Acqua alta Capítulo 19 · La donación
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Capítulo 19 · La donación

La donación

—El expediente no se puede sacar del archivo —dijo Marisa—. Pero se puede leer aquí. Con guantes. Y sin fotos.

Me dio los guantes. De algodón blanco, de los que se usan para tocar fotografías antiguas.

Me los puse sin protestar, aunque lo que iba a tocar eran papeles de notario de hacía tres años, y me senté en la mesa larga del archivo de la Fondazione Rio Terà, en el sótano del antiguo almacén de sal de las Zattere, debajo de un tubo fluorescente que zumbaba.

—El director está en Roma hasta el miércoles —dijo—. Me ha dicho que le dé lo que pida para la memoria económica.

—Gracias.

—No me dé las gracias. —Soltó la carpeta—. Pídalo bien.

* * *

Lo pedí bien. Lo había pedido por correo el viernes, con el formulario de la fundación, con el número de proyecto y la casilla de motivo de la consulta rellena con la verdad, o con la parte de la verdad que se puede poner en una casilla: Memoria económica final del proyecto Ca’ Ardenti — luogo della memoria.

Verificación de la cadena de financiación desde 2016.

Era verdad. A final de año tenía que entregar una memoria económica a la Soprintendenza, y la memoria tenía que decir de dónde salía cada euro, aunque el euro saliera de alguien sin nombre. Eso es lo que me dije el viernes. Me lo dije varias veces, con voz de informe.

No era por eso. Era por una tarjeta de Navidad de 2015 que decía trabaja con las sales. Y por una farmacéutica de Mestre que decía Treviso mientras echaba café en un filtro.

La carpeta era gruesa. Cartón azul, con una etiqueta escrita a mano por Marisa: CA’ ARDENTI — DONAZIONE ANONIMA — 2016/2019. Dentro, separados por cartulinas de colores, los documentos en orden cronológico. Marisa era de las que ordenan.

Abrí por el principio.

* * *

Atto di donazione modale.

Así se llama en italiano lo que yo llamaba un donante anónimo. Donación modal: una donación con condiciones. Cuatro páginas de papel timbrado, con el sello en relieve del Studio notarile Dalla Vedova — Treviso en la esquina de cada hoja, que se notaba con la yema del dedo a través del guante.

Fecha: 10 maggio 2016.

Donante: persona fisica che ha richiesto, ai sensi di legge, di mantenere riservata la propria identità nei confronti del donatario. Una persona física que ha pedido, conforme a la ley, que su identidad no se le revele al que recibe.

Cantidad: la leí dos veces. Era más de lo que había costado el estudio de 2017.

Mucho más. Era lo que había costado el estudio, más el georradar de Padua, más los análisis del laboratorio, más mi sueldo de seis meses, más el de este año, más la puerta de alerce, más el andamio, más la musealización. Y sobraba.

Alguien había pagado en 2016, de una vez, todo lo que iba a pasar hasta 2020.

* * *

Las condiciones estaban en la página tres. Las leí despacio, con el dedo enguantado debajo de cada línea, como leen los niños.

Primo: la somma è destinata in via esclusiva allo studio conservativo dell’immobile denominato Ca’ Ardenti, Fondamenta della Sensa, Cannaregio.

Secondo: lo studio dovrà essere affidato alla dottoressa Clara Ibarra Garrido, restauratrice, nata a Logroño (Spagna) il 23 gennaio 1980. In caso di indisponibilità della stessa, la donazione si intende revocata.

Mi fecha de nacimiento. Escrita a máquina en un papel de notario de Treviso tres años antes de que nadie en Venecia me la preguntara.

No la había puesto yo en ningún sitio. No en 2016.

En 2016 yo estaba en Brujas, en una iglesia de ladrillo con el zócalo podrido, y no sabía que existía una fundación llamada Rio Terà ni un palacio llamado Ca’ Ardenti.

Ottavio tenía mi fecha de nacimiento de 2004, de la matrícula del máster.

Ottavio podía habérsela dado al notario.

O podía habérsela dado otra persona. Alguien que la tuviera apuntada. Alguien que llevara treinta años recibiendo cada Navidad una tarjeta con una línea sobre mí.

Tiene siete años y mira las paredes.

* * *

Terzo: lo studio dovrà comprendere un’indagine non distruttiva, con metodi geofisici, del muro nord della camera padronale del piano nobile.

Me quedé con el dedo encima de esa línea.

Un estudio no destructivo, con métodos geofísicos, del muro norte del dormitorio principal del piano nobile.

El georradar.

En noviembre de 2017 yo había creído que el georradar había sido idea mía.

Lo había pedido en mi informe de diciembre, después de la cara, después de las termografías, después de los sensores, después de semanas de sentir con la yema del dedo que esa pared sonaba distinta.

Lo había pedido con argumentos, con gráficos, con la anomalía térmica en una zona central más fría, más viva.

Ottavio me lo había aprobado en dos días, sin discutir, y yo me había sentido orgullosa de que me lo aprobara tan deprisa.

Me lo había aprobado en dos días porque ya estaba pagado desde mayo de 2016.

Porque alguien, en 2016, antes de que la sal dibujara ninguna cara, antes de que yo pusiera un pie en Venecia, había escrito en un papel de notario que había que mirar dentro de esa pared.

Y en esa pared había un hombre sentado.

Solo podía saberlo alguien que lo hubiera dejado allí. O alguien que lo hubiera oído.

* * *

Quarto: alla restauratrice dovrà essere garantito l’accesso a tutte le aree dell’edificio, inclusa l’ala nord, chiusa dal 1944.

El ala norte. La que encontré abierta una noche de noviembre de 2017, con la llave puesta, con el polvo barrido en el salón de música y la funda del Bösendorfer levantada, y la partitura de Schubert con un Non correre!

a lápiz en el compás treinta y uno. Las huellas de una silla de ruedas con una muesca en la rueda izquierda y los zapatos del treinta y nueve de Oxana.

Había pensado que era un descuido. Una vieja que deja una puerta abierta.

Inclusa l’ala nord, chiusa dal 1944.

Me quité los guantes. Los dejé encima de la mesa, uno sobre otro, con los dedos hacia arriba, como dos manos vacías. Marisa, desde su mesa, al otro lado del archivo, levantó la vista y no dijo nada.

* * *

El último documento de la carpeta era del veintidós de febrero de 2019.

Una hoja. Integrazione all’atto di donazione modale del 10 maggio 2016.

Ampliación de la cantidad para la musealización del vano occultato.

Firmada a las nueve y cuarenta de la mañana.

Seis horas y media después de una llamada a Gante a las tres y doce.

Condizione unica: la direzione tecnica del progetto dovrà essere affidata alla dottoressa Clara Ibarra Garrido.

La misma fórmula. Las mismas palabras. Dovrà essere affidata. Deberá ser confiada. Como se confía un niño a alguien. Como se confía una carta.

Debajo, el sello del notario Dalla Vedova y una firma ilegible. Y a la izquierda, en la esquina, una cosa que no estaba en el documento de 2016: un número de protocolo escrito a mano, a lápiz, por alguien del despacho del notario, y al lado, entre paréntesis, dos letras.

(T. Z.)

Lo miré. Las iniciales del expediente interno de un despacho de Treviso, apuntadas a lápiz por una administrativa con prisa, un viernes por la mañana, en una hoja que no tenía por qué salir del despacho y que se había colado en la copia que mandaron a la fundación.

T. Z.

Hay mil personas en el Véneto con esas iniciales. Lo pensé. Lo pensé con voz de informe, despacio: Tiziano Zennaro, Tommaso Zanetti, Tullia Zorzi. Hay mil.

Solo hay una que se llamó Zanon de soltera.

* * *

—¿Ha terminado? —dijo Marisa.

Estaba de pie junto a la mesa. No la había oído levantarse.

—Casi.

Marisa miró la hoja que tenía delante. Miró el lápiz. Miró las dos letras. No se le movió nada en la cara; llevaba veintiocho años al lado de Ottavio y había aprendido a no movérsele nada.

—Eso no tendría que estar ahí —dijo.

—No.

—Lo mandó el despacho así. Yo lo archivé así. —Se quitó las gafas de la cadena y se las puso—. Yo archivo lo que me mandan, doctora. No lo leo.

—Ya lo sé.

—El director vuelve el miércoles. —Recogió la carpeta.

La cerró. La sujetó contra el pecho, como Bortoluzzi la suya—.

Se lo digo por si quiere preguntarle algo.

Él no se lo va a decir. Pero a lo mejor le gusta que se lo pregunte.

—Me miró por encima de las gafas—. Lleva tres años esperando a que alguien se lo pregunte bien.

* * *

No esperé al miércoles.

Salí del archivo a las doce y cuarenta. Fui andando por las Zattere hasta la estación marítima, con el sol de octubre de cara y el canal de la Giudecca brillando a mi izquierda como una lámina de metal.

Crucé el puente de la Costituzione, el de cristal, el que resbala cuando llueve. Entré en la estación de Santa Lucia.

En la máquina de los billetes, entre una pareja de japoneses y un chico con una mochila de Interrail, pulsé las teclas sin pensarlo mucho, como se pulsa un número de teléfono que te sabes de memoria aunque no lo hayas marcado nunca.

Venezia S. Lucia — Treviso Centrale. Martedì 22 ottobre. 08:12.

Treviso. Donde una prima que no sabía leer recibió cuarenta y dos años de cartas de España sin abrirlas. Donde una sociedad compró en 2016 unas acciones de vidrio. Donde un notario escribía mi fecha de nacimiento a máquina.

Treinta y cinco minutos de tren.

Más cerca de lo que había estado Logroño en toda mi vida.