A quien se lo cuentes 45. Captación
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45. Captación

Captación

El jueves y el viernes no salí de casa.

Cancelé nueve pacientes. Puse una excusa médica. Es la primera vez en veintiún años que cancelo una semana entera.

Y me puse a trabajar en la única cosa que podía trabajar desde una silla.

Cómo se hace.

Empecé por lo evidente. Si yo quisiera encontrar a la hija de un hombre asesinado en 2013, ¿por dónde empezaría?

No por el padrón, que no se consulta.

No por las redes, porque esa chica no tiene.

Empezaría por donde va la gente cuando lleva años con un caso archivado y nadie la escucha.

Van a asociaciones. Van a grupos de duelo. Y sobre todo escriben, de madrugada, en foros donde hay otras cien personas con lo mismo.

Eso lo sé porque me lo han contado en mi consulta durante veinte años.

Es la parte del duelo por muerte violenta de la que no habla nadie. La gente cree que lo peor es la muerte y lo peor viene después, cuando el expediente se archiva y el mundo entero pasa página en tres meses.

A partir de ahí hay dos clases de familiares. Los que lo dejan y los que no.

Los que no lo dejan tienen todos las mismas cosas: una carpeta, un aniversario y una hora de la noche.

Yo he escrito sobre ellos. Los llamé «los que se quedan de guardia».

Y aquella semana entendí, con doce horas de foro en el cuerpo, que había escrito esa expresión sin haberme preguntado nunca lo evidente.

Que si tú sabes dónde está la gente que se queda de guardia, ellos también están donde los pueda encontrar cualquiera.

Encontré cuatro sitios.

Dos son asociaciones serias, con junta y con abogados.

El tercero es un grupo de una red social, cerrado, con dos mil doscientos miembros. Familiares de casos sin resolver. Solicité entrar y me admitieron en cuatro horas sin preguntarme nada.

El cuarto es un foro antiguo, de los de antes, con hilos ordenados por año y sin registro obligatorio para leer.

Estuve trece horas.

Leí quinientos y pico mensajes de doce años.

Hay un padre que escribe cada nueve de junio desde 2016 y siempre pone lo mismo, cambiando el número: hoy hace ocho años , hoy hace nueve .

Hay una mujer de Zaragoza que en 2020 escribió cuarenta mensajes en dos semanas y no volvió a escribir nunca.

Hay gente que pide consejo sobre cómo pedir una copia de un atestado.

Y hay, en todos los hilos, dos o tres usuarios que contestan siempre. Los de siempre. Los que llevan años ahí sin haber perdido a nadie, o sin decir a quién.

Eso, que a mí en mayo me habría parecido generosidad, en diciembre me pareció otra cosa.

Un foro de gente rota que se pasa la noche escribiendo es el mejor sitio del mundo para encontrar a alguien.

En el foro hay un hilo de 2013 que se titula «Sin resolver — 2013» y tiene ciento cuarenta mensajes repartidos en doce años.

La gente entra, escribe una vez y no vuelve. Otros vuelven cada aniversario.

En marzo de 2023 escribió alguien esto.

Mi padre, abril de 2013, Madrid. Lo mataron en el portal de casa. Dijeron que fue un robo y no se llevaron nada. Yo tenía 12 años. Mi madre denunció a una mujer tres semanas antes y la denuncia se archivó. Nadie ha vuelto a mirar eso nunca. No busco nada, solo escribirlo.

Sin nombre. Sin correo. Un usuario creado ese mismo día.

Hay tres respuestas.

Dos son de gente que cuenta lo suyo, que es lo que pasa siempre en esos hilos: nadie contesta, todos escriben al lado.

La tercera, de dos días después, dice:

Yo conocí ese caso de cerca. Si algún día quieres saber lo que pasó de verdad, escríbeme por privado. No corre prisa. Llevo mucho tiempo con esto.

Usuario creado en 2019. Cuatro mensajes en total, todos en hilos de casos archivados, todos parecidos.

Sin actividad desde abril de 2023.

No sé si es ella. Lo digo así de claro porque no lo sé y porque es precisamente lo que le pediría a un perito que dijera.

Lo que sí sé es cómo funciona lo que hay en esas cuatro líneas.

Voy a desmontarlas una por una, porque es lo único que se me da bien.

Yo conocí ese caso de cerca. No dice quién es. No promete nada. Ofrece un lugar: cerca.

Si algún día quieres saber lo que pasó de verdad. No dice «te voy a contar». Pone la verdad al otro lado de una puerta y deja que la otra persona decida cruzarla. La decisión es de ella. Eso importa mucho después, cuando haya que sostener lo que se ha hecho.

Escríbeme por privado. Saca la conversación del sitio donde hay testigos. Y lo hace sin secretismo, con la naturalidad de quien propone cambiar de sala.

No corre prisa. Esta es la buena.

La gente que quiere manipular a alguien mete prisa. Es el error de principiante y sale en todos los manuales.

Quien escribió eso lleva años. Sabe que la prisa asusta y que la paciencia enamora.

Llevo mucho tiempo con esto. Se pone al mismo nivel. No soy el que sabe: soy otra que lleva años.

Cuatro líneas y cinco movimientos.

Yo he dado clase sobre esto. Tengo un módulo entero de hora y media.

Y a partir de ahí, si la otra persona contesta, sé lo que viene. Lo sé como sé el orden de las estaciones de mi línea de metro.

Viene el ritmo lento. Semanas entre mensaje y mensaje al principio.

Viene la dosificación. Un dato verdadero cada vez, nunca dos. Cosas comprobables: la fecha de la denuncia archivada, el nombre de la empresa, el número de atestado. Todo verificable. Todo verdad.

La verdad es el mejor material que existe para construir una mentira. Si le das a alguien seis datos ciertos, el séptimo entra solo.

Viene la exclusividad. Esto no se lo cuentes a tu madre todavía. No porque sea un secreto: porque tu madre lleva doce años así y esto la va a destrozar. Se lo cuentas cuando tengamos algo.

Y ahí está hecho. En ese punto la persona ya tiene una sola interlocutora en el mundo para lo único que le importa.

Y viene el nombre.

En algún momento, después de meses, la mentora dice el nombre de la persona que podría haberlo evitado.

No dice «es culpable». Dice: hay una psicóloga que trató a esa mujer cinco meses. Escribió un libro. Se hizo famosa con el caso. Y lo que consta en su expediente no es lo que ella sabía.

Y ahí, si la chica pregunta cómo lo sabe, se le enseña un papel.

Un renglón de un cuaderno de 2013.

El viernes por la noche cerré el ordenador.

Y aquí es donde tengo que escribir lo que llevaba trece horas evitando.

Yo he descrito ese método en dos libros. Se llama captación asimétrica y le dediqué el capítulo dieciocho.

Y esa no es la parte fea.

La parte fea es que yo, además, lo hice.

En octubre de 2012 se sentó delante de mí una mujer rota y a mí me hacía falta un caso. Le di ritmo lento, atención exclusiva y una habitación en la que nadie más entraba. Le dediqué cinco meses. Fui la mejor psicóloga que he sido nunca.

Y al final de esos cinco meses, aquella mujer tenía un nombre nuevo, una historia mejor que la suya y una sola interlocutora en el mundo.

Yo llamé a eso trabajo clínico y escribí cuatrocientas doce páginas explicando por qué era bueno.

Ella se sentó cinco meses en aquella butaca y aprendió a hacerlo.

Y lo primero que hizo cuando salió de allí fue usarlo con la hija del hombre que había matado.

He pensado mucho estos meses en qué es esta mujer.

He usado las palabras que uso en los informes. Sujeto. Perfil. Vinculación anómala. Fijación persistente.

Ninguna sirve, y ahora sé por qué.

Sonia Vidal no es lo contrario que yo.

Es lo que sale de estar cinco meses en una habitación conmigo.

El sábado por la mañana bajé el libro de la balda de arriba y busqué el capítulo dieciocho.

Está en la página doscientos ochenta y nueve y se titula «Cómo se elige a una víctima».

Lo escribí en 2014. Son diecinueve páginas y explican, con cinco fases numeradas, cómo un sujeto con paciencia localiza a una persona vulnerable, se le acerca ofreciendo comprensión, dosifica la información, produce dependencia exclusiva y finalmente coloca el objetivo real.

Está bien escrito. Es preciso, es claro y no le sobra nada.

Lo escribí para que las mujeres reconocieran el proceso mientras les está pasando.

Lo leí de pie, entero, las diecinueve páginas.

Y después hice una cosa que no se me había ocurrido en once años, que fue leerlo del otro lado.

Del derecho es un aviso.

Del revés es un método.

Diecinueve páginas, cinco fases numeradas, con ejemplos, publicadas en 2014 y reeditadas nueve veces.

Y a mí, en doce años, nunca se me había ocurrido preguntarme quién más lo estaba leyendo.