A quien se lo cuentes 52. Lo que quería saber
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52. Lo que quería saber

Lo que quería saber

A las tres y diez de la madrugada nos dejaron sentarnos juntas.

Fue en el pasillo de la comandancia, en un banco corrido, entre la puerta de la sala donde le habían tomado declaración a ella y una máquina de bebidas que estaba apagada.

Un agente se quedó a seis o siete metros, de pie, sin mirarnos. Había terminado el trabajo de la noche y quedaba lo de esperar, que es lo que más dura.

Claudia todavía tenía por encima la manta de aluminio, doblada sobre los hombros como un chal. Le habían dado un vaso de plástico con café y no se lo había bebido.

—¿Quieres que llame a tu madre? —dije.

—Ya la han llamado ellos.

—¿Viene?

—Sí. —Miró la puerta del fondo—. Está en un taxi desde Vallecas.

—¿Sabe algo?

—Sabe que estoy bien y que ha muerto una mujer.

Y ahí se quedó, con el vaso en las dos manos, y yo entendí que aquella chica llevaba nueve días encerrada en una casa de Rivas y que la parte que le daba miedo era la de dentro de cuarenta minutos.

Estuvimos calladas un rato y después dijo:

—Me han preguntado si sé quién era.

—¿Y qué has dicho?

—Que se llamaba Marina. —Le tembló un poco el vaso—. Y me han dicho que no, que se llamaba Sonia Vidal.

Le miré las manos.

—¿Tú sabías el nombre de la mujer a la que denunció tu madre en marzo de 2013?

—No. —Levantó la cabeza—. Mi madre no lo dice nunca. Dice «esa».

Aquí es donde tenía que decírselo, y aquí es donde lo hice, y voy a poner las palabras exactas porque son mías y son las únicas de toda esta historia que dije en el momento en que había que decirlas.

—Claudia, escúchame. Te voy a contar una cosa y te la voy a contar entera, aquí, ahora, antes de que llegue tu madre y antes de que venga nadie más.

—Vale.

—La mujer que te llevó a esa casa mató a tu padre.

No se movió.

—Se llamaba Sonia Vidal Aranguren y trabajaba en la administración de la empresa de tu padre. Fue ella la que denunció tu madre en marzo. Y fue ella la que estaba en el portal el tres de abril.

Claudia bajó la vista al vaso.

—Esta noche me lo ha contado —dije—. Sentada delante de mí, durante cincuenta y un minutos. Y está grabado.

—¿Grabado?

—Con su voz. Y esa cinta la tiene la Guardia Civil desde las nueve y treinta y cinco.

Tardó bastante en decir nada.

Cuando lo dijo, no fue lo que yo esperaba, y llevo desde entonces sabiendo que es la única reacción posible y que fui idiota por esperar otra.

—¿Y por qué? —dijo.

—¿Por qué qué?

—Por qué mi padre. —Y ahí se le rompió, y se le rompió de una manera que no hace ruido—. Yo lo que quiero saber es por qué mi padre.

Y esa es la pregunta.

Doce años en un foro a las tres de la mañana. Doce años de aniversarios y de una carpeta. Doce años preguntando quién.

Y a las tres y veinte de la madrugada, en un banco de un pasillo, con una manta de aluminio por los hombros, resulta que el quién solo era el camino.

—Le compró una silla de oficina —dije.

—¿Qué?

—Con reposacabezas. Porque ella tenía problemas de espalda. La pidió sin decirle nada y apareció un lunes. —Me oía hablar muy despacio—. Eso me lo ha contado esta noche. Y me lo ha contado antes que nada, porque para ella ahí empieza todo.

—¿Una silla.

—Una silla.

Claudia se quedó mirando la máquina de bebidas apagada.

—Mi padre era así —dijo—. Con todo el mundo. Con los del taller, con las vecinas. Era un pesado, de esos que se enteran de si te duele algo.

—Ya.

—Mi madre siempre dice que era un blando.

—Tu madre tiene razón —dije—. Y no es un defecto, y no le pasó por eso.

—¿Entonces por qué?

—Porque ella construyó una historia con eso y estuvo tres años dentro. —Elegí las palabras como no las he elegido nunca—. Y porque en algún momento alguien tenía que decirle que esa historia no era verdad, y nadie se lo dijo.

—¿Usted tampoco?

—Yo tampoco.

Claudia se limpió la cara con la manga.

—Vale.

—No es vale.

—Ya sé que no es vale. —Y se le puso una voz que no le había oído en siete meses—. Es que llevo desde los doce años esperando a que alguien me conteste algo, y hoy me han contestado dos cosas en una noche, y no sé dónde ponerlas.

Estuvimos otro rato y en algún momento se puso a llorar del todo, con la manta haciendo ruido de bolsa, y yo hice lo que se hace, que es no hacer nada y quedarse.

No la toqué. No le dije que no pasaba nada, porque pasaba.

A las cuatro menos veinte se sonó con una servilleta de la máquina y se enderezó.

—¿Puedo preguntarle una cosa? —dijo.

—Sí.

—Usted la trató cinco meses. En 2013.

—Sí.

—¿Usted sabía cómo era?

Y ahí está el segundo sitio. El de verdad.

Yo tenía a la hija de Daniel Sanz Bermúdez a treinta centímetros, a las cuatro menos veinte de la madrugada, sola, sin abogadas, sin grabadoras y sin nadie escuchando.

Y existe una frase de veintitrés palabras, escrita de mi puño y letra el catorce de marzo de 2013, veinte días antes.

Le dije:

—La traté cinco meses y no vi lo que tenía delante. Es lo peor que he hecho en mi vida profesional y lo voy a declarar donde haga falta.

Claudia asintió.

—Ya —dijo—. Bueno. Es que nadie lo vio.

Y me puso la mano en el antebrazo dos segundos, para consolarme, y la quitó.

Su madre llegó a las cuatro y cinco.

Es una mujer de cincuenta y siete años, bajita, con un abrigo azul marino y el pelo recogido, y entró en aquel pasillo andando muy deprisa y sin mirar a nadie más que a su hija.

Yo me levanté del banco y me aparté tres pasos, que es lo que hay que hacer.

Se abrazaron de pie, en mitad del pasillo, y estuvieron así un rato largo, y Pilar Retuerta le hablaba al oído con la cara metida en su pelo, y no se oía lo que le decía.

Después levantó la cabeza y me vio.

Yo llevaba ocho meses sabiendo su nombre, tres semanas sabiendo dónde vive y una noche entera esperando ese momento, y había preparado tres frases y ninguna servía.

Pilar Retuerta me miró desde el otro lado del pasillo, con su hija todavía cogida por los hombros, y no supo quién era yo.

No me conocía. No sabía nada.

Se giró y se llevó a Claudia hacia la salida.