Acqua alta Capítulo 1 · Tráemela
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Acqua alta

Acqua alta

Por J.L. Vance

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Capítulo 1 · Tráemela

Tráemela

Llevé la carta de mi bisabuela contra el pecho desde Gante hasta la laguna, por dentro del abrigo, como se lleva a un niño dormido en un tren: con una mano encima todo el rato, aunque nadie fuera a quitármela.

Cuarenta y dos gramos. Los había pesado en la báscula de la cocina del Patershol la noche anterior, a las cuatro y media, porque no podía dormir y porque pesar las cosas me tranquiliza.

Once hojas de papel crema y un sobre con una palabra.

Pesaba lo mismo que una carta normal. Eso fue lo que más me molestó.

En el control de seguridad de Bruselas me la hicieron sacar.

Una chica con guantes azules la pasó por la cinta en una bandeja gris, sola, entre un cinturón ajeno y un neceser transparente, y la vi entrar en la máquina de rayos y desaparecer y salir por el otro lado y no pude respirar hasta que la tuve otra vez en la mano.

La chica me miró como se mira a una mujer que se ha quedado demasiado quieta delante de una bandeja.

—¿Documentos? —dijo, en francés.

—Correo —dije.

No era mentira. Era correo con treinta y tres años de retraso.

* * *

El avión aterrizó en Tessera a las doce y diez.

Llovía a ratos, una lluvia fina, de costado, que no mojaba del todo.

No cogí un taxi de agua. No tenía prisa, o tenía tanta que me daba miedo, que es lo mismo.

Cogí la línea naranja del Alilaguna, la lenta, la que para en todas partes, y me senté dentro, junto a una ventanilla rayada, con la maleta de ruedas entre las rodillas y la mano en el pecho.

La laguna en febrero no es azul. Es de plomo.

Un plano gris, inmenso, sin olas, con las bricole clavadas en fila marcando el canal como los postes de una valla en un campo inundado, y en cada bricola una gaviota, y cada gaviota mirando hacia el mismo sitio.

Al fondo, baja, larga, como una costra de óxido encima del agua, la ciudad.

Había llegado a Venecia por primera vez en 2004 con una maleta demasiado grande. Había vuelto en octubre de 2017 con una maleta de contrato. Me había ido en abril de 2018 con la misma maleta, sin deshacer. Ahora volvía con la maleta y con una carta, y no sabía cuál de las dos pesaba más.

El barco paró en Murano. Subió una mujer con un carro de la compra. Paró en Fondamente Nove. Bajaron dos monjas. A la izquierda, al pasar, la tapia de ladrillo rojo de San Michele, con los cipreses negros asomando por encima como lanzas. No la miré. La miré.

Mi móvil vibró en el bolsillo del abrigo.

Rafi.

Signora, il maestro non è al laboratorio. È uscito a remare alle sei. Glielo dico perché me l’ha chiesto lei. Rafi.

Yo no le había preguntado nada. Le había escrito la noche anterior, desde el aeropuerto de Bruselas, solo cuatro palabras: Llego mañana. No digas. Rafi tenía veinte años y había decidido que eso era una pregunta.

Se lo digo porque me lo ha preguntado usted. No. Me lo decía porque era la única persona en Venecia que todavía creía que había algo que contar.

* * *

Me bajé en la Madonna dell’Orto.

La parada es un pontón de madera con una marquesina amarilla, delante de la iglesia de ladrillo donde se casaron Teresa y Bepi en 1950 y donde Alvise tocó el piano la Navidad de 1940 con un mechón blanco sobre la ceja.

Delante, el campo vacío. Detrás, la fondamenta.

Las ruedas de la maleta golpeaban los adoquines de piedra de Istria con un ruido de tren lento que rebotaba en las fachadas, y la gente se volvía a mirarme, y yo me sentía como una turista, que es lo peor que se puede sentir en Venecia.

El Rio della Sensa estaba alto. No mucho. Lo que deja una marea de la noche anterior que no termina de irse: el agua verde a un palmo del borde de la fondamenta, lamiendo la piedra, con las barcas amarradas más altas de lo normal, como perros que levantan la cabeza.

Ca’ Ardenti estaba donde la había dejado.

Hay casas que cambian cuando te vas, y una vuelve y las encuentra más pequeñas, más viejas, más de otro.

Ca’ Ardenti no. Seguía siendo exactamente igual de enorme, igual de gris, igual de agrietada.

La fachada gótica con las cuatro ventanas de arco del piano nobile, las persianas verdes desteñidas, las manchas de sal hasta la altura de un hombre, la puerta de agua con la reja de hierro y, a los lados, las dos paline nuevas de alerce, las que puso Nico después de que Riccardo serrara las otras.

Arriba del todo, encima del tejado, contra el cielo de plomo, la altana.

Con su barandilla de hierro. Con su cobertura.

No había nadie en ella.

Llamé a la puerta de tierra. Una vez. Dos.

Oí los pasos antes de que se abriera. Pesados. Lentos. De alguien que no tiene que demostrar que tiene prisa.

—Signora —dijo Oxana.

* * *

No me abrazó. Oxana no abraza; sujeta. Me miró de arriba abajo, desde el gorro de lana hasta las botas, con sus ojos pequeños y claros de campesina moldava, y se detuvo un segundo en el labio. En la raya blanca. Se apartó para dejarme pasar.

—Está dormida —dijo—. Ha estado despierta toda la noche esperando. Se ha dormido a las ocho. —Cerró la puerta detrás de mí—. Ha dicho que la despierte cuando llegue.

—No la despierte.

—Ha dicho que la despierte.

—Oxana.

—Lo ha dicho tres veces. —Me miró—. La despierto a la una.

Eran las doce y cuarenta y siete. Le había ganado trece minutos a una mujer de ochenta y ocho años que llevaba un año ganándome todas las partidas.

—¿Y Nico?

Oxana cogió mi maleta. No me la pidió. La cogió por el asa, la levantó del suelo como si fuera una bolsa de pan y la dejó al pie de la escalera.

—Rema —dijo—. Desde que volvió, rema. Sale a las seis, vuelve a las once, a las doce, a la una. Va hasta Burano y vuelve. Con frío, con niebla, con lo que sea. —Se cruzó de brazos—. Luego se va al taller y trabaja hasta las tantas. No sube a la altana. No llama a nadie. No habla.

—Ya.

—No he dicho que sea culpa suya.

—Ya lo sé, Oxana.

—Lo digo por si lo pensaba. —Señaló con la barbilla la escalera principal, la de mármol, la que sube al piano nobile—. Está arriba. La pared. Ottavio ha dejado la lámpara. Dice que no la apague.

* * *

Subí sola.

Treinta y dos escalones de mármol con la huella gastada en el centro, como un pan mordido.

La barandilla fría. El aire del piano nobile, ese aire de casa grande cerrada que huele a madera vieja, a cera, a humedad que no se va nunca, a sal.

Lo reconocí con la nariz antes que con los ojos.

Me pasó por la garganta como pasa un trago de vino que ya habías bebido otra vez.

El salón, con los muebles bajo sábanas. El sillón verde de Ottone, el único sin sábana, vuelto hacia el pasillo. El pasillo. La puerta del dormitorio.

Estaba abierta.

Me quité los guantes. Los metí en el bolsillo. Me quité el gorro. Me puse la mano derecha en el pecho, encima de la carta, por fuera del abrigo, y la dejé ahí.

Entré.

* * *

El dormitorio de los Ardenti tiene cuatro metros de techo, un suelo de terrazo veneciano con trozos de mármol rosa y una cama con dosel que nadie ha deshecho desde 1967.

Tiene dos ventanas de arco que dan al rio.

Y tiene una pared norte, enfrente de la cama, pintada en 1966 con dos manos de cal y una de verde por un albañil que cobró el doble por no picar, y que en el centro, a la altura de un hombre sentado, tenía ahora un rectángulo de ladrillo nuevo.

Rojo. Limpio. Industrial, de los que se compran en un almacén de Mestre.

Rejuntado con un mortero de cal blanco, muy fino, muy bien hecho.

Lo había cerrado la Soprintendenza en diciembre, cuando se llevaron lo último de Alvise.

Lo habían cerrado con mortero de cal porque yo lo había escrito en un informe.

Delante de la pared, en el suelo, sobre un trípode, una lámpara de luz rasante de la fundación. Encendida. La luz salía muy pegada a la pared desde la izquierda, como sale el sol en invierno, y levantaba cada grano, cada junta, cada relieve.

Y en el rectángulo de ladrillo nuevo, en el mortero blanco, estaba yo.

* * *

En la foto de Ottavio no se veía bien. Una foto de móvil, de madrugada, mandada a mil quinientos kilómetros. Una foto se puede mirar con distancia; se puede ampliar, reducir, girar, archivar. Se puede pensar pareidolia. Se puede pensar luz.

Esto no era una foto.

Era una frente estrecha hecha de cristales de sal, finos como el pelo de un recién nacido.

Eran unas cejas. Eran unos ojos grandes, un poco hundidos, con dos sombras debajo donde la sal era más gruesa.

Era la boca apretada. Era el pelo recogido de cualquier manera, con una pinza, con un mechón suelto sobre la oreja izquierda.

Era yo trabajando. Así me ven los albañiles. Así me ve la gente que me paga. Así me veía Nico desde la puerta del taller cuando yo me quedaba mirando una fórcola sin saber que me estaba mirando él a mí.

Y encima del labio de arriba, a la izquierda, la línea.

Me agaché delante de la pared. Me puse de rodillas en el terrazo, a un palmo del ladrillo, con la cara de sal a la altura de mi cara. Tan cerca que si respiraba fuerte la iba a romper. No respiré fuerte.

La raya tenía un centímetro y medio a escala.

En diagonal hacia la nariz. Más blanca que el resto, más densa, como una corrección hecha a lápiz encima de un dibujo a carboncillo.

No era una grieta del mortero. No era una junta.

Las juntas iban en horizontal y en vertical, rectas, de llana.

Esto iba en diagonal. Esto iba hacia la nariz.

Levanté la mano izquierda. Me toqué el labio con la yema del dedo.

Y con la otra mano, la derecha, sin darme cuenta, toqué la pared.

No a la cara. No me atreví a la cara. Toqué el ladrillo de al lado, el de la izquierda, el que no tenía nada.

Con la yema del dedo, como tomo el pulso a todas las paredes antes de mirarlas.

Frío. Húmedo. Con esa humedad de mortero joven que todavía no ha terminado de fraguar, que todavía respira como respira un animal dormido.

Me quedé así. Una mano en mi cara, otra en la pared. Arrodillada en el dormitorio de un hombre muerto, delante de mí misma.

Detrás de mí, en el pasillo, el suelo de madera crujió.

Me volví.

No había nadie. El pasillo, vacío. La luz gris de las ventanas. El sillón verde, al fondo, vuelto hacia la puerta.

Pero abajo, muy lejos, en el androne, alguien acababa de abrir la reja de la puerta de agua. Lo oí chirriar. Oí un casco de madera tocar la piedra de los escalones. Oí unas botas en el agua.

Y luego, en el silencio de la casa, una voz de hombre, baja, dirigiéndose a alguien que no le contestaba:

—Ancora qua?

¿Todavía aquí?

No sé si me lo preguntaba a mí. No sé si se lo preguntaba a la pared.