, con la moldava empujando por el andén.
No faltó ni uno. Las leía aquí, en esta mesa. Y esas sí se las llevaba.
—¿Por qué esas sí?
—Porque esas no le dolían a nadie. —Graziella me miró—. Eso decía.
Miré el sobre azul. 20-12-2018. Lo había visto escribir.
En la cocina de la Ruavieja, en diciembre, con Nochebuena a cuatro días y mi abuela todavía en casa, todavía con la letra, sentada a la mesa con las gafas en la punta de la nariz y la lengua asomando un poco entre los labios, escribiendo una tarjeta a la amiga italiana de mamá.
Yo la había ayudado a pegar el sello. Lo había lamido.
—Esta no la recogió —dije.
—Esta no. —Graziella miró el sobre—. En enero estaba enferma. Me llamó la cuidadora, la rusa…
—Moldava.
—La que sea. Me llamó y me dijo que la signora tenía una pulmonía y que no podía venir, y que la guardara. Que vendría en primavera. —Se le movió la boca—. No vino en primavera. Ni en verano. Llevo diez meses con esa tarjeta en el cajón, signora. Mirándola cada vez que saco las servilletas.
Se inclinó hacia mí. Empujó el sobre con un dedo, por el tapete, hasta que tocó mi mano.
—Llévesela —dijo—. Usted va a verla. Yo ya no voy a Venecia. Tengo setenta y dos años y un gato y las rodillas de mi madre.
* * *
No la abrí.
La cogí con dos dedos, como se coge una cosa que quema, y la metí en el bolsillo del pecho del abrigo. Ahí. Donde había llevado la confesión de Ester de Gante a Venecia en febrero. Donde había llevado el contrato. El bolsillo de las cosas de papel que pesan.
Esta pesaba siete gramos. No la pesé. Lo sé porque las tarjetas de Navidad pesan siete gramos.
—Una cosa más —dije.
Graziella esperó.
—En 2016. Cuando vino en abril a por la caja de galletas. ¿Fue a algún otro sitio en Treviso?
Graziella se rio. Por primera vez. Una risa corta, de nariz, de Burano.
—Fue enfrente —dijo.
Señaló por la ventana. Al otro lado del canal, en la otra orilla, en una casa de piedra gris con los postigos verdes recién pintados y un portal con columnas, una placa de latón, pequeña, brillante, que no había visto al llegar porque había estado mirando la sombra de unas letras arrancadas.
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—Es el que nos llevó la herencia de mi madre —dijo Graziella—.
Un hombre muy serio. Ya está jubilado; ahora lo lleva el hijo.
La Teresa estuvo allí dentro toda la mañana.
Con la caja de galletas en las rodillas.
Yo la vi salir desde aquí, a la una, con el abrigo bueno, y se quedó parada en el puente mirando el agua. Mucho rato.
—¿Le dijo para qué había ido?
—No. —Graziella cogió mi taza vacía y la suya y se levantó—. Le pregunté. Me dijo: a pagar una cuenta vieja.
Se fue a la cocina con las tazas. Desde allí, sin volverse, añadió:
—La Teresa siempre pagaba sus cuentas. Aunque tardara.
* * *
Volví a Venecia en el tren de las tres y cuarto.
Me senté junto a la ventanilla, en el lado de la laguna, con el abrigo puesto y la mano encima del bolsillo del pecho.
El tren cruzó la llanura del Véneto, gris, plana, con los campos de maíz segados y los canales de riego brillando como cuchillas entre los surcos.
Luego Mestre, las grúas, las chimeneas de Marghera.
Luego el puente de la Libertà, cuatro kilómetros sobre la laguna, con el agua a los dos lados, quieta, de plomo, y al fondo, baja, larga, como una costra de óxido encima del agua, la ciudad.
Teresa había hecho ese viaje setenta veces. En el tren de la mañana, la segunda semana de enero. Con el abrigo bueno. A leer en una trastienda, sentada en cajas de botones, la vida de una mujer a la que había ayudado a irse, y después la vida de una niña a la que no conocía.
Y una vez, en abril de 2016, a pagar una cuenta vieja.
Yo era la cuenta.
Lo pensé así, en el puente de la Libertà, con la laguna a los dos lados.
Con esas palabras. Y no me dio miedo, que es lo que esperaba.
Me dio otra cosa. Algo que no tenía nombre de oficio.
Como cuando descubres, después de meses estudiando una pared, que la grieta que creías que iba de arriba abajo en realidad va de abajo arriba.
Que no se estaba cayendo. Que alguien la había empujado.
El tren entró en Santa Lucia a las tres y cincuenta y uno.
En el bolsillo del pecho, siete gramos. Una tarjeta de Navidad que nadie había leído, con una línea sobre mí escrita por una mujer que ya no se acordaba de mi nombre.