Acqua alta Capítulo 3 · El último escalón
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Capítulo 3 · El último escalón

El último escalón

—Si se le cae al agua —dijo Ottavio—, no se tire detrás. Es una orden.

No me había dado un abrazo al llegar. Me había dado la mano, y luego, con la mano todavía cogida, me había mirado el labio, y había apretado un poco, y me había soltado.

—No se va a caer —dije.

—Ya lo sé. Por eso lo digo. —Miró el agua—. Las cosas que no se van a caer son las que se caen.

* * *

Eran las once y treinta y cinco de la noche del domingo veinticuatro de febrero.

La marea bajaba. Lo notaba en el ruido: el agua del rio ya no golpeaba la puerta de agua, la lamía, y cada lamida era un poco más corta que la anterior, como la respiración de alguien que se va quedando dormido.

Los tres escalones de piedra de Istria que bajan desde el umbral del androne hasta el rio estaban fuera, mojados, negros, verdes de algas en los bordes.

El cuarto escalón también. El quinto asomaba a ratos, cuando el agua se retiraba, como el lomo de un animal.

El último que se moja. El quinto.

Me senté en el cuarto. Con los pies en el quinto. El agua me cubría la suela de las botas y se retiraba, y me la cubría otra vez.

Detrás de mí, en el androne, Oxana había bajado a Teresa.

No por la escalera principal. Por la caracola de servicio, los noventa y dos escalones más los treinta y ocho que hay del piano nobile al androne, con Teresa en brazos, envuelta en dos mantas, con la cabeza apoyada en su hombro como se apoya la de una niña dormida.

Bajó sin linterna. Yo iba detrás con la de Ottavio, alumbrándole los pies, y no le hizo falta.

Conocía cada escalón con la planta de los pies, igual que lo conocía mi bisabuela la noche que lo bajó sin correr.

Habían puesto una silla de mimbre a dos metros de la reja, sobre un palé de madera para que las patas no tocaran el agua que quedaba en las losas.

Oxana sentó a Teresa en la silla. Le metió las mantas por debajo de las piernas.

Le puso un gorro de lana en la cabeza, un gorro de niño, azul, con una borla.

Teresa la dejó hacer, con las manos en el regazo, con las palmas hacia arriba, sin protestar.

Luego Oxana se retiró al fondo, a la oscuridad, junto a la escalera, y se quedó allí de pie. No se fue. No se iba nunca.

Ottavio apagó la lámpara.

—Lea con la del móvil —me dijo—. Que no le dé a ella en los ojos.

* * *

Saqué la carta.

El sobre crema, con la palabra en el anverso. Teresina. Y debajo, con la misma tinta, Non spedita. Saqué las once hojas. Las desdoblé sobre las rodillas. Encendí la linterna del móvil y la tapé con dos dedos para que la luz saliera roja, débil, solo lo justo para ver la letra.

La letra de mi bisabuela. Inclinada a la derecha, apretada, de maestra de piano. Que se iba cayendo del renglón a medida que avanzaban las hojas, como se cae una persona cansada en una silla.

No la iba a leer en español. Lo había decidido en el avión.

La había traducido yo en el calado, en febrero, con el diccionario y con Nico al lado corrigiéndome los venecianismos, y la traducción estaba bien, era exacta, era profesional.

Pero no era suya. Ester se la había escrito a Teresa en su idioma.

En el de las dos. En el de la cocina de Ca’ Ardenti, en el de la nana.

Respiré.

—Teresina —leí.

El agua me cubrió la suela de las botas.

—Ti ho mentito quarantadue anni. Non con quello che ti ho scritto. Con quello che no.

* * *

No voy a contar la carta otra vez. La conté una vez y con eso basta; quien la haya leído ya la lleva puesta, como la llevo yo.

Voy a contar lo demás.

Que mi italiano no era bueno. Que tropecé en saccone, en mastello, en calce viva, y que en cada tropiezo, desde la silla de mimbre, a mi espalda, una voz pequeña me corregía la palabra sin que yo se lo pidiera.

Mastèlo. Calsina. En veneciano, no en italiano.

Como se la habría dicho Ester. Como se la dijo, quizá, en un cuarto de dos brazos de ancho, en 1943, una niña de Burano a una mujer embarazada que no sabía cómo se llamaban las cosas de una obra.

Que me temblaba la voz en la primera hoja y no en la segunda.

Que en la tercera, cuando la carta llega a la cal —e la calce bollì—, se me olvidó taparme la luz con los dedos y la luz blanca salió y le dio a Teresa en las manos, y vi que las tenía cerradas.

Las dos. Los puños apretados encima de la manta, tan apretados que los nudillos parecían de sal.

Que en la quinta hoja, en el rio, al otro lado del agua, en la fondamenta de enfrente, alguien se paró.

No lo vi. Lo oí. Unos pasos que venían por la piedra, de la parte de la Madonna dell’Orto, y que se pararon a la altura del puente.

Y ya no se movieron. Me quedé un segundo callada.

Detrás de mí, Ottavio también se calló, aunque no decía nada.

Delante, en la oscuridad del rio, un farol de la otra orilla temblaba en el agua.

Seguí leyendo.

—E gridò il mio. Una volta. Solo una. Ester. E dopo un’altra parola. Una sola. Corta.

Teresa hizo un ruido.

No fue una palabra. Fue un ruido de garganta, de aire que se atasca.

Lo oí detrás de mí, a dos metros, y no me volví.

Leí lo de vai y lo de no. Leí lo de las dos sílabas.

Leí lo de que desde abajo suenan igual. Lo leí con la voz de técnica, menos mal, porque si llego a leerlo con la otra no lo termino.

Las sirenas no sonaron. No había marea. Solo el agua lamiendo el quinto escalón, cada vez más abajo.

* * *

Leí la escalera. Leí el bastón cruzado. Leí o lui resta, o lei non esce, y lo leí en el italiano limpio de los negocios, como dice la carta que lo dijo él. Leí los tres golpes de la niña en la tripa. Leí non ho corso. Leí la lona, la sandola, Zuane, el agua que no se lleva los ruidos y los tapa.

Leí el andén. Las cuatro noches. El papel en el bolsillo.

Leí lo de perdonami tu a te.

Y en la última hoja, con la letra ya casi tumbada, leí lo del escalón. Che la porti alla porta d’acqua e la legga ad alta voce, piano, sull’ultimo gradino, quello che si bagna. Allí sabe adónde llevarlo.

Y lo último.

—L’ho lasciato gridare, Teresina —leí—. E me ne sono andata. E sono stata felice.

Me paré. El agua ya no me tocaba las botas. Se había retirado del quinto escalón y lo había dejado brillando.

—Le due cose —leí—. Sempre le due cose.

—Ester.

* * *

Nadie dijo nada.

Ottavio no se movió. Oxana, al fondo, junto a la escalera, tampoco; solo le oí pasar una cuenta del rosario, el clic pequeño de la madera contra la madera. En la otra orilla, los pasos que se habían parado en el puente seguían parados.

Doblé las hojas. Las metí en el sobre. Apagué la linterna. Me quedé a oscuras en el cuarto escalón, con el sobre en las dos manos, sin volverme, mirando el agua negra, esperando a que Teresa dijera algo.

Lo que fuera. Una frase. Un nombre. Una sílaba.

Había hecho once horas de viaje y había cruzado una laguna para eso.

Para que la única persona viva que estaba en esa casa aquella noche me dijera lo que mi bisabuela no supo nunca.

Si gritó vai. Si gritó no. Teresa estaba a tres metros.

Teresa estaba en el dormitorio, de rodillas, con las manos en el cubo, a cinco metros de su panel, oyéndolo. Teresa lo sabía.

Teresa no dijo nada.

Pasó un minuto. Pasaron dos.

—Basta così —dijo por fin. Con la voz plana, la de lección, la del suelo de polvo—. Portami su.

Ya está. Súbeme.

* * *

Me levanté. Me volví.

Oxana ya se acercaba desde la escalera. Teresa estaba en la silla de mimbre con el gorro azul de niño torcido sobre una oreja, mirándome. No lloraba. La había visto llorar una vez, por teléfono, en febrero, y no la iba a ver otra.

Levantó una mano de la manta. La derecha. La de la cicatriz en media luna en la yema del índice. La puso abierta, hacia arriba, delante de mí.

No dijo nada. No hizo falta. A ti, a tus manos.

Le puse el sobre en la palma.

Cuarenta y dos gramos. La vi sopesarlo. Los dedos de pájaro se cerraron encima, sobre el papel crema, sobre la palabra Teresina, y lo apretaron contra la manta como se aprieta una cosa que alguien podría venir a quitarte.

—Pesa poco —dijo.

Oxana se agachó y la cogió en brazos. Con sobre y todo. Teresa apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, y las dos se fueron hacia la escalera de caracol, hacia los ciento treinta escalones, y desaparecieron en la oscuridad, y oí los pasos de Oxana subir, uno a uno, sin cambiar de respiración.

Ottavio encendió la lámpara. Me miró.

—Bien leído —dijo.

—No ha dicho nada.

—No.

—Sabe lo que gritó, Ottavio. Lo sabe. Estaba allí.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué no…?

—Porque no se lo ha preguntado usted. —Apagó la lámpara otra vez—. Se lo ha leído.

* * *

Ottavio se fue en un taxi de agua a las doce y veinte. Yo me quedé.

Me senté otra vez en el cuarto escalón, con el abrigo cerrado y las manos en los bolsillos, a oscuras. La marea seguía bajando. El quinto escalón estaba ya fuera del todo. El sexto asomaba. Lo que había debajo, no lo sabía nadie.

En la otra orilla, los pasos del puente se habían ido. No los oí irse. Simplemente, en algún momento, ya no estaban.

Me toqué el bolsillo del abrigo, el del pecho, por costumbre. Estaba vacío.

Por primera vez en tres semanas no llevaba nada que pesara cuarenta y dos gramos. Y pesaba más.