Capítulo 4 · Puerta verde
Puerta verde
—No está —dijo Rafi, y se puso delante de la puerta.
Delante de la puerta verde. Con los brazos un poco separados del cuerpo, como se pone un portero de fútbol sala que no sabe si le van a tirar a la derecha o a la izquierda.
Tenía veinte años, una sudadera gris con capucha llena de serrín, unas gafas de protección subidas a la frente y la cara de alguien que ha ensayado una frase toda la noche y se da cuenta, al decirla, de que es mentira.
Detrás de él, a través del cristal sucio de la puerta, se oía la escofina. Ras. Ras. Ras. El ruido de la madera dura cediendo a la lima, un ruido que yo conocía mejor que el de mi propio nombre.
—Rafi.
—Me ha dicho que si viene le diga que no está. —Se le puso roja la punta de las orejas—. Se lo digo. Ya está. Ya se lo he dicho.
—Gracias.
—Prego.
No se apartó. Yo tampoco me moví. Estábamos los dos en la fondamenta de Castello, a dos calles del Arsenal, a las diez de la mañana del lunes, con el squero de al lado oliendo a brea y una barca de la basura pasando por el canal con el motor al ralentí. La escofina, dentro, no se paró.
—Me escribiste que remaba —dije.
—Rema por las mañanas. —Rafi miró por encima de su hombro, hacia el cristal—. Ahora talla.
—¿Qué talla?
—Una para Ernesto. La de San Tomà. La vieja se le ha rajado. —Se mordió el labio—. La lleva haciendo tres semanas. Una fórcola de gondola la hace en cinco días.
—¿Y por qué tarda tanto?
Rafi me miró. Tenía los ojos muy negros y muy serios, de chico que se ha hecho mayor demasiado deprisa en un taller con un hombre que no habla.
—Porque la empieza y la tira —dijo—. Ya van cuatro.
* * *
Me aparté de la puerta. Rafi soltó el aire.
—No voy a entrar —dije—. Tranquilo.
—No estoy intranquilo.
—Estás delante de la puerta como un buttafuori.
Se rio. Fue una risa corta, de nariz, que se le escapó sin permiso. Luego se puso serio otra vez y se apartó medio paso.
Y la puerta se abrió por dentro.
* * *
Nico no me miró.
Esa fue la primera cosa. Salió con una fórcola a medio desbastar en la mano izquierda y la escofina en la derecha, con el delantal de cuero lleno de virutas pálidas de nogal, la camisa remangada, los antebrazos blancos de polvo de madera hasta el codo.
Se paró en el umbral. Miró a Rafi. No a mí. A Rafi.
—Te go dito che no ghe so.
Te he dicho que no estoy. En veneciano.
—Ghe lo go dito, maestro.
Se lo he dicho.
—E alora?
¿Y entonces?
Rafi no contestó. Nico se quedó un segundo en el umbral, mirándole, con la fórcola en la mano. Luego, por fin, porque no le quedaba más remedio, porque yo estaba a un metro y medio y no había otro sitio adonde mirar en esa fondamenta, me miró.
No a la cara. Al labio.
Se quedó ahí. En la raya blanca. Igual que se había quedado Oxana, igual que Teresa, igual que Ottavio. Pero él no estaba mirando una cicatriz. Él estaba mirando un trozo de su propio pulgar, puesto encima de mi boca un domingo de sol en un andén de los Pirineos.
Te va a quedar marca.
Algo le pasó por la cara. No sé qué. Fue muy rápido, como cuando una gubia resbala en un nudo de la madera y se va por donde no debe y uno la corrige antes de que nadie lo vea. Lo corrigió. Volvió a ser madera.
—Buongiorno —dijo.
* * *
—Vine a decírtelo —dije—. Que estoy aquí. Para que no te enteraras por la etiqueta de una maleta.
—Ya me enteré por la etiqueta de una maleta.
—Ya lo sé. Por eso vengo.
Nico se apoyó en el marco de la puerta. Rafi, a su lado, no sabía dónde meterse; acabó metiéndose las manos en el bolsillo de la sudadera y mirando al canal como si en el canal hubiera algo urgente.
—Le has llevado la carta —dijo Nico.
—Anoche.
—En el escalón.
—En el escalón.
—Bien. —Se miró la fórcola. Pasó el pulgar por el codo de la madera, por la curva donde apoya el remo—. Ya está hecho, entonces.
—Nico.
—Ya has traído lo que tenías que traer. —Levantó la vista—. Ya puedes irte.
Lo dijo sin rabia. Eso fue lo peor. Lo dijo como dice un remèr el precio de una fórcola: un número, sin adjetivos, el que es.
—No he venido solo por la carta.
—¿No?
—Hay una cara en la pared.
—Ya lo sé que hay una cara en la pared. —Ahora sí se movió algo. Muy poco. La mandíbula—. La he visto. Todos los días. Subo todos los días a ver si se ha ido. —Se calló. Apretó la fórcola—. No se va.
—Por eso me quedo.
—Por eso te vas.
* * *
Nos quedamos así. Él en el umbral. Yo en la fondamenta. Un metro y medio de piedra de Istria entre los dos. La misma distancia que en el andén, más o menos; un poco menos. Me di cuenta de que la estaba midiendo y me odié.
—La última vez que salió una cara en esa pared —dijo Nico, en español, para que Rafi no lo entendiera, aunque Rafi entendía el español mejor de lo que decía—, el hombre de la cara estaba dentro.
Muerto. Sentado. Desde hacía setenta y cuatro años.
—Dejó la escofina en el poyete de la ventana—.
Y la anterior, en el sesenta y seis, el viejo se sentó en un sillón a mirarla y se murió en tres meses.
—Tú no crees en eso.
—No. —Me miró—. Yo no creo en nada. Yo hago fórcolas.
—Entonces…
—Pero la última vez la cara era la mía. Eso creíamos.
Y tú me dijiste que era sal, que era pareidolia, que era humedad, y me abriste un muro, y dentro había un muerto.
—Respiró—. Y ahora la cara es la tuya. Y tú me vas a decir que es sal.
Y a lo mejor es sal. Lo más seguro es que sea sal.
—Bajó la voz—. Y me da igual. No te quiero en esa casa.
Lo oí. Lo oí bien. Pero lo que oí no fue lo que dijo. Lo que oí fue no te quiero, y luego, muy lejos, como en otra habitación, en esa casa.
Sé que eso es lo que oí porque contesté a lo primero.
—Me dijiste en el andén que no me lo ibas a pedir.
—Y no te lo pido.
—Me dijiste que no era culpa mía.
—Y no lo es. —Se le quebró algo. No la voz.
Algo detrás de la voz—. Me dijiste que no esperara.
Que no te llamara a las diez. Que no fuera a ningún sitio.
Y te hice caso, Clara. Por primera vez en mi vida le hice caso a alguien.
He remado hasta Burano todas las mañanas para no subir a la altana a las diez de la noche.
—Se le vio la nuez subir y bajar—. Y ahora vienes tú, con una maleta, una semana después, y me dices que te quedas. Por una pared.
—No es por una pared.
—¿Por qué es, entonces?
No contesté.
No contesté porque no lo sabía. O porque lo sabía y no tenía palabras de oficio para decirlo, y sin palabras de oficio yo no sé decir nada.
Nico asintió. Como si eso también fuera un precio.
—Rafi —dijo, sin dejar de mirarme—. Dentro.
Rafi se fue dentro. Al pasar a mi lado, no me miró.
* * *
—No es seguro —dijo Nico—. Lo de la cara. Cuando aparece. Esa casa no es segura.
—Lo de la leyenda es mentira. Lo sabes mejor que nadie. Alvise no murió por una cara. Ottone no murió por una cara. Las muertes de esa casa tienen nombre y apellido.
—Sí. —Me miró—. Y uno de los nombres es el mío.
—Tú no…
—Mi bisabuelo lo emparedó. Mi abuela le pasó el mortero. —Se tocó el pecho con dos dedos, encima del delantal, en el sitio donde yo me había tocado en el andén—. Está aquí. Lo llevo aquí. Me lo enseñaste tú.
Era mi frase. Del andén. Me la había devuelto entera, con el gesto y todo, y me había dado en el mismo sitio.
Se dio la vuelta para entrar.
—Nico.
Se paró con la mano en la puerta verde.
—¿Estuviste anoche? En el puente.
No se volvió.
—No —dijo.
Y cerró la puerta.
* * *
Me quedé en la fondamenta. Al cabo de un minuto, dentro, volvió a sonar la escofina. Ras. Ras. Ras. Más deprisa que antes. Más fuerte. Una lima no tiene por qué hacer tanto ruido.
Eché a andar hacia el Arsenal. Llevaba diez metros cuando oí la puerta otra vez, y unos pasos que corrían detrás de mí, unas zapatillas de deporte sobre la piedra.
Rafi. Sin gafas en la frente, con la capucha medio puesta, con la respiración entrecortada.
—Signora.
—Rafi, no hace falta.
—Sí hace falta. —Se paró delante de mí. Miró hacia atrás, hacia el taller. Bajó la voz—. Anoche volvió a las doce y media. Yo me había quedado a dormir en el banco porque perdí el último tren a Mestre. Le oí subir.
—Rafi.
—Tenía los pantalones mojados hasta las rodillas. —Me miró—. No había marea, signora. La marea era baja. Para mojarse así, hay que estar mucho rato de pie en un sitio donde el agua salpica. Un puente bajo. Una fondamenta sin barandilla. —Se encogió de hombros—. No sé. Yo no sé nada. Yo solo barro.
Se dio la vuelta y volvió corriendo al taller.
Yo me quedé en mitad de la fondamenta, con la mano en el bolsillo del pecho, vacío. Delante, el canal de los astilleros, gris, quieto. Detrás, a dos calles, una puerta verde con un hombre dentro tirando su quinta fórcola de la semana.
Me había dicho que no.
Había mentido mal. Con la voz de las mentiras de su familia: la del compás treinta y uno.