Capítulo 15 · Lo que se seca
Lo que se seca
Volvió por los ojos.
El domingo veintinueve de septiembre hubo una marea de ciento cuatro.
Sonó la sirena de un tono a las cinco y diez de la mañana, larga, sola, y la conté desde la cama del cuarto de encima de la osteria sin abrir los ojos.
Uno. A las siete y media subí al piano nobile con el trípode, como todas las mañanas desde marzo, puse las patas en las tres marcas de cinta del terrazo, encendí la lámpara desde la izquierda.
Y en el rectángulo de ladrillo nuevo, a la altura de un hombre sentado, había dos manchas blancas, simétricas, del tamaño de una moneda de dos euros cada una, con una sombra debajo.
Dos ojos. Mirando.
Nada más. Ni frente, ni boca, ni pelo. Solo los ojos. Como cuando alguien te mira por encima de un periódico.
Hice la foto. La guardé en la carpeta CIG_2019. Era la foto número doscientos trece.
* * *
El lunes salió la boca.
El martes, después de otra marea pequeña, de noventa y ocho, sin sirena, salieron las cejas y la frente estrecha y el pelo recogido con la pinza, y el mechón de la oreja izquierda.
El miércoles dos de octubre, a las siete y treinta y dos de la mañana, con la luz rasante desde la izquierda, en diagonal, encima del labio de arriba, hacia la nariz, una línea.
La miré mucho tiempo antes de hacer la foto.
En marzo la había explicado entera menos eso.
Ahora tenía una explicación más: el pozo.
La trampilla abierta. Un tubo de seis metros de ladrillo empapado que respiraba agua de la laguna justo detrás del panel, en el cuarto de Alvise, y que desde el nueve de septiembre ya no tenía una tapa de alerce encima.
El aire del cuarto había pasado en dos semanas del sesenta y cinco por ciento de humedad relativa al ochenta y ocho.
Lo tenía en los registradores, en una curva limpia que subía como una escalera.
La pared del dormitorio estaba más mojada por detrás que nunca.
Por eso la cara había vuelto antes y más deprisa que en primavera. Por eso había vuelto entera.
Todo eso lo tenía en números.
La línea no.
* * *
—¿Ha vuelto? —dijo Teresa.
Era la noche del miércoles. Yo estaba sentada en la silla del abrigo, sin cartas, sin nada que leer, como todas las noches desde mayo.
Teresa estaba más pequeña. Eso pasaba ahora cada semana: que cuando subía me parecía más pequeña que la semana anterior, como se van haciendo pequeñas las pastillas de jabón, sin que se note el día que se gastan.
Había dejado de comer pan. Tomaba caldo, y fruta triturada que le preparaba Oxana en una batidora que hacía un ruido de avioneta, y agua con una pajita.
—Ha vuelto —dije.
—¿Entera?
—Entera.
—¿Con la raya?
—Con la raya.
Teresa cerró los ojos.
—Quiero verla —dijo.
—Teresa, no ve.
—Ya sé que no veo. —Abrió los ojos—. Quiero verla igual.
* * *
Oxana la bajó el jueves por la mañana, a las ocho, en brazos, los noventa y dos escalones de la caracola.
Yo iba delante con la linterna, aunque no hacía falta.
Al llegar al rellano del piano nobile, Teresa levantó la cabeza del hombro de Oxana y miró el acceso nuevo, a la derecha, la puerta de alerce recién colocada, cerrada, con la cerradura de hierro de la Giudecca.
—Chi l’ha fata? —dijo.
¿Quién la ha hecho?
—Nico.
Teresa se quedó mirando la puerta. Oxana siguió andando.
Cruzamos el vestíbulo. El salón, con las sábanas, con el sillón verde.
El pasillo. Teresa iba con los ojos abiertos, mirándolo todo, o mirando todo lo que podía ver con unas cataratas que le dejaban, según la doctora, sombras y luces y poco más.
Al pasar por delante del sillón verde, giró la cabeza para no verlo. Lo vi.
En el dormitorio, Oxana la sentó en una silla de enea que había subido yo de la cocina la noche anterior. Delante del parche. A un metro. Le puso la manta por las rodillas.
Encendí la lámpara.
* * *
Teresa miró la pared. Yo miré a Teresa.
No sé lo que veía. Una mancha clara sobre una mancha roja, supongo. Un brillo. La luz de la lámpara rebotando en la sal. Movió la cabeza un poco a la izquierda, un poco a la derecha, buscando el ángulo, como hacen los que ven mal, como hacía mi abuela con la tele cuando empezó a perder la vista.
—Dígamela —dijo.
—¿Qué?
—Dígame cómo es. —No dejaba de mirar la pared—. Usted la ve. Yo no. Dígamela.
Me quedé callada.
Había descrito esa cara en un informe, en cuarenta y siete líneas, con medidas y porcentajes de humedad y referencias a la foto número tal. Había descrito cien caras de sal en mi vida, a jueces, a arquitectos, a curas, a periodistas. Nunca había descrito la mía en voz alta.
—Tiene la frente estrecha —dije.
—Sí.
—Las cejas finas. Los ojos grandes. Un poco hundidos.
—Como los de ella.
—El pelo recogido. Con una pinza. Un mechón suelto, a la izquierda, sobre la oreja.
—¿Y la boca?
—Apretada.
Teresa asintió despacio.
—Como se aprieta delante de un perro que puede morder —dijo.
Lo dijo en veneciano. Lo entendí igual. Y lo dijo como se dicen las cosas que se han visto, no las que se han imaginado: como si hubiera tenido delante esa boca, apretada así, alguna vez, a la luz de algo que temblaba.
No le pregunté. Había aprendido a no preguntarle.
—¿Y la raya? —dijo Teresa.
—Encima del labio. A la izquierda. En diagonal.
—Como la suya.
—Como la mía.
* * *
Teresa sacó la mano derecha de debajo de la manta.
Despacio. Con la palma hacia arriba, como siempre, como la sacaba para que se la untara de crema. La giró. La puso con la palma hacia abajo. Y la levantó hacia la pared.
No llegaba. Estaba a un metro. Oxana dio un paso hacia ella; Teresa la paró con un gesto pequeño de la otra mano, sin mirarla.
—Acérqueme —me dijo.
Empujé la silla de enea por el terrazo. Veinte centímetros. Treinta. Hasta que las rodillas de Teresa tocaron casi el zócalo.
Teresa apoyó la mano en la pared.
No en la cara. Al lado. En el ladrillo de la izquierda, el que no tenía nada, el mismo que había tocado yo el primer día.
La palma lisa, sin líneas, quemada de cal, contra el ladrillo nuevo de la Soprintendenza.
Los dedos abiertos. El índice con la media luna del anzuelo apoyado a dos dedos de mi sien de sal.
Se quedó así. Con los ojos cerrados.
Y dijo, muy bajo, en veneciano, a la pared:
—Scusime.
Perdóname.
* * *
No supe a quién se lo decía.
Lo pensé después, mucho, en el cuarto de encima de la osteria, con la libreta abierta y la Parker en la mano y nada escrito.
Pensé que se lo decía a Alvise, que había estado detrás de esa pared setenta y cuatro años y a cuya cara le había pasado el mortero.
Pensé que se lo decía a la pared misma, como se le habla a un perro viejo.
Pensé que se lo decía a Ester, que tenía mis ojos y mi boca apretada.
No pensé que me lo decía a mí.
Hay cosas que una no piensa porque no tiene todavía las piezas para pensarlas. Como no se puede tallar una fórcola en un bloque que no se ha secado. La pieza está dentro; se ve la forma; pero si la abres antes de tiempo, se raja.
* * *
Teresa quitó la mano de la pared.
En el ladrillo, donde había estado, quedó un cerco.
Muy leve. Más oscuro. La humedad de una palma de ochenta y nueve años sobre un ladrillo seco por fuera y mojado por dentro.
Una mano pequeña, sin líneas. Duró un minuto.
Lo vi irse, desde los bordes hacia el centro, como se va el vaho de un cristal.
En 1944 había dejado otra en otro mortero, fresco, y esa no se había ido. La sacamos de la pared en febrero de 2018, con la cicatriz del anzuelo en el índice y todo, y estaba en una caja de la Soprintendenza en un almacén de Mestre.
—Portime su —le dijo a Oxana.
Súbeme.
Oxana la cogió en brazos. Teresa apoyó la cabeza en su hombro. Al pasar por la puerta del dormitorio, por encima del hombro de Oxana, abrió los ojos y miró hacia atrás. Hacia la pared. Hacia mí, que estaba de pie junto a la lámpara.
No sé a cuál de las dos miró. Desde donde ella estaba, con sus cataratas, las dos éramos una mancha clara.
* * *
Esa noche, en la libreta, debajo de la página de marzo con las fechas en números, escribí una línea más. Con la Parker. Con la letra que me sale cuando firmo cosas que me dan miedo.
02-10-2019. Reaparición completa. 143 días para el plazo.
Y debajo, más pequeño:
T. le pidió perdón a la pared. No sé a cuál de los que hay dentro.
Cerré la libreta.
Fuera, en el canal de los Ormesini, el agua estaba alta, quieta, a un palmo del borde de la fondamenta. No sonaba ninguna sirena. Venecia se secaba de día y se mojaba de noche, dos veces cada veinticuatro horas, como respira un animal muy grande y muy viejo que no tiene prisa por morirse.
Yo tampoco. Todavía.