Capítulo 12 · Andamio
Andamio
La trampilla tenía una argolla de hierro. Y la argolla estaba levantada.
No del todo. Un dedo. Lo justo para que se pudiera meter otro dedo debajo y tirar.
Setenta y cinco años debajo de una costra de cal y cascote, y la argolla no estaba tumbada contra la madera como se tumban las argollas que nadie ha tocado en mucho tiempo.
Estaba un poco alzada. Como la dejas cuando la has usado y la has soltado con prisa, y no te has parado a bajarla.
—Varda —dijo el más joven de los de Chioggia. Mira.
Estaba arrodillado a mi lado en el suelo del cuarto de Alvise, con la linterna en la mano, mientras yo terminaba de quitar con el pincel el polvo de los bordes.
Había salido entera. Una trampilla de tablas de alerce, de setenta por noventa, encastrada a ras del suelo en un marco de piedra de Istria, con dos goznes de hierro forjado del lado del muro y la argolla en el centro del lado contrario.
El alerce estaba negro, duro como el hueso, sano.
El alerce no se pudre en Venecia; con él están hechos los pilotes sobre los que flota la ciudad.
—No la toquéis —dije.
Nadie la tocó.
Me senté sobre los talones. El cuarto tenía un metro de fondo y dos diez de largo, y con tres personas dentro, más los focos de obra y el trípode, no cabía un alfiler.
A mi espalda, por el acceso nuevo, entraba el ruido de la escalera de servicio y el olor a cal hidráulica de los sacos del rellano.
Delante de mí, en la pared, a la altura de mi cara, las tres rayas a lápiz y las tres palabras. Non ho corso. A.
Y debajo de mis rodillas, debajo del sitio exacto donde había estado sentado él, una trampilla con la argolla levantada.
* * *
No la abrimos ese día. Ni el siguiente.
Eso es lo que no sale en las películas: que cuando encuentras un agujero en un edificio protegido no lo abres. Llamas. Rellenas un formulario. Esperas.
Llamé a Bortoluzzi a las doce y diez. Llegó a las cuatro, con el aparejador de la Soprintendenza, un hombre gordo y amable que se llamaba Fabris y que sudaba aunque hacía fresco.
Se arrodillaron los dos en el suelo del cuarto, por turnos, porque juntos no cabían.
Bortoluzzi miró la argolla con un ojo cerrado, como había mirado mi cara.
—Siglo diecisiete —dijo Fabris—. El marco. Los goznes son posteriores. Ochocientos, quizá.
—Un montacargas —dije—. Para las sedas. El escondite era de contrabando; la mercancía entraba por el agua, de noche, y subía por aquí. Por dentro del muro. Sin pasar por el androne ni por la aduana.
—Eso es una hipótesis.
—Es la única que explica que haya una trampilla en un cuarto que no tiene puerta.
Bortoluzzi se levantó. Se sacudió las rodillas del pantalón.
—Mañana viene el ingeniero —dijo—. Si dice que el suelo aguanta, la abren.
Si dice que la abren, baja usted. Con arnés, con línea de vida y con un hombre arriba.
Si no, no baja nadie. —Me miró por encima de las gafas rojas—.
Y si abajo hay algo de 1944, doctora, me llama antes de tocarlo. Antes de respirar encima.
* * *
El ingeniero vino el lunes nueve. El domingo ocho me llamó la sustituta del fiscal.
Ferraresi. La de las cartas que no figuraban en las fotografías que yo no hice. No la había vuelto a ver desde abril de 2018. Tenía la voz igual: seca, rápida, de alguien que dicta mientras hace otra cosa.
—Dottoressa Ibarra. Le llamo por cortesía.
Mañana firmo el archivo definitivo del procedimiento por la muerte de Alvise Ardenti.
Autor fallecido, extinción del delito. Los restos quedan a disposición de la familia a partir del lunes.
—Pausa—. Se lo he comunicado al señor Ardenti esta mañana.
Le llamo a usted porque él me lo ha pedido.
—¿Nico se lo ha pedido?
—Me ha dicho: dígaselo usted, que a mí no me sale. —Otra pausa, más corta—. No es una frase que se oiga mucho en una fiscalía. La he apuntado.
—Gracias.
—No me dé las gracias. Le diré una cosa que no le corresponde saber.
—Se oyó un papel—. El forense de Padua dejó en el informe una nota que no hacía falta para el procedimiento y que yo no he incluido en el archivo, porque no cambia nada.
La taza de latón que tenía entre las piernas.
El borde estaba aplastado, en un lado, en tres sitios.
Deformación por impacto repetido contra superficie dura.
Y en la cara exterior había restos de mortero de cal con inclusiones vítreas.
—Pausa—. Vidrio molido. En el mortero del panel del dormitorio no había vidrio. Lo analizaron.
No dije nada.
—Él no golpeó el panel con la taza, doctora —dijo Ferraresi—. Golpeó otra cosa. —Silencio—. Buenas tardes.
Colgó.
* * *
El ingeniero dijo que el suelo aguantaba.
Abrimos la trampilla el lunes nueve de septiembre a las once y cuarto de la mañana.
La abrí yo, con la argolla, con los dos de Chioggia detrás sujetando la línea de vida enganchada a mi arnés y Bortoluzzi en el acceso con el móvil grabando.
Tiré. La tapa de alerce pesaba lo que pesa una puerta pequeña.
Los goznes chirriaron una nota larga, aguda, que rebotó por las paredes del cuarto y se fue hacia abajo.
Hacia abajo.
Debajo de la tapa había un pozo. Rectangular, de setenta por noventa, como la trampilla.
De ladrillo. Las paredes negras de humedad, brillantes con la luz del foco, con la costra blanca de la sal subiendo por las juntas como sube la hiedra.
Y en la pared del lado del muro, empotradas en el ladrillo cada cuarenta centímetros, unas grapas de hierro en forma de U.
Una escalera de pates. Oxidadas, gruesas, con la herrumbre colgando en barbas. Bajaban.
Encendí la linterna frontal y apunté hacia abajo.
La luz bajó por el pozo, por las grapas, por la sal, y a unos seis metros encontró algo que brillaba. Agua. Negra, quieta, con la luz temblando encima como una moneda.
—Madonna —dijo el de Chioggia.
Arriba, en el piano nobile, el dormitorio. Abajo, a seis metros, por dentro del muro, el agua de la laguna.
Así subía la sal. No del zócalo del androne, no de los cimientos, no despacio por un metro de ladrillo durante meses, como había escrito yo en 2018 con gráficos.
Subía por aquí. Por un tubo vertical de ladrillo empapado que nadie sabía que existía, que tenía el fondo lleno de agua salada que entraba y salía con cada marea, dos veces al día, desde hacía trescientos años.
Una chimenea de humedad. Un pulmón metido en el pecho de la casa.
Y en lo alto del pulmón, pegada a él, la pared del dormitorio. El parche. Mi cara.
La sal no había elegido mi mortero. Había elegido el sitio por donde respiraba la casa.
* * *
Bajé a la una y cuarenta.
Con el arnés, con la línea de vida, con una escalera de aluminio que los de Chioggia descolgaron por el pozo hasta que tocó fondo, para no fiarme de las grapas.
Treinta y dos peldaños. Los conté. El pozo era tan estrecho que bajaba con los codos rozando la sal de las paredes, y la sal se deshacía al rozarla y me caía en el pelo y en la cara, y tenía en la boca el sabor de la laguna.
A los seis metros, el aluminio se apoyaba en algo blando. Bajé el último peldaño con cuidado. Barro. Un palmo de barro negro, y encima un palmo de agua. Las botas se me hundieron hasta el tobillo.
Estaba en una cámara.
Pequeña. Dos metros por uno y medio. El techo, una bóveda baja de ladrillo, a dos metros de altura, que tocaba con la mano levantada.
Las paredes, de ladrillo como el pozo, pero más negras, más mojadas, cubiertas de una pelusa verde de algas en la parte baja y de sal blanca en la alta, con una raya clarísima en medio, a la altura de mi cadera, donde se paraba el agua en las mareas normales.
El aire olía a fondo de barca. Hacía frío.
Y en la pared de enfrente, la que daba hacia el androne, un arco.
El mismo. Ochenta y cinco centímetros de luz, con el lomo a la altura de mi pecho.
Desde el androne lo había notado con la yema del dedo debajo de la sal.
Desde aquí lo veía entero. Tapiado. Con ladrillos viejos, de los de antes de la guerra, mal puestos, con las hiladas torcidas, como los pone alguien que no es albañil y tiene prisa.
Y entre los ladrillos, un mortero gris oscuro, grueso, que brillaba.
Brillaba con la luz de la linterna. Verde. Azul. Ámbar. Miles de puntos pequeños, como escarcha de colores, metidos en la masa gris.
Vidrio molido. De Murano. De los hornos del bisabuelo.
Quella no se toca.
* * *
Me acerqué. Despacio, con el barro tirándome de las botas. Me paré delante del arco tapiado y apunté la linterna de cerca.
El mortero no estaba liso.
En la parte de abajo, entre la segunda y la cuarta hilada, a la altura de mis muslos, a la altura de las manos de un hombre arrodillado, la superficie gris estaba rota.
Arañada. Golpeada. Llena de pequeños cráteres redondos, del tamaño de una moneda, uno al lado de otro, en tres sitios, como si alguien la hubiera picado con algo romo una y otra vez, una y otra vez, hasta que se cansó o hasta que no pudo más.
Alrededor de los cráteres, en los bordes, una mancha verdosa, muy leve, que no era alga.
Latón.
Y entre los cráteres, rayas. Largas. Paralelas. De cuatro en cuatro. Bajando. Como las que deja un gato en una puerta. Como las que dejan unas uñas.
No toqué nada. No respiré encima. Me quedé de pie en el barro, con el agua por los tobillos, con la linterna temblándome en la frente, mirando el sitio donde Alvise Ardenti había bajado treinta y dos peldaños en la oscuridad, por unas grapas de hierro, con una taza de latón en la mano, buscando la salida que sus antepasados habían hecho para las sedas.
Y la había encontrado cerrada.
Ya cerrada. Ya con su vidrio. Ya fraguada. Porque un mortero fresco se rompe con las uñas, y este no se había roto.
Arriba, por el pozo, muy lejos, Bortoluzzi preguntó algo. No la oí.
Esa puerta la tapió el señor, había dicho Teresa.
¿Cuándo?
Antes.