Teresa · III
Ester:
Han abierto la trampilla.
Me lo ha dicho Oxana, que se lo ha dicho el chico de Chioggia en la escalera, que no sabe que Oxana entiende el veneciano.
Han abierto la trampilla y han bajado. La española primero y luego mi nieto, que no sabe nadar, con una cuerda atada a la cintura como se ata a un perro en una barca.
Han visto la puerta de abajo por dentro. Han visto lo que hizo él con la taza.
Y han visto las letras de la tapa. Las de los piratas.
Yo las vi en 1942, con doce años, el primer verano.
Me las enseñó Bepi. Me llevó al dormitorio cerrado una tarde que el señor estaba en Murano, apartó el armario, empujó la pared, y me enseñó la trampilla, y la levantó, y me enseñó las letras por debajo con una vela.
Mira, buranela. Aquí abajo hay un tesoro. Si me das un higo te lo enseño.
No había tesoro. Había agua.
Te escribo esto porque tú no lo sabías. Tú pasaste tres meses encima de esa trampilla durmiendo en un colchón de lana y no sabías que debajo de ti había un agujero de seis metros que bajaba hasta la laguna.
Alvise no te lo dijo para que no tuvieras miedo.
Yo no te lo dije porque me lo había enseñado Bepi, y lo que me enseñaba Bepi era mío.
Esa es la primera cosa que tienes que saber de mí. Que yo tenía cosas mías. Pocas. Un zapato con un cordel, un dedal de mi madre y los secretos que me contaba el hijo pequeño de la casa.
Y que un día cambié uno de los suyos por uno de los míos.
* * *
Fue el nueve de febrero. Un miércoles. Llovía.
Bepi llevaba desde Navidad de mal humor.
Su padre le había dicho delante de todos, en la mesa, en Nochebuena, que Alvise iba a llevar los hornos de Murano cuando terminara en el IUAV, y que él, Bepi, iría a Murano a aprender a contar cajas.
Delante de la tía Lucrezia, que se rio. Delante de Nina. Delante de mí, que servía la sopa.
Desde esa noche Bepi salía todas las noches. Volvía tarde, con la camisa negra y el olor a vino y a cuartel. Tenía amigos nuevos que no subían a casa, que lo esperaban en la fondamenta fumando, con botas. Uno se llamaba Tullio y tenía una risa de caballo.
Y desde esa noche Bepi dejó de darme la mitad de los higos.
Ya sé que te parecerá una tontería. Tenía trece años.
Estaba sola en una casa de ricos con la boca cerrada y un secreto tuyo en las manos que me pesaba como un cubo de agua, y el único que me había mirado en dos años como si yo existiera había dejado de mirarme.
No me hacía falta más. A los trece años, Ester, una niña hace cualquier cosa por que la vuelvan a mirar.
Y lo peor no es lo que hace. Lo peor es que lo hace sabiendo que es cualquier cosa.
El nueve por la tarde lo encontré en la cocina.
Solo. Con la cabeza entre las manos. Había bebido.
Me dijo que se iba a ir a Salò con Tullio, a la milicia, que en esa casa nadie le quería, que su padre solo tenía un hijo y no era él, que Alvise era un santo y él un perro.
Que Alvise tenía secretos y su padre se los perdonaba todos, y a él no le perdonaba ni un higo.
Y yo le dije: Alvise tiene un secreto que tu padre no sabe.
Así. Sin pensarlo. Con la cafetera en la mano.
Bepi levantó la cabeza. Me miró. Por primera vez desde Navidad, me miró.
¿Qué secreto, buranela?
Y yo se lo dije. No todo. No tu nombre. No que eras judía. Le dije que Alvise tenía a alguien escondido en el cuarto de las sedas. Una mujer. Que yo le subía el agua. Que nadie lo sabía más que yo.
Se lo dije para que supiera que yo también tenía algo. Para que supiera que la buranela sabía una cosa de su hermano que su padre no sabía. Para que me volviera a dar la mitad de los higos.
Bepi se quedó callado mucho rato. Luego se levantó, me tiró de la trenza, como antes, y se rio.
Mira tú el santo, dijo.
Y se fue a la fondamenta, donde lo esperaban fumando sus amigos de las botas.
* * *
El once de febrero, a las ocho de la mañana, entraron cuatro hombres y un oficial alemán por la puerta de tierra.
Tú lo sabes. Tú estabas detrás del armario.
Tú oíste las perchas y el colchón y la voz que preguntaba.
Tú oíste al señor decir que el muro tenía dos hojas con cascote.
Tú oíste el bastón, después, contra la pared.
Me lo escribiste muchos años después, de pasada, en una carta del sesenta y tantos: que el miedo de esa mañana se te quedó en las rodillas para siempre, que no podías arrodillarte en misa sin acordarte.
Yo no estaba detrás del armario. Yo estaba en el androne, con un cubo de fregar, cuando entraron. Y vi la cara de uno de los cuatro, el más joven, el que se quedó abajo vigilando la puerta mientras los otros subían.
Tenía una risa de caballo.
Me miró. Me reconoció. Me guiñó un ojo.
En ese momento lo supe, Ester. No lo pensé: lo supe con el cuerpo, como se sabe que una barca va a volcar un segundo antes de que vuelque. Lo supe con el cubo en la mano y el agua de fregar en los pies. Que la buranela había cambiado tu vida por la mitad de un higo.
No se me cayó el cubo. Eso es lo que más me ha avergonzado siempre. Que no se me cayó. Que seguí fregando. Que fregué el androne entero, losa por losa, de rodillas, mientras arriba cuatro hombres levantaban colchones y abrían armarios, y que lo fregué bien.
* * *
No os encontraron. Ya lo sabes. El señor os protegió esa mañana con una mentira de albañil, y esa mañana yo lo quise como a un padre, a ese viejo que me había mirado las manos y había dicho servirán.
Y por la tarde, cuando se fueron, el señor bajó al androne. Miró la góndola de los caballetes. Miró detrás. Miró la puertecita de abajo, la de las sedas, la que daba al pozo, que estaba cerrada con una tabla vieja y un candado.
El alemán había preguntado por ella. Se lo había oído yo desde el rincón. ¿Y esa puerta? Y el señor le había dicho: un aljibe, lleno de agua, tapiado desde los austriacos. Y el alemán había mirado la tabla y el candado y no había dicho nada, y se había ido.
Pero el señor sabía que la tabla no era un muro. Que la próxima vez que vinieran por el agua, con una barca y una palanca, la tabla no aguantaba.
Me llamó.
Teresa, me dijo. Con mi nombre, como Alvise. Mañana a las seis. Baja al androne. Trae el cubo grande.
Lo que pasó al día siguiente es otra carta. La primera cal.
Lo que hizo Bepi con lo que le conté, lo supe seis años después, la víspera de mi boda.
Y me casé igual.
T.