Acqua alta Capítulo 7 · Rina
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Capítulo 7 · Rina

Rina

—La cama está igual —dijo Rina—. El colchón no. El colchón lo cambié. El tuyo tenía la forma de una persona que duerme con miedo.

Me tiró las llaves desde detrás de la barra.

Las cogí al vuelo, con una mano, sin pensar, y me sorprendió tanto haberlas cogido que me quedé mirándolas en la palma.

Dos llaves de hierro en una anilla, con un corcho de botella de prosecco atado con un cordel para que flotaran si se caían al canal. Las mismas.

—No has alquilado el cuarto —dije.

—Lo alquilé. A un alemán que pintaba acuarelas.

Tres meses. —Rina siguió secando vasos con un trapo de cuadros, sin mirarme—.

Se fue en enero. Dejó el lavabo lleno de pelos de pincel y una acuarela de la Madonna dell’Orto horrorosa, con el campanario torcido.

La tengo en el baño de abajo. —Levantó la vista—.

Desde enero no lo he alquilado. No sé por qué. Cosas de vieja.

Tenía sesenta y siete años, el pelo teñido de un rojo de buzón y unos brazos de haber levantado cajas de botellas durante cuarenta.

La Osteria Ai Do Remi olía como siempre: a vino blanco agrio, a sarde in saor, a fritura de la mañana, a serrín del suelo.

Las mismas mesas de mármol con las patas de hierro.

La misma foto en blanco y negro del marido de Rina, muerto en el noventa y nueve, con un remo al hombro, colgada encima de la caja.

—¿Cuánto? —dije.

—Lo mismo.

—Rina, ha pasado un año.

—Por eso. —Dejó el vaso boca abajo en la repisa—. El año pasado me pagabas para quedarte un rato. Este año, si te quedas, me pagas para quedarte. Es otro precio. Pero es el mismo dinero. No soy una ladrona.

* * *

El cuarto estaba encima de la osteria, subiendo una escalera de madera que crujía en el tercer y en el séptimo escalón.

Una cama de matrimonio con un cabecero de hierro pintado de blanco.

Un armario de luna. Una mesa debajo de la ventana.

Y la ventana, que daba a la Fondamenta degli Ormesini, al canal, a las barcas amarradas, a las casas de enfrente con la ropa tendida en cuerdas de polea de una fachada a otra.

El colchón era nuevo. Lo noté al sentarme.

Puse la maleta encima de la cama. La abrí.

Saqué las cosas que no son ropa y pesan y las fui poniendo en la mesa, en fila, debajo de la ventana.

La libreta roja. La caja de cerillas con los dos cabos de vela.

La piedra del Ebro. El nueve y el tres. La fórcola de roble del tamaño de un pulgar.

Y la Parker, que ya no estaba en la maleta sino en el bolso, al lado del contrato.

La ropa la dejé dentro.

Me quedé mirándola. La maleta abierta en la cama, con la ropa doblada dentro, como estaba en Gante, como estaba en Logroño, como estaba en Venecia en 2017. Como estaba siempre.

Cerré la tapa. No la cremallera. La tapa.

Ya era algo. No sé qué.

* * *

El jueves bajé a la briscola.

No me invitaron. En la Osteria Ai Do Remi nadie invita a nadie a la partida de los jueves; la partida está ahí desde antes de que naciera Rina, en la mesa del rincón junto a la ventana, la que tiene una pata calzada con un posavasos de cartón, y uno se sienta o no se sienta, y si se sienta tiene que saber perder.

Estaban los cuatro. Gino Scarpa, setenta y dos años, albañil jubilado, con las manos como dos herramientas y una gorra de lana que no se quitaba ni para comer.

Toni, el gondolero, ochenta y uno, con el pelo blanco peinado hacia atrás con agua y un pañuelo rojo al cuello, que había remado cincuenta años en San Tomà y se sentaba siempre de lado, como si todavía tuviera un remo en la mano derecha.

El Moro, que había conducido el vaporetto de la línea 52 treinta años y tenía la piel tan morena que nadie se acordaba de su nombre de verdad.

Y Sior Aldo, ochenta y ocho, el ex sacristán de la Madonna dell’Orto, pequeño, encogido, con un audífono que pitaba cuando Rina pasaba con la bandeja de metal.

Me vieron entrar. Dejaron de jugar. Toni bajó la carta que tenía en la mano. El Moro se echó para atrás en la silla. Sior Aldo se ajustó el audífono, que pitó.

Gino me miró la cara. El labio.

—Varda chi che xe qua —dijo—. Mira quién está aquí.

—Bonasera.

—La spagnola. —Gino empujó una silla con el pie, la que sobraba, la del rincón, la que el año pasado era mía los jueves—. Siéntate. Toni ya ha perdido tres manos y está de mal humor. Así ganas tú.

* * *

Jugamos. Perdí. No sé jugar a la briscola; no he sabido nunca.

Sé contar las cartas que salen, que es lo que se hace en los informes, pero no sé decidir qué carta echo, que es lo que se hace en la vida.

El Moro me ganó con un tres de oros. Toni me ganó con el as de bastos. Sior Aldo no jugaba: miraba.

Nadie habló de la pared en las dos primeras partidas. En la tercera, cuando Rina trajo la segunda jarra de vino blanco y la dejó encima de la mesa sin preguntar, Toni carraspeó.

—Xe vero?

¿Es verdad?

Nadie contestó. Toni miró a los otros, uno por uno, buscando apoyo, y no lo encontró.

—Lo dice todo el barrio —dijo—. Que ha salido otra. En el mismo sitio. Y que es de una mujer. Y que la mujer… —Me miró el labio. Se calló.

—Es verdad —dije.

—Madonna.

Sior Aldo se santiguó. Lo hizo rápido, con la mano pequeña y seca, sin dejar las cartas. Luego se ajustó el audífono.

—En el sesenta y seis también lo dijo todo el barrio —dijo el Moro, sin dejar de mirar sus cartas—. Que había salido la cara del viejo. Y no era el viejo.

—Esta sí es ella —dijo Toni—. Mírale el labio.

—Toni —dijo Rina, desde la barra.

—¿Qué? Se lo está mirando todo el mundo. Yo por lo menos lo digo.

Gino no había dicho nada. Echó una carta. Recogió la baza. La puso boca abajo en su montón, cuadrándola con el pulgar, como cuadra un albañil un ladrillo en la hilada.

—Yo pinté esa pared —dijo.

Lo sabían todos. Lo sabía yo. Me lo había contado en noviembre de 2017, en esa misma mesa, con el mismo vino: que en el sesenta y seis, después del agua, el viejo Ardenti lo hizo subir y le pagó el doble por dar dos manos de cal y una de verde encima de la cara, sin picar, deprisa, esa misma semana.

Que la cara se le veía a través de la pintura mientras pintaba. Que no volvió a subir a esa casa.

—Yo pinté esa pared —repitió Gino— y no os conté una cosa.

Toni bajó las cartas. El Moro también. Sior Aldo dejó de tocarse el audífono.

* * *

—Abajo —dijo Gino—. En el androne. El viejo me hizo bajar primero, antes de subir a pintar.

El agua del sesenta y seis había dejado medio metro de barro en el suelo, y había que sacarlo antes de que se pudriera.

Había chavales de la universidad ayudando, angeli del fango, como en Florencia.

Uno era muy alto, muy flaco, con gafas. —Me miró—.

Tu jefe. El Sartor. Tenía diecisiete años.

No lo sabía. Ottavio no me lo había contado nunca.

—Debajo de la escalera de servicio —siguió Gino—, en la pared del androne, a ras del suelo, había una puertecita.

Pequeña. Así. —Hizo con las manos un arco de algo menos de un metro—.

Tapiada. Con ladrillo viejo y un mortero gris.

Y por detrás de la puerta, por las juntas, salía agua.

No la del suelo. Agua que salía de dentro.

Como si detrás hubiera un aljibe lleno. —Se rascó la barbilla—.

Yo pensé: hay que abrir esto y dejar que salga, que si no se va a comer la pared. Cogí la piqueta. Le di una vez.

Levantó la mano derecha. La abrió encima del tapete, entre las cartas, con la palma hacia arriba. En la base del pulgar, en la parte carnosa, tenía una cicatriz vieja, blanca, en forma de ese.

—Me corté —dijo—. Con el mortero. El mortero cortaba como un cristal.

Tenía cristal dentro, molido, verde y azul, de Murano.

Lo vi brillar con la linterna cuando saqué la mano llena de sangre.

—Cerró la mano—. Y el viejo bajó la escalera con el bastón y me dijo: quella no se toca.

Esa no se toca. Y me pagó la semana entera ese mismo día, para que me fuera a pintar arriba y no volviera a bajar.

Nadie dijo nada. Fuera, por el canal, pasó una barca de motor y el agua golpeó la fondamenta.

—Cincuenta y tres años —dijo Gino— y no se lo había contado a nadie. Ni a mi mujer.

—¿Por qué me lo cuentas a mí? —dije.

Gino me miró. Mucho tiempo. Con los ojos de albañil, que son los únicos que miran una pared igual que yo: buscando por dónde se va a romper.

—Porque esa cara ya no es de los muertos —dijo.

* * *

Rina vino a la mesa con un plato de sarde in saor que nadie había pedido y lo dejó en el centro, encima de las cartas. Nadie se quejó.

—Gino, basta —dijo.

—No he dicho nada.

—Has dicho bastante. —Rina me puso la mano en el hombro. La tenía caliente, húmeda del trapo—. No le hagas caso. Desde que se jubiló, cuenta cosas.

—No cuento cosas. —Gino cogió una sardina con los dedos—.

Lo que digo es de oficio. Las caras que salían en esa pared eran de muertos.

El viejo, Alvise, la que sea. Gente que ya estaba quieta.

—Se comió la sardina—. Una pared no sabe hacer una cicatriz nueva, spagnola.

Las cicatrices nuevas se las hace uno. Si esa pared te ha puesto una raya en el labio que te hiciste hace dos meses, esa pared no está mirando para atrás.

Se limpió los dedos en la servilleta de papel.

—Está mirando para delante —dijo—. Y eso, en cincuenta y tres años, no lo había hecho nunca.

* * *

Esa noche, en el cuarto de encima de la osteria, no dormí.

Me senté en la cama, con la maleta cerrada al lado, y abrí en el portátil los planos de Ca’ Ardenti que había levantado en 2018.

La planta del androne, a escala uno a cincuenta.

La caja de la escalera de servicio, la caracola, con sus muros de un metro.

El hueco de Alvise en el piano nobile, encima, dibujado con línea discontinua, uno cuarenta por dos diez, vano occultato.

Y debajo de la escalera, en el androne, en la pared que da hacia la caja, nada.

Había medido ese muro. Lo había fotografiado. Había anotado la eflorescencia en el zócalo, hasta la cadera, blanca como la orilla de un salar. No había anotado ninguna puerta. Debajo de la sal y del revoco reventado y de cincuenta y tres años de algas, no había visto ninguna puerta.

Pero en el plano, entre el androne y el hueco de arriba, en vertical, había seis metros de muro que nadie había abierto nunca. Seis metros que el georradar de Padua no había mirado, porque el georradar de Padua lo apuntamos hacia la pared del dormitorio, que era donde estaba la cara.

Apagué el portátil a las cuatro. Fuera, en el canal, el agua estaba quieta, negra, sin marea. Me acosté vestida, encima de la colcha, y cerré los ojos, y detrás de los ojos seguía viendo el plano, la línea discontinua del hueco y debajo, en blanco, seis metros que nadie había mirado.

Siempre se mira donde está la cara.