Acqua alta Capítulo 18 · Después del entierro
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Capítulo 18 · Después del entierro

Después del entierro

—No te voy a pedir que te quedes a dormir —dijo Nico—. Te lo digo para que no tengas que contestarme.

Estábamos en el taller, abajo, a oscuras, entre los bancos.

Eran las siete de la tarde y no habíamos encendido la luz.

La marea nos había dejado en las Fondamente Nove a las doce y media, y desde allí Nico había remado hasta Castello sin hablar, por el Rio dei Mendicanti y el de San Giovanni Laterano, por canales cada vez más estrechos, con la niebla levantándose y el sol saliendo a trozos entre las casas.

Habíamos amarrado en la rampa del squero.

Habíamos entrado por la puerta verde. Rafi no estaba; era sábado.

Y desde entonces, seis horas, no habíamos hecho nada.

Nada. Nico se había quitado la chaqueta del traje de su padre y la había colgado en el gancho de los delantales, y se había sentado en el taburete del banco grande con la corbata aflojada, y yo me había sentado en el suelo, contra la pared, entre las virutas, con el abrigo puesto.

Habíamos estado así. Él miraba la fórcola de Ernesto, terminada, en el torno.

Yo lo miraba a él. A veces uno decía algo, una frase, y el otro contestaba con otra, y luego volvía el silencio.

Hablamos de Sior Aldo pasando las páginas antes de tiempo.

Del hombre del sombrero y la piedra. De la letra nueva en el mármol, que brillaba.

No hablamos de nosotros. No hacía falta. Estábamos sentados en el mismo sitio.

A las cinco, Nico se había levantado a hacer café en el hornillo de la trastienda. Me había traído una taza. Se había vuelto a sentar.

A las siete ya no se veía nada.

* * *

—¿Y si te contesto igual? —dije.

Nico no se movió. Era una sombra en el taburete, contra el cristal sucio de la puerta verde, por donde entraba la luz naranja de la farola de la fondamenta.

—Entonces te habré hecho una pregunta —dijo.

—Y tú no haces preguntas.

—Se notan solas.

Me levanté. Las rodillas me crujieron; llevaba seis horas en el suelo. Me sacudí las virutas del abrigo. Me acerqué al banco grande, donde estaba él, y me quedé de pie delante, a un palmo del taburete. Sin medirlo. Ya no lo medía.

Le quité la corbata.

Despacio. Deshice el nudo, que estaba mal hecho, un nudo de alguien que no se pone corbata desde hace años, y tiré de una punta, y la seda negra se le deslizó por el cuello de la camisa con un ruido de papel. Se la dejé en el banco, al lado de la fórcola de Ernesto.

—Era de mi padre —dijo Nico.

—Lo sé.

—No sé hacer el nudo. Me lo hizo Livia esta mañana en el vaporetto.

—Se nota.

Se rio. Por primera vez desde febrero. Una risa corta, por la nariz, que le salió sin permiso y que se cortó enseguida, como se corta una astilla. Me miró desde abajo, desde el taburete, con la luz de la farola dándole de lado en la cara.

—Clara.

—Qué.

—No sé si esto es por él.

—¿Por quién?

—Por el que hemos enterrado. —Se miró las manos—. Hoy he cogido a la nonna en brazos. Hoy he oído que pesaba poco. Hoy he dejado de remar en mitad de la laguna. No sé si esto es porque lo he enterrado o porque eres tú.

—Sin leyenda —dije.

—Sin leyenda.

—Entonces es porque soy yo.

Me cogió la muñeca. Como en la rampa del squero.

Sin fuerza, con exactitud, como se coge una pieza para verle la veta.

Me la giró. Me miró la palma, en la penumbra, como si pudiera leer algo en ella.

Luego me soltó la muñeca y me cogió la mano entera, y se levantó del taburete, y quedamos de pie, frente a frente, en el taller a oscuras, oliendo a nogal y a cola y a café frío.

* * *

Arriba, en el cuarto de encima del taller, la luz del canal temblaba en el techo.

Me acordaba de eso. De la primera vez, en diciembre de 2017, con las sirenas de marea sonando: que me había quedado mirando el techo después, con la cabeza en su hombro, y la luz del agua se movía allí arriba como se mueve la luz debajo de un puente, y yo había pensado que nunca había estado en una habitación que respirara.

Respiraba igual.

No voy a contar lo demás. No porque no lo recuerde: porque lo recuerdo con las manos, y las manos no escriben.

Recuerdo que tenía las palmas ásperas y que me tocaba como toca la madera, siempre en la dirección de la veta, buscando por dónde ceder y por dónde no.

Recuerdo que yo le toqué la cicatriz larga del costado izquierdo, la de cuando era niño, la que no me ha explicado nunca del todo, y que él me tocó la mía.

La del labio. Con el pulgar. Una vez. Como en el andén.

—Te ha quedado marca —dijo.

—Me dijiste que me iba a quedar.

—Lo dije para que no te fueras sin ella.

Y luego nada. Luego el techo. Luego la luz del canal temblando arriba, encima de los dos, y la farola de la fondamenta apagándose sola a las once, como se apagan en Venecia algunas farolas viejas sin que nadie sepa por qué, y la habitación a oscuras, y el agua.

* * *

No prometimos nada.

Eso es lo que quiero que conste de aquella noche, igual que quise que constara lo del andén.

No hubo te quiero. No hubo quédate. No hubo no te vayas.

Ninguno de los dos dijo una frase que se pudiera grabar en una trampilla o escribir a lápiz en una pared.

Hubo dos personas adultas en una cama de un cuarto alquilado encima de un taller, el día que enterraron a un hombre que pesaba poco.

A las dos de la mañana me desperté y él estaba despierto. Boca arriba. Mirando el techo.

—¿Qué miras? —dije.

—Nada. —No se movió—. Pensaba que mañana no voy a remar.

—¿Por qué?

—Porque no me hace falta.

Me volví a dormir. Con la cara contra su hombro y una mano en su pecho, como se pone una mano en una pared para tomarle el pulso. Iba despacio. Muy despacio. Como late una casa grande y vieja que no tiene prisa.

* * *

A las seis no se levantó.

Lo supe porque me desperté a las seis y diez, por costumbre, por la luz gris que entraba por la ventana de guillotina, y él seguía ahí, dormido, con un brazo encima de mí y la boca un poco abierta. Abajo, en el canal, alguien pasó remando. No era él.

Me quedé quieta para no despertarlo.

A las siete y media se levantó. Se vistió sin hacer ruido, creyendo que yo dormía.

Bajó la escalera. Al cabo de diez minutos oí la cafetera en la trastienda, y luego la puerta verde abriéndose, y la voz de Rafi —domingo, y Rafi había venido igual— diciendo buongiorno, maestro, y una pausa larga, muy larga, en la que me imaginé a Rafi viendo mi abrigo colgado en el gancho de los delantales al lado de la chaqueta del traje.

Rafi no dijo nada más. Pero empezó a silbar.

Y luego, abajo, la gubia.

Ras. Una pasada larga. Ras. Otra. Sin prisa. No era la escofina furiosa de febrero, la de tirar fórcolas. Era el ruido que hace una herramienta afilada cuando entra en una madera que se deja.

Me vestí. Bajé. Nico estaba en el banco grande, con el delantal de cuero, desbastando una pieza de nogal que no era la de Ernesto. Una pieza nueva. Me miró bajar la escalera.

—No has remado —dije.

—No.

—¿Qué es eso?

—Una fórcola. —Siguió con la gubia—. Para un sandolo de regata. Me la encargó un chaval de Pellestrina en agosto. —Sopló la viruta—. No la había empezado.

—¿Por qué?

Nico levantó la vista de la madera.

—Porque las que empezaba las tiraba —dijo.

Rafi, en el fondo, silbando, barría un trozo de suelo que ya estaba limpio.

No le pregunté nada más. No prometimos nada. Me tomé el café de pie, apoyada en el banco, mirándolo trabajar. Luego me puse el abrigo y me fui a Ca’ Ardenti a hacerle la foto de las siete y media a mi cara, con una hora de retraso.

Era la primera vez desde marzo que llegaba tarde a la pared.

La pared no dijo nada. Las paredes no dicen nada. Por eso se puede vivir con ellas.