A quien se lo cuentes 54. Plató
98%

54. Plató

Plató

El plató es el mismo y tiene la luz igual de mal puesta.

Volví el nueve de junio, casi trece meses después de la primera vez, a la misma silla, con el mismo micro de corbata que te pone una chica que te pide perdón por meterte la mano por el cuello de la camisa.

Requena me recibió con dos besos y me dijo, fuera de cámara, que se alegraba mucho, y creo que era verdad.

Marga estaba en el control, de pie, detrás del regidor. Vino en el AVE de la mañana desde Barcelona, donde estaba en una feria, para estar en un plató en el que no la iba a ver nadie.

En la segunda fila del público, con una camisa blanca y las manos en el regazo, estaba Claudia.

Salió a las once y veinte y duró veintiséis minutos, que en televisión es una eternidad y significa que a alguien le importas.

Fue una buena entrevista.

Repasamos el caso desde mayo. La regla. Nuria.

El allanamiento. El informe de julio y su rectificación de febrero.

El portal de Fernán Núñez. La noche de Rivas, que conté en dos minutos y medio y con una economía que había ensayado veinte veces, porque hay maneras de contar una muerte en televisión que no ofenden a nadie y todas son cortas.

Requena me preguntó por lo del expediente de 2013.

Yo tenía preparada la respuesta desde marzo y la di entera.

Dije que en octubre de 2013 reordené una historia clínica y que en esa reordenación desapareció una anotación que apuntaba a la responsabilidad de mi paciente en una muerte.

Dije que fue una decisión mía y que fue mala.

Dije que la comisión deontológica de mi colegio tiene el expediente abierto desde julio y que voy a aceptar lo que decida.

Y dije la frase.

—Yo no me lo callé por miedo —dije—. Me lo callé porque tenía un libro firmado.

Se hizo un silencio de esos que en un plató se notan en la cabina antes que en el suelo.

Es la frase más honesta que he dicho en público en mi vida.

También es, palabra por palabra, la que mejor funciona, y la escribí en marzo, y la dije en junio, y llevaba tres meses sabiendo que iba a funcionar.

Las dos cosas son verdad. Ese ha sido siempre mi problema.

De la comisión deontológica salió en mayo. Suspensión de tres meses y amonestación por escrito, con la resolución publicada en el boletín del colegio.

Tres meses.

Yo he informado a esa comisión once veces y sé lo que se pide en cada caso, y por lo que hice en octubre de 2013 se pide la baja.

No la pidieron porque la ponente era una compañera que me conoce desde 2008 y porque en la vista, sentada en aquella sala con Herrero al lado, dije la verdad entera durante cincuenta minutos sin que nadie me apretara.

Decir la verdad sin que te aprieten cuenta mucho. Está en todos los manuales.

Y llevo desde mayo con esto en la cabeza: que la única vez en doce años que lo he contado todo, me ha salido barato.

Y después vino el minuto veintidós y Requena hizo lo que le pagan por hacer.

—Inés, se ha hablado mucho estos meses de si vas a escribir sobre esto.

—Sí.

—¿Sí a la pregunta o sí a escribirlo?

—A las dos.

Y en el control, detrás del regidor, Marga cruzó los brazos y bajó la cabeza, que es lo que hace cuando algo le sale bien y no quiere que se le note en la cara.

Conté lo justo. Que sale en octubre. Que se llama «A quien se lo cuentes». Que no es un manual y que no lleva ni una sola recomendación, porque una mujer que ha hecho lo que yo hice no está en condiciones de recomendarle nada a nadie.

Y que lo firmo yo sola, y que hay una segunda persona en ese libro, y que esa persona ha leído el manuscrito y ha decidido qué se cuenta de ella y qué no.

Requena miró al público. La cámara dos, que es la que abre, hizo lo que tenía que hacer.

Claudia estaba en la segunda fila, con la camisa blanca, mirándome.

De la serie no se habló, porque no hay serie.

La productora la enterró en abril, con una nota de dos párrafos en la que agradecían a todo el equipo su trabajo. Seis episodios rodados en una carpeta. La actriz que hacía de Marta se cortó el pelo en abril de hace dos años.

Marga me lo dijo en marzo, en la editorial, en la sala pequeña, y añadió una cosa que le agradezco.

—Es lo único de todo esto que me alegro de que no salga.

A Nuria la llamo los domingos.

Volvió a la consulta en febrero, tres días por semana, y en abril me dijo que lo dejaba. Se lo tenía pensado desde enero y esperó a que se me arreglara lo de la Fiscalía, porque es como es.

Ahora lleva las cuentas de la asociación de vecinos de su barrio, con el ordenador, que no le exige la pinza fina.

Hablamos cuarenta minutos cada domingo. De su nieto, del gimnasio de mayores, de la rodilla de Marisa.

Del caso, nunca.

Es un acuerdo que no hemos hablado y que llevamos cumpliendo veinte semanas.

Con Álvaro nos vemos cuatro veces al año en el despacho de una abogada.

Es un divorcio sin discusión: no hay hijos comunes, la casa era mía de antes y él tiene lo suyo. Lo lleva todo por escrito, con las carpetas marcadas con rotulador, y en once meses no me ha reprochado nada ni una sola vez.

En marzo, al salir de una de esas reuniones, me esperó en la acera.

—He visto lo del sobreseimiento de la chica —dijo—. Me alegro.

—Gracias.

—El informe que hiciste. —Se pasó la mano por la boca—. Lo leí. Me lo pasó un compañero.

—¿Y?

—Que es buenísimo. —Miró la calle—. Y que se te da muy bien explicar por qué la gente hace lo que hace.

Se subió el cuello del abrigo y se fue hacia Génova.

Es la única cosa que Álvaro me ha dicho en once meses que se pareciera a un reproche, y ni siquiera estoy segura de que lo fuera.

Salí del plató a las doce y cuarto. Firmé un libro para una redactora, di las gracias en maquillaje y bajé al aparcamiento con Marga.

—Ha ido muy bien —dijo.

—Ya.

—Inés, ha ido muy bien. Puedes decirlo.

—Ha ido muy bien.

Me dio dos besos, se metió en un taxi hacia Atocha y me quedé sola en un aparcamiento subterráneo de Torrespaña a las doce y veinte de la mañana de un martes.

Aquella noche subí a la consulta a las nueve.

Es una cosa que hago tres o cuatro veces por semana y que no le he explicado nunca a nadie, porque no hay nada que explicar: en casa hay dos enchufes vacíos y aquí hay una butaca con un corte de cuatro centímetros en el tapizado.

Encendí la lámpara de pie, no el techo.

Me senté en la mía. Saqué el dictáfono del bolso —es el cuarto, comprado en febrero, gris, con la pinza todavía dura— y lo puse en la mesa baja, entre las dos butacas.

Tengo que entregar en octubre. Marga quiere el primer tercio en julio.

Pulsé.

Y dicté la primera línea del capítulo uno, que la llevaba pensando desde marzo y que no he cambiado desde entonces.

—Si se lo cuento, usted será la siguiente.

Paré. Rebobiné cuatro segundos. Lo escuché.

Se oye bien. Se oye mi voz de las siete y media de la tarde, que es la buena, la que hace que la gente se quede en la silla.

Volví a pulsar y seguí dictando, y estuve hasta las once y cuarto, y salieron mil doscientas palabras que están casi enteras en lo que ha leído usted hasta aquí.

Bajé al garaje a las once y veinte.

Le di al interruptor del rellano y se encendieron los noventa segundos.

La bandeja de acero sigue en su sitio, junto al ascensor de servicio, a la altura del pecho, con su capa fina de polvo que no hay manera de quitar.

Y como llevo haciendo desde el diecisiete de diciembre, me paré delante.

Lo hago todos los días. No lo he dejado de hacer ni una vez.

Miré la bandeja durante unos segundos, con la luz encendida, y comprobé que no había nada encima.

Después me metí en el coche y me fui a mi casa.

Y solamente al llegar al portal, con las llaves en la mano, me di cuenta de lo que llevo haciendo cada noche desde hace seis meses.

No lo hago por miedo.

Los martes a las siete no viene nadie. La consulta está vacía a esa hora y va a estar vacía todas las semanas del resto de mi vida.

Yo bajo a esa bandeja todas las noches por lo mismo por lo que ella ordenaba los sobres de azúcar.

Por si acaso.