Capítulo 6 · Fondazione Rio Terà
Fondazione Rio Terà
—Un año —dijo Ottavio—. Ni un día más. Lo digo antes de que me lo pregunte, para que no tenga que fingir que no lo ha pensado.
Me deslizó el contrato por encima de la mesa. Doce páginas grapadas, con el membrete azul de la Fondazione Rio Terà y el sello redondo de la Soprintendenza en la primera, y en la última una línea en blanco con mi nombre debajo, escrito a máquina, completo, con los dos apellidos.
Dott.ssa Clara Ibarra Garrido.
No lo cogí.
Estábamos en su despacho, en el segundo piso de un edificio de la Fondamenta Zattere que había sido almacén de sal en el siglo XIV y que ahora tenía calefacción por suelo radiante y unos ventanales que daban al canal de la Giudecca, ancho como un río, gris, con un ferry blanco enorme pasando despacio por el fondo como pasa un edificio.
Había llovido toda la mañana. En el cristal, las gotas bajaban torcidas por el viento.
—Ca’ Ardenti: luogo della memoria —leí en voz alta, de la portada—. Progetto di restauro conservativo e musealizzazione del vano occultato del piano nobile.
—El cuarto de Alvise —dijo Ottavio.
—Ya sé lo que es el vano occultato.
—Lo pide la Comunità ebraica desde octubre.
Lo pide el Comune, que ha visto los periódicos.
Lo pide la Soprintendenza, que ha declarado el muro de interés cultural y ahora no sabe qué hacer con él.
—Se quitó las gafas y las limpió con la corbata, como hacía en clase en 2004 cuando una alumna le preguntaba algo que no sabía contestar—.
Un lugar de memoria pequeño. Visitable con cita.
El hueco consolidado y abierto, con un acceso nuevo para no tocar el dormitorio. Una placa. Los dos nombres.
—¿Qué dos nombres?
—Los que usted quiera, Clara. Ese es el trabajo.
* * *
Lo hojeé. Por oficio, porque no puedo no hojear un documento técnico que me ponen delante, igual que no puedo no tocar una pared.
Fases: diagnóstico, consolidación, acceso, musealización.
Equipo: un albañil de restauración, un aparejador de la Soprintendenza, un fotógrafo.
Presupuesto. Plazo: del uno de marzo de 2019 al veintinueve de febrero de 2020.
Me detuve ahí.
El veintinueve de febrero. Un año bisiesto. El último día de febrero de 2020.
Una semana después del plazo de la leyenda.
—¿Quién ha puesto la fecha? —dije.
—El calendario. —Ottavio se volvió a poner las gafas—. Un año de obra empieza el uno de marzo y termina el último día de febrero. No busque lo que no hay.
—Usted me enseñó a buscar lo que no hay.
—Le enseñé a no confundirlo con lo que hay.
Pasé a la página tres. Finanziamento. Un párrafo corto, en italiano de notario, con dos cifras y un nombre que no era un nombre.
Il progetto è interamente finanziato da donazione liberale di benefattore che ha richiesto di mantenere l’anonimato, a mezzo dello studio notarile Dalla Vedova di Treviso.
Levanté la vista.
—El mismo —dije.
Ottavio no contestó.
—El mismo donante. El mismo notario de Treviso. El del estudio de 2017. El que pidió que lo hiciera yo.
—El mismo.
—¿Y también ha pedido que lo haga yo?
Ottavio se levantó. Fue a la ventana. Se quedó de espaldas, con las manos cruzadas detrás, mirando el canal de la Giudecca como lo había mirado en las Zattere la primera noche, en noviembre de 2017, con los bigoli enfriándose en el plato, cuando le pregunté lo mismo y me dio la única respuesta que tenía permiso para darme.
—El proyecto está preparado desde el otoño —dijo—. La condición, desde el viernes.
—¿Qué viernes?
—El viernes.
El veintidós. El día de las tres y doce. El día de la foto.
—Ottavio.
—Me llamaron a las nueve de la mañana. —Siguió de espaldas—.
El notario. Que el benefactor ampliaba la donación para la musealización con una sola condición: que la dirección técnica del proyecto la llevara la doctora Ibarra Garrido.
Si no, la retiraba. —Se volvió—. No me pregunte quién es, Clara, porque no se lo voy a decir.
Le he dicho más de lo que debía. Le he dicho que existe.
—Ya sabía que existía.
—Pues ahora sabe que mira las mismas paredes que usted.
* * *
Me quedé con el contrato en las manos.
Pensé muchas cosas. Pensé en Bortoluzzi y en el operario del lunes y en el cepillo de nailon.
Pensé que con ese contrato la cara de la pared dejaba de ser una eflorescencia en un parche de menos de seis meses y pasaba a ser fenómeno en estudio dentro de un proyecto de musealización, y que con esas palabras se puede parar a un operario, a una funcionaria y a un Estado entero.
Pensé que lo había pensado antes que en Alvise, y me dio un poco de vergüenza. No mucha.
Pensé que alguien, en algún sitio, había leído una foto de las tres y dieciséis de la madrugada y a las nueve de la mañana ya había llamado a un notario.
Pensé en la maleta, en el primer peldaño de la escalera del androne, con la etiqueta del revés.
—¿Lo sabe Nico?
—Firmó en enero. —Ottavio volvió a la mesa—. Los tres firmaron en enero: Nico, Livia y Teresa. Para el proyecto. Nico dijo: per Alvise, quel che volete. Lo que queráis. —Se sentó—. La condición de la dirección es de esta semana. No la sabe nadie de la familia.
—¿Nadie?
Ottavio me sostuvo la mirada un segundo de más.
—Nadie de la familia que yo sepa —dijo.
* * *
Firmé a las doce y cuarto.
No con el bolígrafo de la fundación, uno azul de plástico con el logo de Rio Terà grabado en dorado que Ottavio me había puesto al lado del papel.
Saqué del bolso la Parker de mi bisabuelo.
Negra, con el capuchón dorado mordido. La que mi tío Julián había usado para firmar la venta del calado.
La que me dio en el salón de su casa sin mirarme: Escribe tú lo que te dé la gana.
Pero escríbelo. No lo metas en una lata.
Desenrosqué el capuchón. La pluma raspó un poco en el papel satinado; no estaba hecha para este papel. Escribí Clara Ibarra Garrido con la letra que me sale cuando firmo cosas que no me dan miedo, que no es la misma que me sale cuando firmo cosas que me lo dan. Me salió la segunda.
Ottavio miró la pluma. Firmó él debajo, con la de plástico.
—Bienvenida —dijo—. Otra vez.
—No me quedo, Ottavio. Es un contrato.
—Ya lo sé.
—Un año.
—Ya lo sé. —Recogió las hojas y las golpeó contra la mesa para cuadrarlas—.
Todos sus contratos son de un año. O de seis meses.
Usted no se queda nunca. Lo sé desde 2004, cuando me pidió una carta de recomendación para Oporto antes de terminar el máster.
—Me miró por encima de las gafas—. Por eso me hace gracia que lo diga en voz alta. Antes no le hacía falta.
* * *
Llamé a Hilde desde el vaporetto.
Desde la popa de la línea 2, al aire libre, con el viento del canal de la Giudecca metiéndoseme por el cuello del abrigo y el contrato doblado en el bolsillo del pecho, en el sitio donde una semana antes había llevado otra cosa de papel. Contestó al tercer tono.
—Ja.
—Hilde, soy Clara.
—Ja, ja. Ya sé que eres Clara. Tengo tu número. —Ruido de fondo: una pared golpeada con algo, voces en flamenco, el chirrido de un andamio—. Estás en Venecia.
No se lo había dicho. Le había escrito el viernes por la mañana un correo de tres líneas, asunto familiar urgente, unos días, te llamo, y me había ido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque oigo un barco. Y porque te vi la cara el jueves en la puerta del beaterio. —Pausa. Un golpe de martillo—. Tenías cara de estar en otro sitio. Ahora tienes voz de estar en otro sitio. Es más honrado.
—Hilde, me han ofrecido…
—Un año.
Me quedé callada.
—Un año —repitió Hilde—. Una fundación italiana.
Un muro con una cara. Lo de siempre, contigo.
Ja. —Se oyó una puerta, y luego menos ruido, como si hubiera salido a la calle—.
¿Y qué quieres que te diga? ¿Que no? ¿Que tienes un contrato conmigo hasta junio?
Lo tienes. Firmado. Lo puedo romper en dos minutos con una carta de la gestoría.
—Te dejo colgada.
—Me dejas con las paredes mojadas, que es como estaban antes de que llegaras. Ya se secarán. O no. —Una pausa larga. El viento me metió el pelo en la boca—. ¿Te acuerdas de lo que te dije el primer día? De las beguinas.
—Que podían irse cuando quisieran.
—Que podían irse cuando quisieran y se quedaban igual. —Se rio, una risa corta, flamenca, de nariz—. Vete, Clara. Pero vete a quedarte. No a irte otra vez desde allí. Si me llamas dentro de seis meses desde Lisboa, te cuelgo. Ja?
—Ja.
—Ja, ja.
Y colgó.
* * *
El vaporetto paró en San Basilio, en Sacca Fisola, en la Giudecca.
Subió gente con bolsas. Bajó gente con paraguas.
Yo me quedé en la popa con el móvil en la mano, viendo cómo se alejaba la fachada de la fundación entre la lluvia, hasta que fue una mancha de ladrillo entre otras manchas de ladrillo.
Tenía un contrato de un año para restaurar el cuarto donde murió Alvise Ardenti, pagado por una persona que me había elegido dos veces sin dejarme verle la cara.
Tenía una cara que no era mía en una pared que no era mía, y un año, o cincuenta y una semanas, para entenderla.
Y tenía, en el bolsillo del pecho, un papel que decía que me quedaba.
Me lo toqué por fuera del abrigo. Como antes tocaba la carta.
Pesaba menos. No me lo creí.