Capítulo 16 · Inés en el teléfono
Inés en el teléfono
—Te llamo desde el baño de la residencia —dijo mi madre—. Es el único sitio donde no hay una tele puesta.
Se oía el eco de los azulejos. Un grifo goteando. Y detrás, al otro lado de una puerta, muy lejos, un programa de la tarde con aplausos enlatados.
Era el sábado cinco de octubre, a las cinco y veinte.
Yo estaba en el cuarto de encima de la osteria, sentada en la cama, con la maleta cerrada al lado y la ventana abierta, y abajo, en la fondamenta, los clientes de Rina se tomaban el spritz de la tarde al sol, haciendo ruido.
Tuve que taparme el otro oído con la mano.
Mi madre no me había llamado nunca. Me había escrito treinta y tres cartas y una docena de correos desde febrero, cortos, de dos o tres líneas, siempre los domingos por la noche, siempre con la misma firma. Mamá. Pero no me había llamado. Hay voces que se tardan más en usar que las palabras.
—¿Está bien la abuela? —dije.
Silencio. El grifo.
—No —dijo Inés.
* * *
Se había caído en septiembre. El diecinueve, de madrugada, en el pasillo de la residencia, buscando la puerta del calado.
Bajo un momento, que se apaga la vela. La auxiliar de noche la encontró a las cuatro en el suelo, con la cadera rota, sin quejarse, cantando.
La operaron en el San Pedro el veintiuno. Prótesis. No había vuelto a andar.
—No me lo dijiste —dije.
—Te lo digo ahora.
—Han pasado dos semanas.
—Ya lo sé. —El grifo—. El tío Julián dijo que no te lo dijéramos hasta que supiéramos cómo quedaba. Que tenías una obra. Que si te lo decíamos ibas a coger un avión, y que para qué, si no te iba a conocer.
—¿Y tú le hiciste caso?
—Le hice caso dos semanas. —Pausa—. Hoy he dejado de hacerle caso.
Me quedé con el móvil en la oreja, mirando la maleta.
En Logroño, mi tío Julián con su carpeta azul, MAMÁ — RESIDENCIA, decidiendo lo que yo podía saber y cuándo, como se decide el saldo que se le lee a un cliente. Y mi madre, que había vuelto en febrero después de treinta y un años, decidiendo lo contrario. En un baño. Con un grifo.
Era la primera vez en mi vida que mi madre se ponía de mi lado contra alguien.
No supe qué hacer con eso. Lo dejé ahí, como se deja una herramienta que no sabes para qué sirve.
* * *
—Vengo una vez al mes —dijo Inés—. Desde marzo.
—No lo sabía.
—No te lo he dicho. —Se oyó cómo se sentaba en algo, la tapa del váter, supuse—.
El nueve de marzo vine. Como dije. Mi cumpleaños.
Cuatro horas de autobús desde San Juan de Luz con cambio en San Sebastián.
Me compré un pastel en la estación de autobuses de Logroño, uno de esos de hojaldre con crema, el más feo que he visto en mi vida, y se lo traje.
Y ella estaba en el jardín, en el banco de los patos. Y me vio llegar con el pastel.
—¿Y?
—Y me dijo mamá, ¿ya has dejado de esperar?
No dije nada.
—Así. Mamá, ¿ya has dejado de esperar? —Inés se rio, una risa pequeña, de nariz, que rebotó en los azulejos—.
Yo no sabía qué contestarle. Le dije que sí.
Que ya había dejado de esperar. Y se puso tan contenta, Clara.
Tan contenta. Se comió media palmera de hojaldre con las manos y se manchó la blusa de crema y no paraba de reírse.
Ya era hora, me decía. Ya era hora, mamá. Cuarenta años en una estación.
El grifo goteaba. Abajo, en la fondamenta, alguien brindó y se oyeron vasos.
—Desde entonces vengo una vez al mes. Me llama mamá siempre. —Pausa—. A ti te llama la del gas, ¿no?
—Desde agosto.
—Pues fíjate. —Otra risa, más corta—. Las dos hemos ascendido.
* * *
—Toco para ella —dijo mi madre—. Hay un piano en el salón de la residencia.
Un vertical, un Petrof checo de los setenta, desafinado, con el si bemol de la octava central que no suena.
Lo donó la viuda de un notario. Nadie lo toca.
Lo tienen debajo de una funda con un jarrón de flores de plástico encima.
—¿Qué le tocas?
—Lo que tú crees.
El Andante. La D. 960. La que le enseñó Ester a escondidas en la Ruavieja, en un piano que luego vendieron. La que tocaba cada noche en la rue Mazarin con un ladrillo con un lunar encima del piano.
—Sin el si bemol —dijo Inés—. Hay un sitio, en el compás treinta y uno, donde tiene que sonar y no suena.
Un hueco. Como un escalón que falta. —El grifo—.
La primera vez me paré. Me quedé con las manos encima de las teclas sin saber qué hacer.
Y ella, desde la silla de ruedas, sin abrir los ojos, me dijo: no corras, mamá.
—Inés.
—Ya lo sé. Ya lo sé. —Se le rompió algo en la voz y lo arregló enseguida, como lo arreglo yo—. Ahora lo toco sin la nota. Sigo. El hueco se queda ahí y sigo. Ya no me paro.
* * *
Abajo, Rina gritó algo a un camarero nuevo. El sol se había ido de la fondamenta y la luz se había puesto naranja en la fachada de enfrente.
—Te llamo por otra cosa —dijo mi madre.
—¿Por qué?
—Por la tarjeta.
No entendí.
—La de Navidad —dijo Inés—. La que mandaba mamá a Italia. A la amiga. —Pausa—. A Teresa.
—Ya sé quién es.
—Ya lo sé que sabes quién es. —Se oyó un papel—.
Mamá ya no puede escribir. Y el otro día, en septiembre, antes de caerse, me cogió de la muñeca en el jardín y me dijo que este año la mandara yo.
Que si no le llegaba la tarjeta, la amiga italiana se preocupa.
Que tenía que llegar antes del veinte de diciembre, que es cuando llegaba siempre.
—Pausa—. Me dio la dirección de memoria. Treviso. Una mercería.
—Ya no existe. La mercería.
—Ya. Ya me imagino. —El papel otra vez—. Pero eso no es lo raro.
—¿Qué es lo raro?
—Que mamá tenía una libreta. Una de esas de tapas de hule, de las de la tienda de la calle Portales.
La encontré en el cajón de la mesilla cuando vacié el cuarto de la Ruavieja.
—Hizo una pausa larga—. Escribía primero la tarjeta en la libreta.
En borrador. Todos los años. Desde 1987.
Treinta y un borradores. Para no equivocarse en la tarjeta buena, porque las tarjetas eran caras.
—¿Y?
—Y en todas hay una línea sobre ti.
* * *
El grifo. El programa de la tele, al otro lado de la puerta, con sus aplausos.
—Te leo algunas —dijo Inés.
No le dije que sí. No le dije que no. Me quedé con el móvil apretado contra la oreja hasta que me dolió.
—1987. Querida amiga: mamá murió en febrero. Inés se ha ido. Me he quedado con la niña. Se llama Clara. Tiene siete años y mira las paredes.
Cerré los ojos.
—1994. Clara ha sacado un sobresaliente en Ciencias.
Quiere ser algo de piedras. —Papel—. 1998.
Clara se va a Valencia a estudiar Bellas Artes.
Restauración. No sé qué es eso, pero ella dice que es arreglar lo viejo.
—Papel—. 2004. Clara está en Venecia estudiando.
¡En Venecia! Ya ves qué casualidad. Le he dicho que si ve a mi amiga italiana le dé recuerdos, pero no sabe quién es.
—Para.
Inés no paró.
—2013. Clara se ha divorciado. Dice que le da igual.
No le da igual. Se ha ido a Oporto a mirar humedades.
—Papel—. 2015. Clara está en Amberes. Ha salido en una revista por una pared de una iglesia.
Trabaja con las sales, que salen en las paredes cuando hay agua.
Dice que ella las lee. —Papel. Una pausa más larga—. 2016.
Esperé.
—Clara ha dejado Brujas y no sabe adónde va. Dice que le da igual, que donde haya una pared mojada. Yo creo que lo que quiere es una pared que la quiera a ella. Feliz Navidad. L.
* * *
No dije nada durante mucho tiempo.
En el baño de la residencia de Lardero, mi madre tampoco. Solo el grifo.
—Ella sabía —dijo Inés por fin—. Tu Teresa.
Lo sabía todo. Todo lo que mamá sabía de ti, que no era mucho pero era lo único que había.
Treinta y un años. Cada Navidad. —Se sorbió la nariz—.
Yo no recibía ni una tarjeta, Clara. Yo me fui y mamá no me escribió en treinta y un años.
Y a una mujer de Italia a la que no conocía le contaba cada año si su nieta había aprobado Ciencias.
—Lo hacía por Ester.
—Ya lo sé que lo hacía por Ester. Lo hacía porque se lo pidió su madre en el lecho de muerte, escríbele cada Navidad a mi amiga, y mi madre es una mujer que hace lo que le piden los muertos. —La voz se le endureció—. Pero tú no me entiendes. No te lo leo por mamá. Te lo leo por la otra.
—¿Por Teresa?
—Por la que las recibía. —Pausa—. Treinta y un años leyendo cómo crecías, Clara. Desde los siete. Y nunca escribió una línea de vuelta. Nunca. Mamá me lo dijo: no contestaba nunca. ¿Tú sabes lo que es eso? ¿Leer la vida de una niña durante treinta y un años y no decir nada?
Sí lo sabía. Lo había hecho mi madre con treinta y dos cartas de cumpleaños que no llegaron.
No se lo dije.
* * *
—¿Qué le pongo? —dijo Inés.
—¿A quién?
—En la tarjeta. Este año. ¿Qué le pongo de ti?
Miré la habitación. La cama. La maleta cerrada, no con cremallera, solo con la tapa.
La mesa de debajo de la ventana con mis cosas en fila: la libreta roja, la caja de cerillas, la piedra del Ebro, el nueve y el tres, la Parker, la fórcola del tamaño de un pulgar. La viruta de nogal entre dos páginas.
Pensé en Teresa, a noventa y dos escalones de allí, con una palma sin líneas contra un ladrillo, diciéndole perdón a una pared.
—Ponle que estoy en Venecia —dije—. Que ya lo sabe.
—Eso ya lo sabe.
—Por eso. —Respiré—. Que por una vez la tarjeta le cuente algo que ya sabe.
Inés se quedó callada.
—Vale —dijo. Y luego, más bajo—: Hay otra cosa.
—Dime.
—La piedra. La del suelo. Las de los nombres, las que ponen delante de las casas de los que se llevaron.
—Papel—. He estado mirando. En Venecia las ponen en enero.
Alrededor del veintisiete. Lo pide la familia.
Hay un formulario de la Comunidad judía.
—Pausa—. Davide Fano era mi abuelo, Clara.
Biológico. El que se bajó de un tren. Rachele Sacerdoti era mi bisabuela.
Lo sabía. Lo habíamos dicho en voz alta en la cocina de la Ruavieja en diciembre, con el tío Julián blanco como la pared. Pero nunca lo había oído decir así: mi abuelo. Con el posesivo. Como se dice de alguien a quien se ha tenido.
—Quiero pedirla —dijo mi madre—. Una piedra para cada uno. Delante de la casa de la Sensa. Y quiero ir a verla poner. En enero. —El grifo—. Si tú estás.
La pregunta era otra. Las dos lo sabíamos.
—Estaré —dije.
Me oí decirlo. Para enero faltaban tres meses. Mi contrato terminaba en febrero. La leyenda, una semana antes.
—¿Seguro?
—Estaré, mamá.
Al otro lado, el grifo dejó de gotear. O alguien lo cerró.
—Me ha llamado —dijo Inés, a alguien que no era yo, con la voz muy lejos del teléfono—. Mamá. Me ha llamado mamá.
Y colgó sin despedirse. Como hacemos las de mi familia cuando se nos rompe algo y no queremos que se oiga.