Acqua alta Capítulo 2 · Noventa y dos escalones
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Capítulo 2 · Noventa y dos escalones

Noventa y dos escalones

No me lo preguntaba a mí. Se lo preguntaba a mi maleta.

Lo vi desde lo alto de la escalera principal, asomada a la barandilla de mármol, con las rodillas todavía marcadas por el terrazo.

Abajo, en el androne, en la luz verde que entraba por la reja, de pie en un dedo de agua que la marea había dejado sobre la piedra, estaba Nico.

De espaldas a mí. Con el chaquetón de marinero oscurecido de humedad en los hombros, el pelo mojado pegado a la nuca, las botas de goma, las manos colgando a los lados del cuerpo, abiertas, enrojecidas del remo.

Miraba mi maleta.

La maleta de ruedas, gris, la de siempre, con la etiqueta de Ryanair del vuelo de Bruselas todavía colgando del asa.

Oxana la había dejado al pie de la escalera, sobre el primer peldaño, para que no se mojara.

Él la miraba como se mira a un perro que se ha encontrado en el portal y que no se sabe de quién es.

—Ancora qua? —le dijo otra vez. Más bajo.

No levantó la cabeza.

Yo no dije nada. Me quedé arriba, con la mano en la barandilla, sin moverme, sin respirar casi, como se queda una delante de un animal que todavía no la ha visto.

Si levantaba la vista, me veía. Si me veía, tenía que decir algo.

Y yo no sabía qué. Había tenido once horas de viaje y una noche entera para prepararlo, y no tenía nada.

Tenía una carta contra el pecho y una raya en el labio.

Nico se agachó. Le dio la vuelta a la etiqueta del asa con dos dedos, para leerla. brU — VCE. La soltó.

Se incorporó. Se dio la vuelta. Volvió a la reja, a la puerta de agua, a los escalones donde golpeaba el casco del sandolo.

No levantó la vista ni una vez.

Lo oí soltar el cabo. Lo oí subir a la barca. Lo oí apoyar el remo en la fórcola, ese golpe seco de madera contra madera que en Venecia es como el ruido de una llave en una cerradura. Y lo oí irse por el rio, palada a palada, hacia la laguna, hacia Castello, hacia donde fuera.

Bajé seis escalones y me senté.

Era la segunda vez en mi vida que lo veía marcharse de espaldas en una barca. La primera, en noviembre de 2017, yo no sabía cómo se llamaba.

* * *

—La una —dijo Oxana desde el rellano de la escalera de servicio.

No la había oído llegar. Nadie oye llegar a Oxana. Estaba en la puerta pequeña que da al vestíbulo del piano nobile, la de la caracola, con un delantal azul y una bandeja con una taza tapada con un platillo.

—La he despertado. —Miró la maleta, abajo. Me miró a mí, sentada en el sexto escalón—. Ha dicho que suba usted. Sola.

* * *

Del piano nobile al último piso hay noventa y dos escalones.

Los había contado por primera vez en noviembre de 2017, nerviosa, detrás de Oxana.

Los había contado bajando a oscuras con una llave apretada en la palma.

Los había contado de madrugada con las manos quemadas por el hierro de la altana.

Ese día los conté otra vez, uno a uno, con la mano en la pared de piedra de la caracola, en la penumbra de las bombillas desnudas, y en el cuarenta y siete, a mitad de camino, me paré.

En el cuarenta y siete hay una ventana estrecha, una saetera, que da al patio de atrás.

Por ahí entra el único aire de toda la escalera.

Me paré porque me faltaba el aire, y me di cuenta, con la mano en la piedra fría, de que por esa misma escalera había bajado mi bisabuela la noche del dieciocho de marzo de 1944.

Escalón a escalón. Con la mano en la pared. Oyendo gritar su nombre por el hueco.

Bajé la escalera. Sin correr.

No era esta. Era la misma escalera, pero no esta parte; ella bajó del piano nobile al androne. Lo sabía. Lo sabía y daba igual. Puse la mano donde la habría puesto ella, a la altura del hombro, en la piedra pulida por doscientos años de manos de criadas, y estaba fría, y era una piedra.

Seguí subiendo.

* * *

La puerta del cuarto de Teresa estaba entornada. Llamé con los nudillos.

—Avanti.

La voz era más pequeña. No más débil: más pequeña. Como si hubiera encogido con el resto de ella.

El cuarto era el mismo. Una habitación de criada en lo alto de un palacio, con el techo inclinado y una ventana al norte por la que se veían los tejados de Cannaregio, el agua gris de la laguna y, al fondo, la tapia roja de San Michele.

Una cama de hierro estrecha. Un crucifijo.

Una cómoda con un tapete de ganchillo. La silla de ruedas, plegada contra la pared, con la muesca en la rueda izquierda.

Un olor a alcanfor, a medicina, a sopa, a cuerpo viejo que se cuida mucho.

Y dos cosas nuevas.

En el respaldo de la única silla, colgado con cuidado, como se cuelga la chaqueta de alguien que ha salido un momento, un abrigo gris de hombre.

Paño grueso, cruzado, con las solapas anchas de los años cuarenta.

Sartoria Pagan. Lo había visto salir de un agujero en una roca de Logroño, envuelto en hule, con olor a naftalina y a vino. Ahora olía a esta casa.

Y en la mesilla, al lado del vaso de agua y de las gafas, un pájaro de madera de haya del tamaño de un puño. Con las alas recogidas y el pico abierto. Cantando.

Teresa estaba en la cama, incorporada sobre tres almohadas, con un chal de lana gris sobre los hombros. Me miró entrar. No sonrió. Teresa Ardenti no ha sonreído delante de mí más de dos veces en quince meses, y las dos me dieron miedo.

Estaba más pequeña. Eso fue lo primero. La neumonía de enero se había llevado algo que no le había devuelto: la anchura de los hombros, la carne de las mejillas, la fuerza del cuello.

Tenía la cabeza más grande que el cuerpo, como los niños y los viejos muy viejos.

El pelo blanco, recogido en una trenza fina sobre el hombro.

Los ojos, los mismos. Negros. Despiertos. De pájaro.

Me miraron la cara. Me miraron el labio. Se quedaron ahí.

—Ha llegado —dijo.

—He llegado.

Teresa cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, habían cambiado. No sé decir cómo. Algo se había soltado detrás.

—Tarde —dijo—. Pero ha llegado.

Lo mismo. Exacto. Me lo había dicho en noviembre de 2017, en el piano nobile, delante de la cara de un hombre que yo todavía no sabía que era Alvise. Lei è venuta tardi. Ha llegado tarde. Entonces no supe a qué se refería. Ahora tampoco.

* * *

—Siéntese —dijo Teresa.

No había más silla que la del abrigo. Me quedé de pie.

—No me siento ahí.

—Siéntese en la cama.

Me senté en el borde de la cama de hierro, a la altura de sus rodillas, que se marcaban debajo de la colcha como dos piedras. Me desabroché el abrigo. Metí la mano dentro.

—Aquí no —dijo Teresa.

Me quedé con la mano dentro del abrigo, sobre el pecho, sobre el sobre.

—¿Cómo que aquí no?

—Que no me la dé aquí. —Movió la mano sobre la colcha. Tenía las palmas hacia arriba, como siempre, y en las palmas la piel lisa, brillante, sin líneas, de las quemaduras de cal—. Ya sé lo que dice. Me lo leyó usted por teléfono. Media, por lo menos. La otra media la sé sin leerla.

—Entonces para qué…

—Porque no es para mí. —Me miró—. Usted la ha leído. ¿Qué pide?

Lo sabía de memoria. Lo había leído tantas veces en el Patershol, a las cuatro de la mañana, que me sabía hasta dónde se le caía la letra del renglón.

—Si alguien la lee algún día —dije, en español, despacio—, que sea alguien que sepa leerla. Y que te la lleve. A ti, a tus manos. Y si tú ya no estás, que la lleve a la puerta de agua y la lea en voz alta, bajito, en el último escalón, el que se moja.

—Yo todavía estoy —dijo Teresa—. Por poco.

—Por eso se la traigo a las manos.

—Mis manos no leen. —Las levantó un poco de la colcha y las volvió a dejar caer—. Y mis ojos tampoco, ya. Cataratas. La doctora dice que no merece la pena operar. A mi edad, dice, ya he visto todo lo que tenía que ver. —Algo se movió en la comisura de su boca—. Es muy lista la doctora.

—Teresa.

—Léamela usted. Como ella pidió. Abajo. En el escalón.

No contesté.

—Esta noche no —dijo Teresa—. Esta noche hay marea, poca, pero el escalón está debajo del agua.

Y yo no he dormido. —Giró la cabeza hacia la ventana, hacia San Michele—.

Mañana. Mañana la marea baja a las once y cuarenta.

Ottavio lo ha mirado. A esa hora el último escalón se ve.

Se moja, pero se ve. —Volvió a mirarme—.

Que no se moje la carta. Que se moje el escalón.

* * *

Me quedé un rato sentada en el borde de la cama. Teresa había cerrado los ojos. Respiraba con un silbido pequeño, de neumonía mal curada. En la mesilla, el pájaro de madera cantaba con el pico abierto sin hacer ruido.

Pensé en Nico tallándolo en la tonelería de Basilio, en Logroño, con la gubia pequeña, en enero, para una mujer que lo había confundido con el del gas. Pensé en mi abuela dándoselo en el banco de los patos de Lardero: Dile que ya puede dejar de esperar.

—¿Se lo dio? —dije—. ¿Le dio el recado?

Teresa no abrió los ojos.

—Me lo dio.

—¿Y?

—Y aquí está el pájaro. —Silbido—. Y aquí estoy yo.

Me levanté. Fui hacia la puerta. Con la mano en el picaporte, me volví.

—¿Por qué me tuteó? —dije.

Teresa abrió los ojos.

—En la llamada. A las tres y doce. Torna. Stavolta sei tu. No me había tuteado nunca. Y me llamó Clara.

Teresa me miró desde las tres almohadas. Mucho tiempo. Lo suficiente para que la oyera respirar cuatro veces.

—Era de noche —dijo—. De noche una no se acuerda de usted.

Y se dio la vuelta hacia la pared.

* * *

Bajé los noventa y dos escalones.

En el cuarenta y siete no me paré. En el piano nobile no entré en el dormitorio; no me hacía falta, la llevaba puesta. En el androne, al pie de la escalera principal, mi maleta seguía en el primer peldaño, con la etiqueta del asa del revés, del lado que no se lee.

Alguien le había dado la vuelta.

Yo la había dejado del derecho. Oxana la había dejado del derecho. Nico la había girado con dos dedos para leerla y la había soltado.

Y la había dejado del revés. Con el brU — VCE hacia la piedra.

Como si no quisiera saber más.