Acqua alta Capítulo 8 · Las manos de Teresa
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Capítulo 8 · Las manos de Teresa

Las manos de Teresa

—En orden —dijo Teresa—. Del primero al último. Una cada noche. Y no se salte nada, aunque sea una receta de caldo.

Estaba sentada en la cama, con el chal gris y la trenza sobre el hombro, y me señalaba con la barbilla la caja que yo había subido en brazos los noventa y dos escalones: una caja de zapatos de cartón, la misma en la que habían llegado los fajos a Logroño, con las cuarenta y ocho cartas de mi bisabuela dentro, cada una en su sobre, cada sobre con su goma.

—Usted me las mandó en otro orden —dije.

—Yo se las mandé en el orden que le hacía falta a usted. —Se arregló el chal—. Ahora léamelas en el orden que le hacía falta a ella.

* * *

Así empezaron las noches.

Subía a las nueve y media, después de cenar en la osteria, con la caja bajo el brazo y la linterna para la caracola, porque a partir de las nueve Oxana apagaba las bombillas de la escalera por la factura.

Llamaba con los nudillos. Avanti. Me sentaba en la silla del abrigo, después de colgar el abrigo de Alvise con cuidado en la percha de detrás de la puerta, y Teresa me miraba hacerlo cada noche sin decir nada, como se mira a alguien que aprende a doblar bien una bandera.

Abría la caja. Sacaba la carta que tocaba. Leía.

La primera fue la de mayo de 1944, desde Jaca.

No sé cuándo vas a leer esto. Puede que nunca.

La de la ventana con postigo, el patio con el nogal, el agua que baja de las montañas haciendo un ruido de risa.

La leí en el italiano de Ester, con la letra todavía recta, todavía joven, y a la mitad levanté la vista y vi que Teresa movía los labios.

Sin sonido. Solo los labios. Un segundo por delante de mí.

Se la sabía. Se las sabía todas. Setenta y cinco años leyéndolas, o cuarenta y tantos, o los que fueran; de memoria, como se saben las oraciones las viejas que ya no rezan. Y aun así me había pedido que se las leyera.

Paré.

—Siga —dijo Teresa, sin abrir los ojos.

—Se las sabe.

—Me las sé yo. —Silbido—. Quiero oírlas en otra voz. En la mía ya no dicen nada; las he gastado.

* * *

Leí cuarenta y ocho noches. No seguidas: hubo noches que Teresa estaba demasiado cansada, o con fiebre, o que Oxana me esperaba en lo alto de la escalera con la cara cerrada y negaba con la cabeza, y yo me volvía a bajar con la caja.

Pero las leí todas, en orden, de marzo a principios de mayo, y en ese tiempo aprendí más de Teresa Ardenti que en quince meses de puertas cerradas.

Aprendí que se dormía siempre en la misma carta de cada fajo: la de los partos.

Cuando Ester contaba el nacimiento de Luisa en Jaca, gritando un nombre que no podía gritar, o el de Julián en Logroño, en el cuarenta y seis, con una comadrona que olía a anís, Teresa cerraba los ojos y a la mitad ya respiraba con el silbido largo del sueño.

No sé si era el cansancio o si era su manera de no oír eso.

Aprendí que en las cartas de recetas —había muchas; Ester le mandaba recetas de la Rioja como quien manda fotos de un hijo, pochas, patatas a la riojana, caparrones— Teresa se reía. Sin ruido. Con los hombros. Una noche, en la de las pochas, le pregunté de qué se reía.

—Porque nunca supo cocinar —dijo—. En el cuarto, le subía la comida y le preguntaba si estaba buena, y ella me decía que sí, que muy buena, grazie, Teresina.

Y luego encontraba las cáscaras de huevo debajo del colchón, porque no sabía qué hacer con ellas.

—Se rio otra vez, con los hombros—. Cuarenta años en España y aprendió a hacer caldo. Para eso me escribía. Para presumir.

Aprendí que Teresa no lloraba con las cartas tristes.

Ni con la de la denuncia del cuarenta y siete, ni con la de la muerte de Julián Garrido en el setenta y nueve, ni con la del sesenta y seis, la de quémala, Teresina, que no quemó.

Escuchaba esas cartas con la cara de piedra, con las manos quietas, como se escucha un parte del tiempo.

Y aprendí lo de las manos.

* * *

Fue la quinta noche. Teresa se había quedado dormida en la carta del parto de Julián y yo había seguido leyendo bajito hasta el final, porque me había dicho no se salte nada, y cuando terminé y levanté la vista, las manos de Teresa se movían.

Encima de la colcha. Las dos.

No era un temblor. Los viejos tiemblan, y esto no era eso.

Era un movimiento con forma. Las palmas hacia abajo, los dedos un poco curvados, y las manos iban y venían sobre la colcha, en círculos, la derecha en un sentido y la izquierda en el otro, como se mueven las manos de alguien que amasa.

O que remueve algo espeso en un cubo. Iban, venían.

Se paraban. Se levantaban un poco, como si sacaran algo pesado.

Se miraban las palmas, sin ojos, con los ojos cerrados. Y volvían a bajar.

Me quedé quieta, con la carta en las rodillas, mirándolas.

Duró dos minutos. Tres. Luego las manos se aflojaron y se quedaron abiertas, con las palmas hacia arriba, como siempre. Lisas. Brillantes. Sin líneas.

Oxana estaba en la puerta. No la había oído llegar.

—Todas las noches —dijo, en voz baja.

—¿Desde cuándo?

—Desde que yo estoy. Diez años. —Se acercó a la cama. Le cogió una mano a Teresa, con cuidado, y se la miró a la luz de la lámpara—. Antes se ponía guantes para dormir. De algodón. Los compraba en una farmacia de la Lista di Spagna. Dejó de ponérselos cuando murió el señor Bepi.

—¿Por qué?

Oxana dejó la mano de Teresa sobre la colcha.

—No lo sé. —Me miró—. A lo mejor ya no tenía que esconderle nada a nadie.

* * *

A la noche siguiente me trajo Oxana una lata de crema. Una lata redonda, azul, de las de toda la vida, de las que huelen a hospital y a abuela.

—Se la pongo yo cada noche —dijo—. En las palmas. Si no, se le agrietan. —Me la puso en la mano—. Hoy se la pone usted.

No le pregunté por qué. Con Oxana se aprende pronto que los porqués son una cosa de gente que tiene tiempo.

Esa noche, después de la carta —la de junio de 1947, la de la vecina del tercero, mi ha denunciata per due candele, Teresina, per due candele—, abrí la lata y me senté en el borde de la cama.

Teresa abrió los ojos.

—¿Qué hace?

—Lo que hace Oxana.

—Oxana tiene permiso.

—Oxana me lo ha dado.

Teresa me miró. Luego miró la lata. Luego, como se ofrece algo que no se ha ofrecido nunca, sacó la mano derecha de debajo del chal y me la puso en el regazo, con la palma hacia arriba.

Me unté los dedos de crema. Se la extendí.

La piel de la palma de Teresa no era piel.

Era otra cosa. Lisa como el cristal, tirante, más clara que el resto de la mano, sin una sola línea: ni la de la vida, ni la del corazón, ni ninguna de las que leen las gitanas en las ferias.

Setenta y cinco años antes, una niña de catorce había metido esa mano en un cubo de cal viva hirviendo, porque no había paleta, y la había sacado, y se la había mirado a la luz de una lámpara de petróleo, y la había vuelto a meter.

Siete veces. La cal se había llevado las líneas y había dejado esto: un espejo pequeño, gastado, en el que no se podía leer nada.

En la yema del índice, la media luna del anzuelo.

Se la extendí despacio. Con los pulgares. Desde la muñeca hacia los dedos, como me había enseñado Nico a pasar el aceite de linaza por una fórcola terminada: siempre en la dirección de la veta, nunca a contrapelo.

Teresa no apartó la mano. Tenía los ojos cerrados. Respiraba con el silbido.

—Mi madre me ponía aceite de oliva —dijo, sin abrir los ojos—. En Burano. Cuando me cortaba con las redes. Aceite y sal. Dolía más que el corte. —Silbido—. Decía que la sal cura.

—La sal no cura. La sal seca.

—Es lo mismo. —Abrió un ojo—. Usted debería saberlo.

Le cogí la mano izquierda. Se la unté también. Cuando terminé, Teresa se miró las dos palmas a la luz de la lámpara, brillantes de crema, como se mira una a quien le han hecho la manicura por primera vez.

—Grazie —dijo.

Y luego, más bajo, en veneciano, a nadie:

—Gnanca lu el gaveva le man cussì.

Ni él tenía las manos así.

* * *

No le pregunté quién era él. Había tres posibles, y los tres estaban muertos.

Recogí la lata. Metí la carta de 1947 en su sobre y el sobre en la caja. Me levanté. Descolgué el abrigo de Alvise de la percha de la puerta y lo volví a colgar en el respaldo de la silla, que era donde lo quería ella; lo había aprendido la segunda noche.

—Teresa.

—Sì.

—Gino Scarpa me ha contado una cosa.

Teresa no abrió los ojos. Pero las manos, encima de la colcha, se cerraron. Con la crema todavía brillando entre los dedos.

—Gino Scarpa habla demasiado —dijo—. Desde siempre. Cuando era aprendiz hablaba con los ladrillos.

—Me ha dicho que en el androne, debajo de la escalera de servicio, hay una puerta tapiada. Pequeña. A ras del suelo. Que en el sesenta y seis salía agua de dentro. Que el mortero tiene cristal. Que se cortó. —Hice una pausa—. Que el señor Ottone le dijo que esa no se tocaba.

Teresa se quedó muy quieta.

Fuera, en la laguna, una sirena de barco. Larga. Una sola. No la conté.

—Esa puerta la tapió el señor —dijo Teresa.

—¿Cuándo?

—Antes.

—¿Antes de qué?

Teresa abrió los ojos. Me miró. Desde las tres almohadas, con las manos cerradas encima de la colcha y la cara de piedra, la de los partes del tiempo.

—Mañana le toca la de 1948 —dijo—. La del sarampión de la niña. Es larga. Venga temprano.

Y apagó la lámpara de la mesilla, conmigo todavía de pie al lado de la cama, con la lata en la mano.

* * *

Bajé los noventa y dos escalones a oscuras, sin encender la linterna, con la mano en la pared de piedra de la caracola.

En el piano nobile no me paré. Seguí bajando. Los treinta y ocho que faltaban hasta el androne. Al llegar abajo encendí la linterna y la apunté a la pared de debajo de la escalera de servicio, la que da hacia la caja.

Revoco reventado. Sal hasta la cadera, blanca, gruesa, como nieve sucia. Algas negras en el zócalo. Y nada más.

Me agaché. Pasé la yema del dedo por la pared, a ras del suelo, de izquierda a derecha, tomándole el pulso.

A la altura de mi rodilla, debajo de la sal, el revoco cambiaba. Una línea curva, muy leve, que subía y volvía a bajar.

El lomo de un arco.