Acqua alta Teresa · II
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Teresa · II

Ester:

El domingo cumplí ochenta y nueve años. La española subió una tarta de la pastelería de San Bortolo con una vela, una sola, porque dice que con ochenta y nueve se quema el pastel.

Oxana cantó en su idioma. Yo soplé y no pedí nada.

A mi edad pedir un deseo es pedir un día, y los días me los dan igual.

Me lee tus cartas por las noches. En orden. Lee mal el veneciano y bien el silencio: sabe cuándo pararse. Eso no se aprende, eso viene de tu lado. Tú también sabías callarte en el compás justo.

Te prometí contarte cómo llegaste.

* * *

En septiembre del cuarenta y tres vinieron los alemanes y la casa cambió de olor.

No sé decirlo mejor. Olía a otra cosa. Olía a la colonia del señor, que se echaba más.

Olía a puro, porque el señor empezó a recibir en el salón a hombres que fumaban puros y hablaban de vidrio y de cifras con un acento que no era de aquí.

Olía a miedo en la cocina, donde Nina tosía cuatro veces cada vez que oía botas en la fondamenta.

Y olía a Bepi, que había empezado a ponerse brillantina y una camisa negra los sábados, y a salir por la noche, y a volver con olor a vino y a algo más que no supe nombrar hasta mucho después: a gloria barata.

Alvise no olía a nada. Alvise dejó de tocar el piano.

Eso fue lo primero que noté. El piano del ala norte callado por las tardes.

Le subía el café al despacho y lo encontraba inclinado sobre la mesa de dibujo, sin dibujar, con la regla en la mano, mirando la ventana.

Una vez, en octubre, me preguntó si yo sabía guardar un secreto.

Le dije que sí. Me miró mucho rato, con la pluma blanca encima de la ceja, y me dijo: no, Teresa, nadie sabe; pero a lo mejor tú sabes mejor que otros.

No me contó el secreto. Me pidió que le ayudara a subir un colchón.

Lo subimos una noche de noviembre, a las dos, por la caracola, entre los dos, él delante y yo detrás, sin hacer ruido.

Un colchón de lana de los de la buhardilla.

Lo metimos en su cuarto, el grande, el que había sido de sus padres y que él ocupaba desde que murió la señora Adele, y abrió el armario de nogal, y apartó su ropa, y empujó la pared del fondo. Y la pared se movió.

Yo tenía trece años. Pensé que era magia. Pensé que los ricos tenían paredes que se movían igual que tenían relojes que tocaban música.

Dentro había un cuarto del tamaño de una barca. Olía a polvo y a seda vieja. Alvise metió el colchón, lo extendió en el suelo, puso encima una manta de cuadros y una almohada, y se quedó un momento de rodillas, mirándolo, como se mira una cuna.

Para quién es, le pregunté.

Para alguien que no tiene adónde ir, me dijo.

Y yo pensé que sería para él.

* * *

Llegaste el seis de diciembre, a las tres y veinte de la madrugada.

Lo sé porque yo no dormía. Nina me había mandado a la cocina a vigilar la caldera, que se apagaba, y estaba sentada en el banco con una manta cuando oí la reja del androne.

Bajé con la lámpara. Pensé que era Bepi, que volvía tarde y borracho y que había que ayudarle a subir antes de que lo oyera el señor.

No era Bepi.

Era la barca de Zuane, en los escalones, sin luz. Y Zuane, con sus manos enormes, levantando a alguien desde el fondo de la barca como se levanta un saco. Y Alvise en el agua del primer escalón, con el pantalón mojado hasta la rodilla, cogiendo ese saco en brazos.

Y el saco eras tú.

Con un abrigo de lana marrón que no era tuyo.

Con un pañuelo en la cabeza. Con los zapatos en la mano.

Los dos, de tacón bajo, de piel buena, cogidos por las tiras con dos dedos, para no hacer ruido en la piedra.

Alvise te dejó en el suelo del androne y tú te quedaste de pie, descalza, en las losas heladas, con los zapatos en la mano, mirando la lámpara.

Mirándome a mí.

Te vi antes que nadie, Ester. Antes que el señor, antes que Nina, antes que Bepi.

Te vi a la luz de una lámpara de petróleo que me temblaba en la mano, con los ojos muy abiertos y una ceja con un lunar al lado, y la boca apretada como se aprieta delante de un perro que puede morder.

Yo era el perro. Tenía trece años y una lámpara, y podía morder.

Alvise me miró. No me dijo nada. No hizo falta.

Apagué la lámpara.

Esa fue la primera cosa que hice por ti. Apagar una lámpara. La última, ya lo sabes, fue apagar otra cosa.

* * *

Subimos por la caracola los tres, a oscuras. Alvise delante, tú en medio, yo detrás. Tú subías con una mano en la pared y la otra con los zapatos. Te oía respirar. Respirabas como respiran los que han corrido mucho y tienen miedo de que se les oiga respirar, por la nariz, a trozos.

En el rellano del piano nobile te paraste. Te diste la vuelta. Me miraste en la oscuridad, que yo no te veía pero sabía que me mirabas, y me preguntaste en italiano, muy bajo, con una voz de maestra:

¿Cómo te llamas?

Teresa, te dije.

Gracias, Teresa, me dijiste. Como Alvise. Con mi nombre.

Y luego, porque yo tenía trece años y era de Burano y en Burano el cura decía cosas, te pregunté lo único que me salió:

¿Es verdad que tenéis cuernos?

Te reíste. Bajito, con la mano en la boca, en el rellano a oscuras, con los zapatos colgando. Te reíste hasta que Alvise te puso la mano en el hombro. Fue la única vez que te oí reír en tres meses. Te reíste de mí la primera noche y ya no te volviste a reír.

No, me dijiste. Solo frío en los pies.

* * *

Al día siguiente te subí el agua por primera vez. Una jarra de cinc, a las seis de la mañana, antes de que se despertara la casa. Me abriste el panel desde dentro. Tenías los ojos hinchados y el pelo suelto. Bebiste la jarra entera sin respirar. Me la devolviste vacía.

Mañana a la misma hora, me dijiste.

Te la subí ciento tres mañanas. Las he contado muchas veces, de noche, como cuenta la española los escalones.

Y la ciento cuatro ya no estabas.

* * *

Te dejo, que me tiembla la mano y Oxana dice que no escriba con poca luz.

Te voy a contar una cosa más, pequeña, que no sabías. La noche que llegaste, después de dejarte en el cuarto, bajé a la cocina a vigilar la caldera. Y Bepi estaba allí. Sentado en el banco, en mi banco, con la camisa negra desabrochada y olor a vino, comiéndose un higo.

Me había visto subir.

No a ti. A mí. Había visto subir a la buranela a las tres de la mañana por la caracola, detrás de su hermano. Y se había quedado esperando en la cocina para preguntármelo.

¿Adónde vas tú a estas horas con Alvise, buranela?, me dijo. Con la boca llena. Riéndose.

No le contesté.

Esa noche no.

T.