A quien se lo cuentes 47. Mueble a mueble
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47. Mueble a mueble

Mueble a mueble

La urbanización tiene ocho calles con nombres de pájaros y farolas bajas.

Aparqué en Alcotán, dos números más allá, a las siete menos diez.

El siete tiene el jardín delantero con las baldosas levantadas y un seto sin cortar. Persianas bajadas en la planta de arriba. Abajo, la del salón subida un tercio.

Luz encendida dentro.

Estuve ocho minutos en el coche.

Miré las casas de alrededor. En el cinco había cena: se veía la cocina encendida y a alguien de pie. En el nueve, una tele.

Gente a diez metros, a las siete de la tarde de un miércoles de diciembre.

Es lo mismo que hice en junio en una terraza de Ponzano, y por los mismos motivos, y sé perfectamente lo que valió aquello.

Anoté la matrícula de los tres coches de la calle. No sé para qué.

En el cuaderno, en la última página, escribí la hora: 18:52. Y debajo: si a las 22:00 no he salido.

No terminé la frase. No había nadie a quien terminársela.

Después bajé, empujé la cancela, que no estaba cerrada, y llamé al timbre.

Abrió ella.

Llevaba una rebeca gris y unos pantalones oscuros. Sin gafas.

—Has venido con diez minutos —dijo.

—Sí.

—Pasa.

Se apartó y me dejó entrar primero.

El recibidor está vacío. Suelo de gres, una bombilla sin lámpara, el hueco de la escalera a la derecha.

Huele a cerrado y a algo más. A tapicería.

Sonia cerró la puerta detrás de mí. No echó la llave. Lo miré.

—No la echo —dijo—. Ya lo has visto.

—Sí.

—Pues eso.

Y me señaló la puerta del salón.

Fui yo primero. Ella detrás.

Y es una tontería y lo apunto igual: en veintiún años de profesión yo entro siempre la última en una habitación con un paciente. Se le cede el paso, se le deja elegir sitio y se entra detrás.

Es una regla mía y la cumplo desde 2006.

Aquella noche entré yo primero, porque me lo indicó ella con la mano.

Voy a hacer el inventario porque es lo que sé hacer y porque estuve dos minutos sin poder hacer otra cosa.

La butaca de las visitas. Tela verde oscuro, de las de respaldo alto. La cambié en 2018 porque se descosió el brazo. Es aquella.

Mi butaca. A un metro y veinte, en diagonal, no de frente.

Entre las dos, la mesa baja de madera clara, con el canto rayado en el mismo sitio.

La lámpara de pie de tres brazos, encendida, dirigida al techo.

En la pared del fondo, la lámina. Es una reproducción que compré en 2009 en el Prado, enmarcada en negro, y que quité en 2017 cuando hice la reforma.

El bote de bolígrafos. Es un vaso de cristal grueso.

Y en la mesa baja, a la derecha, una caja de pañuelos de papel de una marca que dejó de venderse en España en 2019. Es la caja azul con el borde blanco.

Yo compraba esa marca porque los otros pañuelos hacen ruido.

Nunca se lo he dicho a nadie.

No hay nada más en la habitación.

Ni cortinas, ni cuadros, ni una silla de sobra. Ni un armario. Las paredes están vacías salvo la lámina.

Es mi consulta de Espronceda. No parecida: aquella. La distancia entre las butacas, el ángulo, la altura de la lámpara, el sitio de la caja de pañuelos.

Lo que falta es la ventana. Aquella tenía una ventana a la izquierda, alta.

Aquí, en esa pared, no hay nada.

—La ventana no he podido —dijo Sonia detrás de mí.

Me giré.

—¿Cuánto ha tardado en esto?

—Casi un año.

—¿Cómo lo ha hecho?

—Las butacas son las tuyas. —Lo dijo sin ninguna vanidad, como quien contesta por dónde ha venido—. Las tiraste en la reforma de 2017 y estuvieron dos semanas en el rellano del garaje. Las cogí yo.

—¿Y la lámina?

—Esa la compré igual. En la tienda del museo, que la siguen teniendo.

—¿Y la mesa?

—La mesa es de segunda mano, de un anuncio. Le hice la raya yo.

Y ahí me apoyé en la pared.

Porque una mujer que roba dos butacas de un rellano en 2017 es una mujer que llevaba ocho años preparando aquella habitación.

Y en 2017 yo estaba en la radio, tenía la agenda completa y me iba a Cadaqués en septiembre.

Y entonces vino lo primero, y fue en el segundo cuatro o cinco de estar en aquella habitación.

Sonia se quedó de pie, junto a la puerta, con las manos delante.

No se sentó.

Estaba esperando.

Estaba esperando a que me sentara yo.

Y ahí está toda la escena, y la vi entera antes de moverme.

Si me siento en mi butaca, soy la terapeuta. Y si soy la terapeuta, esto es una sesión, y una sesión la dirijo yo, y si la dirijo yo puedo llevarla donde necesito llevarla, que es a una chica de veinticinco años.

Y si me siento en la mía, le estoy dando exactamente lo que ha venido a buscar.

Estuve unos segundos de pie en medio de aquel salón.

Después me senté en la mía.

Sonia se sentó enfrente, en la verde, en el borde, con el bolso en el regazo y las dos manos encima.

—Gracias —dijo.

Saqué el dictáfono del bolso y lo puse en la mesa baja, entre las dos, con la pinza vencida hacia mí.

Ella lo miró.

Lo miró como se mira a alguien que llega a una casa donde se le esperaba.

—¿Es el mismo? —dijo.

—Es igual. El mismo se rompió en 2016.

—Ah. —Y bajó un poco la cabeza—. Bueno.

Antes de eso hubo otra cosa y la dejo aquí porque ocurrió al entrar y porque es lo que me tuvo dos horas de pie sin serlo.

Al cruzar el recibidor, a la derecha, hay una puerta cerrada. La del hueco de la escalera.

Debajo hay dos centímetros y por esos dos centímetros salía luz.

Y cuando Sonia cerró la puerta de la calle, del otro lado de esa puerta se oyó algo.

Fue un ruido corto. Una silla, o un pie, o una mano en una pared.

No se repitió.

Yo no dije nada. Ella tampoco.

Voy a poner aquí lo que hice en esos segundos, porque es la última cosa que hice bien y duró muy poco.

Miré el hueco de la escalera. Miré la distancia hasta la puerta de la calle: seis pasos.

Comprobé que la manilla era de las de bajar y no de las de girar con llave.

Y me fijé en dónde tenía yo el bolso, que es donde estaba el móvil, y lo dejé en el suelo a la derecha de mi butaca, del lado de la puerta.

Después me senté y no volví a mirar aquella puerta en dos horas.

Es la parte que peor lleva Herrero cuando se lo cuento. Me dice: usted comprobó la salida y luego se sentó de espaldas a ella y estuvo dos horas trabajando.

Y tiene razón, y no sé explicarle que las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Yo comprobé la salida porque no soy tonta.

Y me senté porque era mi hora.

Y ese fue el encuadre de verdad, el que no puse yo en once folios: dos mujeres sentadas en dos butacas que ya no existen, hablando de lo que hicieron hace doce años, con una puerta cerrada a cuatro metros y una raya de luz debajo.