Acqua alta Capítulo 9 · Livia
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Capítulo 9 · Livia

Livia

—He venido a ver si eres de verdad —dijo Livia—. Porque en el barrio dicen que eres de sal.

Estaba en la cocina del entresuelo de Ca’ Ardenti, de pie, con el abrigo puesto y una bolsa de la farmacia en la mano, mirándome de arriba abajo como se mira una receta mal escrita.

Cuarenta y seis años. Alta, flaca, con el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula y unos ojos grises que eran los de Nico pero sin la indecisión: los de Livia habían decidido hacía mucho tiempo y no les había ido bien.

Era domingo, diecisiete de marzo. Yo había bajado a la cocina a por agua caliente para la bolsa de Teresa, que tenía frío en los pies, y Livia había entrado por la puerta de tierra con su llave, sin llamar, y nos habíamos encontrado delante del fogón.

—Soy de verdad —dije.

—Ya lo veo. —Dejó la bolsa en la mesa—. Se te nota la cicatriz.

En la pared también se nota. —Se quitó el abrigo—.

Lo vi el martes. Subí sola. Me quedé diez minutos y luego tuve que bajar a vomitar al baño del piano nobile.

—Lo dijo sin dramatismo, como se dice que ha llovido—. No por la cara. Por todo.

* * *

Detrás de ella, en la puerta, apareció una chica.

Quince años, un anorak rosa, el pelo largo recogido en una coleta, la cara de su madre a medio hacer.

Sofia. La recordaba de noviembre de 2017 más pequeña, más pálida, más hueca, con las muñecas como dos ramas y una forma de coger el tenedor y no llevárselo nunca a la boca.

Ahora tenía las mejillas llenas. Masticaba chicle.

—Ciao —me dijo.

—Ciao, Sofia.

—Te acuerdas de mi nombre.

—Me acuerdo de lo que dijiste.

Sofia hizo un globo con el chicle. Lo explotó.

—¿Qué dije?

—Que si hay fantasmas, la gente no se va del todo.

Sofia me miró. Luego miró a su madre. Luego a mí otra vez.

—Era una tontería —dijo—. Tenía catorce años.

—No era una tontería.

—Sofia —dijo Livia—, sube a ver a la nonna. Llévale esto. —Le dio la bolsa de la farmacia—. Y no le cuentes lo de Mestre.

—¿Lo de qué de Mestre?

—Lo de nada. Sube.

Sofia cogió la bolsa y se fue hacia la escalera de servicio. La oímos subir los escalones de dos en dos, sin contar.

* * *

Livia se sentó a la mesa de la cocina, en la silla de Oxana. Yo me quedé de pie junto al fogón con la bolsa de agua caliente en las manos.

—Está mejor —dije.

—Está mejor. Come. —Livia se pasó la mano por la cara—.

Desde septiembre. Una psicóloga de Padua, dos veces por semana, que cuesta lo que gano en diez días.

Y un perro. Le compramos un perro. Un chucho del refugio de Marghera que se come los zapatos.

Eso es lo que ha funcionado, no la psicóloga.

El perro. —Se rio, una risa seca, de farmacia—.

Tiene que sacarlo tres veces al día. Y tiene que darle de comer.

Y el perro come delante de ella como un animal. Y un día se sentó a comer con el perro.

—Me alegro.

—Ya. Todo el mundo se alegra. —Me miró—. Siéntate, Clara. Me pones nerviosa con la bolsa.

Me senté. Dejé la bolsa de agua en la mesa, entre las dos, como una cosa viva.

* * *

—El juicio es el ocho de abril —dijo Livia—. En Venecia. En el tribunal de Rialto.

—Lo sé. Ottavio me lo dijo.

—Voy a declarar.

No lo sabía. La miré.

—Contra él —dijo Livia—. Como testigo de la acusación.

La fiscal me lo pidió en diciembre y le dije que sí.

—Se frotó las manos, como si tuviera frío—.

Viví con él seis años. Firmé los préstamos con él.

Ciento ochenta mil euros, a medias, en un banco de Padua, para la operación del hotel.

Él decía que era una inversión. Que cuando se vendiera el palacio lo pagábamos en una semana con los intereses.

—Hizo una pausa—. El palacio no se ha vendido.

—Livia.

—No te lo cuento para que lo sientas. Te lo cuento porque lo vas a oír.

Lo va a oír todo el mundo en el juicio. Que la nieta de los Ardenti estaba con el hombre que serró la palina de su hermano.

Que firmó los papeles. Que no se enteró de nada.

—Se le movió la boca—. Que es lo que se dice de las mujeres que no se enteran de nada: que se enteraron de todo y miraron para otro lado.

—¿Te enteraste?

Livia me miró. Con los ojos grises de Nico, sin la indecisión.

—Me enteré de que tenía deudas. Me enteré de que estaba nervioso. Me enteré de que quería esa casa más que a mí, y más que a mis hijos, y más que a su madre. No me enteré de los tornillos. Te lo juro por Sofia. Si me hubiera enterado de los tornillos, lo habría tirado yo misma desde la altana.

Le creí. No sé por qué; no tenía pruebas. Le creí como se cree a una pared que suena maciza cuando la golpeas con los nudillos.

* * *

—Y ahora el banco quiere su dinero —dijo Livia—.

Mi mitad, por lo menos. Noventa mil. Que no tengo.

Tengo una farmacia de barrio en Mestre que no es mía, es de una cooperativa, y dos hijos, y un perro que se come los zapatos.

—Se rio otra vez—. Y un tercio de un palacio gótico con una cara en la pared que nadie quiere comprar.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Se levantó. Fue al fogón, cogió la cafetera, la abrió, la llenó de agua sin preguntarme si quería—.

La fundación de tu amigo paga un canon por el cuarto.

Para el proyecto de memoria. Mil doscientos al mes, a repartir entre los tres.

Cuatrocientos para mí. —Echó el café molido en el filtro con una cucharilla, sin derramar ni un grano, con precisión de farmacéutica—.

No es mucho. Pero cada mes que la fundación paga, el banco espera un mes más.

Así que, ¿sabes qué? Bienvenida. Quédate todo lo que quieras.

Restaura despacio. Restaura muy despacio, Clara, por favor.

Puso la cafetera en el fuego.

—Eres la primera persona en dos años que me trae dinero en vez de quitármelo —dijo, de espaldas—. Aunque no sea tuyo.

* * *

—¿Y la nonna? —dije.

—¿Qué pasa con la nonna?

—Si el banco aprieta. ¿No puede…?

Livia se volvió. Me miró con una cara que no le había visto nunca: una cara de niña que pregunta lo mismo por tercera vez y ya sabe la respuesta.

—La nonna no tiene nada —dijo—. Eso dice.

Su tercio de la casa y la pensión de viuda del nonno.

Seiscientos y pico al mes. —Se apoyó en el fogón—.

Pero cuando murió el nonno, en 2016, vendió las acciones de los hornos.

Los de Murano. Las que eran del bisabuelo Ottone, las del vidrio.

Nadie sabía que todavía tuviera acciones.

Ni mi padre lo sabía, cuando vivía. Las tenía el nonno a su nombre desde los años cincuenta y no se lo dijo a nadie, y a ella se las dejó, y ella las vendió a los dos meses del entierro a una sociedad de Treviso.

—La cafetera empezó a hacer ruido—. Le pregunté cuánto.

Me dijo: lo que valían. Le pregunté dónde estaba el dinero. Me dijo: donde tiene que estar.

—¿Y dónde tiene que estar?

—No lo sé. —Livia apagó el fuego—. Pregúntaselo tú. A ti te habla.

Sirvió dos tazas. Me puso una delante. No le pregunté por Treviso. En ese momento no me pareció importante; en ese momento estaba pensando en otra cosa, y esa otra cosa tenía las manos llenas de serrín.

Hay pistas que una oye y deja en la mesa, al lado de una bolsa de agua caliente, y no las recoge hasta seis meses después.

* * *

—Rema —dijo Livia, como si me hubiera leído el pensamiento—. Mi hermano. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Hasta Burano. Todos los días. A las seis.

Con niebla. —Bebió—. Y luego talla y tira.

Rafi me ha llamado dos veces. Llamarme a mí, ¿te das cuenta?

El aprendiz llamando a la hermana del maestro, que no tiene una conversación de verdad con el maestro desde que murió nuestro padre.

—Dejó la taza—. Me dijo: signora Livia, ha tirado la quinta. Como si fuera un parte de guerra.

—Vino a verme. El lunes. Al taller. Me dijo que me fuera.

—¿Te dijo eso?

—Me dijo que no me quería en esta casa.

Livia me miró por encima de la taza.

—In questa casa —dijo—. ¿Te dijo in questa casa?

—Me lo dijo en español.

—Ya. —Dejó la taza en la mesa—. Clara, mi hermano no ha dicho nunca no te quiero en su vida.

A nadie. Ni a Giulia cuando se fue a Milán, que se lo merecía.

Ni a mi madre cuando volvió de Padua en el noventa y cuatro a pedirnos perdón con un dentista y un descapotable.

Nico no sabe decir no te quiero. No le sale. Lo tiene roto, como la nariz.

—Pues me lo dijo.

—No. Te dijo en esta casa. —Se levantó—. Que es la única manera que tiene un Ardenti de decir tengo miedo. Nombrando la casa.

* * *

Sofia bajó a las seis y media, con la bolsa de la farmacia vacía y los ojos rojos.

—La nonna me ha dado esto —dijo.

Lo tenía en la mano. Un dedal. De plata vieja, ennegrecido, abollado en un lado, del tamaño de la yema de un dedo de mujer.

Me quedé fría.

No era el mismo. No podía ser el mismo: el dedal de Rachele Sacerdoti, el de la lata de membrillo, el de las iniciales R.

S., estaba en Logroño, en la casa de mi abuela, en una caja, con la piedra y la gramática.

Este no tenía iniciales. Lo giré en la mano de Sofia con la punta del dedo, buscándolas. Nada. Plata lisa.

—Dice que era de su madre —dijo Sofia—. De Burano. Del encaje. Que se lo dio a ella cuando se vino a esta casa a los doce años, para que no se pinchara. —Se sorbió la nariz—. Dice que no se lo ha puesto nunca. Que aquí no cosía. Que aquí hacía otras cosas con las manos.

Livia le pasó un brazo por los hombros.

—¿Por qué te lo ha dado, tesoro?

—No lo sé. —Sofia se miró el dedal en la palma—. Me ha dicho que se lo diera a quien tuviera que coser algo que se ha roto. Que ella ya no llega.

Nos miró a las dos.

—¿Qué se ha roto, mamá?

Livia no contestó. Yo tampoco.

Arriba, a noventa y dos escalones, en un cuarto de criada con la ventana al norte, una mujer de ochenta y nueve años que no tenía nada había empezado a repartir lo que no tenía.

Y la primera cosa la había dado a una niña que había aprendido, con un perro, a comer.