Acqua alta Capítulo 11 · Elipsis
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Capítulo 11 · Elipsis

Elipsis

Una cara de sal tarda en irse lo que tarda en secarse una pared. Una pared de ladrillo macizo de un metro, en Venecia, en primavera, tarda tres meses.

Lo sé porque la fotografié todos los días.

* * *

Marzo. La cara estaba entera. Cada mañana a las siete y media subía al piano nobile, encendía la lámpara de luz rasante desde la izquierda, a la misma distancia, a la misma altura, con el trípode en las mismas tres marcas de cinta adhesiva que había pegado en el terrazo, y hacía una foto.

Una sola. Con la regla de escala y la carta de color en la esquina.

La foto iba a una carpeta del portátil que se llamaba CIG_2019 y que yo no abría nunca para mirar; solo para guardar.

El veintiocho de marzo hubo una marea de noventa y cinco. No sonaron las sirenas. La cara no creció, no menguó. Se quedó.

Bortoluzzi vino dos veces con su abrigo mostaza y sus gafas rojas. La primera, a ver el contrato. La segunda, a ver la cara otra vez. Se quedó delante de la pared más tiempo del que necesitaba una funcionaria y al salir me dijo, sin mirarme:

—Fenomeno in studio. Ya. Estúdielo bien, doctora. Que en esta ciudad lo que no se estudia se cepilla.

El operario del lunes no vino nunca.

* * *

Abril. El ocho de abril, en una sala del tribunal de Rialto con frescos desconchados en el techo y un ventilador que no funcionaba, Livia Ardenti declaró contra Riccardo Bon durante una hora y cuarenta minutos.

Yo declaré veinte. Nico, diez. Riccardo no miró a nadie.

Llevaba la bufanda camel y un bastón, porque la pierna que se rompió en la escalera inundada de Ca’ Ardenti no se le había soldado bien.

Le cayeron tres años y ocho meses por la palina serrada y los tornillos de la altana, y uno más por el informe falso.

Su abogado recurrió. En Italia todo se recurre.

Al salir, en la escalinata del tribunal, Livia se encendió un cigarrillo, el primero en diez años, y se lo fumó entero sin hablar.

Nico estaba a dos escalones de ella. Yo, a cuatro.

Ninguno de los tres dijo nada. Luego Livia tiró la colilla al Gran Canal, una cosa que en Venecia está multada con cincuenta euros, y dijo: ya está. Y se fue hacia el vaporetto.

Nico me miró. Me hizo un gesto con la cabeza, muy pequeño. No sé si era un saludo o una despedida. Se fue por el otro lado.

La cara empezó a perder la frente en la tercera semana de abril.

No de golpe. Por arriba, por donde el ladrillo se secaba antes: los cristales de sal, sin agua nueva que los alimentara, se iban deshaciendo en un polvo blanco que caía al zócalo como caspa.

Primero la frente. Después el pelo, la pinza, el mechón de la oreja.

Las cejas y los ojos aguantaron.

* * *

Mayo. El tres de mayo leí la última carta.

La de septiembre de 1986. La que Ester escribió a Teresa sin decir nada, con la letra ya enferma, hablando del calado, de las velas, de una vecina nueva que tenía un canario.

Dos hojas. La última línea decía: Ti scrivo presto, Teresina. Più presto che posso.

No volvió a escribir. Escribió once hojas que no mandó y se murió.

Teresa escuchó la carta con los ojos abiertos. Cuando terminé, me tendió la mano, con la palma hacia arriba. Le di la carta. La sostuvo un rato, sin mirarla, porque ya no veía, y luego me la devolvió.

—Ya está —dijo, como Livia en la escalinata—. Ya no hay más.

—No.

—Bueno. —Se volvió hacia la ventana, hacia San Michele—. Ahora le toca a usted escribir algo. Me ha dicho Oxana que tiene una pluma.

No volví a subir con la caja. Seguí subiendo sin ella.

Me sentaba en la silla del abrigo y no leía nada, y Teresa no decía nada, y a veces se dormía y a veces no, y a las diez y media me iba.

Oxana no me preguntó nunca para qué subía si ya no había cartas.

Me ponía la lata de crema en la mesilla, al lado del pájaro de madera, y se iba a su cuarto.

El veinte de mayo la cara había perdido la boca.

* * *

Junio. El calor llegó de golpe, como llega en Venecia: un día era primavera y al siguiente la ciudad olía a agua estancada y a crema solar, y los canales se llenaron de turistas en góndola con sombreros de paja y móviles en palos, y en las calli de Cannaregio no se podía andar después de las once.

Yo trabajaba de siete a once y de cinco a nueve, como los albañiles del sur.

La fase de diagnóstico se cerró el catorce de junio.

Ciento doce páginas. La mandé a la Soprintendenza con la propuesta de acceso: abrir una puerta pequeña desde la caja de la escalera de servicio, a la altura del rellano del piano nobile, donde el muro era más fino; consolidar el hueco por dentro; dejar intacto el panel de ladrillo del dormitorio por su valor documental como último estrato de intervención.

Lo escribí así. Bortoluzzi me lo devolvió con un ok a lápiz en el margen de esa frase y una sola pregunta en el de la página cuarenta y siete, donde estaba el plano del androne.

E questo arco?

Había marcado en el plano, con línea discontinua, el arco que había notado con la yema del dedo debajo de la sal una noche de marzo. Ochenta y cinco centímetros de luz. A ras del suelo. Debajo de la escalera de servicio. Le había puesto una nota: posible vano tapiado, sin datar. A investigar.

Le contesté por correo: Testimonios orales lo sitúan en 1944. Propongo catas.

Me contestó en dos líneas.

Se è del 1944, è un documento. Non si tocca.

Si es de 1944, es un documento. No se toca.

El treinta de junio fotografié la pared y ya no estaba. Solo quedaba, a la altura de donde había estado el labio, en diagonal, una línea finísima de polvo blanco que no se había caído. Como un pelo sobre una mesa.

El uno de julio tampoco se había caído.

El dos, la soplé.

* * *

Julio. Nico venía los domingos. Lo sabía por Oxana, que me lo decía sin que yo le preguntara: ha venido el domingo, ha estado con la signora dos horas, le ha arreglado la persiana.

No coincidíamos nunca. Él subía por la mañana y yo por la noche.

Una vez, a mediados de julio, al bajar la caracola a las diez y media, en el escalón cuarenta y siete, el de la saetera, encontré una viruta de madera. Pálida. Rizada. De nogal.

La recogí. La tengo en la libreta, entre dos páginas, aplastada, como se aplasta una flor.

El diecinueve de julio, por la noche, subí a la altana.

No sé por qué. Hacía un calor que no dejaba dormir y en el cuarto de encima de la osteria el aire no se movía.

Subí por la escalerilla del desván de Ca’ Ardenti, la de los codos, y salí al entarimado de madera sobre los tejados.

La barandilla de hierro era nueva; la habían cambiado en noviembre.

La ciudad entera estaba ahí abajo, naranja de farolas, con el campanario de la Madonna dell’Orto negro contra el cielo y, al fondo, las luces de Murano y la tapia de San Michele.

Saqué el móvil. Tres rayas de cobertura. El único sitio de la casa.

Eran las diez menos un minuto.

Me senté en el entarimado con la espalda contra la barandilla nueva y el móvil en la mano, con la pantalla encendida, y esperé. Me di cuenta de que esperaba. Me di cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que le había dicho a él que no hiciera. No vas a llamarme a las diez desde la altana.

Pasó el minuto.

No sonó. No iba a sonar. Ya lo sabía antes de subir.

Me quedé hasta las once, de todas formas. Por la brisa.

* * *

Agosto. Teresa dejó de bajar a misa los domingos. Oxana dijo que era el calor. El médico de cabecera, un hombre joven con una mochila de montaña que venía en vaporetto los martes, dijo que era el corazón. Teresa dijo que era Dios, que ya la había visto bastante.

Fui a Logroño cinco días, a mediados de mes. Mi abuela no me conoció ninguno de los cinco. El cuarto día, en el jardín de la residencia, me cantó la nana entera, con la estrofa del pájaro, y al terminar me preguntó si yo era la del gas.

Le dije que sí.

* * *

Septiembre. El dos de septiembre llegó a la fondamenta de la Sensa una barca de carga de la empresa de restauración, con andamio tubular, tablones, puntales, sacos de cal hidráulica, un compresor pequeño y dos hombres de Chioggia que no hablaban más que entre ellos.

El tres empezamos a abrir el acceso desde la escalera de servicio.

El cinco, a media tarde, el martillo del más joven atravesó el último ladrillo y se quedó colgando en el hueco, y salió por el agujero un aire frío que olía a polvo y a cerrado y a algo dulce que no supe nombrar.

Era el cuarto de Alvise. Lo conocía. Lo había abierto en febrero de 2018 desde el otro lado. Lo había visto con un hombre sentado dentro.

Ahora estaba vacío. Las paredes de ladrillo con su costra de sal.

Las tres rayas a lápiz. Non ho corso. A.

El suelo cubierto de una capa gris de cascote y cal caída, de dos dedos de grueso, en la que todavía se veía, si se miraba con la luz de lado, la forma de un hombre sentado con las rodillas recogidas.

El seis de septiembre empezamos a limpiar el suelo.

El siete, debajo del cascote, debajo de la cal, debajo de dos dedos de setenta y cinco años, el bisturí tocó madera.