Acqua alta Capítulo 5 · Ladrillo nuevo
11%

Capítulo 5 · Ladrillo nuevo

Ladrillo nuevo

Lo primero que hice fue buscar la herramienta.

No la sal. No la cara. La herramienta. Me arrodillé delante del rectángulo de ladrillo nuevo a las siete y media de la mañana del martes, con la lámpara de luz rasante, una lupa de diez aumentos y la linterna frontal puesta en la frente como una minera, y busqué la marca de un punzón, de una aguja, de un bisturí, de una uña.

Cualquier cosa que hubiera arrastrado los cristales en diagonal hacia la nariz.

Una línea de sal más densa, de un centímetro y medio, en el sitio exacto donde yo tengo la cicatriz, solo puede hacerla una de dos cosas: la sal o una mano.

Y en Venecia solo había un hombre que me hubiera visto la cicatriz antes del veintidós de febrero. Uno solo. Que tenía la llave de la casa. Que tenía las manos más precisas que he visto en mi vida. Que subía todos los días a mirar la pared.

Lo pensé. Lo pensé entero, de principio a fin, en el tiempo que tarda en encenderse una lámpara. Y me dio tanta vergüenza haberlo pensado que me puse a trabajar el doble de deprisa para que el pensamiento no tuviera dónde sentarse.

No había marca.

Los cristales de la línea estaban intactos.

Agujas de sal finísimas, de medio milímetro, crecidas en vertical desde la superficie del ladrillo, apretadas unas contra otras como la hierba de un campo.

Una sola pasada de cualquier cosa las habría tumbado, y las tumbadas no vuelven a levantarse.

Estas estaban de pie. Habían crecido ahí.

Solas. Hacia dentro, más densas que las de alrededor, en una franja estrecha y diagonal que cruzaba la cara de un ladrillo sin respetar la junta.

Las fotografié desde la izquierda. Desde la derecha. Desde arriba, con la lámpara a ras. Con la lupa pegada al objetivo del móvil.

Luego me senté en el suelo de terrazo con la espalda contra la cama del dosel y me quedé mirando la pared, y me pedí perdón a mí misma en voz baja, en español, por lo de la herramienta.

No se lo conté nunca a Nico. Esto tampoco lo sabe.

* * *

Lo segundo que hice fue lo que sé hacer.

El dormitorio de Ca’ Ardenti está en el piano nobile, a cinco metros y pico por encima del nivel medio del agua.

Ninguna marea de las últimas décadas, ni siquiera la del sesenta y seis, ha subido hasta aquí.

Y sin embargo la pared norte florece. Lo había explicado en mi informe de 2018, con gráficos: el muro norte es un muro de carga de ladrillo macizo, de casi un metro de grueso, que baja sin interrupción hasta los cimientos, hasta las tablas de alerce y los pilotes de roble clavados en el barro de la laguna hace seiscientos años.

Es una esponja vertical. El agua salada entra por abajo, por la base, por las juntas del zócalo del androne; sube por capilaridad, por los poros del ladrillo, por los capilares del mortero, despacio, centímetro a centímetro, durante meses; y arriba, donde la pared da a una habitación cerrada y seca, se evapora.

Y al evaporarse deja lo que llevaba disuelto: cloruros, sulfatos, nitratos.

Sal. La sal cristaliza en la superficie, o justo debajo, y empuja, y revienta el revoque, y florece.

Eso es la eflorescencia. Eso es lo que me pagan por mirar.

Lo que había cambiado en diciembre de 2018 era el material.

Saqué el higrómetro de contacto. Medí la humedad del ladrillo viejo de la pared, el de 1450, a la izquierda del rectángulo: veintidós por ciento. Medí el mortero viejo de las juntas: veinticuatro. Medí el ladrillo nuevo de diciembre: treinta y uno. Medí el mortero nuevo de cal: treinta y ocho.

Treinta y ocho.

El mortero de cal fresco es lo más poroso que se puede poner en una pared.

Es lo que yo había recomendado. Es lo que se recomienda en todos los manuales: que el muro respire, que la humedad salga por donde tiene que salir, que el parche sea más débil que la pared para que se sacrifique él y no ella.

Un mortero de sacrificio. Un pulmón. Tenía dos meses.

Todavía no había terminado de carbonatar; todavía estaba blando por dentro, abierto, con los poros como bocas.

Y el jueves veintiuno de febrero hubo una marea de ciento diez.

No es nada para Venecia. Pero el agua entró por el androne, subió por el muro, llegó al piano nobile en el punto de menor resistencia, y el punto de menor resistencia era mi parche.

La sal no eligió mi cara. Eligió mi mortero.

* * *

Lo escribí así en la libreta, con esas palabras, y lo subrayé dos veces.

Luego hice lo demás. Raspé con el bisturí una muestra de eflorescencia de la frente, otra de la ceja, otra de la línea del labio, y las metí en tres tubos con tapón de rosca y las rotulé.

Medí la conductividad de la superficie con el aparato de la fundación.

Hice un mapa de la cara en papel milimetrado, a escala uno a uno, con un lápiz blando: cada mancha de sal, cada sombra, cada vacío.

Lo superpuse a la retícula de las juntas.

Y la cara se deshizo en el papel.

Siempre se deshace. Esa es la parte que no le cuento a nadie y que es la que más me gusta de mi oficio: cuando calcas una cara de sal en un papel milimetrado, deja de ser una cara.

Los ojos eran dos ladrillos más absorbentes que los de alrededor, con más sal en el centro y menos en los bordes, como ojeras.

La boca era una junta horizontal donde el mortero había quedado un poco hundido, y la sal se había acumulado en la sombra.

La frente estrecha era la parte de arriba de un ladrillo bien cocido, más liso.

El pelo recogido era la textura de un ladrillo de cara rugosa, de los que salen así del molde.

La pinza era un grumo de cal en una junta vertical.

Era sal sobre ladrillo nuevo en una pared vieja.

Era el cerebro humano buscando una cara donde hay una retícula, porque el cerebro humano está hecho para eso, para buscar caras, para no morirse de hambre ni de miedo en una cueva.

Era mi cerebro. Que se había pasado seis semanas mirándose la cicatriz en el espejo del baño del Patershol.

Todo menos la línea.

La línea no tenía junta. La línea no tenía grumo.

La línea atravesaba en diagonal un ladrillo de cara lisa, uno de los mejores del parche, por la mitad, sin ninguna fisura debajo; lo comprobé con la lupa, con el bisturí, con la uña.

El ladrillo estaba entero. Sano. La sal había crecido más espesa en esa franja como crece la escarcha en la raya que ha dejado un dedo en un cristal empañado.

Pero no había dedo. Y no había raya.

En la libreta, debajo del subrayado, escribí: Línea diagonal labio sup. izdo.: sin explicación material. Revisar.

Lo taché.

Lo volví a escribir.

* * *

—Bella —dijo una voz detrás de mí.

Me volví. En la puerta del dormitorio, con un abrigo de plumas color mostaza, una carpeta de la Soprintendenza contra el pecho y las gafas rojas sobre la nariz, estaba la doctora Bortoluzzi.

—Bella e inutile —añadió—. Como todas las eflorescencias.

No la había oído subir. Nadie oye llegar a nadie en esa casa; es como si el agua se tragara los pasos. Entró. Se plantó delante de la pared, a mi lado, con la cabeza ladeada, y miró la cara como se mira un cuadro en una subasta que no te vas a poder permitir.

—Se parece a usted.

—Se parece a cualquiera.

—No. —Las gafas rojas me miraron a mí, luego a la pared, luego a mí—. Se parece a usted. Tiene hasta la… —Se tocó el labio con el dedo enguantado—. ¿Cómo se lo hizo?

—Con una barandilla.

—Ah. —No preguntó más. Se agachó delante del parche, sin tocarlo, y miró la línea con un ojo cerrado—. Bueno. El lunes viene un operario a cepillarla.

—No.

—Es el protocolo. Eflorescencia en un parche de menos de seis meses: cepillado en seco y control de humedad. Lo dice su propio informe, doctora Ibarra. —Se incorporó—. Página cuarenta y uno.

—Ya sé lo que dice mi informe.

—Entonces sabe que hay que cepillarla.

—Es un fenómeno en estudio —dije.

Me salió solo. La frase de los papeles. La que se pone en los andamios para que no toque nadie lo que no se entiende.

Bortoluzzi me miró por encima de las gafas rojas.

—¿Y quién lo estudia?

—Yo.

—¿Con qué contrato? —Sonrió, sin mala intención; con la intención exacta de una funcionaria que lleva treinta años diciendo que no—.

Su contrato con Rio Terà terminó en abril del año pasado, doctora.

La casa es de los Ardenti, el parche es de la Soprintendenza y la pared es del Estado italiano desde que la declararon de interés en marzo.

Usted es una ciudadana española de visita.

—Me tendió la mano—. Encantada de verla otra vez. El lunes viene el operario.

Me dio la mano. La tenía caliente. Se fue.

* * *

Me quedé sola en el dormitorio con mi cara.

Le quedaban seis días. Seis días y un cepillo de cerdas de nailon en manos de un operario de la Soprintendenza que no sabría nada de nadie, que la quitaría en cuatro pasadas, en diez minutos, silbando, y la echaría en una bolsa de plástico, y la bolsa a un contenedor de Mestre, y el contenedor a un vertedero donde la lluvia la disolvería otra vez en agua salada y volvería a la laguna, y de la laguna subiría por otro muro, a otro piso, a otra cara.

Seis días. Y después, según la leyenda, otros trescientos cincuenta y tantos.

Abrí la libreta por una página en blanco. No sé por qué lo hice. Lo hice como hago todo, con letra de informe, con las fechas en números.

Cara C. I. G. Aparición: 22-02-2019, 03:12 aprox. Marea: 110 cm. Rasgo distintivo: cicatriz labio sup. izdo., 1,5 cm, diagonal. Plazo según la tradición local: 22-02-2020.

Lo miré un rato. Era el tipo de frase que escribo cien veces al año: el plazo de garantía de un revoque, la fecha de revisión de un consolidante, la caducidad de una muestra.

No lo taché.

Fuera, en el rio, sonó una sirena. Una sola. Larga. Me quedé quieta con el lápiz en la mano, contándola.

Era un barco.