A quien se lo cuentes 46. El dictáfono
84%

46. El dictáfono

El dictáfono

El sobre estaba en la bandeja del garaje el lunes catorce, a las ocho y cuarenta de la mañana.

Sobre blanco, tamaño cuartilla, cerrado. Sin nada escrito por fuera.

Dentro, una tarjeta impresa. Doce palabras.

Calle Alcotán 7, Rivas. Miércoles 16, a las siete. Trae el cuaderno.

Sin firma. Sin una sola palabra más.

Impresa. No manuscrita.

Es la primera cosa que me llega de ella en seis meses que no lleva letra.

Y la letra es lo que ha estado usando desde junio: la de Nuria devuelta, la de mi cuaderno fotocopiado, la de las columnas que le mandó a Marga.

Aquí no hace falta. Aquí ya no hay nada que demostrar.

Lo que hay es una hora y un sitio, como cuando se cita a alguien que va a venir.

Estuve dos días con esa tarjeta.

La leí muchas veces buscando lo que no había.

No hay una amenaza. No hay «ven sola». No hay «si se lo dices a alguien».

Y esa es la parte que me sentó peor, porque significa que no hace falta.

En seis meses aquella mujer me ha enseñado lo que pasa cuando hablo. Me lo ha enseñado con una mano rota, con un audio, con un portal, con sesenta y una cartas y con un sobre a mi editora.

Cuando has enseñado bien, ya no hay que amenazar. Se pone la hora y el sitio.

Es lo mismo que hago yo cuando doy el alta a alguien. No repito las indicaciones. Digo: nos vemos en marzo.

Busqué la calle.

Alcotán 7 es un adosado en una urbanización de las de finales de los noventa, en Rivas, con jardín delante de nueve metros y una pared medianera a cada lado.

En el portal inmobiliario aparecía anunciado en alquiler hasta enero de este año. Ciento veinte metros, tres dormitorios, garaje.

Miré las fotos. Once. Salón, cocina, tres habitaciones vacías, un baño y el jardín con las baldosas levantadas por una raíz.

Estuve una hora mirando esas once fotos.

En ninguna hay nada. Es una casa vacía como la de Vallecas.

Y por eso las miré una hora: porque no había nada que ver y era lo único que tenía.

El martes preparé lo mío.

Saqué el dictáfono del cajón de casa. Es el tercero que compro igual. Gris, con la pinza del clip vencida hacia fuera.

Le puse pilas nuevas.

Compré cintas. Fui a una tienda de la calle Barquillo, la de siempre, y me llevé cuatro microcasetes de sesenta minutos, que ya solo se venden por internet y en dos sitios de Madrid.

Probé el aparato tres veces en la cocina. Grabé un minuto, lo escuché, borré. Comprobé el nivel hablando desde tres metros.

Con la pinza vencida el aparato no se sujeta a un bolsillo. Se apoya. Se deja encima de una mesa.

Yo lo he dejado encima de una mesa dos mil veces.

Después escribí once folios.

Los escribí a mano, el martes por la noche, en la mesa de la cocina, y los escribí con el encabezamiento que llevan todos mis informes.

Están la cronología entera desde el nueve de mayo. Las fechas. Los nombres. El de Sonia Vidal Aranguren, con su DNI de 2013. El de Claudia Sanz Retuerta, con la referencia de la noticia del funeral. El de Pilar Retuerta.

Está lo del catorce de marzo. Está entero, con la frase copiada tal cual y con lo que hice en octubre de 2013.

Está la dirección de Rivas y la hora.

Y arriba del todo, en la primera línea, puse esto:

Si esto lo lee alguien que no sea yo, es que he ido a Alcotán 7 el miércoles 16 a las siete de la tarde y no he vuelto.

Metí los once folios en un sobre. Escribí encima: PARA LA INSPECTORA R. SALGADO, UFAM.

Y el miércoles por la mañana lo dejé en el armario de las historias de mi consulta, en la balda de arriba, encima de la carpeta de 2013 y al lado del sobre de radiografías donde sigue el ejemplar subrayado.

Cerré con llave.

Y anoté en el cuaderno de encima, con la hora, que lo había dejado allí.

Dos líneas.

11:40. Sobre para R. S. en armario de historias, balda superior. Once folios. Contenido: todo.

Contenido: todo.

Dos palabras que en seis meses no había podido poner en ninguna parte.

Aquí voy a ser exacta, porque es la última decisión mía de toda esta historia que se puede juzgar en frío.

Ese sobre no lo mandé.

Podía haberlo metido en un buzón el martes por la noche. Podía haberlo llevado a la unidad el miércoles por la mañana, que está a veinte minutos.

Lo dejé dentro de un armario cerrado con llave, en una consulta a la que no entra nadie más que yo, con una llave que llevo en el bolso.

Eso no es un seguro. Un seguro es una cosa que existe aunque tú no vuelvas.

Y tenía a quién dárselo. Tenía un número marcado en el teléfono desde el sábado, y a una mujer con un collarín en la habitación 208 que me había dicho, con esas palabras, que la próxima vez la dejara decidir a ella.

La próxima vez fue el miércoles y no la dejé decidir.

Aquello era otra cosa y sé perfectamente qué era.

Era la manera de contarlo sin contarlo.

Escribí once folios de la verdad completa y los puse donde nadie iba a leerlos, y me fui a Rivas tranquila porque ya lo había dicho todo.

Es exactamente lo que hacen las mujeres que se sientan en mi butaca cuando escriben una carta y no la mandan.

Yo se lo he explicado a treinta o cuarenta. Les digo que eso no es hablar. Que eso es ensayar.

El miércoles atendí a dos pacientes por la mañana y a nadie por la tarde.

A las cuatro me senté en la consulta con el cuaderno y preparé la sesión.

No la conversación. La sesión.

Encuadre: dónde me siento, cuánto dura, quién marca el final.

Objetivos, por orden: uno, saber dónde está Claudia. Dos, sacarla. Tres, todo lo demás.

Información que necesito: la ubicación, el estado, quién más lo sabe.

Información que no debe salir de mí: nada sobre Ruth, nada sobre el informe, nada sobre lo que sé del foro.

Errores que romperían la alianza: llamarla por lo que es. Nombrar a Daniel Sanz antes de que lo haga ella. Pedir en vez de ofrecer.

Y abajo del todo, subrayado con la regla, una línea que escribí a las cinco menos veinte y que es la única de los once folios que se cumplió:

Ella solo va a hablar dentro de un formato que reconozca. El formato lo tengo yo.

Salí de la consulta a las cinco y media.

Bajé por la escalera. En el rellano del garaje pasé por delante de la bandeja de acero, que estaba vacía.

Me metí en el coche.

El dictáfono lo llevaba en el bolso, con las pilas nuevas y una cinta puesta, y una segunda cinta en el bolsillo interior.

Rivas está a veintiséis minutos por la A-3 sin tráfico y a cuarenta con él.

Salí con una hora y veinte de margen, que es lo que sale cuando uno no quiere llegar tarde y tampoco quiere llegar.

Por el camino me acordé de una paciente de 2017.

Era una mujer de cuarenta y un años que llevaba tres meses conmigo y que un martes me contó que había quedado con él. Con el que la había puesto en mi consulta.

Le dije que no fuera. Se lo dije con todos los argumentos que tengo, que son buenos y son muchos, y le hice ver, uno por uno, los cuatro motivos por los que su cabeza le estaba diciendo que fuera.

Y el cuarto motivo, el que le costó reconocer y el que acabó reconociendo, era el único verdadero.

Que si iba, aquello se acababa de una manera o de otra. Y que llevaba tres años sin dormir.

Fue. Salió bien, dentro de lo que salen bien esas cosas.

No he vuelto a verla y me manda una postal en Navidad.

En la A-3, a la altura del kilómetro doce, me di cuenta de que llevaba veinte minutos pensando en ella.

No como profesional. Como precedente.

Puse la radio y la quité a los dos minutos.