44. Guadalajara
Guadalajara
La llamé el sábado doce de diciembre a las siete de la tarde.
Llevaba tres días sin salir de casa y dos sin hablar con nadie que no fuera un paciente cancelado.
Teresa Roldán cogió el teléfono al segundo tono, como coge el teléfono la gente que vive sola.
—Hombre.
—Teresa.
—Cuánto tiempo.
Y lo dijo sin una pizca de reproche, que fue lo peor de toda la llamada y ocurrió en los tres primeros segundos.
Se lo conté entero.
Dos horas y cuarenta minutos, sentada en el suelo del pasillo de mi casa, con la espalda en la pared, entre el dormitorio y el salón.
Se lo conté todo.
La primera sesión de mayo. La nota de Nuria. El micrófono. El portal de Fernán Núñez. El catorce de marzo de 2013. Lo que reescribí en octubre y por qué. La cafetería de Doctor Esquerdo. La foto del funeral.
Y una chica de veinticinco años a la que llevo nueve días sin encontrar.
Sin filtrar. Sin porcentajes. Sin la versión.
Teresa no me interrumpió en dos horas y cuarenta minutos más que cuatro veces, y las cuatro fueron para preguntar una fecha.
Cuando terminé, estuvo callada unos segundos.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—Vale quiere decir que ya lo has dicho. —Se oyó una silla—. Que es lo primero. Ahora vamos a lo segundo.
Y estuvimos otros cuarenta minutos en lo segundo, que era qué se hace ahora.
Me dio tres cosas.
Que llamara a un penalista de verdad el lunes, y me dio dos nombres.
Que no volviera a subir a esa consulta de noche.
Y que si aquella mujer me daba una hora y un sitio, no fuera sola, y que si iba sola se lo dijera antes a alguien, y que ese alguien podía ser ella.
—Teresa.
—Que no te estoy pidiendo permiso —dijo—. Te estoy diciendo mi teléfono, que ya lo tienes.
Antes de colgar me dijo una cosa más.
—Oye. En junio te llamé dos veces.
—Ya lo sé.
—Y me dijiste que se te había complicado la agenda.
—Teresa, si yo te lo cuento en junio...
—Ya sé lo que me vas a decir. —No levantó la voz. Teresa nunca levanta la voz—. Y te voy a decir yo una cosa, que llevo desde julio queriendo decírtela y no he tenido a quién.
—Dime.
—Que yo llevo treinta y cuatro años en esto y he acompañado a mucha gente. Y en treinta y cuatro años nadie me ha protegido nunca a mí. —Una pausa corta—. Protegerme es cosa mía y llevo haciéndolo desde antes de que tú nacieras.
—Perdona.
—No te estoy pidiendo perdón. Te estoy diciendo que la próxima vez me dejes a mí decidir.
Colgamos a las diez menos veinte.
Y dormí siete horas seguidas, que era la primera vez en cuatro meses, y me desperté el domingo con la sensación física de que algo se había aflojado.
Voy a describir esa sensación porque es importante y porque no me duró ni treinta horas.
Es física. Empieza en la mandíbula. Después baja a los hombros.
Yo se la he oído describir a doscientas mujeres con las mismas palabras: que les había dejado de doler algo que no sabían que dolía.
Se lo he explicado a todas. Les digo que eso es lo que pasa cuando por fin lo dices en voz alta delante de otra persona. Que el peso no baja: se reparte.
Es cierto. Funciona.
Yo lo comprobé el domingo trece de diciembre, a las siete de la mañana, y estuve todo el día tranquila.
El lunes catorce a las nueve y cuarenta de la mañana me llamó su hijo.
Teresa Roldán había salido de casa el domingo a las ocho y media, como todos los domingos, a andar sus once kilómetros por el camino del río, en Guadalajara.
La encontró un ciclista a las nueve y diez, en el tramo de la subida, en la bajada del talud, cuatro metros por debajo del camino.
Politraumatismo. Fractura de pelvis, tres costillas y una vértebra dorsal. Estuvo cincuenta minutos sola antes de que la vieran.
Está viva. Va a andar.
En el atestado consta que el firme estaba mojado y que en ese tramo no hay quitamiedos, y que hace dos años se cayó una señora de setenta y uno en el mismo sitio.
Lo pone así: caída fortuita en zona de riesgo conocido .
He leído ese atestado catorce veces.
No hay testigos. No hay cámaras. No hay un vehículo, ni una marca, ni una huella que no sea de un ciclista y de dos sanitarios.
No hay absolutamente nada.
Es exactamente igual que lo del toldo de la tía de Móstoles.
Y aquí voy a poner lo que hice el lunes por la tarde, porque es lo único honesto que puedo hacer con esto.
Cogí el cuaderno y monté las dos columnas.
A la izquierda escribí los argumentos de que fue una caída. Son buenos y son cinco. Una mujer de sesenta y siete años. Once kilómetros. Un talud sin protección. Un domingo de diciembre a las ocho y media, con el firme mojado. Y una señora que se cayó en el mismo sitio hace dos años.
A la derecha escribí uno solo.
Catorce horas.
Catorce horas entre que colgué el teléfono y que la encontró un ciclista.
No lo sé. Eso es todo lo que puedo escribir y es lo que peor se sostiene por dentro.
No sé si a Teresa Roldán la empujó alguien o si se resbaló en un talud mojado, y no lo voy a saber nunca, y esa es exactamente la forma que tiene esto desde el nueve de mayo.
Fui a verla el jueves diecisiete por la mañana, antes de todo lo demás.
Estaba con un collarín, en la habitación 208, con la cama a treinta grados, y me dijo que la comida era mala y que su hijo estaba insoportable.
No le conté lo del atestado. No le conté lo de las catorce horas.
Me preguntó si había llamado al penalista y le dije que sí.
Me preguntó si había vuelto a subir de noche a la consulta y le dije que no.
Y me preguntó si había sabido algo de la chica, y le dije que no.
Las tres eran mentira.
Estuve cuarenta minutos y le llevé un cargador de móvil de dos metros, porque los enchufes de los hospitales están siempre lejos.
Es lo segundo que compro este año.
El lunes por la tarde llamé al penalista.
Se llama Beltrán de la Riva y es uno de los dos nombres que me dio Teresa el sábado. Me dio cita para el jueves diecisiete a las diez de la mañana.
Al jueves diecisiete a las diez de la mañana yo llegué doce horas tarde y por otro motivo.
Y esto lo escribo para que quede claro cómo funciona una cabeza cuando lleva siete meses así.
El lunes por la tarde, con Teresa en una cama de Guadalajara y un atestado que decía «caída fortuita», yo hice tres cosas en este orden.
Llamé a un abogado, que era lo que ella me había pedido.
Guardé el sobre de once folios en un armario cerrado con llave, que no era lo que ella me había pedido.
Y no le dije a nadie que el miércoles por la tarde tenía una dirección en Rivas.
Dos de las tres decisiones eran de una mujer que había aprendido algo el sábado por la noche.
La tercera se comió a las otras dos.