Capítulo 17 · San Michele
San Michele
El ataúd pesaba poco. Eso fue lo que dijeron los cuatro hombres que lo bajaron de la barca: que pesaba poco.
Nico los oyó. Dio un paso hacia ellos. Livia lo cogió del brazo.
—Déjalo —le dijo—. Tienen razón.
* * *
Era el sábado diecinueve de octubre a las diez y media de la mañana, y había niebla.
No la niebla espesa de diciembre, la que borra la ciudad.
Una niebla baja, blanca, rasante, que se pegaba al agua de la laguna y dejaba ver por encima, como islas, las copas negras de los cipreses de San Michele y la cúpula de la iglesia y la tapia de ladrillo rojo con sus almenas blancas.
Habíamos salido de la Sensa en cuatro barcas.
La de la funeraria, con el ataúd de madera clara bajo una tela granate y una corona de crisantemos blancos.
Una lancha de la Fundación Rio Terà, con Ottavio al timón —Ottavio conducía una lancha; lo descubrí ese día—, Teresa en su silla, atada con dos cinchas al banco, envuelta en mantas, con el gorro azul de niño y Oxana a su lado sujetándole la mano.
Una barca de Toni, el gondolero, con los de la briscola, Rina y yo.
Y el sandolo de Nico, con Nico remando y Livia sentada en la proa, con Marco y Sofia en el fondo, apretados, con los anoraks puestos.
Nadie le había dicho a Nico que fuera en el sandolo.
Él no le había preguntado a nadie. Cuando salimos por la puerta de agua de Ca’ Ardenti, el sandolo ya estaba amarrado a las paline, con el remo apoyado en la fórcola, y él de pie en la popa, con un traje negro que no le había visto nunca y que le quedaba ancho de hombros, como de otro. Era de su padre, me dijo Livia después.
Remó desde la Sensa hasta San Michele, cuarenta minutos, detrás de la barca del ataúd, sin quedarse atrás ni adelantarla. A la misma distancia. Siempre.
* * *
El cementerio de San Michele es una isla cuadrada rodeada de una tapia, con un embarcadero delante de la iglesia de piedra blanca y, dentro, recintos separados por más tapias, como habitaciones de una casa: el de los católicos, el de los protestantes, el de los griegos ortodoxos, el de los niños, el de los gondoleros.
Se entra por un claustro. Se camina por avenidas de grava entre cipreses, con el ruido de los pasos en la grava y el agua de la laguna al otro lado de las tapias, sin verla, como se oye el mar desde un cuarto de hotel.
Había estado aquí una vez. En diciembre de 2017, en el sandolo, con la niebla, con Nico remando, buscando una tumba sin el nombre de Alvise.
La capilla de los Ardenti estaba donde la había dejado: en el recinto antiguo, contra la tapia del norte, del tamaño de un armario grande, gris, con un tejadillo a dos aguas y una reja de hierro por puerta.
Detrás de la reja, en la pared del fondo, la lápida de mármol blanco. Los nombres en columnas, en letras de bronce. Ottone Ardenti, 1885–1967. Adele Brustolon Ardenti, 1891–1938. Giuseppe Ardenti, 1924–2016. Giorgio Ardenti, 1951–2009. Teresa Zanon Ardenti, 1930–.
Y debajo, en un hueco que el marmolista había preparado esa semana, abajo a la izquierda, lejos del primer nombre, las letras nuevas. Más brillantes que las otras. Sin ennegrecer.
Alvise Ardenti 1919 – 1944
Lejos del primer nombre. Lo había pedido Teresa. Me lo dijo Oxana en la barca, en voz baja: que el marmolista había propuesto ponerlo debajo de su padre, como es lo normal, y que la signora había dicho que no. Que lo pusieran abajo, a la izquierda. Que había sitio.
Que no estuvieran juntos ni en el mármol.
* * *
El cura era el de la Madonna dell’Orto, un hombre joven, flaco, de Vicenza, que no sabía nada de nadie y lo dijo bien.
Leyó lo de los lirios del campo. Leyó el salmo del pastor.
Sior Aldo, que había sido sacristán de su parroquia cuarenta años, le sostenía el libro sin que se lo pidiera, con las manos temblándole, y le pasaba las páginas un segundo antes de tiempo.
Éramos veinte. Veintidós con los de la funeraria.
La familia: Nico, Livia, Marco, Sofia, Teresa.
Oxana. Ottavio. Los de la briscola: Gino, Toni, el Moro, Sior Aldo.
Rina. Rafi, que había llegado solo en el vaporetto de la línea 4.
1, con una camisa blanca abrochada hasta el cuello y una chaqueta prestada.
Bortoluzzi, sin el abrigo mostaza, con un abrigo negro y las gafas rojas, que se quedó atrás, junto a un ciprés.
Y el brigada Zanella, de paisano, con una gabardina gris y la cara de haberse afeitado dos veces, que me saludó con la cabeza desde lejos y no se acercó.
Y un hombre que no conocía. Mayor, de unos ochenta años, bajo, con un abrigo de lana marrón y un sombrero negro, que se había quedado en la avenida de grava, fuera del recinto, apoyado en un bastón, sin entrar. Mirando.
* * *
Antes de que metieran el ataúd en el hueco, Teresa levantó la mano.
Oxana la había bajado de la lancha y la había sentado en la silla, delante de la reja, en la grava.
Teresa levantó la mano derecha, con la palma hacia fuera, como se levanta en clase.
El cura se calló a media frase. Los de la funeraria se pararon con el ataúd a medio camino entre el carro de ruedas y la capilla.
—Portème là —dijo Teresa.
Llevadme allí.
Nadie se movió. Luego Nico dio dos pasos, rodeó la silla y empujó. Las ruedas se hundían en la grava; la silla se atascó. Nico se agachó, pasó un brazo por la espalda de Teresa y otro por debajo de las rodillas, y la cogió en brazos. Como la cogía Oxana. Como no lo había hecho nunca delante de mí.
Teresa pesaba menos que el ataúd. Se le notaba en los brazos de Nico: que no hacía fuerza.
La acercó. Los de la funeraria, sin que nadie se lo dijera, bajaron el ataúd hasta la altura de la cintura. Teresa sacó la mano de la manta. La palma lisa, sin líneas. La puso encima de la tela granate, encima de la madera.
No dijo nada. Ni scusime, ni ciao, ni su nombre. Dejó la mano ahí, con los ojos cerrados, el tiempo que se tarda en contar hasta diez en veneciano. Luego la retiró, y la volvió a meter debajo de la manta.
—Ya está —dijo.
Nico la devolvió a la silla.
* * *
Lo metieron en el hueco. El marmolista cerró la losa con cuatro tornillos de latón y un poco de mortero.
Gino Scarpa, a mi lado, miró cómo lo hacía con los ojos de albañil y no dijo nada, pero vi que movía la mano derecha en el bolsillo del abrigo, la de la cicatriz en forma de ese, como si estuviera alisando una junta él también.
El cura bendijo la losa. Dijo amén. Se apartó.
Y entonces el hombre del abrigo marrón entró en el recinto.
Despacio, con el bastón, por la grava. Todos nos volvimos a mirarlo.
Llegó hasta la reja de la capilla. Se quitó el sombrero.
Tenía la cabeza calva, con manchas, y los ojos muy claros.
Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó algo pequeño.
Se agachó, con dificultad, apoyándose en la reja.
Y lo dejó en el suelo de la capilla, justo debajo del nombre nuevo, encima del mármol del zócalo.
Una piedra. Pequeña. Gris. Del tamaño de una nuez.
Se incorporó. Se volvió a poner el sombrero. Miró a Teresa.
—Signora Ardenti —dijo.
—Signor Sacerdoti —dijo Teresa.
El hombre asintió. Se dio la vuelta y se fue por la avenida de grava, hacia el claustro, con el bastón, sin prisa. No lo volví a ver.
* * *
—¿Quién era? —le pregunté a Ottavio en el embarcadero, mientras Oxana y Nico subían a Teresa a la lancha.
—Un sobrino nieto de Rachele Sacerdoti. De la madre de Davide Fano. —Ottavio se subió el cuello del abrigo—. Vive en el Ghetto. Le escribió la Comunità en septiembre, cuando se supo la fecha del entierro. No sabíamos si vendría.
—¿Le conoce Teresa?
Ottavio me miró. Con los ojos de director de fundación, los que esquivan.
—Teresa conoce a todo el mundo en Venecia que tenga algo que ver con esa casa, Clara —dijo—. Lleva setenta y cinco años haciendo la lista.
Se subió a la lancha. Arrancó el motor. La lancha se fue hacia la Sensa con Teresa atada al banco y Oxana a su lado, con el gorro azul de niño moviéndose con el viento, entre la niebla, hasta que fue una mancha.
Los de la briscola se fueron en la barca de Toni. Rina con ellos. Livia y los chicos en el vaporetto, con Rafi. Bortoluzzi había desaparecido. Zanella también.
En el embarcadero de San Michele, amarrado a una bricola, quedaba el sandolo.
Nico estaba de pie en la popa, con el traje negro de su padre y el remo apoyado en la fórcola. Me miró.
No me dijo sube. No me tendió la mano.
Esperó.
* * *
Me subí.
Me senté en el fondo, en el banco de proa, de cara a él, como me había sentado en diciembre de 2017 la primera vez, cuando no sabía nada de nadie.
Nico soltó el cabo de la bricola. Dio una palada.
El sandolo se separó del embarcadero, y la isla empezó a quedarse atrás, con sus cipreses negros saliendo de la niebla como lanzas.
No hablamos en todo el camino. Él remaba.
Yo lo miraba remar. Las manos en el remo, la derecha arriba, la izquierda abajo, los nudillos marcándose con cada palada.
El balanceo largo del cuerpo, adelante, atrás, que en los venecianos que reman desde niños no parece un esfuerzo sino una forma de respirar.
A mitad de camino, entre San Michele y las Fondamente Nove, en medio de la niebla, donde no se veía ni la isla ni la ciudad, solo el agua gris y lisa alrededor y el cielo blanco encima, Nico dejó de remar.
El sandolo siguió solo un poco, por la inercia, y se paró.
Nico se quedó de pie en la popa, con el remo levantado, chorreando, mirando el agua.
—Pesaba poco —dijo.
No le contesté.
Se le movió la cara. No se la había visto nunca así.
No era la cara de madera, la quieta. No era la cara de cuando algo le preocupa.
Era la cara que pone un hombre de cuarenta y tres años en un traje que no es suyo cuando acaba de enterrar a alguien que no conoció y que llevaba toda la vida en la pared de su casa, al lado de su cama de niño.
Me levanté. El sandolo se movió. Él lo compensó con las rodillas sin pensar.
Fui hasta la popa. Dos pasos, agarrándome a la borda. Me paré delante de él.
Y le quité el remo de las manos.
Lo dejé en el fondo de la barca, atravesado. Nico se quedó con las manos vacías, abiertas, colgando, como en el androne el primer día. Yo se las cogí. Las dos. Con las mías. Estaban heladas y mojadas del agua del remo.
—Pesaba poco —dijo otra vez, más bajo.
—Ya lo sé.
—Setenta y cinco años y pesaba poco.
—Ya lo sé, Nico.
Apoyó la frente en mi hombro. Así, de pie en la popa de un sandolo parado en mitad de la laguna, en la niebla, con las manos cogidas entre los dos. Le noté temblar. No mucho. Como tiembla una tabla cuando se seca demasiado deprisa.
Estuvimos así hasta que la marea nos llevó, sin remo, sin que nadie hiciera nada, despacio, hacia la ciudad.