Capítulo 13 · Sin leyenda
Sin leyenda
Ven. Es de él.
Le escribí eso a las once y media de la noche del lunes, desde el cuarto de encima de la osteria, con el pelo todavía blanco de sal del pozo porque no me lo había lavado. Tres palabras. Las borré dos veces. La tercera vez las mandé sin mirar la pantalla, como se tira una piedra a un canal.
Contestó a las once y treinta y uno.
A qué hora.
Sin interrogación. Nico no pone interrogaciones en los mensajes; dice que la pregunta ya se nota.
* * *
Llegó a las siete de la mañana. Por el agua, en el sandolo, con la ropa de remar todavía puesta, el jersey de lana gruesa y las botas de goma, el pelo mojado de niebla.
Amarró en las paline nuevas, las suyas. Subió los escalones de la puerta de agua sin mirarme.
Yo lo esperaba en el androne, junto a la escalera de servicio, con dos cascos de obra en la mano.
Le di uno. Lo cogió. No se lo puso.
—Bortoluzzi ha dicho que con casco —dije.
—Bortoluzzi no es de esta casa.
Se lo puso.
Subimos los treinta y ocho escalones de la caracola hasta el rellano del piano nobile.
El acceso nuevo estaba ahí, a la derecha, en el muro de la caja: un hueco rectangular de sesenta por ciento sesenta, con las jambas de ladrillo recién cortadas, todavía rojas, y un plástico de obra transparente colgado por delante con cinta americana. Nico se paró delante del plástico.
No había entrado nunca. No por aquí. En febrero de 2018 había visto el cuarto por el agujero del dormitorio, de rodillas, con una linterna, con su tío abuelo sentado dentro.
Y en febrero de este año había subido todos los días al dormitorio a mirar una pared con mi cara, y se había vuelto a bajar.
Al cuarto no. Nunca. Livia me lo había dicho: no entra.
—Si no quieres… —dije.
Nico apartó el plástico con la mano.
* * *
Dentro, con los dos focos de obra encendidos, el cuarto parecía más pequeño que nunca.
Un metro de fondo. Dos diez de largo. Las paredes de ladrillo con su costra de sal, ahora cepillada y consolidada en una franja de prueba de cuarenta centímetros, gris clara, donde yo había empezado a trabajar.
Las tres rayas a lápiz y las tres palabras, protegidas con una lámina de metacrilato atornillada a la pared con cuatro tacos de nailon.
Y en el suelo, abierta, apoyada contra el muro, la trampilla.
Nico se quedó en la entrada. Miró la pared de las palabras. Non ho corso. A. Estuvo mirándola. Luego bajó la vista al suelo, al rectángulo negro del pozo, a la escalera de aluminio que asomaba por el borde.
—¿Ahí abajo? —dijo.
—Seis metros. Hay agua. Poca, con la marea baja. Un palmo.
Nico no se movió.
—No sé nadar —dijo.
—Ya lo sé.
—No es por el agua. —Se pasó la mano por la cara—. Bueno. Es por el agua.
* * *
Pero no bajó todavía. Se arrodilló junto a la trampilla.
Se quitó el casco, que le estorbaba, y lo dejó en el suelo. Pasó la mano por la tapa de alerce, por la cara de arriba, la que habían pisado setenta y cinco años de cascote, con la palma abierta, en la dirección de la veta. Como yo toco las paredes. Le vi cerrar los ojos un momento.
—Alerce del Cadore —dijo—. Viejo. De cuando los troncos bajaban por el Piave atados en balsas.
—Abrió los ojos—. Lo cortaron en invierno, con luna menguante.
Por eso no se ha podrido. —Tocó el gozne—.
Esto es posterior. Lo cambió alguien. Lo engrasó alguien.
—Miró la argolla levantada—. Lo usó alguien.
—Alvise.
—Alguien antes. —Cogió la trampilla por el borde y la levantó un poco, separándola del muro, con cuidado, como se separa una tabla de un caballete—. Ayúdame.
La sujetamos entre los dos. Nico la inclinó hacia el foco, para que la luz le diera en la cara de abajo, la que había estado setenta y cinco años mirando hacia el pozo, hacia el agua.
Y ahí estaba.
Grabado a punta de navaja en la madera negra, en el centro de la tabla, con letras torcidas de niño, poco profundas, rellenas de sal blanca que las hacía resaltar como tiza en una pizarra:
A. A. B. A. 1931
Y debajo, más pequeño, con otra letra, una flecha hacia abajo y una palabra.
PIRATI.
* * *
Nico se quedó mirando las letras.
—Doce años —dijo—. Alvise tenía doce. El nonno, siete.
—Jugaban aquí.
—Jugaban a piratas. —Se le movió la boca—.
Por eso el nonno no entraba nunca en el dormitorio.
Por eso decía que olía a muerto. No era por la cara del sesenta y seis.
Él sabía lo que había detrás del armario.
Sabía lo del pozo. Bajaba por ahí con su hermano cuando eran críos, con una vela, a buscar el tesoro de las sedas.
—Pasó el pulgar por la B—. Lo sabía todo.
Dejamos la trampilla contra el muro otra vez. Nico se sentó en el suelo del cuarto, en el sitio donde había estado sentado Alvise, con la espalda contra la pared de las palabras, sin darse cuenta. Yo me di cuenta. No dije nada.
—El nonno me enseñó a remar —dijo—. A los cinco años.
En los escalones de la puerta de agua. Me enseñó a hacer el primer nudo, a coger la gubia, a mirar la veta.
Me llevó a Longarone a por el alerce de las paline.
—Se miró las manos—. No me contó nunca que había tenido un hermano que tocaba el piano.
Ni una vez. Ni de borracho, que se emborrachaba en Navidad y lloraba por mi padre y por la nonna Adele, a la que no conoció. Por su hermano, nunca.
—Nico.
—Lo sabía, Clara. Sabía dónde estaba. Toda la vida. Y me enseñó a remar en la puerta de su tumba.
* * *
Bajamos a las ocho y diez.
Primero yo, para enseñarle dónde poner los pies.
Luego él, con el arnés que le había ajustado yo misma en el cuarto, tirando de las cinchas, con sus brazos levantados y su respiración en mi pelo.
Bajó los treinta y dos peldaños de aluminio sin hablar, con los nudillos blancos en los largueros. En el último, antes del barro, se paró.
—¿Cuánto hay?
—Un palmo de agua. Encima, un palmo de barro.
—Vale.
Bajó. El agua le cubrió las botas. Se quedó quieto, con las dos manos todavía en la escalera, con los ojos cerrados. Le oí contar en veneciano, muy bajo, hasta diez.
Luego abrió los ojos y miró el arco.
No le dije nada. No le señalé nada. Apunté la linterna al mortero gris con vidrio, a los cráteres redondos con el borde verde de latón, a las rayas de cuatro en cuatro, y me aparté contra la pared del fondo para que pudiera acercarse.
Se acercó. Se agachó delante del arco. Se quedó de rodillas en el agua, en el barro, sin importarle, con la cara a un palmo del mortero.
Estuvo así un minuto entero. No tocó nada.
—Quante volte —dijo.
Cuántas veces.
—No lo sé. Muchas.
—Con una taza. —Se miró las manos—. Un hombre que tocaba a Schubert. Con una taza de latón. Contra una pared con cristal.
* * *
Hablamos allí abajo. No arriba. Allí, en la cámara, de pie en el agua, con la linterna apuntando al techo para que no nos diera en los ojos y la luz rebotando en la sal blanca y verde de las paredes, como se habla en una iglesia vacía o en un ascensor parado.
Hablamos de todo. Por primera vez. De todo a la vez, sin orden, sin informe.
—Tu bisabuela lo dejó gritando —dijo Nico.
—Tu bisabuelo lo emparedó.
—Mi abuela le pasó el mortero.
—Mi bisabuela la vio pasarlo. Y no dijo nada en cuarenta y dos años.
—Mi abuelo sabía lo del pozo y no dijo nada en setenta.
—Mi tío tapió una lata en una roca porque se lo pidió su madre.
—Mi abuela te mandó las cartas en el orden que le dio la gana.
—Tu abuela me mandó a ti a Logroño.
—Tu abuela me tuvo por el del gas tres meses.
Me reí. No pude evitarlo. Una risa corta, rota, que rebotó en la bóveda baja y nos cayó encima a los dos. Nico me miró. Algo se le aflojó en la cara. No llegó a sonreír.
—Esto no es una leyenda, Clara —dijo—. Nunca lo ha sido. No hay maldición. No hay cara que mate a nadie. Hay un viejo con un bastón, una niña con un cubo, una mujer en una escalera, dos críos que jugaban a piratas. —Miró el arco—. Y un hombre con una taza.
—Ya lo sé.
—No. Tú sabes lo de la sal. Yo te digo lo otro.
—Se acercó un paso. El agua se movió alrededor de sus botas—.
Si alguna vez tú y yo… si alguna vez volvemos a…
—Se calló. Volvió a empezar—. No quiero que sea por ellos.
No quiero que sea porque es bonito, porque se repite, porque la pared lo dice.
Si es, que sea por nosotros. Sin leyenda.
—Sin leyenda.
—Sin es como ellos.
—Nunca lo he dicho.
—Lo piensas. Te lo veo en la cara cuando miras las cosas viejas. —Se tocó la sien—. Yo también lo pienso. Por eso lo digo. Para que no lo pensemos más.
* * *
Subimos a las nueve menos cuarto. Él primero, esta vez. Cuando llegó arriba se quitó el arnés en el cuarto, sin mi ayuda, con dedos que no le obedecían bien, y se quedó un momento de pie junto a la trampilla, mirando hacia abajo, hacia el agua que ya no se veía.
Yo salí del pozo detrás de él. Me dio la mano para ayudarme a subir el último peldaño. Me la soltó en cuanto puse los pies en el suelo.
—Clara.
—Qué.
—La noche de la carta. En el escalón. —No me miraba—. Estuve.
—Ya lo sé.
—En el puente. Con el agua salpicándome. —Se miró los pantalones, mojados del pozo hasta la rodilla, igual que aquella noche—. Rafi te lo contó.
—Rafi te quiere.
—Rafi habla mucho. —Se puso el casco, aunque ya no hacía falta—. Me dijiste que no esperara. No esperé. Fui a oír una carta.
Se fue por el acceso, por el plástico, hacia la escalera de servicio. Lo oí bajar los treinta y ocho escalones hasta el androne. Lo oí soltar el cabo. Lo oí irse.
Me quedé en el cuarto con la trampilla abierta.
Volví a mirar la cara de abajo del alerce. A. A. — B. A. — 1931. PIRATI. Una flecha hacia abajo. Dos niños, una vela, un tesoro de sedas que ya no estaba.
Uno de los dos niños, trece años después, se quedó ahí abajo para siempre.
El otro se casó con la niña que le pasó el mortero. Y no volvió a entrar en el dormitorio en toda su vida.
Hay cosas que una persona sabe de otra solo porque las ha grabado con una navaja a los siete años. Y luego se pasa setenta años sin mirar hacia abajo.