Acqua alta Capítulo 10 · La fórcola de roble
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Capítulo 10 · La fórcola de roble

La fórcola de roble

—Las fórcolas no se devuelven —dijo Nico—. Se usan o se rompen.

Eran las seis menos cuarto de la mañana del jueves veintiuno de marzo y todavía era de noche.

Estaba en cuclillas en la rampa del squero de al lado de su taller, con un cabo en la mano, desatando el sandolo, con la linterna frontal encendida en la frente como yo me la pongo para mirar paredes, y no levantó la vista cuando lo dije.

Yo estaba de pie en lo alto de la rampa, con el abrigo cerrado hasta la barbilla y el puño cerrado delante de mí, extendido, con la palma hacia abajo.

Dentro del puño, la fórcola de roble. Del tamaño de un pulgar. Con las tres curvas, la del remo hacia delante, la del remo hacia atrás, la de parar. Tallada en Logroño en febrero, en la tonelería de Basilio, con la gubia más pequeña, para mí.

Te debo una de verdad.

—No es una fórcola —dije—. Es un recuerdo de una fórcola.

—Es una fórcola. —Tiró del cabo. El nudo se deshizo—. Pequeña. Pero tiene todas las curvas. Funciona.

—¿Para qué remo?

—Para uno pequeño.

* * *

Había ido andando desde Cannaregio. Cuarenta minutos, de noche, por calli vacías, con los adoquines mojados de la humedad de la madrugada y las farolas haciendo halos amarillos en la niebla.

Había cruzado el Rio dei Mendicanti y la Barbaria de le Tole y el campo de San Francesco, sin cruzarme con nadie más que con un hombre que barría y con un gato.

Había llegado a la rampa del squero a las cinco y media y me había quedado esperando, de pie, en la oscuridad, oliendo la brea de las góndolas que estaban boca abajo en los caballetes, oyendo el agua contra las tablas de la rampa.

A las cinco y cuarenta se había encendido la luz del cuarto de arriba del taller. La ventana de guillotina. La conocía por dentro: una cama, una estufa, una ventana al canal desde la que se ve el reflejo del agua temblando en el techo. Había dormido allí. No muchas noches.

A las cinco cuarenta y tres había bajado.

Me había visto en lo alto de la rampa y no se había parado. Había bajado la rampa con la linterna en la frente, en silencio, y se había agachado junto al sandolo a desatarlo, como si yo fuera uno de los caballetes.

—Rafi me dijo que salías a las seis —dije.

—Rafi habla mucho.

—Rafi te quiere.

Nico se quedó con el cabo en la mano. Un segundo. Luego lo enrolló en el codo, despacio, en ochos, como se enrolla un cabo para que no se líe.

—Ya lo sé —dijo.

* * *

—He firmado un contrato —dije.

—Lo sé.

—¿Te lo ha dicho Ottavio?

—Me lo ha dicho Livia. Que se lo ha dicho la nonna.

Que se lo ha dicho el aire. —Se incorporó.

La linterna de la frente me dio en los ojos; la apagó con un dedo—.

Un año. En el cuarto de Alvise. Dirección técnica.

—Se metió el cabo enrollado en el bolsillo del chaquetón—.

Y mañana te ponen un andamio delante de tu cara.

—No delante. Al lado. El acceso nuevo es desde la escalera de servicio. La pared del dormitorio no se toca.

—Qué bien.

—Nico…

—Yo firmé en enero —dijo—. Para él. Para que tuviera una puerta que no fuera la de un armario. Para que la gente que viniera a verlo entrara por un sitio digno. —Miró hacia el canal, hacia la boca del Arsenal, todavía negra—. No firmé para que te metieras tú dentro.

—Yo no sabía que lo habías firmado.

—Y yo no sabía que lo ibas a hacer tú. —Se volvió—. Estamos empatados.

* * *

Me acerqué. Bajé la rampa. Las tablas estaban resbaladizas y bajé de lado, con cuidado, con el puño todavía cerrado delante del pecho. Me paré a un metro de él. Sin medirlo. Esta vez sin medirlo.

Abrí la mano.

La fórcola de roble estaba en mi palma, oscura, tostada, con la veta del roble brillando un poco con la luz que empezaba a salir por el lado de la Celestia, gris, muy baja, como la luz de una lámpara rasante.

—No te la devuelvo porque no la quiera —dije—. Te la devuelvo porque me dijiste que me debías una de verdad. Y no me debes nada.

Nico miró la fórcola. No la cogió.

—En el andén —dije— me dejaste dicho que no era culpa mía.

Que si no llegabas, no era culpa mía. Me lo dejaste en el bolsillo, como él.

—Tragué—. Pues esto es lo mismo. No me debes una fórcola de nogal.

No me debes nada. Lo que te pedí en la altana te lo pedí en otra vida, cuando yo me iba y tú te quedabas y los dos sabíamos cómo terminaba.

Ya no me la tienes que hacer. Te dejo libre.

Lo dije bien. Lo había ensayado andando cuarenta minutos por la niebla y me salió como lo había ensayado, sin que se me rompiera nada a la mitad. Con voz de técnica. Con voz de informe de cierre de obra.

Nico levantó la vista de mi palma a mi cara.

—¿Libre? —dijo.

—Libre.

—¿Tú me dejas libre a mí?

No contesté.

—Clara. —Se le movió algo en la boca. No era una sonrisa. Era la cosa que hace la boca cuando decide no sonreír—. Tú no has dejado libre a nadie en tu vida. Tú te vas. Que no es lo mismo. Dejar libre es quedarse y abrir la mano. Irse es cerrarla y llevarte la mano.

* * *

Me cogió la muñeca.

No la mano. La muñeca. Con la suya derecha, áspera, caliente, con el callo de la gubia en el pulgar.

Fue la primera vez que me tocaba desde el andén de Canfranc.

Me la cogió como se coge una pieza que hay que girar para verle la veta, sin fuerza, sin ternura, con exactitud.

Y con la izquierda me cerró los dedos encima de la fórcola.

Uno a uno. El meñique, el anular, el corazón, el índice.

El pulgar lo dejó para el final y lo dobló él con el suyo, encima de los otros, como se cierra una caja.

—Las cosas que se tallan para alguien —dijo— no se devuelven. Si no la quieres, tírala al agua. Pero tírala tú.

Me soltó.

Se dio la vuelta. Subió al sandolo de un paso, sin mirar dónde ponía el pie, como sube siempre. Cogió el remo. Lo apoyó en la fórcola de popa, la de nogal, la suya, con ese golpe seco de madera contra madera.

—Nico.

No se volvió.

—¿Por qué no me quieres en esa casa?

Se quedó quieto, de pie en la popa, de espaldas, con el remo en las manos. El agua del canal le movía la barca un poco, arriba, abajo, y él la compensaba con las rodillas sin pensar, como se compensa un andar.

—Porque alguien te quiere en esa casa —dijo—. Alguien paga para que estés en esa casa. Y no sé quién es. —Hizo una pausa—. Y la última vez que alguien de mi familia quiso tanto a alguien dentro de esa casa, lo tapió.

Dio la primera palada.

* * *

Lo vi alejarse por el canal hacia la Celestia, hacia la laguna norte, hacia Burano, con la niebla cerrándose detrás de él como se cierra el agua detrás de una piedra.

Una silueta de pie en una barca, remando con un solo remo, con el balanceo largo de los venecianos que reman desde niños. Luego una mancha. Luego nada.

Me quedé en la rampa del squero, con las botas mojadas y la mano cerrada.

No la abrí. No la tiré al agua.

Volví andando a Cannaregio, cuarenta minutos, ya con luz, con la ciudad despertándose: las persianas de los bares subiendo, los barrenderos con sus carros, las barcas del mercado entrando por los canales cargadas de cajas de alcachofas.

En el puente de las Guglie me paré a mirar el agua del Canal de Cannaregio, ancho, verde, con un vaporetto de la línea 5 abriendo dos olas de espuma blanca.

Saqué la mano del bolsillo. La abrí encima de la barandilla del puente, encima del agua.

La fórcola de roble estaba en la palma. Tibia. Con la marca roja de mis propias uñas alrededor, cuatro medias lunas, de haberla apretado cuarenta minutos.

Podía tirarla. Tírala tú.

Cerré la mano. La volví a meter en el bolsillo.

Hay cosas que una no tira al agua porque no se van a hundir.

Flotan. El roble flota. Y me imaginé la fórcola pequeña flotando por el Canal de Cannaregio, por la laguna, hasta la Celestia, hasta encontrarse por la mañana con la proa de un sandolo que volvía de Burano. Y a un hombre agachándose a cogerla.

No le iba a dar ese gusto.

Ni a él, ni al agua.