Capítulo 14 · El nogal
El nogal
—La puerta la hago yo —dijo Nico—. No es una pregunta.
Lo dijo el viernes trece de septiembre a las ocho de la mañana, en el rellano de la escalera de servicio, delante del acceso nuevo, con una cinta métrica de carpintero en la mano y un lápiz detrás de la oreja.
No me había avisado de que venía. Había entrado por la puerta de agua, había subido los treinta y ocho escalones y se había puesto a medir el hueco antes de que yo llegara, y cuando llegué con el café de la osteria en un vaso de cartón ya tenía cuatro números apuntados en la palma de la mano izquierda, a boli.
—El proyecto dice una puerta de acero cortén —dije.
—El proyecto lo ha escrito alguien que no ha visto nunca el alerce de la trampilla.
—Lo he escrito yo.
Nico se volvió. Me miró. Tenía la cinta métrica todavía extendida, amarilla, rígida, entre los dos.
—Pues no habías visto la trampilla —dijo.
* * *
Tenía razón. Lo supe en cuanto lo dijo, y me molestó tanto saberlo que me bebí el café de un trago y me quemé la lengua.
El acceso nuevo era un agujero en un muro de seiscientos años abierto por dos hombres de Chioggia con un martillo eléctrico.
Con las jambas de ladrillo cortado a máquina, limpias, rojas, sin historia.
En el proyecto había dibujado para cerrarlo una puerta de acero cortén, de las que se oxidan por fuera y se quedan quietas, de las que se ponen en los museos para que se note que es nuevo lo que es nuevo y viejo lo que es viejo.
Era lo correcto. Era lo que dicen las cartas internacionales de restauración.
Era lo que habría aprobado Bortoluzzi sin leer.
Pero detrás de esa puerta había un cuarto con una trampilla de alerce del Cadore cortada en luna menguante hacía trescientos años, y en la cara de abajo de la trampilla había dos niños que jugaban a piratas.
—¿De qué? —dije.
—Alerce. —Recogió la cinta métrica con un clic—. Del mismo. Del Cadore. Tengo tablas en el altillo que me trajo el nonno de Longarone en 2010, las que sobraron de las paline. Llevan nueve años secándose. Están listas.
—Bortoluzzi va a decir que no.
—Bortoluzzi va a decir que sí. —Se guardó la cinta en el bolsillo del pantalón—. Le he hecho dos fórcolas a su marido. Rema en la Reale los domingos.
* * *
Bortoluzzi dijo que sí. Con condiciones: una memoria justificativa, un plano a escala uno a diez, una muestra de la madera y una frase que me hizo escribir a mí en el informe: La puerta de acceso, de factura artesanal contemporánea en alerce, se considera intervención reversible y reconocible.
Reversible y reconocible. Así se dice en mi oficio que algo se puede quitar sin hacer daño y que nadie lo va a confundir con lo que había antes.
Me pareció una buena definición de casi todo.
* * *
El sábado por la mañana fui al taller.
Nico me había dicho pásate a ver las tablas, por mensaje, sin interrogación, como quien manda a un aparejador a revisar material.
Fui como aparejadora. Me puse los vaqueros de obra y las botas de seguridad y me llevé el higrómetro de madera en el bolsillo, para medir el contenido de humedad de las tablas, para que nadie dudara de que iba a eso.
La puerta verde estaba abierta. Rafi estaba dentro, barriendo virutas con una escoba de palma, con los auriculares puestos. Me vio. Se quitó un auricular.
—Signora.
—Rafi. Vengo por la madera.
—Ya. —Me miró las botas de seguridad. Me miró el higrómetro. Volvió a ponerse el auricular—. El maestro está arriba. En el altillo.
No sonrió. No le hizo falta.
* * *
El taller de Nico es una nave baja, alargada, con el techo de vigas y el suelo de tablones, que da por un lado a la fondamenta y por el otro a un patio con un pozo cegado.
Huele a nogal, a cola de huesos calentada al baño maría, a aceite de linaza y a serrín.
En las paredes, colgadas en tableros de madera perforada, las herramientas: gubias, escofinas, formones, cuchillas de desbastar, en filas, ordenadas por tamaño, cada una en su sitio, cada una con su silueta pintada en el tablero para saber dónde va.
En el banco, sujeta con un torno, la fórcola de Ernesto, la sexta, terminada por fin, brillando de aceite.
Al fondo, una escalera de mano subía a un altillo. Un entablado sobre las vigas, sin barandilla, donde Nico guardaba la madera.
Subí.
Estaba de rodillas en el entablado, entre pilas de tablas separadas por listones, rastreles, para que les corriera el aire.
Alerce, rojizo, de veta recta. Nogal, oscuro, en tablones gruesos.
Haya, blanca. Roble. Fresno. Todas marcadas en la testa con tiza o con lápiz de carpintero: el año, el sitio, una inicial.
Tenía tres tablas de alerce separadas de la pila, en el suelo, delante de él. Las estaba mirando con la linterna de la frente encendida aunque había luz.
—Estas —dijo—. Mide.
Me arrodillé a su lado. Medí. Doce por ciento. Doce y medio. Once y ocho.
—Listas —dije.
—Ya te lo he dicho.
—Ahora lo sabes con un número.
—Yo ya lo sabía con la mano. —Pasó la palma por la tabla de en medio, a lo largo—. El número es para Bortoluzzi.
* * *
Fue entonces cuando lo vi.
Al fondo del altillo, contra la pared de ladrillo, donde el tejado bajaba y había que agacharse, separado de todo lo demás, sobre dos rastreles propios, como se pone en un museo una pieza sola.
Un bloque de nogal. No una tabla: un bloque.
Grueso como mi muslo, de unos sesenta centímetros de largo, con la corteza todavía en un lado, oscuro, con las testas selladas con cera roja para que no se agrietaran al secar.
En la cera de la testa de delante, grabada con la punta de un formón, una letra.
C.
Me quedé quieta, de rodillas, con el higrómetro en la mano.
Lo sabía. Lo había visto por teléfono. En mayo de 2018, en Logroño, en el calado de mi abuela, el día que la sal floreció con la cara de una mujer de los años cuarenta, Nico me había llamado desde este altillo y me había dicho que había puesto a secar un bloque de nogal.
Tres años, como mínimo. Tienes tiempo. Me lo había dicho riéndose, a las diez de la noche, desde la altana, con la cobertura cortándose.
Era la fórcola que me había prometido si me quedaba. Un bloque. Una promesa con corteza.
No lo había tirado.
Nico vio dónde miraba. No dijo nada.
Se levantó. Se agachó bajo la pendiente del tejado y fue hasta el fondo del altillo, hasta el bloque, y se quedó de pie delante de él con la cabeza inclinada por las vigas. Lo miró. Luego se arrodilló, metió las dos manos por debajo, por los lados, sin tocar la cera, y lo levantó.
Pesaba. Le vi tensarse los antebrazos.
Lo trajo hasta el borde del altillo, hasta la luz que entraba por la ventana del patio, y lo dejó en el entablado, delante de mí, entre las tres tablas de alerce y mis rodillas.
* * *
—Dieciséis meses —dijo.
Se quedó de pie, mirándolo. No lo tocó. Tenía las manos colgando a los lados, abiertas, como las tenía en el androne el día que llegué, mirando mi maleta.
—Le falta —dijo—. Le falta año y medio, por lo menos. Si lo abro ahora, se tuerce. Se raja. El nogal es así: si no le das el tiempo que necesita, se venga.
Me incliné hacia el bloque. Sin tocarlo, yo tampoco. Había empezado a agrietarse un poco en la testa de atrás, la que no tenía cera suficiente: dos fisuras finas, como pelos, que salían del corazón de la madera hacia la corteza.
—Tiene fendas —dije.
—Las tiene. —Se agachó a mirarlas—. Normal. Se están secando por fuera antes que por dentro. Tiran. —Se incorporó—. Luego se cierran. Casi siempre.
—¿Y si no se cierran?
Nico me miró.
—Si no se cierran —dijo—, se talla igual. Por otro sitio. Se busca la pieza dentro del bloque donde no llega la grieta. Siempre hay una fórcola dentro de un bloque. A veces es más pequeña de lo que pensabas.
* * *
Nos quedamos así un rato. De rodillas yo, de pie él. El bloque de nogal entre los dos, con su C. en la cera roja. Abajo, Rafi había dejado de barrer. No se oía la escoba. No se oía nada.
—¿Por qué lo has bajado? —dije.
—Para mirarlo.
—Podías mirarlo allí.
—Allí no le da la luz. —Se pasó la mano por la nuca—. Llevo dieciséis meses sin mirarlo. Lo puse ahí atrás para no verlo cuando subía a por madera. Para no tener que pensar si seguía secándose para algo.
—¿Y sigue?
Nico no contestó. Se agachó otra vez. Metió las manos por debajo del bloque, sin tocar la cera, como antes. Lo levantó. Lo llevó de vuelta al fondo, bajo la pendiente del tejado, y lo dejó sobre sus dos rastreles, contra la pared, en la sombra.
Pero lo giró.
Lo dejó con la C. hacia fuera. Hacia la escalera. Hacia la luz. Donde se vería cada vez que alguien subiera a por madera.
Volvió. Cogió las tres tablas de alerce. Me dio una.
—Esa la llevas tú —dijo—. Pesa poco.
Bajamos la escalera de mano, él delante, con dos tablas al hombro, yo detrás, con la mía. Abajo, Rafi estaba barriendo otra vez, con mucha concentración, el mismo trozo de suelo que había barrido cuando entré.
No levantó la vista. No le hizo falta.
* * *
La puerta de alerce tardó once días.
La vi crecer en el banco del taller, en las tardes, cuando terminaba en Ca’ Ardenti a las siete y me pasaba por Castello a ver cómo iba, con el higrómetro en el bolsillo, para que nadie dudara.
Tres tablas cepilladas, ensambladas a media madera, con dos travesaños por detrás y una cerradura de hierro forjado que Nico mandó hacer a un herrero de la Giudecca.
Sin adornos. Sin barniz: aceite de linaza, tres manos.
En la cara de dentro, la que daría al cuarto, no talló nada.
En la de fuera tampoco.
—¿Ni una letra? —le pregunté el último día.
—Las letras ya están en la trampilla —dijo—. Las pusieron ellos.
Pasó la mano por la madera terminada. En la dirección de la veta.
—Esta puerta no es para que se lea —dijo—. Es para que se abra.