Acqua alta Teresa · IV
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Teresa · IV

Ester:

Ayer lo enterramos. Con tu abrigo. Le toqué la caja con la mano y no le dije nada, porque lo que tengo que decirle no se dice delante de un cura de Vicenza.

Te lo digo a ti. Te prometí la cal.

* * *

La primera fue el doce de febrero. La del agua.

El señor me hizo bajar al androne a las seis de la mañana, con el cubo grande.

Zuane había traído en la barca, de noche, dos sacos de cal viva y un saco de arpillera que tintineaba.

Lo abrió el señor delante de mí. Dentro había vidrio.

Rotos de los hornos de Murano, los que no salen bien, los que se tiran: verdes, azules, color miel.

El señor los había hecho moler en el horno de su capataz. Arena de vidrio. Brillaba.

Apágala, me dijo. Y me enseñó cómo: la cal en el cubo, el agua del aljibe encima, apartarse.

No me dijo que hervía. Lo supe cuando hirvió.

Saltó y me dio en las manos, y yo grité, y él me miró gritar y no dijo nada, y cuando dejé de gritar me dio una paleta de madera y me dijo: ahora remueve.

Esa vez tuve paleta. Te lo digo para que no pienses que fue siempre igual de malo. La primera vez hubo paleta.

Él mezcló el vidrio. Con sus propias manos, con guantes de piel. Y tapió la puerta de abajo él solo, de rodillas en la piedra mojada, con los ladrillos del desván, toda la mañana, mal, torcido, porque no había puesto un ladrillo en su vida. Yo le pasaba el mortero.

Cuando terminó se levantó, se quitó los guantes, se miró la obra y dijo:

Así no la abre nadie a mano.

Lo dijo para protegeros, Ester. Te lo juro. Lo dijo pensando en una barca alemana, de noche, con una palanca. Lo dijo como dice un padre que ha puesto una reja en una ventana.

Treinta y seis días después, esa reja fue la que lo mató.

Las cosas que se construyen para proteger a alguien no saben a quién están protegiendo. Son ladrillos.

* * *

La segunda fue el dieciocho de marzo. La de arriba.

Ya sabes casi todo. Lo viste desde la góndola. Lo que no viste fue lo que pasó antes de que yo bajara con la lámpara, ni lo que pasó arriba mientras tú estabas abajo. Te lo cuento como fue. Sin protegerte. Ya no te hace falta.

A las diez el señor me llamó al salón. Estaba en el sillón verde, con la bata, con el bastón.

Me dijo que la judía se iba esa noche con Zuane.

Que Alvise había ido a la Stazione a por los billetes del tren de la mañana y que volvería tarde.

Que en cuanto ella saliera había que cerrar el cuarto de las sedas para siempre, esa misma noche, con ladrillo y cal, para que si volvían los alemanes no hubiera ni un hueco.

Que no quedara rastro. Que lo haríamos él y yo, porque Nina tosía y Bepi estaba borracho y Lucrezia era Lucrezia.

Me lo creí. Tenía catorce años y me lo creí entero. ¿Por qué no me lo iba a creer? Me había dicho servirán, y había servido.

A las once menos diez te oí bajar. Yo estaba en la cocina, esperando, como me había dicho él. Oí tus pasos en la caracola, descalzos, y luego nada. Pensé que ya estabas en la barca. Pensé que te habías ido.

Esperé diez minutos. Bajé con la lámpara y el cubo. Arrastré el saco. Apagué la cal. Me quemé. Tú lo viste.

Y mientras yo apagaba la cal en el androne, arriba pasó esto, que no viste. Me lo contó el señor tres días después, sentado en el sillón, como quien cuenta cómo se ha hecho una cuenta:

Alvise no había ido a la Stazione. Alvise había bajado al salón a las nueve y media, después de despedirse de ti, a decirle a su padre que se iba contigo en el tren de la mañana.

El señor le dijo que no. Le ofreció el trato: ella sale, tú te quedas.

Alvise le dijo que no. Que se iba. Que no le importaba nada.

Que tenía dos pasaportes en el bolsillo.

Y luego esperó en el despacho del ala norte, a oscuras, a que tú salieras. Cuando te oyó bajar por la caracola, a las once menos diez, fue al cuarto a por tus cartas. Las que le habías dejado en el colchón. No se quería ir sin ellas.

Entró en el cuarto. Se agachó a cogerlas. Y su padre, que había subido detrás con el bastón, sin hacer ruido, empujó el panel y le echó el madero por fuera.

Así de fácil, Ester. Así de fácil se encierra a un hombre de veinticuatro años: con sus propias cartas.

* * *

Subí el primer cubo. El señor estaba en el dormitorio, con la lámpara y la paleta, de rodillas delante del armario apartado. El panel estaba cerrado. El madero, cruzado, atado a las dos argollas. Ni un ruido.

No lo oí. Te lo juro por mi madre. Los siete cubos, no lo oí. Ni un golpe. Ni una voz.

Ahora sé por qué. Lo sé desde hace un mes, desde que la española bajó por el pozo y vio lo que había en la puerta de abajo.

Mientras su padre ponía los ladrillos del panel, Alvise no estaba detrás del panel.

Estaba abajo. Seis metros más abajo, en el agua, a oscuras, con una taza de latón, delante de la puerta que yo había ayudado a tapiar el doce de febrero. Buscando la salida de los piratas.

Y no la encontró. Porque así no la abre nadie a mano.

Y subió. Treinta y dos grapas de hierro, a oscuras. Y cuando llegó arriba, el panel ya tenía tres hiladas.

Entonces empezaron los golpes.

* * *

Yo estaba de rodillas, pasándole el mortero. Lo oí a un palmo. A través de tres hiladas de ladrillo fresco y una tabla. Papà. Apri. Teresa. Teresa, apri, per l’amor de Dio.

Dejé la paleta.

El señor me miró. No me levantó la voz. Me dijo, en veneciano, como se le dice a un perro que se ha parado: sigue. Si no sigues, mañana te vas a Burano y tu madre se queda sin barca. Y tus hermanos sin pan.

Cogí la paleta.

Y entonces oímos pasos en la caracola. Corriendo. Subiendo. Tus pasos, Ester, que no sabía que eran tuyos. El señor se levantó, cogió el bastón y la lámpara, y salió al pasillo. Al rellano. A esperarte.

Y me quedé sola.

Sola en el dormitorio, con el cubo, con la lámpara de petróleo en el suelo, con tres hiladas de ladrillo fresco y un madero atado a dos argollas con una cuerda de barca. Y detrás, a un palmo, él. Gritando mi nombre.

Un minuto. Dos. Lo que tardó el señor en decirte en el rellano lo que te dijo.

El nudo era un nudo de barca. Yo sé deshacer los nudos de barca desde los cinco años. Mi padre me enseñó en la laguna. Se deshace tirando de una punta. Una sola. Un segundo.

No tiré.

Me quedé de rodillas con las manos en el cubo, con la cal quemándome, mirando la cuerda. Y él gritaba. Y tú, en el rellano, oías al señor. Y yo, a un palmo de la cuerda, no tiré.

Esa es la cal, Ester. No la del cubo. Esa.

* * *

Gritó tu nombre. Lo oíste. Una vez.

Y después otra palabra.

Yo estaba a un palmo. La oí entera.

Esa te la digo al final. Cuando ya no me quede otra cosa que darte.

T.