Teresa · I
Ester:
Te contesto con treinta y tres años de retraso, que en esta casa es ser puntual.
Anoche me leyeron tu carta en el escalón, como pediste.
La leyó la nieta de tu hija, la que tiene tu boca y una raya encima.
La leyó en italiano, mal, y yo le corregía las palabras de la cal sin querer, porque esas palabras las tengo en las manos y las manos no saben callarse.
Tú también la habrías corregido. Tú corregías a todo el mundo.
A Alvise le corregías los dedos; a mí, las haches.
No le dije nada. Ya lo sabrás, si sabes algo donde estés.
Ella esperaba que dijera algo y yo me callé.
No por maldad. Me callé porque me lo pediste tú, en la primera carta, la de mayo del cuarenta y cuatro: si me quieres un poco, no me cuentes nada de la casa.
Te quise un poco. Te quise mucho. Me he callado setenta y cinco años.
No voy a empezar a desobedecerte ahora, delante de una desconocida, en un escalón mojado.
Pero a ti sí te voy a contar. Ya estás muerta. A los muertos se les puede desobedecer, que para eso se mueren.
Te voy a contar la casa.
* * *
Llegué en marzo de 1942, con doce años y un zapato roto.
Mi padre se había ahogado en noviembre, en la laguna, a la altura de Mazzorbo, una noche de niebla, con la barca llena de moèche.
Lo encontraron a los cuatro días, enganchado a una bricola, con los ojos abiertos.
Mi madre se quedó con la barca, con cuatro hijos y con una tos.
Yo era la mayor. En Burano no había nada para una niña de doce años más que el encaje, y el encaje se paga a céntimos y deja ciega.
Nina, la cocinera de los Ardenti, era prima de una vecina.
Dijo que en la casa buscaban una chica para todo. Que comía bien. Que dormía en cama.
Mi madre me lavó el pelo con agua de lluvia, me hizo una trenza y me subió a la barca.
Me trajo ella misma, remando, hasta la puerta de agua de la Sensa.
Tardamos tres horas. No me dijo nada en todo el camino.
Al llegar, me ató el zapato roto con un cordel, me dio un beso en la frente y me dijo: no mires a los señores a los ojos y no toques lo que brilla.
No la volví a ver en un año.
* * *
El señor me recibió en el salón. Sentado en el sillón verde, con el bastón entre las rodillas. Tenía cincuenta y siete años y parecía de cien, porque los hombres que mandan parecen siempre más viejos de lo que son, para que no se les discuta.
No me miró a la cara. Me miró las manos.
Me hizo enseñárselas, las palmas, como se enseñan en el colegio para ver si están limpias.
Me las cogió con las suyas, que eran blandas y estaban frías, y me pasó el pulgar por la yema del índice, por la cicatriz del anzuelo que me hice a los ocho años en la barca de mi padre.
Manos de pescadora, dijo. Servirán.
Eso fue todo. Servirán. Lo pienso a veces, de noche. Que la primera palabra que oí en esta casa la dijo de mis manos. Y que tenía razón.
* * *
Había tres hombres en la casa, además del señor. Te los enumero porque tú los conociste después, ya hechos, y yo los vi antes.
Estaba Bepi, que tenía dieciocho años y pisaba fuerte por los pasillos para que se supiera dónde estaba.
Que se reía con la boca abierta. Que robaba higos secos de la despensa y me daba la mitad, y me tiraba de la trenza, y me llamaba buranela como si fuera un nombre bonito.
Que me enseñó a fumar a escondidas en la altana y se rio cuando tosí.
Estaba Alvise, que tenía veintitrés y una pluma blanca encima de la ceja, y estudiaba para hacer casas en un sitio de Venecia que se llamaba IUAV, y tocaba el piano en el ala norte por las tardes con la puerta cerrada.
Que me daba las gracias cuando le subía el café.
Que me preguntó, la primera semana, cómo se llamaba mi padre, y cuando le dije que se había ahogado, se quedó callado y luego dijo: lo siento, Teresa.
Con mi nombre. Nadie en esa casa decía mi nombre.
Y estaba Zuane, el barquero, que no vivía en la casa pero entraba y salía por el agua como si fuera suya, y que tenía las manos más grandes que he visto nunca.
Ya sé lo que estás pensando. Que me enamoré de Alvise. Todas las niñas de las novelas se enamoran del hermano que toca el piano.
No. Me enamoré de Bepi.
Alvise era bueno con todo el mundo, Ester, y eso a una niña de doce años no le sirve de nada. Bepi era malo con todo el mundo menos conmigo.
Eso, a los doce años, es amor. A los ochenta y nueve también, si te descuidas.
* * *
Me dieron el cuarto de arriba, el último, el de la ventana al norte.
El mismo donde te escribo. He vuelto a él al final, como vuelven los gatos a morirse donde nacieron.
Desde la ventana se ve San Michele. Lo primero que vi desde aquí, la primera noche, con el zapato roto todavía puesto porque no sabía si me iban a echar por la mañana, fue la tapia del cementerio.
Pensé que mi padre estaba allí. No estaba.
A los de Burano los entierran en Burano.
Pero yo eso no lo sabía, y me quedé mirando la tapia hasta que me dormí, sentada en la cama, con la frente en el cristal.
Llevo setenta y siete años mirando esa tapia, Ester. Sigo sin saber quién hay dentro.
* * *
Te voy a escribir aquí. En este cuaderno de tapas negras que me ha comprado Oxana en la papelería de la Strada Nova, sin preguntar para qué.
Te voy a escribir la casa, que es lo que no te conté.
Despacio. Con la letra de vieja, que se me tuerce.
Con los ojos que ya no ven y que no hacen falta para esto, porque esto lo tengo escrito en otro sitio.
No sé si llegaré al final. Tengo ochenta y ocho años y una pared que ha vuelto a florecer.
Pero tú tampoco sabías si llegarías, y escribiste once hojas.
Mañana te cuento cómo llegaste tú. Con los zapatos en la mano. Te vi antes que nadie. Eso tampoco lo sabes.
T.