A quien se lo cuentes 51. Reanudación
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51. Reanudación

Reanudación

Lo hice sentada en el suelo, con la espalda contra la pared del fondo, debajo de la lámina, en el sitio donde había estado Claudia.

—Emergencias, ¿dígame?

—Buenas noches. Llamo desde la calle Alcotán, número siete, en Rivas Vaciamadrid. Hay una mujer herida en la cabeza y está inconsciente. Necesito una ambulancia y necesito a la policía.

—¿Está usted con ella?

—Sí.

—¿Respira?

—Sí. Respira.

—¿Sabe qué ha pasado?

—Ha habido una agresión. Yo me he defendido. —Y aquí hay una pausa mía de dos segundos que está en la cinta y que se oye—. He golpeado a esta mujer con una lámpara.

—¿Hay alguien más ahí?

—Hay otra mujer, de veinticinco años. No está herida.

—¿Cómo se llama usted?

—Inés Beltrán Sardá.

Después la operadora me dijo que no colgara y no colgué, y estuvimos las dos en línea siete minutos, y en esos siete minutos me preguntó cuatro veces si Sonia seguía respirando y yo se lo confirmé cuatro veces.

Todo eso está grabado. Lo grabé yo.

Llegaron a las nueve y veintiséis. Primero una patrulla de la Guardia Civil, que en Rivas es lo que hay, y después el SUMMA.

Estuvieron once minutos con Sonia en el suelo del salón y la sacaron intubada a las nueve y cuarenta y uno.

A Claudia la sacaron antes. La sentaron en el escalón de la entrada, en el jardín, y le pusieron por encima una de esas mantas de aluminio que brillan demasiado y que hacen ruido de bolsa.

Yo la vi desde el recibidor. Estaba con los codos en las rodillas, mirando al suelo, y un sanitario en cuclillas delante de ella hablándole despacio.

A mí me sentaron en la cocina, que estaba vacía. Una mesa plegable, dos sillas y nada más.

Un agente joven se quedó conmigo y no me quitó ojo, y no me lo quitó porque le habían dicho que no me lo quitara.

Estuve en esa cocina seis horas y cincuenta minutos y me la sé de memoria: azulejo blanco hasta media pared, una campana extractora sin conectar, un enchufe con tapa de seguridad de las que se ponen cuando hay niños en casa.

De aquella casa, la cocina es la única habitación en la que había vivido alguien alguna vez.

De las nueve y media a las cuatro y veinte de la madrugada.

Lo cuento por bloques, que es como lo recuerdo.

El salón. Lo precintaron. Entró y salió gente durante horas. Vino la científica de la comandancia y trabajaron con los focos puestos, y desde la cocina se veía la luz por debajo de la puerta y se oía el disparador de una cámara cada pocos segundos.

Fotografiaron las dos butacas, la mesa baja, el bote de los bolígrafos, la mancha de la alfombra y la lámpara de pie, que estaba donde la solté.

Nadie tocó los tres billetes doblados por la mitad, que siguieron encima de la mesa baja hasta que los levantaron con un número al lado.

El dictáfono. Se lo di al agente joven de la cocina a las nueve y treinta y cinco.

Se lo di con las dos manos, con la cinta puesta, y le dije que llevaba grabando desde antes de las siete y que dentro estaba todo.

Le pedí que lo hiciera constar así en el atestado, con esas palabras, y que anotara la hora de entrega.

Lo anotó. Se lo dicté yo.

Las manos. Me hicieron fotografías. Palmas, dorsos, uñas, antebrazos.

Tengo una marca en el interior del brazo derecho, de cinco o seis centímetros, del roce del tubo de la lámpara. Y en el pecho, en el esternón, un hematoma que salió a las cuarenta y ocho horas y que corresponde a un antebrazo.

Me lo fotografiaron todo dos veces: aquella noche y el viernes en el forense.

La declaración. La tomé a las once y media, en la cocina, con un cabo y una agente, y duró una hora y diez minutos.

Declaré lo que ocurrió. Que aquella mujer se llamaba Sonia Vidal Aranguren y que constaba desaparecida desde 2013.

Que había retenido a una chica de veinticinco años.

Que la agarró del brazo, que yo me interpuse, que me empujó contra la mesa, que vino otra vez hacia mí y que le di una vez con la lámpara.

Todo lo que declaré aquella noche es verdad.

Fue una declaración muy buena y eso también hay que decirlo.

Yo he leído seiscientas declaraciones y he peritado once causas, y sé exactamente cómo declara una persona que dice la verdad estando aterrorizada: mal. Se salta cosas, se corrige, mete el final antes del principio y contesta a lo que no le preguntan.

Yo declaré en orden.

A la una de la madrugada, sentada en una silla plegable, con una marca de cinco centímetros en el antebrazo y sin haberme lavado las manos, di una cronología de seis meses con fechas, y una descripción del último minuto con los tres desplazamientos por orden.

El cabo me lo dijo al terminar, y lo dijo con admiración sincera, que es lo que más me ha durado de aquella noche.

—Se explica usted muy bien.

Y esto es lo que voy a escribir ahora, porque si no lo escribo ahora no lo escribo nunca.

En seis horas y cincuenta minutos, entre las nueve y media de la noche y las cuatro y veinte de la madrugada, nadie me preguntó por la grabación.

No preguntaron cuándo la había puesto en marcha. No preguntaron si había parado en algún momento. No preguntaron por qué había una interrupción.

No lo preguntaron porque nadie la había escuchado todavía.

Eso lo sabía yo desde las nueve y dieciséis.

Y sabía también lo que iba a pasar cuando la escucharan, que fue lo que pasó: que el análisis lo hace un perito, semanas después, con un informe de cuatro folios, y que ese informe empieza por lo que le han pedido, que es si el archivo tiene cortes.

Salí de allí a las cuatro y veinte de la madrugada y no estaba detenida.

Me llevó a Madrid una patrulla, porque mi coche se quedó en Alcotán con el resto.

Iba en el asiento de atrás, con el cinturón puesto, mirando por la ventanilla la A-3 vacía, y en algún punto entre Vallecas y Conde de Casal me di cuenta de una cosa.

Llevaba siete horas hablando con guardias civiles, sanitarios y agentes de científica.

Había dado mi nombre completo, mi profesión, mi domicilio, mi teléfono y la referencia de mi denuncia de julio. Había explicado tres veces la cronología de seis meses. Había pedido que constara la hora de entrega de un aparato.

Y en siete horas no había contado nada.

Es la misma frase que ella me dijo en una cafetería de Doctor Esquerdo.

Y aquella noche la entendí del derecho: había estado siete horas rellenando formularios, y por eso a ninguna de aquellas personas le iba a pasar nada.

Llegué a casa a las cinco menos veinte.

Me duché. No dormí.

A las siete y media, con la luz ya entrando, hice lo único que sé hacer con las cosas que me pasan.

Cogí el cuaderno de encima, el que llevo en el bolso, y escribí la entrada del día.

La empecé por la hora de llegada a Alcotán y la terminé por la hora de salida.

Está entera. Es exacta, tiene diecinueve puntos numerados y no hay ni una sola cosa que no sea verdad.

Entre el punto once y el punto doce hay un renglón en blanco.

Lo dejé al escribirlo, a las siete y media de la mañana, y desde entonces he abierto ese cuaderno cuatro o cinco veces y sigue ahí.

Un renglón en blanco, en un cuaderno que no ha pedido nadie y que no consta en ningún procedimiento, entre dos puntos numerados que dicen lo que pasó antes y lo que pasó después.

Es el único sitio de todo este asunto donde he sido exacta.

El punto once dice: 03:10. Nos dejan sentarnos en el pasillo.

El punto doce dice: 04:05. Llega su madre.